
En medio de calles poco iluminadas, los transeúntes pasean tranquilos ignorando a sus acechadores ocultos en la oscuridad.
Vampiros y licántropos se camuflan entre sus víctimas, haciéndose pasar por meros mortales con el fin de apaciguar su insaciable sed.



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Grandes Esperanzas [Isabelle Von Rebeur]
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Grandes Esperanzas [Isabelle Von Rebeur]
Conocí a una chica. Se llamaba Isabelle. Castaña. La representación del otoño en su más puro esplendor. Y como soy más simple que un chupete, quise llevarla al teatro. No fue idea mía ¿eh? Mi viejo amigo Nastas, un tipo de dos metros con el que comparto sangre india, procedente de los antiguos poblados americanos; sugirió que me tomase un respiro dentro de mi ajetreada vida. Que dejase a los monstruos por una noche y que disfrutase de una velada agradable y sosegada, entablando conversación con alguien exterior a mi entorno y por lo tanto; que no tuviese que ver nada con vampiros demonios, melodramas, arañazos, pistolas y engendros salidos de Dios sabe dónde. Porque nos fuimos de viaje hasta París, instalándonos en un hotel del centro para dejar aparcadas nuestras miserias.
Nastas, sujetaba unos papeles, sentado en la cama. Dorita, intentaba ponerme la corbata derecha mientras yo mantenía la vista perdida por encima de su hombro, preguntándome: “Qué coño estaba haciendo.” Eran mis únicos amigos tras varios años de experiencia. Aprendiendo a tratar con ese otro concepto que engloba al ser humano, llamado humanidad. “Si te soy sincero, brother, prefiero pelearme con un licántropo, aunque me rompa la camisa y ladre y me odie hasta el punto de querer reducir mi cabeza al tamaño de una pasa; lo prefiero mil veces, antes que realizar la difícil tarea de involucrarme con mis semejantes.” “Porque no se me da bien." “Ni tampoco puedo permitírmelo ¿comprendes?” “Siempre tengo trabajo.”
—¡Estate quieto, carajo!— me sudaban las manos, cuando Dorita tiró de la corbata haciendo que parase de moverlas con tanta insistencia. Como si me fuese la vida en ello ¿sabes? Agitándolas para evaporar el nerviosismo que estaba padeciendo —Intenta no mancharte el chaleco ¡Está nuevecito, Evan!— sacudió la prenda como una madre, dándome de hostias en el estómago. “Ella no sabe a qué me dedico y por lo tanto, no entiende por qué todas las noches venga echo un adefesio." "Yo la digo que los picos de las mesas son muy afilados y traicioneros. También que me choco contra ellos sin darme cuenta... ¡Y cosas así!”
—A ver... vamos a ver, Evan...— Nastas alzó la vista, dejando los papeles a un lado. Eran apuntes sobre la obra que íbamos a ver. Le pedí ayuda pues, carecía de la destreza que tendría un hombre de letras. Es decir; “ni puta idea del tema.” ¡Pero de escopetas te cuento lo que quieras! Y temí que Isabelle quisiese darme conversación hablándome de la obra. ¡Y quedarme en blanco! “Cualquiera en mi lugar habría hecho lo mismo...” “Lo de ser precavido, lo traigo a cuestas desde niño y a rajatabla.” —De qué va, “Romeo and Juliet.”
—Dos que se matan— ¿Escueto? El caso es, que acerté. Pero Nastas sugirió que posiblemente Shakespeare no se inventase aquella parrafada kilométrica, para contar un mero suicidio como único propósito —¿Really?— ¿Y qué hay más verdadero que la muerte? ¡Está a la orden del día!
—Céntrate, por el amor de Dios...— “De acuerdo, de acuerdo...” Asentí agachándome para que Dorita llegase a mi cabello. Me puso los pelos hacia atrás, “bien guapo,” mojando el peine en un barreño. “Creo que se amaban. Romeo gritándole a una ventana, Julieta llorando lágrimas de sangre por tenerle entre sus brazos y unos padres tocapelotas.” ¡Que cada uno cría a sus hijos como quiere! ¿eh? “Yo en camisas de once balas no me adentro.” Nos tiramos veinte minutos recapitulando datos y de más. Yo estaba de Romeo y Julieta hasta la coronilla “y que conste que aún no la había visto.”
—Que guapo estás, saquito de nervios— “Ella que me observa como lo haría una santa.” Se le saltaron las lágrimas cuando terminó de atusarme. Y sonreí, dándola un beso en la mejilla antes de meterme unos segundos al baño. ¿Para qué? Para sacar una pistola del interior de un cesto y guardarla por debajo de la camisa, atada a un costado. Un cold dorado, herencia de mi abuelo. Tras abrocharme apresuradamente, intenté colocarme el traje lo mejor posible. “Porque el hecho de tomarte un respiro, no significa que el resto del mundo lo haga.” “Las alimañas no descansan y yo tampoco.”
Ya estaba listo y les guiñé un ojo antes de marcharme. El cochero esperaba abajo y le indiqué el paradero de Isabelle para acudir a recogerla. Me retorcí en el asiento cuando llegué a mi destino y al mirar por la ventanilla con los ojos enormes, jugueteé con el anillo de mi difunto padre mientras esperaba a que apareciese. No pretendía llevarla a cualquier teatro. Visitaríamos uno clandestino, de los barrios pobres de París. Un pequeño rincón donde los bohemios disfrutaban de las ventajas de la clase alta, sin pertenecer a ella. El que dijo; “el teatro es sólo para unos pocos,” estaba muy confundido.
Empecé a crear expectativas y no precisamente de las que te dejan un buen sabor de boca. “Ya lo veía venir...” “Mi comportamiento.” “Mi falta de decoro.” “Conozco los riesgos.” Las mujeres siempre inventan antes de llegar a conocer realmente a un hombre. Crean conjeturas en función de sus parlamentos y acciones. Y yo tenía la palabra escrita en la frente ¿entiendes? “Cabronazo en letras grandes y subrayadas.” Un asunto turbio, este...
Nastas, sujetaba unos papeles, sentado en la cama. Dorita, intentaba ponerme la corbata derecha mientras yo mantenía la vista perdida por encima de su hombro, preguntándome: “Qué coño estaba haciendo.” Eran mis únicos amigos tras varios años de experiencia. Aprendiendo a tratar con ese otro concepto que engloba al ser humano, llamado humanidad. “Si te soy sincero, brother, prefiero pelearme con un licántropo, aunque me rompa la camisa y ladre y me odie hasta el punto de querer reducir mi cabeza al tamaño de una pasa; lo prefiero mil veces, antes que realizar la difícil tarea de involucrarme con mis semejantes.” “Porque no se me da bien." “Ni tampoco puedo permitírmelo ¿comprendes?” “Siempre tengo trabajo.”
—¡Estate quieto, carajo!— me sudaban las manos, cuando Dorita tiró de la corbata haciendo que parase de moverlas con tanta insistencia. Como si me fuese la vida en ello ¿sabes? Agitándolas para evaporar el nerviosismo que estaba padeciendo —Intenta no mancharte el chaleco ¡Está nuevecito, Evan!— sacudió la prenda como una madre, dándome de hostias en el estómago. “Ella no sabe a qué me dedico y por lo tanto, no entiende por qué todas las noches venga echo un adefesio." "Yo la digo que los picos de las mesas son muy afilados y traicioneros. También que me choco contra ellos sin darme cuenta... ¡Y cosas así!”
—A ver... vamos a ver, Evan...— Nastas alzó la vista, dejando los papeles a un lado. Eran apuntes sobre la obra que íbamos a ver. Le pedí ayuda pues, carecía de la destreza que tendría un hombre de letras. Es decir; “ni puta idea del tema.” ¡Pero de escopetas te cuento lo que quieras! Y temí que Isabelle quisiese darme conversación hablándome de la obra. ¡Y quedarme en blanco! “Cualquiera en mi lugar habría hecho lo mismo...” “Lo de ser precavido, lo traigo a cuestas desde niño y a rajatabla.” —De qué va, “Romeo and Juliet.”
—Dos que se matan— ¿Escueto? El caso es, que acerté. Pero Nastas sugirió que posiblemente Shakespeare no se inventase aquella parrafada kilométrica, para contar un mero suicidio como único propósito —¿Really?— ¿Y qué hay más verdadero que la muerte? ¡Está a la orden del día!
—Céntrate, por el amor de Dios...— “De acuerdo, de acuerdo...” Asentí agachándome para que Dorita llegase a mi cabello. Me puso los pelos hacia atrás, “bien guapo,” mojando el peine en un barreño. “Creo que se amaban. Romeo gritándole a una ventana, Julieta llorando lágrimas de sangre por tenerle entre sus brazos y unos padres tocapelotas.” ¡Que cada uno cría a sus hijos como quiere! ¿eh? “Yo en camisas de once balas no me adentro.” Nos tiramos veinte minutos recapitulando datos y de más. Yo estaba de Romeo y Julieta hasta la coronilla “y que conste que aún no la había visto.”
—Que guapo estás, saquito de nervios— “Ella que me observa como lo haría una santa.” Se le saltaron las lágrimas cuando terminó de atusarme. Y sonreí, dándola un beso en la mejilla antes de meterme unos segundos al baño. ¿Para qué? Para sacar una pistola del interior de un cesto y guardarla por debajo de la camisa, atada a un costado. Un cold dorado, herencia de mi abuelo. Tras abrocharme apresuradamente, intenté colocarme el traje lo mejor posible. “Porque el hecho de tomarte un respiro, no significa que el resto del mundo lo haga.” “Las alimañas no descansan y yo tampoco.”
Ya estaba listo y les guiñé un ojo antes de marcharme. El cochero esperaba abajo y le indiqué el paradero de Isabelle para acudir a recogerla. Me retorcí en el asiento cuando llegué a mi destino y al mirar por la ventanilla con los ojos enormes, jugueteé con el anillo de mi difunto padre mientras esperaba a que apareciese. No pretendía llevarla a cualquier teatro. Visitaríamos uno clandestino, de los barrios pobres de París. Un pequeño rincón donde los bohemios disfrutaban de las ventajas de la clase alta, sin pertenecer a ella. El que dijo; “el teatro es sólo para unos pocos,” estaba muy confundido.
Empecé a crear expectativas y no precisamente de las que te dejan un buen sabor de boca. “Ya lo veía venir...” “Mi comportamiento.” “Mi falta de decoro.” “Conozco los riesgos.” Las mujeres siempre inventan antes de llegar a conocer realmente a un hombre. Crean conjeturas en función de sus parlamentos y acciones. Y yo tenía la palabra escrita en la frente ¿entiendes? “Cabronazo en letras grandes y subrayadas.” Un asunto turbio, este...

Evan Murdock- ParticipanteCA

- Escritos realizados: 590
Antigüedad en el teatro: 15/05/2011
Reputación: 139
Estado: Activo
CURIOSIDADES
Sabías que...:
Empleo actual: Cazador
Nombre de PB: Garrett Hedlund
Re: Grandes Esperanzas [Isabelle Von Rebeur]
El nombre Evan Murdock había estado resonando en mi mente durante todo el día. Le había contado a Raina cada detalle de él hasta que ella misma ya podía verlo en su mente tal cual era en la realidad. Se la veía emocionada y solo por el hecho de que yo misma, por primera vez en mucho tiempo, me veía emocionada porque un joven me había invitado al teatro. Pero es que no era cualquier joven, no era uno como los demás bribones que habían intentado fallidamente conquistarme. No, él era distinto. Evan no era uno de los de mi círculo y era eso lo que me atraía, además de su apostura.
Mis padres no habían estado muy conformes. Más bien, no estaban para nada conformes con la idea de que saliera con alguien que no perteneciera a mi clase. De todos modos, me tenía sin cuidado lo que dijeran. Estaban empeñados en encontrarme alguien que cumplieran todas las características que a ellos les agradaban y mi opinión pasaba a un segundo plano completamente ignorado. No era justo. Quien, en todo caso, iba a casarse era yo, no ellos. Bueno, eso se suponía, porque ya había decidido que ningún anillo descansaría sobre mi mano. Los compromisos por conveniencia los quería lejos y más lejos aún los casamientos de padres y suegros. Porque, si uno se lo ponía a pensar, eran ellos que se casaban por dinero y los cónyuges eran solo el medio para lograr lo que ellos querían.
En fin, discutí durante un buen rato con madre y padre, sin faltarles el respeto por supuesto pero firme en mi decisión. Obviamente tuvieron que ceder ante mi pedido ya que mis argumentos eran muchísimo más sólidos que los suyos. Además, ya se preocupaban de que su primogénita siguiera en soledad, siempre acompañada por su criada y sin interés de tener más amistades que unas pocas jovencitas con quienes prácticamente nunca se veía. Si supieran que yo ni siquiera las consideraba mis amigas y que para mí eran unas chismosas asquerosas… Sus caras hubieran adoptado un tono blanco como la cal. Ellos no tenían nada que ver conmigo, ya habían caído en las redes de la mediocridad y la falsedad. Y mi hermana menor estaba a punto de hacerlo también, si es que no había caído ya.
Así que la única que me entendía era mi queridísima Raina, con quien compartía todo. Y es precisamente ella quien me ayudo a prepararme para la ocasión, como siempre que tenía un evento importante. Juntas escogimos qué vestido usaría, qué accesorios luciría y arreglamos cada detalle para que estuviera perfecta. Ambas convinimos en que lo mejor sería que luciera mi vestido azul noche, que realzaba el tono claro de mi piel y le daba un toque de misterio a mis expresiones y a cada movimiento que con él hiciera. Una gargantilla de plata con un dije en forma de gota, también azul, cubriría mi cuello y unos pendientes a juego serían el toque final. El cabello fue el más grande de los problemas, porque no había modo en que lo pusiera que a mí o a Raina nos convenciera. Al final, determinamos que sería mejor que lo llevara suelto.
-¿A dónde irán, Belle?- preguntó Antoniette, que se había empeñado en inmiscuirse en mi cuarto y estar allí todo el santo día. Quería saber sobre Evan y no lo disimulaba para nada. Chiquilla chismosa como mis “amigas” y las suyas, quería enterarse de cada cosa que yo tuviera para decir sobre él y sobre nuestra… ¿Cita?
-Me llevará al teatro a ver Romeo y Julieta, ya te lo dije- si, se lo había dicho… Unas mil y un veces con esta. No sé por qué insistía tanto. Sería que no tendría nada mejor que hacer además de importunar a Desireé y a Raina y a mí. Porque, sí, estaba convirtiéndose en un importunio mi hermana menor.
Desde la tarde se había encaprichado en que quería conocer más sobre el tal monsieur Murdock. Una vez que lo supo todo, empezó a sacar sus propias conjeturas y conclusiones apresuradas, lo cual me desquiciada. Más tarde, mientras el sol caía y sus últimos débiles rayos entraban por la ventana de mi habitación, insistió sobre lo romántico del asunto y lo mucho que quería ver en persona a Evan. Así siguió hasta que la noche cayó y fue el momento de que yo me aseará. Y yo que creía que en ese momento me dejaría en paz y a solas con Raina… No, nada más alejado de la realidad. Estuvo presente mientras me daba mi baño, mientras me cambiaba y mientras me maquillaba también. No dejaba de parlotear, llegando a decir frases sin el más mínimo sentido con tal de ocupar el aire con sus palabras.
Nada era suficiente para mi chérie. Traté de que mis padres la se la llevaran de algún modo, pero esta vez no se aliaron de mi parte. Antoniette ganó su favor y yo tuve que soportarla sin chistar. Y si pensaba que lo peor ya había pasado, ¡como había pecado de inocente! Ya lo había dicho en muchas ocasiones, para Antoniette nada era suficiente. Ahora, a pocos minutos de que monsieur Murdock pasara a buscarme, se dedicaba a enrostrarme lo adusta que era mi vida sentimental y social. ¿Qué no entendía que, precisamente, era mi vida y no la suya? Porque no lo parecía. Últimamente todos se encargaban de ese aspecto como si les incumbiera más que a mí. ¡Mon dieu! ¿Sería que nunca dejarían de criticarme? Nada de lo que hiciera estaba correcto. Nada de lo que hiciera conformaba a los demás. Pues les tenía noticias… ¡Yo no había nacido para complacer a nadie!
La campana me salvó justo cuando más lo necesitaba. Mis ojos se iluminaron al oírla al tiempo que veía un leve fruncir de seños por parte de mi padre y madre. Antoniette enmudeció, Desireé suspiró agradecida y Raina se me quedó viendo como si nadie más existiera. Sí, se había dado cuenta de lo que mis ojos comunicaban. Estaba inusualmente feliz.
-¡Bonne nuit tout le monde!- dije en un tono cantarín y salí apresurada hacia la calesa que esperaba por mí, casi saltando dentro cuando la alcancé, no fuera que mis padres salieran corriendo tras de mí a retenerme y encerrarme en mi casa. –Bonsoir, monsieur Murdock- dije mirándolo a los ojos, mis mejillas encendiéndose como dos carbones al fuego.
Mis padres no habían estado muy conformes. Más bien, no estaban para nada conformes con la idea de que saliera con alguien que no perteneciera a mi clase. De todos modos, me tenía sin cuidado lo que dijeran. Estaban empeñados en encontrarme alguien que cumplieran todas las características que a ellos les agradaban y mi opinión pasaba a un segundo plano completamente ignorado. No era justo. Quien, en todo caso, iba a casarse era yo, no ellos. Bueno, eso se suponía, porque ya había decidido que ningún anillo descansaría sobre mi mano. Los compromisos por conveniencia los quería lejos y más lejos aún los casamientos de padres y suegros. Porque, si uno se lo ponía a pensar, eran ellos que se casaban por dinero y los cónyuges eran solo el medio para lograr lo que ellos querían.
En fin, discutí durante un buen rato con madre y padre, sin faltarles el respeto por supuesto pero firme en mi decisión. Obviamente tuvieron que ceder ante mi pedido ya que mis argumentos eran muchísimo más sólidos que los suyos. Además, ya se preocupaban de que su primogénita siguiera en soledad, siempre acompañada por su criada y sin interés de tener más amistades que unas pocas jovencitas con quienes prácticamente nunca se veía. Si supieran que yo ni siquiera las consideraba mis amigas y que para mí eran unas chismosas asquerosas… Sus caras hubieran adoptado un tono blanco como la cal. Ellos no tenían nada que ver conmigo, ya habían caído en las redes de la mediocridad y la falsedad. Y mi hermana menor estaba a punto de hacerlo también, si es que no había caído ya.
Así que la única que me entendía era mi queridísima Raina, con quien compartía todo. Y es precisamente ella quien me ayudo a prepararme para la ocasión, como siempre que tenía un evento importante. Juntas escogimos qué vestido usaría, qué accesorios luciría y arreglamos cada detalle para que estuviera perfecta. Ambas convinimos en que lo mejor sería que luciera mi vestido azul noche, que realzaba el tono claro de mi piel y le daba un toque de misterio a mis expresiones y a cada movimiento que con él hiciera. Una gargantilla de plata con un dije en forma de gota, también azul, cubriría mi cuello y unos pendientes a juego serían el toque final. El cabello fue el más grande de los problemas, porque no había modo en que lo pusiera que a mí o a Raina nos convenciera. Al final, determinamos que sería mejor que lo llevara suelto.
-¿A dónde irán, Belle?- preguntó Antoniette, que se había empeñado en inmiscuirse en mi cuarto y estar allí todo el santo día. Quería saber sobre Evan y no lo disimulaba para nada. Chiquilla chismosa como mis “amigas” y las suyas, quería enterarse de cada cosa que yo tuviera para decir sobre él y sobre nuestra… ¿Cita?
-Me llevará al teatro a ver Romeo y Julieta, ya te lo dije- si, se lo había dicho… Unas mil y un veces con esta. No sé por qué insistía tanto. Sería que no tendría nada mejor que hacer además de importunar a Desireé y a Raina y a mí. Porque, sí, estaba convirtiéndose en un importunio mi hermana menor.
Desde la tarde se había encaprichado en que quería conocer más sobre el tal monsieur Murdock. Una vez que lo supo todo, empezó a sacar sus propias conjeturas y conclusiones apresuradas, lo cual me desquiciada. Más tarde, mientras el sol caía y sus últimos débiles rayos entraban por la ventana de mi habitación, insistió sobre lo romántico del asunto y lo mucho que quería ver en persona a Evan. Así siguió hasta que la noche cayó y fue el momento de que yo me aseará. Y yo que creía que en ese momento me dejaría en paz y a solas con Raina… No, nada más alejado de la realidad. Estuvo presente mientras me daba mi baño, mientras me cambiaba y mientras me maquillaba también. No dejaba de parlotear, llegando a decir frases sin el más mínimo sentido con tal de ocupar el aire con sus palabras.
Nada era suficiente para mi chérie. Traté de que mis padres la se la llevaran de algún modo, pero esta vez no se aliaron de mi parte. Antoniette ganó su favor y yo tuve que soportarla sin chistar. Y si pensaba que lo peor ya había pasado, ¡como había pecado de inocente! Ya lo había dicho en muchas ocasiones, para Antoniette nada era suficiente. Ahora, a pocos minutos de que monsieur Murdock pasara a buscarme, se dedicaba a enrostrarme lo adusta que era mi vida sentimental y social. ¿Qué no entendía que, precisamente, era mi vida y no la suya? Porque no lo parecía. Últimamente todos se encargaban de ese aspecto como si les incumbiera más que a mí. ¡Mon dieu! ¿Sería que nunca dejarían de criticarme? Nada de lo que hiciera estaba correcto. Nada de lo que hiciera conformaba a los demás. Pues les tenía noticias… ¡Yo no había nacido para complacer a nadie!
La campana me salvó justo cuando más lo necesitaba. Mis ojos se iluminaron al oírla al tiempo que veía un leve fruncir de seños por parte de mi padre y madre. Antoniette enmudeció, Desireé suspiró agradecida y Raina se me quedó viendo como si nadie más existiera. Sí, se había dado cuenta de lo que mis ojos comunicaban. Estaba inusualmente feliz.
-¡Bonne nuit tout le monde!- dije en un tono cantarín y salí apresurada hacia la calesa que esperaba por mí, casi saltando dentro cuando la alcancé, no fuera que mis padres salieran corriendo tras de mí a retenerme y encerrarme en mi casa. –Bonsoir, monsieur Murdock- dije mirándolo a los ojos, mis mejillas encendiéndose como dos carbones al fuego.

Isabelle Von Rebeur- Twisted Saint

- Escritos realizados: 213
Antigüedad en el teatro: 14/01/2012
Reputación: 39
Estado: Activo
CURIOSIDADES
Sabías que...:
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Nombre de PB: Kaya Scodelario
Re: Grandes Esperanzas [Isabelle Von Rebeur]
—Oiga...— Se me olvidó un detalle. “Son los nervios que trastocan el entorno”—¡Oiga!— saqué la cabeza por la ventanilla llamando la atención del cochero ¿Se acordaría de mí? ¡Porque le costó centrarse! Tranquilamente fumaba un cigarrillo y parecía perdido en algún pensamiento lejano. Tras varios intentos, localizó mis luceros —¿Le importaría tocar la campanilla del carruaje para avisarla de que estoy aquí?— “Luego se hizo de rogar.”
—¿Y por qué no sale a la puerta, a buscarla? Un caballero lo haría, mi señor. Es lo apropiado— “Para qué... ¿Para encontrarme con el patrón de la casa? ¿Para que me tache de negligente e inoportuno, cagándose en mi santa madre por pretender a su hija, al fruto de sus entrañas?” Pecaría de sensato por esta vez. ¡Mejor lo dejamos para otro día!”
—Métase en sus asuntos y toque la campana ¿Quiere?— al volver a esconder la cabeza dentro del carro, crují sonoramente los huesos del cuello, colocándome el anillo en su sitio. “Fuera tensiones.” Pasaríamos una velada agradable y luego “si te he visto no me acuerdo.” Me convencí asintiendo con la cabeza pues mis palabras eran sagradas y no me apetecía discutir conmigo mismo. Isabelle desaparecería de mi vida con el solsticio de invierno.
Cuando el cochero agitó la campana del carruaje y los caballos relincharon, perseguidos por el tintineo; una estrella salió disparada de la casa. Fugaz, cruzó el infinito y alcanzó entre destellos azules y llamas incandescentes el vehículo. Iluminó mi rostro sin previo aviso. “El presagio del otoño con el inicio del equinoccio.” Eso era ella. La madurez personificada. La que cosecha girasoles olímpicos y repletos de esperanzas, porque sólo tiene diez y nueve años.
—Bonsoir, monsieur Murdock— mi sonrisa se abrió en abanico, desplegándose como las alas de un pájaro con el ojo avizor. “Joder, nena... menudo vestido.” ¡Quédate gilipollas! La miré a lo ancho y largo durante unos breves segundos ¡Territorio francés! como si fuese un horizonte lejano, inexplorado pero no inalcanzable para un americano que viene del nuevo mundo.
—Hola, preciosa— murmuré muy bajo como si alguien pudiese oírnos. "Quizás mi conciencia, pendiente y al acecho." Atentaba contra mí, advirtiéndome de que intentase no estrechar lazos inquebrantables. "Yo controlo, ¿vale?" envié aquel mensaje al centro de mi cerebro para que se quedase tranquila. Después saqué una mano por la ventanilla, agitándola "¡Hola, chato, seguimos aquí!" para que el cochero tirase millas "¡Dale, dale! ¡Y que no se diga!" —Estoy seguro de que te va a encantar la zona. Ya verás, guapa...— “¡Qué fe!” —Está llena de poetas.— “Todos majaras” —Ya sabes... gente intelectual ¿entiendes?— “yo personalmente no tengo ni pajolera idea de lo que dicen y cuentan. ¡O proclaman al viento! entre hojas de papel y cervezas. Ni idea, brother. Pero debía ser interesante de cojones.” Seguí hablando, sin dejar que el silencio se interpusiese entre nosotros. Porque es “un rato incómodo ¿sabes?” “Y yo hablo y hablo y... a veces no se ni lo que me digo” —Además puedes poner los pies en la butaca de enfrente— “como si estuvieses en tu casa.” Esa idea me atrajo. Di una palmada concluyendo lo dicho y mostrando mi euforia —Y también quitarte los zapatos— “y el vestido ya de paso.” La miré sinvergonzón, cortando de un tijeretazo la diplomacia tras aquel pensamiento salido de los rincones de mi eterna imaginación y desapretando el nudo de la corbata después de alzar el mentón para alargar el cuello. Luego volví a perder la vista en la ventana, mientras el trote de los caballos seguía agitando nuestros cuerpos y yo le daba vueltas al tema de la cita.
Para mi no tuvo ningún sentido que aceptase volver a verme. No hablé demasiado en su momento y tampoco me mostré receptivo. Mal educado no es la palabra. Si me apuras, flemático. Un ser despreocupado y carente de sensibilidad a primera vista. Y que conste que no significa que carezca de ella. Simplemente evito sacarla a relucir por las posibles consecuencias. ¡En seguida te exigen un anillo! “Y yo soltero y sin compromiso ¿entiendes?” Siempre fue mi credo.
A pesar de no haber pisado en años el barrio pobre de Francia, supe que habíamos llegado antes de que nos detuviésemos. ¿Sabes por qué? “Olí el Whisky a dos calles de allí.” Embriagante en su más amplio sentido. Pero nada superior a un buen vaso de leche fría. Como los niños, seguí creciendo, mirando siempre al frente y con ojos fieros, en vigilia e incapaz de pasar por alto lo que ocurría en los callejones, donde los vampiros acorralaban a sus presas. “Recuerda que te has tomado un día de descanso.”
Los jóvenes fumaban tabaco de liar a la entrada del teatro y conversaban sobre temas religiosos y políticos, entre otras cosas. No había que pagar nada. Debías sentarte en alguna butaca -desgastada por el transcurso del tiempo- y disfrutar de la función —Ya hemos llegado, nena— bajé el primero tendiendo una mano tras limpiármela en el pantalón. ¡Tú también lo habría hecho! Daba lástima tocarla. Tan menuda, tan pulcra. Me subió de golpe un calentón atroz.
—¿Y por qué no sale a la puerta, a buscarla? Un caballero lo haría, mi señor. Es lo apropiado— “Para qué... ¿Para encontrarme con el patrón de la casa? ¿Para que me tache de negligente e inoportuno, cagándose en mi santa madre por pretender a su hija, al fruto de sus entrañas?” Pecaría de sensato por esta vez. ¡Mejor lo dejamos para otro día!”
—Métase en sus asuntos y toque la campana ¿Quiere?— al volver a esconder la cabeza dentro del carro, crují sonoramente los huesos del cuello, colocándome el anillo en su sitio. “Fuera tensiones.” Pasaríamos una velada agradable y luego “si te he visto no me acuerdo.” Me convencí asintiendo con la cabeza pues mis palabras eran sagradas y no me apetecía discutir conmigo mismo. Isabelle desaparecería de mi vida con el solsticio de invierno.
Cuando el cochero agitó la campana del carruaje y los caballos relincharon, perseguidos por el tintineo; una estrella salió disparada de la casa. Fugaz, cruzó el infinito y alcanzó entre destellos azules y llamas incandescentes el vehículo. Iluminó mi rostro sin previo aviso. “El presagio del otoño con el inicio del equinoccio.” Eso era ella. La madurez personificada. La que cosecha girasoles olímpicos y repletos de esperanzas, porque sólo tiene diez y nueve años.
—Bonsoir, monsieur Murdock— mi sonrisa se abrió en abanico, desplegándose como las alas de un pájaro con el ojo avizor. “Joder, nena... menudo vestido.” ¡Quédate gilipollas! La miré a lo ancho y largo durante unos breves segundos ¡Territorio francés! como si fuese un horizonte lejano, inexplorado pero no inalcanzable para un americano que viene del nuevo mundo.
—Hola, preciosa— murmuré muy bajo como si alguien pudiese oírnos. "Quizás mi conciencia, pendiente y al acecho." Atentaba contra mí, advirtiéndome de que intentase no estrechar lazos inquebrantables. "Yo controlo, ¿vale?" envié aquel mensaje al centro de mi cerebro para que se quedase tranquila. Después saqué una mano por la ventanilla, agitándola "¡Hola, chato, seguimos aquí!" para que el cochero tirase millas "¡Dale, dale! ¡Y que no se diga!" —Estoy seguro de que te va a encantar la zona. Ya verás, guapa...— “¡Qué fe!” —Está llena de poetas.— “Todos majaras” —Ya sabes... gente intelectual ¿entiendes?— “yo personalmente no tengo ni pajolera idea de lo que dicen y cuentan. ¡O proclaman al viento! entre hojas de papel y cervezas. Ni idea, brother. Pero debía ser interesante de cojones.” Seguí hablando, sin dejar que el silencio se interpusiese entre nosotros. Porque es “un rato incómodo ¿sabes?” “Y yo hablo y hablo y... a veces no se ni lo que me digo” —Además puedes poner los pies en la butaca de enfrente— “como si estuvieses en tu casa.” Esa idea me atrajo. Di una palmada concluyendo lo dicho y mostrando mi euforia —Y también quitarte los zapatos— “y el vestido ya de paso.” La miré sinvergonzón, cortando de un tijeretazo la diplomacia tras aquel pensamiento salido de los rincones de mi eterna imaginación y desapretando el nudo de la corbata después de alzar el mentón para alargar el cuello. Luego volví a perder la vista en la ventana, mientras el trote de los caballos seguía agitando nuestros cuerpos y yo le daba vueltas al tema de la cita.
Para mi no tuvo ningún sentido que aceptase volver a verme. No hablé demasiado en su momento y tampoco me mostré receptivo. Mal educado no es la palabra. Si me apuras, flemático. Un ser despreocupado y carente de sensibilidad a primera vista. Y que conste que no significa que carezca de ella. Simplemente evito sacarla a relucir por las posibles consecuencias. ¡En seguida te exigen un anillo! “Y yo soltero y sin compromiso ¿entiendes?” Siempre fue mi credo.
A pesar de no haber pisado en años el barrio pobre de Francia, supe que habíamos llegado antes de que nos detuviésemos. ¿Sabes por qué? “Olí el Whisky a dos calles de allí.” Embriagante en su más amplio sentido. Pero nada superior a un buen vaso de leche fría. Como los niños, seguí creciendo, mirando siempre al frente y con ojos fieros, en vigilia e incapaz de pasar por alto lo que ocurría en los callejones, donde los vampiros acorralaban a sus presas. “Recuerda que te has tomado un día de descanso.”
Los jóvenes fumaban tabaco de liar a la entrada del teatro y conversaban sobre temas religiosos y políticos, entre otras cosas. No había que pagar nada. Debías sentarte en alguna butaca -desgastada por el transcurso del tiempo- y disfrutar de la función —Ya hemos llegado, nena— bajé el primero tendiendo una mano tras limpiármela en el pantalón. ¡Tú también lo habría hecho! Daba lástima tocarla. Tan menuda, tan pulcra. Me subió de golpe un calentón atroz.
off: ¡Tú eres demasiado buena, baby!

Evan Murdock- ParticipanteCA

- Escritos realizados: 590
Antigüedad en el teatro: 15/05/2011
Reputación: 139
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CURIOSIDADES
Sabías que...:
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Nombre de PB: Garrett Hedlund
Re: Grandes Esperanzas [Isabelle Von Rebeur]
Su sonrisa… Su sonrisa podía iluminar la más oscura de las noches. Incluso podría dar sosiego al alma más desesperada y conquistar al más rebelde y frío de los corazones. Imposible resistirse, imposible ignorarla. Pero, por mi bien, debía dejar de observarla o mis mejillas se convertirían en una tea. Estaba actuando de manera estúpida y totalmente aniñada. Estaba actuando como Antoniette cada que hablaba de su Edmund y cada que lo veía… Excepto que ella estaba enamorada como una pobre inocente y yo de amor solo conocía la palabra y gracias. Mientras que todas las jovencitas de mi edad –y más pequeñas también, por supuesto- morían por conseguir a alguien con quien compartir sus vidas, costara lo que costara, yo seguía en mi postura de que el amor era un sentimiento sobrevaluado. Además, ni que se enamoraran de sus futuros maridos. Mejor podría llamársele encaprichamiento temporal o algo por el estilo, porque ya se verían ellas coqueteando con otros hombres y quejándose una y otra vez del hastío que les provocaban sus esposos.
Reí apenas ante sus últimas palabras. Era una de esas risillas que sonaban como el tintineo de unas campanas, provocada por una mezcla de nerviosismo y ese no sé qué que el estadounidense causaba en mi alborotado interior. Era tan distinto a mí, tan diferente a los parámetros que ya me conocía de memoria hasta el hartazgo y que aborrecía con tantas fuerzas, tan lejano del mundo en el que me habían metido a las rastras desde que estuve en mi cuna… Era una ecuación simple. Los polos opuestos siempre se atraían. Y esta no era la excepción. Monsieur Murdock era el desastre hecho persona para la concepción de mis padres y de mi hermana –que, igualmente, repetiría unas cuantas millones de veces lo atractivo que era-. Para mí, monsieur Murdock era mejor que todos esos papanatas que me habían presentado. Pretenciosos, altaneros, mentirosos, aduladores en exceso, hipócritas lame botas de mamá y papá por una buena suma de dinero que yo venía a representar. Con Evan no tenía presiones. No venía a pedir mi mano ni hacerme la corte ni todas esas pavadas insoportables que solo atravesaba para complacer a mis padres.
-Poetas… Almas condenadas eternamente bajo el don y el peso de sus palabras. Y de la ausencia de ellas- dije y me arrepentí de tan absurdo aporte. Bueno, no del todo absurdo, pero si inapropiado para la ocasión. Ese tipo de comentarios era los que hacía con Raina cuando nos entreteníamos conversando sobre uno de nuestros pasatiempos compartidos: la escritura. Supongo que ambas habíamos encontrado en ella una especie de liberación que nada ni nadie más podía ofrecernos. –Dejando de lado mi palabrería sobre poetas y poesía, la cual te resultará bastante aburrida, he de admitir que no apoyaré mis pies sobre la butaca del frente porque no es una idea que particularmente me caiga en gracia. Sin embargo, la cuestión de sacarme los zapatos me agrada sobremanera. No sabes lo incómodos que pueden llegar a resultar estos preciosos zapatitos que llevo puestos. Son una tortura moderna.
Como solía pensar en mis ratos a solas, la belleza era un precio muy alto para cualquiera. Era un peso asfixiante para algunos, un inalcanzable doloroso para otros. Y para mí, bien lo decía mi frase predilecta: es en la hermosura que se encuentra ocasión de muerte temprana. No la muerte literal, por supuesto, si no la del alma. La vanidad lo consumía todo y bien podía notarse aquello en las niñas que habían sido agraciadas por la madre natura. Tanto se jactaban de su belleza y juventud que no hacían más que mirarse en sus espejos y jactarse de sus atributos. Por lo demás, no se preocupaban. Sus habilidades para otra cosa que no fuera pavonearse en los bailes eran inexistentes. Su vocabulario y cultura distaban de ser exquisitos. Pero creían que con verse bonitas estaban salvadas de por vida. ¡Pobres criaturas! La juventud se esfuma en un suspiro y las arrugas pronto surcan cada centímetro de piel. La belleza se desvanece con el devenir de los años y la gracia que algún día las supo iluminar, desaparece así sin más.
Otra vez. Otra vez perdida en mis pensamientos reflexivos. ¿No podía dejarlo por unas horas? Aparentemente no. era eso o derretirme como la cera al calor observando a mi acompañante. No sé qué era peor: verme como una desinteresada y fría señorita de alta sociedad o como una mojigata que no podía conservar las formas. Ambas opciones me causaban espanto, sobre todo la segunda. No quería verme como una de mis… Congéneres. Eran grotescas. Cada baile, cada convite, era insoportable. Empolvadísimas, con exceso de rubor, tratando de parecer quienes no eran, cuchicheando sin descanso sobre sus “hombres de ensueño”. Baberos, eso era lo que necesitaban. Y un buen baldazo de agua fría que les bajara la temperatura corporal.
Dirigí mi mirada a Evan, quien se veía incómodo luciendo tal traje. Por mi, que hubiera venido en su pijama si eso es lo que le resultaba más práctico. De hecho, ver lo poco a gusto que estaba con esa corbata hacía que me dieran ganas de sacársela. ¿Para qué molestarse? Era solo un accesorio más. Ni que fuera importante. Pero… No, no metería mano en donde no me llamaban. Todavía tenía mis modales en uso.
La calesa se detuvo poco después. Estábamos en un barrio que, obviamente, no conocía. Un lugar que a mis padres les causaría la muerte si lo visitaran… O si se enteraban que su querida Belle lo pisó alguna vez. No pude evitar sonreír nuevamente ante ese pensamiento. Yo pertenecía más a un lugar de este estilo que a los lugares que frecuentaba. Acá nadie guardaba las apariencias y se trataban los unos a otros como se les daba la gana de tratarse. Ya quiero contarle a Raina donde estuve, que le da un infarto. Lo que nos divertiríamos hablando de esta tan particular salida. Eso sí, debería inventarme una historia alterna apta para mi familia de sangre. Ellos no tenían que enterarse de esto.
Evan descendió de la calesa primero y amablemente extendió su mano para que yo bajara también. Con pesar debía reconocer que las prendas que llevaba no eran muy apropiadas. Llamaría la atención como si tuviera un reflector gigante apuntándome gracias al vestido que tenía puesto y a las joyas que también lucía. Anda… Podría haber venido en mis enaguas y todavía estaría pasada de rosca.
-Merci, Evan- dije una vez estuve a su lado, lista para entrar a tan particular teatro.
Off: Gracias
<3
Reí apenas ante sus últimas palabras. Era una de esas risillas que sonaban como el tintineo de unas campanas, provocada por una mezcla de nerviosismo y ese no sé qué que el estadounidense causaba en mi alborotado interior. Era tan distinto a mí, tan diferente a los parámetros que ya me conocía de memoria hasta el hartazgo y que aborrecía con tantas fuerzas, tan lejano del mundo en el que me habían metido a las rastras desde que estuve en mi cuna… Era una ecuación simple. Los polos opuestos siempre se atraían. Y esta no era la excepción. Monsieur Murdock era el desastre hecho persona para la concepción de mis padres y de mi hermana –que, igualmente, repetiría unas cuantas millones de veces lo atractivo que era-. Para mí, monsieur Murdock era mejor que todos esos papanatas que me habían presentado. Pretenciosos, altaneros, mentirosos, aduladores en exceso, hipócritas lame botas de mamá y papá por una buena suma de dinero que yo venía a representar. Con Evan no tenía presiones. No venía a pedir mi mano ni hacerme la corte ni todas esas pavadas insoportables que solo atravesaba para complacer a mis padres.
-Poetas… Almas condenadas eternamente bajo el don y el peso de sus palabras. Y de la ausencia de ellas- dije y me arrepentí de tan absurdo aporte. Bueno, no del todo absurdo, pero si inapropiado para la ocasión. Ese tipo de comentarios era los que hacía con Raina cuando nos entreteníamos conversando sobre uno de nuestros pasatiempos compartidos: la escritura. Supongo que ambas habíamos encontrado en ella una especie de liberación que nada ni nadie más podía ofrecernos. –Dejando de lado mi palabrería sobre poetas y poesía, la cual te resultará bastante aburrida, he de admitir que no apoyaré mis pies sobre la butaca del frente porque no es una idea que particularmente me caiga en gracia. Sin embargo, la cuestión de sacarme los zapatos me agrada sobremanera. No sabes lo incómodos que pueden llegar a resultar estos preciosos zapatitos que llevo puestos. Son una tortura moderna.
Como solía pensar en mis ratos a solas, la belleza era un precio muy alto para cualquiera. Era un peso asfixiante para algunos, un inalcanzable doloroso para otros. Y para mí, bien lo decía mi frase predilecta: es en la hermosura que se encuentra ocasión de muerte temprana. No la muerte literal, por supuesto, si no la del alma. La vanidad lo consumía todo y bien podía notarse aquello en las niñas que habían sido agraciadas por la madre natura. Tanto se jactaban de su belleza y juventud que no hacían más que mirarse en sus espejos y jactarse de sus atributos. Por lo demás, no se preocupaban. Sus habilidades para otra cosa que no fuera pavonearse en los bailes eran inexistentes. Su vocabulario y cultura distaban de ser exquisitos. Pero creían que con verse bonitas estaban salvadas de por vida. ¡Pobres criaturas! La juventud se esfuma en un suspiro y las arrugas pronto surcan cada centímetro de piel. La belleza se desvanece con el devenir de los años y la gracia que algún día las supo iluminar, desaparece así sin más.
Otra vez. Otra vez perdida en mis pensamientos reflexivos. ¿No podía dejarlo por unas horas? Aparentemente no. era eso o derretirme como la cera al calor observando a mi acompañante. No sé qué era peor: verme como una desinteresada y fría señorita de alta sociedad o como una mojigata que no podía conservar las formas. Ambas opciones me causaban espanto, sobre todo la segunda. No quería verme como una de mis… Congéneres. Eran grotescas. Cada baile, cada convite, era insoportable. Empolvadísimas, con exceso de rubor, tratando de parecer quienes no eran, cuchicheando sin descanso sobre sus “hombres de ensueño”. Baberos, eso era lo que necesitaban. Y un buen baldazo de agua fría que les bajara la temperatura corporal.
Dirigí mi mirada a Evan, quien se veía incómodo luciendo tal traje. Por mi, que hubiera venido en su pijama si eso es lo que le resultaba más práctico. De hecho, ver lo poco a gusto que estaba con esa corbata hacía que me dieran ganas de sacársela. ¿Para qué molestarse? Era solo un accesorio más. Ni que fuera importante. Pero… No, no metería mano en donde no me llamaban. Todavía tenía mis modales en uso.
La calesa se detuvo poco después. Estábamos en un barrio que, obviamente, no conocía. Un lugar que a mis padres les causaría la muerte si lo visitaran… O si se enteraban que su querida Belle lo pisó alguna vez. No pude evitar sonreír nuevamente ante ese pensamiento. Yo pertenecía más a un lugar de este estilo que a los lugares que frecuentaba. Acá nadie guardaba las apariencias y se trataban los unos a otros como se les daba la gana de tratarse. Ya quiero contarle a Raina donde estuve, que le da un infarto. Lo que nos divertiríamos hablando de esta tan particular salida. Eso sí, debería inventarme una historia alterna apta para mi familia de sangre. Ellos no tenían que enterarse de esto.
Evan descendió de la calesa primero y amablemente extendió su mano para que yo bajara también. Con pesar debía reconocer que las prendas que llevaba no eran muy apropiadas. Llamaría la atención como si tuviera un reflector gigante apuntándome gracias al vestido que tenía puesto y a las joyas que también lucía. Anda… Podría haber venido en mis enaguas y todavía estaría pasada de rosca.
-Merci, Evan- dije una vez estuve a su lado, lista para entrar a tan particular teatro.
Off: Gracias
<3
Isabelle Von Rebeur- Twisted Saint

- Escritos realizados: 213
Antigüedad en el teatro: 14/01/2012
Reputación: 39
Estado: Activo
CURIOSIDADES
Sabías que...:
Empleo actual: Ninguno
Nombre de PB: Kaya Scodelario
Re: Grandes Esperanzas [Isabelle Von Rebeur]
Ella no perdió en ningún momento la buena educación y los modales. Algo de lo que yo carecía. "Lo se desde muy pequeño". Lo sabía incluso antes de nacer, flotando en el limbo y girando en posición fetal y en dirección contraria al resto de los infantes. Pero mis padres no tuvieron la culpa ¿eh? “Me gustaría que constase en apta.” A decir verdad, siempre deseé ser como mi padre. Explorador en los confines de los bosques más remotos. Investigador y partidario de entablar una amable hospitalidad con el resto de las culturas. Enamoradizo y no exclusivamente me refiero a las mujeres. También amante de la naturaleza, de la fauna espesa, los insectos, incluso las piedras. “Era muy cariñoso, para qué vamos a negarlo.” Además cantaba muy bien. “Yo me defiendo, pero lo justo a expensas de quedarme corto.” ¡Sobretodo, era emprendedor! El capital que poseía en herencia y que a medida que pasaba el tiempo, crecía y crecía... “Era impresionante.” ¡Anormal! Y mientras él lo había ganado honradamente; yo en cambio, me pasé toda la adolescencia reventando cejas y partiendo huesos y espinillas en las peleas clandestinas, entre guantes de boxeo. Porque era lo mejor que sabía hacer ¿entiendes? Y el dolor me superaba, tras enterarme de su muerte. Y no quería estudiar, ni pasarme toda la vida contando números en un banco o salvaguardando los viñedos que poseíamos en Luisiana. No fue culpa de mis padres, que terminase así. “Es que siempre fui en contra de la marea.” Es difícil explicarle a una mujer esto. Así que, ni lo intento. “Porque la mayoría de ellas, no lo entienden.”
Sin embargo, Isabelle gozaba de ”esa chispa.” ¿Sabes a qué chispa me refiero? ¿Has intentado alguna vez hacer fuego? Chocar dos piedras, mientras el frío se te echa encima y te tiembla el labio y se te cae la vela, pensando que estás apunto de congelarte. Y te muestras de lo más hostil. Casi ladras y además, a nadie ¡porque estás solo, tío! ...intentando que la hoguera prenda. Y entonces aparece esa chispa, que es la esperanza viva y todo se vuelve del color de la plata. Reluciente. "Pues así era ella." Además de una rebelde aún por explotar. “Y mis ojos centelleaban como relámpagos cada vez que la miraba.” El tema de quitarse los zapatos, me dio la clave. Otra me habría mandado a tomar por culo, seguido de un claro: “¡Cómo se te ocurre!” Yo se que cuesta desmelenarse. Pero lo importante es tener ganas, porque si no... “no vamos a ninguna parte, brother.”
–Merci, Evan– “De nada guapa.” Sonreí, entrelazando los dedos antes de cruzar las puertas del teatro. Era muy pintoresco. Cada asiento de familias distintas. Ni siquiera tenía vestíbulo o un lugar dónde poder dejar los abrigos y pertenecías. ¡Cualquiera podría robártelas! Nos dimos de bruces contra el salón de actos, parecido en tamaño al salón de una casa de clase media. Ocho filas y el escenario. La sala entera llena de imponentes candelabros.
Éramos los más elegantes. Sobretodo Isabelle, con las joyas de la corona francesa puestas. La gota que colgaba de su cuello, tentaba a cualquiera, haciéndole perder la vista más allá de la clavícula. “En las montañas azules, donde siempre pasé buenos ratos.” Esquivamos a los bohemios que empezaban a ocupar su asientos sin numerar. E instintivamente, volví a recordar sus palabras al ver a dos discutiendo acalorados:
“Poetas… Almas condenadas eternamente bajo el don y el peso de sus palabras. Y de la ausencia de ellas.”
Algo se dirían y no congeniaron. ¡Suele pasar! A mí me sucedía con Nastas. Ya no sólo cuando hablábamos de armas. Resulta que nuestras percepciones, no son las mismas. El tipo es duro de cojones. “Yo también, ¿eh?” “¡No te confundas!” Pero él se pasa de castaño oscuro. Recuerdo el día que me dispararon unos ladrones por la espalda. Sangraba como un condenado y mis gritos retumbaban en el callejón. Nastas acudió rápido en mi ayuda. Aunque “ayuda” no sería la palabra más correcta. “Creo que no la entiende.” Te cuento, te cuento... Es el típico que te mira desde lo alto ¿De acuerdo? ¡Con cara de póquer, sobrado de la vida! Y tras soltar un suspiro, cargado de paciencia, él fulano va y comenta: “Que exagerado...” ¿Te parece normal, brother? ¿A ti te parece normal? Desde entonces, nunca doy la espalda a nadie. Ni siquiera a él.
—Nos sentaremos atrás del todo— Así podría ver el perímetro completo y sin posibles enemigos acechándonos. “No te fíes ni de tu abuela.” “Aunque la gente vaya en plan paz y amor.” Esperé a que se acomodase a mi lado. Y a pesar de estar sentados, algún curioso continuaba mirándola. “Era preciosa, tío.” Y me importa un cojón que la belleza esté sobrevalorada y en realidad, en el interior de nuestros corazones. A mi no me van esas ideas sentimentales de novela barata. Las cosas como son. Estaba para hacerla un favor. ¡O dos! ¡O seis! “Y a mí estas cosas me ponen muy bruto.” —¿Te importa?— pregunté con cara de pobrecito para que no pudiese decirme que no, al tomar una de sus piernas y situar la pantorrilla en mi regazo —Esto tiene que doler un huevo, nena— señalé el tacón —Pero yo lo arreglo en un momento— ¡a mí no me importaba! Aguanté la sonrisa, emocionado por el simple hecho de sacárselo del pie de forma limpia. Cinco dedos me saludaron. “Hola, peques.” —¿Sabes? Quiero que sea la mejor noche de tu vida. ¡La mejor de tu vida, guapa! Y tengo varias ideas— la expliqué dejando el pie en su sitio, apoyado en el suelo —Pero no adelantemos acontecimientos— miré al frente cuando la gente se quedó en silencio de forma inmediata y el último invitado se colocó en su sitio. Es decir, al lado de Isabelle. “Joder, que oportuno.” Yo estaba buscando intimidad.
Perdí la vista al frente, cuando descorrieron con dificultad el telón. La polea chirriaba, en las últimas. Y dio comienzo el primer acto, mientras yo me repanchingaba en la butaca, con la cabeza apoyada en la pared de atrás y los brazos en cruz. De vez en cuando echaba un ojo a Isabelle. Me interesaba su expresión y rezaba para que la velada resultase de su agrado. Una cosa de lo más extraña. Porque a mi, en verdad, me daba igual, ¿entiendes?
¿Qué hacia allí? Es más... ¿Qué pintaba con un tipo como yo? ¿Me había visto bien? Porque parecía tratarme como si fuese un espécimen insólito. O esa fue mi percepción. Pero yo no tenía ningún misterio ni lo pretendía. Me quedé mirándola fijamente, perdiendo el hilo de la obra. “Y de qué hablo con esta chica...” Estaba perdidísimo y al mismo tiempo, bastante entretenido contándole las pecas de la cara. Paseé la mirada por sus cabellos castaños. "Los indios tenemos una intensa fijación por el pelo." "He visto muchos y tocado tantos otros... como países en los que he vivido y costumbres adquiridas." “Presento una actitud cosmopolita.” Me estaba pasando tres pueblos ¿vale? Pero insolente, también era mi apellido. Y terminé absorto, con una asombrosa calma en el cuerpo, preso de la serenidad que comunicaba su rostro. Parecido al mío, pero mucho más embellecido. ¿En qué estaría pensando?
Sin embargo, Isabelle gozaba de ”esa chispa.” ¿Sabes a qué chispa me refiero? ¿Has intentado alguna vez hacer fuego? Chocar dos piedras, mientras el frío se te echa encima y te tiembla el labio y se te cae la vela, pensando que estás apunto de congelarte. Y te muestras de lo más hostil. Casi ladras y además, a nadie ¡porque estás solo, tío! ...intentando que la hoguera prenda. Y entonces aparece esa chispa, que es la esperanza viva y todo se vuelve del color de la plata. Reluciente. "Pues así era ella." Además de una rebelde aún por explotar. “Y mis ojos centelleaban como relámpagos cada vez que la miraba.” El tema de quitarse los zapatos, me dio la clave. Otra me habría mandado a tomar por culo, seguido de un claro: “¡Cómo se te ocurre!” Yo se que cuesta desmelenarse. Pero lo importante es tener ganas, porque si no... “no vamos a ninguna parte, brother.”
–Merci, Evan– “De nada guapa.” Sonreí, entrelazando los dedos antes de cruzar las puertas del teatro. Era muy pintoresco. Cada asiento de familias distintas. Ni siquiera tenía vestíbulo o un lugar dónde poder dejar los abrigos y pertenecías. ¡Cualquiera podría robártelas! Nos dimos de bruces contra el salón de actos, parecido en tamaño al salón de una casa de clase media. Ocho filas y el escenario. La sala entera llena de imponentes candelabros.
Éramos los más elegantes. Sobretodo Isabelle, con las joyas de la corona francesa puestas. La gota que colgaba de su cuello, tentaba a cualquiera, haciéndole perder la vista más allá de la clavícula. “En las montañas azules, donde siempre pasé buenos ratos.” Esquivamos a los bohemios que empezaban a ocupar su asientos sin numerar. E instintivamente, volví a recordar sus palabras al ver a dos discutiendo acalorados:
“Poetas… Almas condenadas eternamente bajo el don y el peso de sus palabras. Y de la ausencia de ellas.”
Algo se dirían y no congeniaron. ¡Suele pasar! A mí me sucedía con Nastas. Ya no sólo cuando hablábamos de armas. Resulta que nuestras percepciones, no son las mismas. El tipo es duro de cojones. “Yo también, ¿eh?” “¡No te confundas!” Pero él se pasa de castaño oscuro. Recuerdo el día que me dispararon unos ladrones por la espalda. Sangraba como un condenado y mis gritos retumbaban en el callejón. Nastas acudió rápido en mi ayuda. Aunque “ayuda” no sería la palabra más correcta. “Creo que no la entiende.” Te cuento, te cuento... Es el típico que te mira desde lo alto ¿De acuerdo? ¡Con cara de póquer, sobrado de la vida! Y tras soltar un suspiro, cargado de paciencia, él fulano va y comenta: “Que exagerado...” ¿Te parece normal, brother? ¿A ti te parece normal? Desde entonces, nunca doy la espalda a nadie. Ni siquiera a él.
—Nos sentaremos atrás del todo— Así podría ver el perímetro completo y sin posibles enemigos acechándonos. “No te fíes ni de tu abuela.” “Aunque la gente vaya en plan paz y amor.” Esperé a que se acomodase a mi lado. Y a pesar de estar sentados, algún curioso continuaba mirándola. “Era preciosa, tío.” Y me importa un cojón que la belleza esté sobrevalorada y en realidad, en el interior de nuestros corazones. A mi no me van esas ideas sentimentales de novela barata. Las cosas como son. Estaba para hacerla un favor. ¡O dos! ¡O seis! “Y a mí estas cosas me ponen muy bruto.” —¿Te importa?— pregunté con cara de pobrecito para que no pudiese decirme que no, al tomar una de sus piernas y situar la pantorrilla en mi regazo —Esto tiene que doler un huevo, nena— señalé el tacón —Pero yo lo arreglo en un momento— ¡a mí no me importaba! Aguanté la sonrisa, emocionado por el simple hecho de sacárselo del pie de forma limpia. Cinco dedos me saludaron. “Hola, peques.” —¿Sabes? Quiero que sea la mejor noche de tu vida. ¡La mejor de tu vida, guapa! Y tengo varias ideas— la expliqué dejando el pie en su sitio, apoyado en el suelo —Pero no adelantemos acontecimientos— miré al frente cuando la gente se quedó en silencio de forma inmediata y el último invitado se colocó en su sitio. Es decir, al lado de Isabelle. “Joder, que oportuno.” Yo estaba buscando intimidad.
Perdí la vista al frente, cuando descorrieron con dificultad el telón. La polea chirriaba, en las últimas. Y dio comienzo el primer acto, mientras yo me repanchingaba en la butaca, con la cabeza apoyada en la pared de atrás y los brazos en cruz. De vez en cuando echaba un ojo a Isabelle. Me interesaba su expresión y rezaba para que la velada resultase de su agrado. Una cosa de lo más extraña. Porque a mi, en verdad, me daba igual, ¿entiendes?
¿Qué hacia allí? Es más... ¿Qué pintaba con un tipo como yo? ¿Me había visto bien? Porque parecía tratarme como si fuese un espécimen insólito. O esa fue mi percepción. Pero yo no tenía ningún misterio ni lo pretendía. Me quedé mirándola fijamente, perdiendo el hilo de la obra. “Y de qué hablo con esta chica...” Estaba perdidísimo y al mismo tiempo, bastante entretenido contándole las pecas de la cara. Paseé la mirada por sus cabellos castaños. "Los indios tenemos una intensa fijación por el pelo." "He visto muchos y tocado tantos otros... como países en los que he vivido y costumbres adquiridas." “Presento una actitud cosmopolita.” Me estaba pasando tres pueblos ¿vale? Pero insolente, también era mi apellido. Y terminé absorto, con una asombrosa calma en el cuerpo, preso de la serenidad que comunicaba su rostro. Parecido al mío, pero mucho más embellecido. ¿En qué estaría pensando?

Evan Murdock- ParticipanteCA

- Escritos realizados: 590
Antigüedad en el teatro: 15/05/2011
Reputación: 139
Estado: Activo
CURIOSIDADES
Sabías que...:
Empleo actual: Cazador
Nombre de PB: Garrett Hedlund
Re: Grandes Esperanzas [Isabelle Von Rebeur]
El salón era tan pequeño que podría haberlo comparado con la sala de estar de mi casa. Qué digo, hasta mi cuarto era más grande que aquella salita en donde supuestamente interpretarían Romeo y Julieta. Vaya historia de amor tan trágica. ¿De eso se trataba aquel sentimiento? ¿De perder la cordura completamente? Ya lo veía, yo jamás me enamoraría. ¡Y cuán feliz me hacía saberlo! Que mi corazón tenía dueño y esa era yo misma, nadie más. No necesitaba a nadie a mi lado para ser feliz, aunque todos se empeñaran en llevarme la contra. Todos estaban histéricos ante mis negativas frente a un posible casamiento. ¿Atarme a otro? ¡Mon Dieu! Eso no lo permitiría ni aunque amenazaran con tirarme a la calle. El casamiento llegaba solo para generar problemas y consumir la vida más rápido. Vaya utilidad.
Pero que no me tenía que poner a pensar en esas cosas justo ahora. Sería gracioso que mis padres tuvieran las esperanzas de que Evan me pretendiera seriamente. Vamos, no creo que fueran tan tontos. Se veía de lejos que el único compromiso que tenía monsieur Murdock era, precisamente, el de no tener compromiso alguno. Y lo felicitaba, porque era una decisión muy sabia. Sin compromisos no había preocupación alguna, no se le debía explicaciones a nadie ni se tenía que soportar quejas de boca de nadie. El día que mis padres modernizaran su cerrada visión del mundo calada hasta el fondo por la estúpida religión que profesaban –esa que me veía obligada a fingir profesar con total devoción-, comprenderían mi manera de ver las cosas. Pero bien sabía que eso no iba a suceder. Se apegaban a sus costumbres como si les valiera la vida… Y sí, les valía la vida efectivamente.
Seguí a Evan hacia nuestros asientos -¿lo eran? Estaban tan desgastados que eran apenas reconocibles-, ubicados al fondo de la sala. A nuestro alrededor había cierto tumulto que me volvía un tanto impaciente. Los lugares llenos de gente no me agradaban. Me ponían incómoda, sobre todo cuando esa gente te estaba observando embobada. Por suerte no era una multitud porque en lugar tan chico solo cabían unas cuantas decenas de personas, nada comparado con los bailes y demás eventos a los que solía asistir. Creo que el problema principal lo suponía el ir vestida de gala, cuestión que aquí sí que no pasaba desapercibido en lo absoluto. En enaguas, debería quedarme en enaguas. No, mejor que me quedara en vestido. Las enaguas eran demasiado finas y no sabía lo que podía llegar a pasar si alguien me veía luciendo solamente su tela inconvenientemente transparente.
Me acomodé lo mejor que pude en mi lugar, demasiado estrecho como para abarcar la falda de mi vestido. Parecía, en fin, un enorme montículo de tela del cual salía mi torso y mis brazos. Y solo puedo quitarme los zapatos. Suspiré resignada y me dediqué a observar todo lo que había a mi alrededor. Los múltiples candelabros que alumbraban vagamente la estancia, la gente ocupando sus respectivos asientos y, por fin, haciendo silencio, la raída tela medio sucia que hacía las veces de telón… Y los ojos claros de monsieur Murdock sobre mí. Si te haces la que no te diste cuenta es mejor. Sí, como si fuera sencillo. Lo tenía a unos dos palmos de distancia como mucho y yo era una de esas personas que se daban cuenta de que la estaban observando así fuera alguien que estuviera escondido entre el gentío a cincuenta metros de distancia.
-Ya me gustaría verte a ti usándolos, así me dices qué se siente exactamente- sonreí mientras Evan se deshacía de mis zapatos, aunque estar torcida como estaba no era la postura más práctica de todas. Pero no podía quejarme. Por fin a alguien se le pasaba por la cabeza cómo me sentía y tenía un acto de cortesía para conmigo. Era un simple gesto pero yo sabía valorarlo. Aunque seguro se comportaba tan encantador con cada una de sus acompañantes y esto no era más que una rutina de conquistador. -¿Así que la mejor noche de mi vida? Vaya, se ve que tiene todo planeado. Lástima que no me adelante nada- dije en un susurro mientras un señor de unos treinta años o poco más ocupaba el asiento libre que tenía a mi lado.
Y si el telón daba lástima, lo demás era puro cuento. El chirrido de las poleas me ensordeció e hizo que apretara ligeramente mi mandíbula, irritada por ese sonido. El escenario era una tarima de madera avejentada y polvorienta y el decorado… Bueno, no había decorado. Era una escena pelada de cualquier tipo de adorno, a no ser por los candelabros que echaban su tétrica luz. Ambiente dramático a la par de la obra, ¿no? Los actores aparecieron por la derecha y así dio comienzo el primer acto.
Pero no presté mucha atención, siendo sincera. Me sentía vigilada por ambos flancos y eso me hacía perder cualquier tipo de interés en el drama que se desarrollaba a ocho filas de distancia. Además, mejor que no mirara, que para dramas ya teníamos la vida diaria y con eso tenía suficiente. El hombre de al lado se había prendado del collar que tenía puesto y estuve a punto de dárselo con tal de que se diera la vuelta y mirara para otra parte. Que yo no soy la atracción principal, eso ocurre al frente monsieur. Evan parecía no darse cuenta de lo que sucedía, talvez por el hecho de que se había empeñado en concentrarse en examinar mi rostro. Y yo… Bien, gracias, con una expresión imperturbable que me hacía ver como la Santa María pintada al óleo. Solo me faltaba la criatura en brazos y voilà.
Finalmente no pude resistir más esos dos pares de ojos devorándome como si estuviéramos en pleno banquete. Ya las mejillas me explotarían si seguían mirándome como un halcón cayendo en picada para atacar a su presa. Mira, talvez esta era la primera parte de la velada y a la que sigue tú eres la cena. O el postre, quién sabe. Mordí mi labio inferior, un tic que tenía cada vez que algo empezaba a ponerme nerviosa. Había tratado de desterrarlo miles de veces, siendo que siempre terminaba ejerciendo una fuerza que la delgada piel de mis labios no soportaba y estos acababan por sangrar, pero no surtieron efecto ninguna de mis tratativas. Y, lo más divertido y curioso del asunto es que a la gente últimamente se le hacía una costumbre el intentar ponerme nerviosa, aunque no fuera adrede.
Pero que no me tenía que poner a pensar en esas cosas justo ahora. Sería gracioso que mis padres tuvieran las esperanzas de que Evan me pretendiera seriamente. Vamos, no creo que fueran tan tontos. Se veía de lejos que el único compromiso que tenía monsieur Murdock era, precisamente, el de no tener compromiso alguno. Y lo felicitaba, porque era una decisión muy sabia. Sin compromisos no había preocupación alguna, no se le debía explicaciones a nadie ni se tenía que soportar quejas de boca de nadie. El día que mis padres modernizaran su cerrada visión del mundo calada hasta el fondo por la estúpida religión que profesaban –esa que me veía obligada a fingir profesar con total devoción-, comprenderían mi manera de ver las cosas. Pero bien sabía que eso no iba a suceder. Se apegaban a sus costumbres como si les valiera la vida… Y sí, les valía la vida efectivamente.
Seguí a Evan hacia nuestros asientos -¿lo eran? Estaban tan desgastados que eran apenas reconocibles-, ubicados al fondo de la sala. A nuestro alrededor había cierto tumulto que me volvía un tanto impaciente. Los lugares llenos de gente no me agradaban. Me ponían incómoda, sobre todo cuando esa gente te estaba observando embobada. Por suerte no era una multitud porque en lugar tan chico solo cabían unas cuantas decenas de personas, nada comparado con los bailes y demás eventos a los que solía asistir. Creo que el problema principal lo suponía el ir vestida de gala, cuestión que aquí sí que no pasaba desapercibido en lo absoluto. En enaguas, debería quedarme en enaguas. No, mejor que me quedara en vestido. Las enaguas eran demasiado finas y no sabía lo que podía llegar a pasar si alguien me veía luciendo solamente su tela inconvenientemente transparente.
Me acomodé lo mejor que pude en mi lugar, demasiado estrecho como para abarcar la falda de mi vestido. Parecía, en fin, un enorme montículo de tela del cual salía mi torso y mis brazos. Y solo puedo quitarme los zapatos. Suspiré resignada y me dediqué a observar todo lo que había a mi alrededor. Los múltiples candelabros que alumbraban vagamente la estancia, la gente ocupando sus respectivos asientos y, por fin, haciendo silencio, la raída tela medio sucia que hacía las veces de telón… Y los ojos claros de monsieur Murdock sobre mí. Si te haces la que no te diste cuenta es mejor. Sí, como si fuera sencillo. Lo tenía a unos dos palmos de distancia como mucho y yo era una de esas personas que se daban cuenta de que la estaban observando así fuera alguien que estuviera escondido entre el gentío a cincuenta metros de distancia.
-Ya me gustaría verte a ti usándolos, así me dices qué se siente exactamente- sonreí mientras Evan se deshacía de mis zapatos, aunque estar torcida como estaba no era la postura más práctica de todas. Pero no podía quejarme. Por fin a alguien se le pasaba por la cabeza cómo me sentía y tenía un acto de cortesía para conmigo. Era un simple gesto pero yo sabía valorarlo. Aunque seguro se comportaba tan encantador con cada una de sus acompañantes y esto no era más que una rutina de conquistador. -¿Así que la mejor noche de mi vida? Vaya, se ve que tiene todo planeado. Lástima que no me adelante nada- dije en un susurro mientras un señor de unos treinta años o poco más ocupaba el asiento libre que tenía a mi lado.
Y si el telón daba lástima, lo demás era puro cuento. El chirrido de las poleas me ensordeció e hizo que apretara ligeramente mi mandíbula, irritada por ese sonido. El escenario era una tarima de madera avejentada y polvorienta y el decorado… Bueno, no había decorado. Era una escena pelada de cualquier tipo de adorno, a no ser por los candelabros que echaban su tétrica luz. Ambiente dramático a la par de la obra, ¿no? Los actores aparecieron por la derecha y así dio comienzo el primer acto.
Pero no presté mucha atención, siendo sincera. Me sentía vigilada por ambos flancos y eso me hacía perder cualquier tipo de interés en el drama que se desarrollaba a ocho filas de distancia. Además, mejor que no mirara, que para dramas ya teníamos la vida diaria y con eso tenía suficiente. El hombre de al lado se había prendado del collar que tenía puesto y estuve a punto de dárselo con tal de que se diera la vuelta y mirara para otra parte. Que yo no soy la atracción principal, eso ocurre al frente monsieur. Evan parecía no darse cuenta de lo que sucedía, talvez por el hecho de que se había empeñado en concentrarse en examinar mi rostro. Y yo… Bien, gracias, con una expresión imperturbable que me hacía ver como la Santa María pintada al óleo. Solo me faltaba la criatura en brazos y voilà.
Finalmente no pude resistir más esos dos pares de ojos devorándome como si estuviéramos en pleno banquete. Ya las mejillas me explotarían si seguían mirándome como un halcón cayendo en picada para atacar a su presa. Mira, talvez esta era la primera parte de la velada y a la que sigue tú eres la cena. O el postre, quién sabe. Mordí mi labio inferior, un tic que tenía cada vez que algo empezaba a ponerme nerviosa. Había tratado de desterrarlo miles de veces, siendo que siempre terminaba ejerciendo una fuerza que la delgada piel de mis labios no soportaba y estos acababan por sangrar, pero no surtieron efecto ninguna de mis tratativas. Y, lo más divertido y curioso del asunto es que a la gente últimamente se le hacía una costumbre el intentar ponerme nerviosa, aunque no fuera adrede.

Isabelle Von Rebeur- Twisted Saint

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Re: Grandes Esperanzas [Isabelle Von Rebeur]
“Se me hacia la boca agua, brother...” Abrí los párpados varias veces seguidas, pestañeando con incredulidad. Como si aquella chica fuese una visión, totalmente irreal ¿comprendes? Las pecas iban desapareciendo a medida que sus carillos se sonrojaban, “madura como una manzana, recién caída de un árbol.” Pero entonces hizo un gesto que me devolvió al teatro. Se mordió los labios, contenida. ¡Y pensé que estaba perdiéndome un momento estelar de la obra al ver a Isabelle tan llena de atención!
BENVOLIO: ¡Feliz madrugada, primo!
ROMEO: ¿Es tan joven el día?
BENVOLIO: Acaban de dar las nueve.
ROMEO: ¿Es tan joven el día?
BENVOLIO: Acaban de dar las nueve.
Hablaban del tiempo. “¡Yeah!” “The time...” “¿Y a este tipo le alaban por escribir esto?” ¡Absurdo! Vale que yo fuese un analfabeto. “¡Vale!” “¡Lo reconozco!” Pero si me hubiese dedicado en mis tiempos libres a visitar la escuela, se me habrían ocurrido infinidad de temas, mucho más atractivos de los que poder hablar. ¡Very interesting! “¿Entonces?” Giré el rostro una vez más, perdiendo la vista en Isabelle “¿Qué la sucedía?”
—Nena, te vas a hacer daño...— susurré, arrugando el ceño con preocupación. Supuse que las mujeres poseían un mayor grado de sensibilidad respecto al hombre. Que eran capaces de ver el trasfondo de las cosas. De leer entre líneas. “Aunque la mayoría de ellas, le sacan punta a todo.” Recuperé la atención al resultarme familiar el diálogo.
—Nena, te vas a hacer daño...— susurré, arrugando el ceño con preocupación. Supuse que las mujeres poseían un mayor grado de sensibilidad respecto al hombre. Que eran capaces de ver el trasfondo de las cosas. De leer entre líneas. “Aunque la mayoría de ellas, le sacan punta a todo.” Recuperé la atención al resultarme familiar el diálogo.
ROMEO: Tuve un sueño anoche.
MERCUCIO: Y yo otro.
MERCUCIO: Y yo otro.
Y yo. “La noche anterior, soñé con un vampiro.” Pero esta vez, no atentaba contra la vida de un pobre inocente. Venía a tocarme los cojones a mí. “Es que tengo visiones.” Sucedía lo siguiente: mientras pelaba patatas en la cocina, junto a mi vecina Dorita en el piso que tengo en Londres, las ventanas de mi cuarto se abrían de par en par, provocando el sobresalto en Dorita y el desconcierto en mi rostro. “¡Habrá sido un golpe de viento!” ...decía ella, acudiendo a la habitación a ritmo apresurado y rodeándose con las manos el cuerpo. Después yo escuchaba un grito y se me caía la patata al suelo. “El resto, puedes imaginártelo...” Por eso decidí llevarla a París conmigo. Porque a lo largo de mi vida, comprobé que era capaz de cambiar el destino, con un poco de suerte. ¡No hay nada escrito, brother! “Eso son paparruchas...”
ROMEO: Bien; ¿Y qué soñaste?
MERCUCIO: Que los soñadores suelen mentir.
MERCUCIO: Que los soñadores suelen mentir.
“¡Hostias!” “¡Qué gran verdad!” Eché el cuerpo hacia delante, con mil ojos en el escenario, igual que un lince. ¿Qué si mentía? “¡Estarás de coña, brother! ¡Cómo se te ocurre si quiera preguntarlo!” Era un embustero nato. Pero tenía mis motivos ¿vale? Debía mantener en secreto mi ocupación. ¡Yo no era banquero, joder! Era cazador, que es sinónimo de masoquista. Debía proteger al pueblo y a la patria. ¿Por qué crees que me fui de América? Para alejarme de mi familia y que nadie sufriese por mí o terminase muerto a manos de una bestia salvaje. ¡Era precavido, joder! “No todos los mentirosos pertenecen a la misma categoría.” ¿Crees que no me habría gustado conocer a una buena chica? ¡Pues claro, tío! ¡Pero no se puede tener todo en la vida! “Y elegí esto.”
Las líneas que se dibujaron en mi ceño a raíz de todos aquellos pensamientos, se quedarían un rato más donde estaban. La obra me causaba estragos, dejándome mal cuerpo ¿vale? Luego volvió a salir Julieta, que acababa de conocer a Romeo y le preguntó a la nodriza, que "quién era el fulano." El tipo que lleva persiguiéndola toda la noche ¿entiendes? y ya la ha besado seis veces. "¡No tiene ni un pelo de tonto!"
Las líneas que se dibujaron en mi ceño a raíz de todos aquellos pensamientos, se quedarían un rato más donde estaban. La obra me causaba estragos, dejándome mal cuerpo ¿vale? Luego volvió a salir Julieta, que acababa de conocer a Romeo y le preguntó a la nodriza, que "quién era el fulano." El tipo que lleva persiguiéndola toda la noche ¿entiendes? y ya la ha besado seis veces. "¡No tiene ni un pelo de tonto!"
JULIETA: ¡Mi único amor, nacido de mi único odio!
—Venga, hombre...— “¡Y qué más, guapa!” —Pero si le acabas de conocer...— miré a Isabelle, con la sonrisa naciente. ¡Seguro que estaría de acuerdo conmigo! ¡Julieta había perdido el juicio! "¿Por... por el figurín ese?" "¿Really?" Habrían intercambiado cuatro palabras, tío... ¡Más o menos las mismas que nosotros! Pero no quería quedar como un idiota ¿sabes? Y ella parecía realmente incómoda con mi presencia. ¡Debía ser por mí! ¡Estaba claro! En algún instante cambió de opinión. ¡A lo mejor le molestó que le quitase los zapatos! "Seguro." Se estaba dando cuenta y a buena hora ¡Hablando del tiempo! Bajé el rostro por un momento ¿Y de qué me lamentaba? Así debía ser. Un problema menos. No tendría que ahuyentarla al final de la noche o decirla alguna burrada para que se olvidase de mí tras cagarse en mi santa madre y en el día que me pario. Era perfecto y sin embargo me molestaba.
¿Sabes lo que pasó luego? Reparé en el individuo de al lado, durante el vaivén de miradas. Estaba muy atento a lo que hacía Isabelle. No supe si se trataba del colgante realmente, porque la chica tenía un cuerpo muy esbelto y bien se le podrían haber desorbitado los ojos con el escote. Pero que se comportase como un marrano, fue lo de menos. “¿Y tú?” ¡Yo soy yo, joder! ¡A mi no me pidas cuentas! ¡Menos aún meterme en el mismo saco! ¿Sabes por qué? Se le pusieron los ojos negros por un momento, antes de volver a pestañear. “Su puta madre...” Y me agarré a la butaca, mirando al frente como si no pasase nada ¿Entiendes? ¡Pero si que pasaba! “Era un demonio, sin duda. Un hijoputa escurridizo que se había escapado del psiquiátrico, que supone para mí el infierno.” O se encaprichó de ella o se encaprichó del collar. Una cosa estaba clara: conociéndoles, haría lo que estuviese en su mano por lograrlo. ¡Porque son unos putos caprichosos y se piensan que la tierra es suya!
"¡No, tíos, no! ¡Vivís en un mundo de fantasía totalmente ficticia! ¡Despertar tarugos! ¡Que no sois la última chupada del mango, joder! ¡Que sois espectro negros sin rostro ni pito! ¿Os ha quedado claro? ¿Me he expresado con lucidez?" Grité en mi interior. Y la ira me iba contagiando el cuerpo a medía que transcurrían los segundos. Debíamos salir de allí y cuanto antes. Hablé muy deprisa —Oye, nena... Se que la obra es interesante de cojones, pero tenemos que irnos ¿entiendes? Porque si no... no vamos a llegar a donde pretendo ir contigo. Y sería una lástima ¿sabes?— Debía disimular delante del demonio para que no sospechase. "Tienen el oído muy fino."
¿Sabes lo que pasó luego? Reparé en el individuo de al lado, durante el vaivén de miradas. Estaba muy atento a lo que hacía Isabelle. No supe si se trataba del colgante realmente, porque la chica tenía un cuerpo muy esbelto y bien se le podrían haber desorbitado los ojos con el escote. Pero que se comportase como un marrano, fue lo de menos. “¿Y tú?” ¡Yo soy yo, joder! ¡A mi no me pidas cuentas! ¡Menos aún meterme en el mismo saco! ¿Sabes por qué? Se le pusieron los ojos negros por un momento, antes de volver a pestañear. “Su puta madre...” Y me agarré a la butaca, mirando al frente como si no pasase nada ¿Entiendes? ¡Pero si que pasaba! “Era un demonio, sin duda. Un hijoputa escurridizo que se había escapado del psiquiátrico, que supone para mí el infierno.” O se encaprichó de ella o se encaprichó del collar. Una cosa estaba clara: conociéndoles, haría lo que estuviese en su mano por lograrlo. ¡Porque son unos putos caprichosos y se piensan que la tierra es suya!
"¡No, tíos, no! ¡Vivís en un mundo de fantasía totalmente ficticia! ¡Despertar tarugos! ¡Que no sois la última chupada del mango, joder! ¡Que sois espectro negros sin rostro ni pito! ¿Os ha quedado claro? ¿Me he expresado con lucidez?" Grité en mi interior. Y la ira me iba contagiando el cuerpo a medía que transcurrían los segundos. Debíamos salir de allí y cuanto antes. Hablé muy deprisa —Oye, nena... Se que la obra es interesante de cojones, pero tenemos que irnos ¿entiendes? Porque si no... no vamos a llegar a donde pretendo ir contigo. Y sería una lástima ¿sabes?— Debía disimular delante del demonio para que no sospechase. "Tienen el oído muy fino."

Evan Murdock- ParticipanteCA

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Re: Grandes Esperanzas [Isabelle Von Rebeur]
Su comentario no sirvió de mucho. Lo dejé pasar, como si esas palabras no hubieran salido de su boca. O me mordía mi labio o me levantaba del asiento y me iba afuera. El hombre de mi lado cada vez hacía más evidente su forma de actuar y estaba perturbándome en demasía. Ya no solo me ponía nerviosa, volvía a darme esa mala espina que sentía cuando las cosas iban a ponerse feas… O cuando la compañía era peligrosa, en cualquier sentido. Y si había algo a lo que yo le hacía caso era a ese instinto que tenía, porque no fallaba.
Y la obra seguía y yo ni sabía de qué estaban hablando. Evan parecía haberse concentrado realmente en ella por primera vez desde que el primer acto había dado comienzo. Y yo seguía con mis ganas de salir de allí y no ver más al inoportuno de al lado. ¡Algo tenía que salir mal! Nunca podía estar tranquila ni disfrutar de un buen momento sin que algo lo arruinara. Era siempre lo mismo. Y bien harta que estaba de que esa situación se repitiera una y otra y otra vez. Las cosas debían salirme bien algún día, no era posible que arrastrara tan mala fortuna. ¡No la merecía!
Encima se me hacía que conocía a quien ocupaba el asiento lindante. Recién ahora me daba de esa sensación que se presenta cuando te cruzas con alguien que ya has visto alguna vez, aunque no te acuerdes ni cuándo ni dónde. Y aunque te parezca que lo estás imaginando todo. Pero yo no estaba imaginando nada, esos ojos los había visto en otro lado. Esa expresión no provenía de una fabricación de mi mente ni de una combinación de expresiones de otras personas que hubiera visto. Esa expresión era muy particular como para que me pasara desapercibida, a pesar de la oscuridad… Y a pesar de los años. ¡Ya casi iban cuatro! Era él, Sebastian. ¡Estaba de nuevo junto a mí! Escudriñándome, analizándome en detalle… Ahora sabía que lo que buscaba no era al collar, si no a su dueña.
Pensé que todo había quedado zanjado. Después de su primera visita nunca más se cruzó conmigo, excepto cada noche en mis pesadillas. Sangrientas y terroríficas, fueron el principio de una debacle interna que no pude detener hasta el día de hoy. ¿Extraña? No, no era extraña. Solo estaba completamente perturbada desde el día en que lo había conocido a él. ¡Maldito! Y mis padres lo habían recibido tan gustosamente como mi pretendiente… Y yo lo había rechazado de la forma más fiera que pude. Insolente me habían dicho y me tildaron de mal aprendida. ¡Ciegos! ¿Qué no lo veían? Ese no era un ser humano, era un ser de las tinieblas. Allá, de los Infiernos, de las tierras de Belcebú. ¡Tan creyentes y se les escapa! Esos ojos de un negro infinito no podían ser ignorados. Era imposible. Y estaba a mi lado, otra vez. Como hacía casi cuatro años atrás. ¿Qué quería de mí? ¿Por qué me buscaba? ¿Sería que me buscaba a mí? Yo no tenía nada que él pudiera querer. Pero si tienes tu alma aún y por ella fue en cada una de tus pesadillas. ¡Mi alma! ¿A eso vendría? No podía ser. No tenía que ser.
Mi corazón latía a una velocidad impensada, dando tumbos y acelerando sin ton ni son. Evan seguía prendado de la escena y yo ya sentía la sangre en mi boca, manando de una diminuta herida que no cerraba. Y seguía mordiendo con más fuerza mi labio, rasgando aún más la piel que los cubría. Y mis manos… Mis manos tironeaban de la tela del asiento con demasiado ímpetu. El apoyabrazos desgastado parecía ceder a mis imperceptibles esfuerzos y la tela se quedó anudada entre mis dedos, provocando un ruido ínfimo al ser arrancada de su lugar de pertenencia. Necesitaba irme y en ese mismo instante. Que Evan pensara lo que quisiera, de una forma u otra era lo mismo. Nunca más nos veríamos.
Solo había aceptado salir con él porque era mucho mejor que estar en compañía de mis padres y de mi hermana. Últimamente se habían vuelto una carga pesadísima de la que no quería saber más. Tienes que casarte o te mandamos al convento, Isabelle. No hay más que hablar. O en seis meses te comprometes o te harás monja. ¡Estaban locos! Mi padre había perdido la razón y mi madre lo apoyaba en su locura. Ni me casaría ni pisaría un convento jamás. Salía con Evan para que se molestaran, para que vieran que no tenía interés alguno en contraer un estúpido compromiso. Salía con Evan porque era mejor que cualquier otro mequetrefe que se hubiera plantado ante mi puerta para pretenderme. Salía con Evan porque era diferente a todo ese mundo que conocía y que tan harta me tenía. Pero salía con él por única vez. Y esa vez estaba arruinada.
Y justo cuando pensaba que la mala fortuna era lo único que me perseguía, Evan se dirigió a mí… Diciendo que debíamos irnos. ¡Dichosos los oídos que lo oían y los ojos que lo miraban! Sonreí como si me hubieran dado la mejor noticia –al cabo, en estos instantes lo era- y me puse de pie instantáneamente. Quería desaparecer de allí cuanto antes y borrarme el recuerdo de aquellos ojos posándose en mí. Sebastian… Era un ser demoníaco. Y tenía que meterse en mi vida a arruinarla de cabo a rabo. Bendito mi destino: estaba maldita. Eso debía ser. Ahora el por qué… El por qué me lo debían.
-Chérie, como tú digas. Además, para dramas solo basta con mirar desde la ventana de mi cuarto- o mirarme al espejo, venía a ser más dramático que lo que pasaba afuera. Menuda existencia la que me había tocado llevar. Si no fuera por Raina, ya habría pasado a mejor vida desde hacía rato. –Y, si eso no es suficiente motivo, tú invitaste y tú eliges a donde vamos- concluí al tiempo que terminaba de calzarme mis zapatos y empecé a dirigirme hacia la puerta. No me sorprendí cuando por el rabillo del ojo noté que Sebastian también se erguía y abandonaba su asiento.
Y la obra seguía y yo ni sabía de qué estaban hablando. Evan parecía haberse concentrado realmente en ella por primera vez desde que el primer acto había dado comienzo. Y yo seguía con mis ganas de salir de allí y no ver más al inoportuno de al lado. ¡Algo tenía que salir mal! Nunca podía estar tranquila ni disfrutar de un buen momento sin que algo lo arruinara. Era siempre lo mismo. Y bien harta que estaba de que esa situación se repitiera una y otra y otra vez. Las cosas debían salirme bien algún día, no era posible que arrastrara tan mala fortuna. ¡No la merecía!
Encima se me hacía que conocía a quien ocupaba el asiento lindante. Recién ahora me daba de esa sensación que se presenta cuando te cruzas con alguien que ya has visto alguna vez, aunque no te acuerdes ni cuándo ni dónde. Y aunque te parezca que lo estás imaginando todo. Pero yo no estaba imaginando nada, esos ojos los había visto en otro lado. Esa expresión no provenía de una fabricación de mi mente ni de una combinación de expresiones de otras personas que hubiera visto. Esa expresión era muy particular como para que me pasara desapercibida, a pesar de la oscuridad… Y a pesar de los años. ¡Ya casi iban cuatro! Era él, Sebastian. ¡Estaba de nuevo junto a mí! Escudriñándome, analizándome en detalle… Ahora sabía que lo que buscaba no era al collar, si no a su dueña.
Pensé que todo había quedado zanjado. Después de su primera visita nunca más se cruzó conmigo, excepto cada noche en mis pesadillas. Sangrientas y terroríficas, fueron el principio de una debacle interna que no pude detener hasta el día de hoy. ¿Extraña? No, no era extraña. Solo estaba completamente perturbada desde el día en que lo había conocido a él. ¡Maldito! Y mis padres lo habían recibido tan gustosamente como mi pretendiente… Y yo lo había rechazado de la forma más fiera que pude. Insolente me habían dicho y me tildaron de mal aprendida. ¡Ciegos! ¿Qué no lo veían? Ese no era un ser humano, era un ser de las tinieblas. Allá, de los Infiernos, de las tierras de Belcebú. ¡Tan creyentes y se les escapa! Esos ojos de un negro infinito no podían ser ignorados. Era imposible. Y estaba a mi lado, otra vez. Como hacía casi cuatro años atrás. ¿Qué quería de mí? ¿Por qué me buscaba? ¿Sería que me buscaba a mí? Yo no tenía nada que él pudiera querer. Pero si tienes tu alma aún y por ella fue en cada una de tus pesadillas. ¡Mi alma! ¿A eso vendría? No podía ser. No tenía que ser.
Mi corazón latía a una velocidad impensada, dando tumbos y acelerando sin ton ni son. Evan seguía prendado de la escena y yo ya sentía la sangre en mi boca, manando de una diminuta herida que no cerraba. Y seguía mordiendo con más fuerza mi labio, rasgando aún más la piel que los cubría. Y mis manos… Mis manos tironeaban de la tela del asiento con demasiado ímpetu. El apoyabrazos desgastado parecía ceder a mis imperceptibles esfuerzos y la tela se quedó anudada entre mis dedos, provocando un ruido ínfimo al ser arrancada de su lugar de pertenencia. Necesitaba irme y en ese mismo instante. Que Evan pensara lo que quisiera, de una forma u otra era lo mismo. Nunca más nos veríamos.
Solo había aceptado salir con él porque era mucho mejor que estar en compañía de mis padres y de mi hermana. Últimamente se habían vuelto una carga pesadísima de la que no quería saber más. Tienes que casarte o te mandamos al convento, Isabelle. No hay más que hablar. O en seis meses te comprometes o te harás monja. ¡Estaban locos! Mi padre había perdido la razón y mi madre lo apoyaba en su locura. Ni me casaría ni pisaría un convento jamás. Salía con Evan para que se molestaran, para que vieran que no tenía interés alguno en contraer un estúpido compromiso. Salía con Evan porque era mejor que cualquier otro mequetrefe que se hubiera plantado ante mi puerta para pretenderme. Salía con Evan porque era diferente a todo ese mundo que conocía y que tan harta me tenía. Pero salía con él por única vez. Y esa vez estaba arruinada.
Y justo cuando pensaba que la mala fortuna era lo único que me perseguía, Evan se dirigió a mí… Diciendo que debíamos irnos. ¡Dichosos los oídos que lo oían y los ojos que lo miraban! Sonreí como si me hubieran dado la mejor noticia –al cabo, en estos instantes lo era- y me puse de pie instantáneamente. Quería desaparecer de allí cuanto antes y borrarme el recuerdo de aquellos ojos posándose en mí. Sebastian… Era un ser demoníaco. Y tenía que meterse en mi vida a arruinarla de cabo a rabo. Bendito mi destino: estaba maldita. Eso debía ser. Ahora el por qué… El por qué me lo debían.
-Chérie, como tú digas. Además, para dramas solo basta con mirar desde la ventana de mi cuarto- o mirarme al espejo, venía a ser más dramático que lo que pasaba afuera. Menuda existencia la que me había tocado llevar. Si no fuera por Raina, ya habría pasado a mejor vida desde hacía rato. –Y, si eso no es suficiente motivo, tú invitaste y tú eliges a donde vamos- concluí al tiempo que terminaba de calzarme mis zapatos y empecé a dirigirme hacia la puerta. No me sorprendí cuando por el rabillo del ojo noté que Sebastian también se erguía y abandonaba su asiento.

Isabelle Von Rebeur- Twisted Saint

- Escritos realizados: 213
Antigüedad en el teatro: 14/01/2012
Reputación: 39
Estado: Activo
CURIOSIDADES
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Empleo actual: Ninguno
Nombre de PB: Kaya Scodelario
Re: Grandes Esperanzas [Isabelle Von Rebeur]
Isabelle coincidió conmigo enseguida. “Que coño...” ¡Estaba encantada! ¡Lo vi en sus ojos! Y pronto esa alegría, alcanzó su sonrisa. ¡Cómo el amanecer! “¡No se retrasa!” ¡Ni siquiera trató de disimularlo, brother! Habría sido de agradecer. No se... ¡Un mínimo! ¿Se daría cuenta de lo violenta que estaba resultando aquella situación para mí? Porque para colmo de todos los males, traté de salvarla ¿sabes? Descolocado, me levanté del asiento, sacudiéndome los pantalones algo molesto. ¿Tantas ganas tenía de irse? Porque si mi compañía la estaba resultando un incordio, la llevaría a casa “y fin de trayecto.”
–Chérie,– “¿Qué me ha llamado?" "¡Encima me insulta!" “Y en francés, para que no lo entienda.” –como tú digas. Además, para dramas solo basta con mirar desde la ventana de mi cuarto– “Blanco y en botella.” ¡Más claro imposible! Asentí cejijunto y sin mirarla. Porque no me apetecía ¿sabes? –Y, si eso no es suficiente motivo, tú invitaste y tú eliges a donde vamos– “Pues yo también se leer entre líneas.” Estaba mintiendo descabelladamente. Porque a lo largo de todos estos años, aprendí a descifrar sus códigos y sus claves. “¡Te lo voy a traducir, brother!” En cristiano: “Me está haciendo creer que tengo el control de la situación.” Pero era una sucia mentira. Cómo si mi opinión contase o yo decidiese. Y bajo toda aquella apariencia, se escondía la verdad. “Se estaba cagando en mis ancestros.” ¡Yo pensé que ella era distinta! ¿Entiendes? “¡Cómo no lo vas a entender, brother!”
El tipo se levantó, siguiéndonos de cerca. Tampoco sabía disimular, aunque intentase mantener una distancia de tres metros respecto a nuestros traseros. “Pero... pero a esta gente que les enseñan en sus casas?” ¡Es de manual! ¡Hay que ser un poco más listo, joder! Al cruzar las puertas de cara al exterior, contemplé una calle vacía. ¿Dónde estaba el cochero? La noche empezó a tornarse de lo más extraña y desconcertante. “Puta suerte la mía.”
—Por aquí— agarré la mano de Isabelle con decisión, tirando hacia la izquierda de la avenida. Pero tras dar un puñado de pasos, cambié de opinión. Quizás el cochero estuviese tomando algo en una taberna, matando el tiempo hasta que terminase la obra —Mejor no— retrocedimos. Y el demonio salió del teatro con paso tranquilo, calzándose unos guantes de cuero y mirándonos de reojo —Mejor vamos a un sitio...— “Qué” —¡Repleto de gente!— asentí convencidísimo y tiré hacia la derecha sin soltarla, cambiando de parecer como una veleta. Bajando en cuesta, miré en todas las direcciones buscando algún indicio de "dónde podía encontrarse el tipo que nos sacaría de allí." ¿Y sabes qué? Encontré el vehículo aparcado en uno de los callejones. Me pareció muy raro ¿vale? Porque allí no había nada, salvo basura. Y a medida que nos acercábamos, podíamos escuchar con mayor nitidez una especie de gemido ahogado. "¿Sabes quién era?" ¡El cochero, tío! Nos lo encontramos amordazado, en el interior del carruaje.
¿Quién coño era ese demonio? ¿Nos había seguido durante todo este tiempo? Y lo más desconcertante ¿Por qué? Demasiadas preguntas... ¿Nos conocíamos? ¿Le toqué los huevos en su momento y se quedó con mi cara? No era de extrañar. “En verdad me considero bastante atractivo.” ¡Mi abuela opina lo mismo! “Aclararemos algo: yo no tenía nada en contra del tipo. El recipiente es inocente hasta que se demuestre lo contrario. Aquello que le poseía, era la raíz del veneno. ¡Y había que cortarla! ¿entiendes? Para que no se extendiera, salpicándonos de mierda al resto. ¿Y qué sabemos de los demonios? Son prepotentes, dañinos para la salud... Que más, que más... Que tienen exceso de equipaje. Es decir, las pelotas bien grandes y por lo tanto, unas ganas locas de aterrizar en el mundo real, para descargar feromonas. Porque no están acostumbrados allí en el infierno y vienen aquí a mojar el churro.” Enseguida nos alcanzó y sin ninguna prisa. Paseando por aquellos lares y situándose a nuestras espaldas. Como siempre. Como haría una rata y no de frente, como los valientes.
—¿A dónde se supone que vais?— “Además hablan como si fuesen más listo que el hambre.” Cerré la puerta del carruaje, dejando al cochero dentro para evitar que sufriese un martirio mayor del que ya tenía, atado como un puto chorizo. Después me di la vuelta, con la sonrisa perenne y manteniendo la calma, mientras situaba a Isabelle a mis espaldas con lentitud, ayudándome de una mano. Parecía que estuviese abriendo una puerta invisible y colocándomela detrás.
—A mi casa— sonreí, mirándole como si fuese un gusano. Creo que se puso celoso ante la insinuación. ¡Pero esas eran mis intenciones! Tocarle las narices, para descubrir qué quería de nosotros y luego tocarle las narices un rato más ¿entiendes? —¿Te parece bien?— “¿Lo discutimos?” —¿O prefieres aportarnos una sugerencia mejor?— miré a Isabelle por encima de mi hombro por un segundo, borrando la mueca y relajando el rostro para comunicarla que la situación estaba controlada. “Pero no estaba yo seguro de ello, brother...” En realidad sólo traté de tranquilizar a la chica. Porque debía estar suponiendo una noche de lo más insoportable para ella.
El tipo soltó un bufido, dando un paso al frente. Yo retrocedí, pegando la espalda contra el pecho de Isabelle. No tenía miedo ¿vale? A mi me importaba un cojón morirme y nadie se acordaría de mí. Pero ella tenía toda la vida por delante ¿sabes? Y el demonio no paraba de colocarse en puntillas para escrutarla por encima de mí. Tarea difícil, siendo yo más alto. “¡Enano!” “¡Qué eres un enano y un mindundi!”
—Eso ya lo veremos...
–Chérie,– “¿Qué me ha llamado?" "¡Encima me insulta!" “Y en francés, para que no lo entienda.” –como tú digas. Además, para dramas solo basta con mirar desde la ventana de mi cuarto– “Blanco y en botella.” ¡Más claro imposible! Asentí cejijunto y sin mirarla. Porque no me apetecía ¿sabes? –Y, si eso no es suficiente motivo, tú invitaste y tú eliges a donde vamos– “Pues yo también se leer entre líneas.” Estaba mintiendo descabelladamente. Porque a lo largo de todos estos años, aprendí a descifrar sus códigos y sus claves. “¡Te lo voy a traducir, brother!” En cristiano: “Me está haciendo creer que tengo el control de la situación.” Pero era una sucia mentira. Cómo si mi opinión contase o yo decidiese. Y bajo toda aquella apariencia, se escondía la verdad. “Se estaba cagando en mis ancestros.” ¡Yo pensé que ella era distinta! ¿Entiendes? “¡Cómo no lo vas a entender, brother!”
El tipo se levantó, siguiéndonos de cerca. Tampoco sabía disimular, aunque intentase mantener una distancia de tres metros respecto a nuestros traseros. “Pero... pero a esta gente que les enseñan en sus casas?” ¡Es de manual! ¡Hay que ser un poco más listo, joder! Al cruzar las puertas de cara al exterior, contemplé una calle vacía. ¿Dónde estaba el cochero? La noche empezó a tornarse de lo más extraña y desconcertante. “Puta suerte la mía.”
—Por aquí— agarré la mano de Isabelle con decisión, tirando hacia la izquierda de la avenida. Pero tras dar un puñado de pasos, cambié de opinión. Quizás el cochero estuviese tomando algo en una taberna, matando el tiempo hasta que terminase la obra —Mejor no— retrocedimos. Y el demonio salió del teatro con paso tranquilo, calzándose unos guantes de cuero y mirándonos de reojo —Mejor vamos a un sitio...— “Qué” —¡Repleto de gente!— asentí convencidísimo y tiré hacia la derecha sin soltarla, cambiando de parecer como una veleta. Bajando en cuesta, miré en todas las direcciones buscando algún indicio de "dónde podía encontrarse el tipo que nos sacaría de allí." ¿Y sabes qué? Encontré el vehículo aparcado en uno de los callejones. Me pareció muy raro ¿vale? Porque allí no había nada, salvo basura. Y a medida que nos acercábamos, podíamos escuchar con mayor nitidez una especie de gemido ahogado. "¿Sabes quién era?" ¡El cochero, tío! Nos lo encontramos amordazado, en el interior del carruaje.
¿Quién coño era ese demonio? ¿Nos había seguido durante todo este tiempo? Y lo más desconcertante ¿Por qué? Demasiadas preguntas... ¿Nos conocíamos? ¿Le toqué los huevos en su momento y se quedó con mi cara? No era de extrañar. “En verdad me considero bastante atractivo.” ¡Mi abuela opina lo mismo! “Aclararemos algo: yo no tenía nada en contra del tipo. El recipiente es inocente hasta que se demuestre lo contrario. Aquello que le poseía, era la raíz del veneno. ¡Y había que cortarla! ¿entiendes? Para que no se extendiera, salpicándonos de mierda al resto. ¿Y qué sabemos de los demonios? Son prepotentes, dañinos para la salud... Que más, que más... Que tienen exceso de equipaje. Es decir, las pelotas bien grandes y por lo tanto, unas ganas locas de aterrizar en el mundo real, para descargar feromonas. Porque no están acostumbrados allí en el infierno y vienen aquí a mojar el churro.” Enseguida nos alcanzó y sin ninguna prisa. Paseando por aquellos lares y situándose a nuestras espaldas. Como siempre. Como haría una rata y no de frente, como los valientes.
—¿A dónde se supone que vais?— “Además hablan como si fuesen más listo que el hambre.” Cerré la puerta del carruaje, dejando al cochero dentro para evitar que sufriese un martirio mayor del que ya tenía, atado como un puto chorizo. Después me di la vuelta, con la sonrisa perenne y manteniendo la calma, mientras situaba a Isabelle a mis espaldas con lentitud, ayudándome de una mano. Parecía que estuviese abriendo una puerta invisible y colocándomela detrás.
—A mi casa— sonreí, mirándole como si fuese un gusano. Creo que se puso celoso ante la insinuación. ¡Pero esas eran mis intenciones! Tocarle las narices, para descubrir qué quería de nosotros y luego tocarle las narices un rato más ¿entiendes? —¿Te parece bien?— “¿Lo discutimos?” —¿O prefieres aportarnos una sugerencia mejor?— miré a Isabelle por encima de mi hombro por un segundo, borrando la mueca y relajando el rostro para comunicarla que la situación estaba controlada. “Pero no estaba yo seguro de ello, brother...” En realidad sólo traté de tranquilizar a la chica. Porque debía estar suponiendo una noche de lo más insoportable para ella.
El tipo soltó un bufido, dando un paso al frente. Yo retrocedí, pegando la espalda contra el pecho de Isabelle. No tenía miedo ¿vale? A mi me importaba un cojón morirme y nadie se acordaría de mí. Pero ella tenía toda la vida por delante ¿sabes? Y el demonio no paraba de colocarse en puntillas para escrutarla por encima de mí. Tarea difícil, siendo yo más alto. “¡Enano!” “¡Qué eres un enano y un mindundi!”
—Eso ya lo veremos...

Evan Murdock- ParticipanteCA

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CURIOSIDADES
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Re: Grandes Esperanzas [Isabelle Von Rebeur]
Yo decía que el pasado nunca moría. De alguna u otra forma siempre conseguía atraparte y recordarte aquellas cosas que deseabas olvidar con todas tus fuerzas. Porque las cosas buenas con el tiempo se perdían en el infinito de la propia mente y ya nunca más las recuperabas, pero las malas seguían vagando cerca de uno mismo, atacándolo por la espalda, causando el mismo o más dolor que cuando ellas sucedieron. Y esta situación me demostraba cuán cruel podía ser el ataque y como el pasado se aferraba a mí con sus garras, queriéndome ver caer.
Crucé las puertas del teatro, dándome de bruces con un frío demasiado intenso. No recordaba que estuviera tan fresco cuando entramos y era demasiado extraño que de un momento a otro la temperatura hubiera descendido tanto. Pero si de extrañezas hablábamos… Sebastian estaba siguiéndome a mí y a Evan. Si eso podía estar ocurriendo ahora mismo, cualquier cosa podía ocurrir, sin importar cuán descabellada fuera. Ya había comprobado que lo imposible se hacía realidad con demasiada facilidad en algunas ocasiones.
Y si había algo que faltara para coronar la velada, resultaba ser que al cochero se lo había tragado la tierra. ¿Por qué no me tragó a mí también de paso? No quería lidiar con aquel ser y me quería ir a cualquier lugar, lejos de su presencia. ¡Y el cochero no estaba! Debía calmarme, aunque fuera un poco, y pensar en algo. Pero era como si Evan se adelantara a todas mis decisiones, como si supiera que sucedía. ¿Cabía la posibilidad de que ello fuera cierto? La posibilidad estaba, pero me inclinaba más a creer que solo pensaba que el tipo era un inconveniente y no un… Un demonio. ¿Cómo rayos iba a saberlo?
Aferré su mano con fuerza y seguí sus pasos, aunque me frenaba cada dos pisabas que daba. Ni siquiera él estaba convencido de qué hacer ni a dónde ir. Parecía nervioso, pero no podía comparárselo en lo absoluto a mi estado. Si estaba a punto de salir corriendo sola a lo que dieran mis piernas, así perdiera mis zapatos y se me rasgara la tela del vestido ¿Qué importaba? ¡Solo quería irme! Yo no había hecho nada para merecerme lo que estaba viviendo, ¡nada! Pero el hombre seguía ahí, detrás nuestro, siguiendo nuestros pasos con una parcimonia que me ponía más frenética. Bajábamos a toda velocidad la cuesta de pendiente poco pronunciada, en dirección a unos callejones que se me antojaban peor que el lugar del que habíamos salido casi pitando. Si Evan quería ir a un sitio repleto de gente se había equivocado groseramente.
Curioso que nuestra calesa estuviera allí. Y que el cochero estuviera dentro… Amordazado y atado como un puerco a punto de ser asado. ¡Tenía que ser obra de Sebastian! No se había salido con la suya hace cuatro años y venía a cobrárselas. ¿Por qué ahora? ¿Por qué no apareció antes? ¿Por qué, mejor, no se esfumó de mi vida? Como si yo tuviera algo en especial. Podría haber escogido como víctima a cualquier otra mujer. Total, todas tenían alma. Algunas más corrompidas, otras más puras… De seguro había almas más interesantes que la mía. Pero no, estaba encaprichado con mi persona. ¡Interesante resultaba ser la mejor noche de mi vida! Sebastian ya nos había alcanzado y, por lo que me decían sus ojos, no planeaba dejarnos escapar. No planeaba dejarme ir esta vez.
Evan se interpuso entre él y yo, como si ello fuera a contenerlo. ¡Por favor! Estaba segura de que con un rápido y ligero movimiento podría deshacerse de él como si se tratara de una mosca. Y cuando Evan estuviera fuera de su camino… Solo le quedaría yo. Y yo no tenía forma de defenderme más que con palabras. Y, lamentablemente, las palabras no me servirían de nada. Sin embargo, me quedé allí detrás de mi acompañante, esperando que un milagro sucediera. Apenas asomaba por la altura de sus hombros, sintiendo aquella negrura infernal buscarme. Estaba perdida, aunque el rostro de Evan tratara de comunicarme lo contrario.
-Yo lo conozco- susurré en su oído y, quién sabe por qué, me aparté de él, saliendo de esa especie de escondite entre su espalda y la calesa. Miré a Sebastian con la ira llameando vivamente en mi rostro, restallando por cada uno de mis poros. Si había de morir esta noche, moriría con honor. O moriría por culpa de mi orgullo, una de dos. –Volvemos a vernos, Sebastian. Pensé que aquella tarde había quedado todo aclarado. Déjame decirte que el hermoso recuerdo que me dejaste duró por meses… E incluso hasta ahora, porque desde ese día reconozco a todos los de tu clase y a otros compañeritos tuyos del Infierno- mi voz resonaba firme, como si no tuviera miedo. ¡Y cuánto tenía! Ya ni sentía el frío de lo asustada que estaba.
Sebastian rió tan a gusto que pensé que me saltarían las lágrimas de la rabia que tenía. ¡Solo a mí me pasaban estas cosas! Ni siquiera podía tener una salida más o menos normal que siempre alguna cosa se interponía. No era la primera vez que me cruzara con un demonio. Había visto otros, pero muy distintos a este. Y ellos por suerte no se habían dignado a acercarse a mí. Pero Sebastian, muy por el contrario, era insistente a más no poder y desconocía el motivo de aquello.
-Madmoiselle Von Rebeur, un placer tenerla de nuevo conmigo. No sabe cuánto esperé a que se me diera tan preciada oportunidad. Y créame si le digo que esta vez no se irá de mi lado- las palabras llegaban a cortarme como cuchillos, dejándome por unos instantes sin respiración. Lo había estado planeando y las cosas estaban saliendo como él quería.
-Lástima que no pueda decir lo mismo de usted, mi señor. Placer sería saber que usted volvió al Infierno y que nunca más saldrá de él- respondí entre dientes, cerrando mis puños con una fuerza brutal.
-Si eso sucede, mi chérie, me aseguraré de arrastrarte conmigo para que pases tu eternidad de sufrimiento junto a mí.
Crucé las puertas del teatro, dándome de bruces con un frío demasiado intenso. No recordaba que estuviera tan fresco cuando entramos y era demasiado extraño que de un momento a otro la temperatura hubiera descendido tanto. Pero si de extrañezas hablábamos… Sebastian estaba siguiéndome a mí y a Evan. Si eso podía estar ocurriendo ahora mismo, cualquier cosa podía ocurrir, sin importar cuán descabellada fuera. Ya había comprobado que lo imposible se hacía realidad con demasiada facilidad en algunas ocasiones.
Y si había algo que faltara para coronar la velada, resultaba ser que al cochero se lo había tragado la tierra. ¿Por qué no me tragó a mí también de paso? No quería lidiar con aquel ser y me quería ir a cualquier lugar, lejos de su presencia. ¡Y el cochero no estaba! Debía calmarme, aunque fuera un poco, y pensar en algo. Pero era como si Evan se adelantara a todas mis decisiones, como si supiera que sucedía. ¿Cabía la posibilidad de que ello fuera cierto? La posibilidad estaba, pero me inclinaba más a creer que solo pensaba que el tipo era un inconveniente y no un… Un demonio. ¿Cómo rayos iba a saberlo?
Aferré su mano con fuerza y seguí sus pasos, aunque me frenaba cada dos pisabas que daba. Ni siquiera él estaba convencido de qué hacer ni a dónde ir. Parecía nervioso, pero no podía comparárselo en lo absoluto a mi estado. Si estaba a punto de salir corriendo sola a lo que dieran mis piernas, así perdiera mis zapatos y se me rasgara la tela del vestido ¿Qué importaba? ¡Solo quería irme! Yo no había hecho nada para merecerme lo que estaba viviendo, ¡nada! Pero el hombre seguía ahí, detrás nuestro, siguiendo nuestros pasos con una parcimonia que me ponía más frenética. Bajábamos a toda velocidad la cuesta de pendiente poco pronunciada, en dirección a unos callejones que se me antojaban peor que el lugar del que habíamos salido casi pitando. Si Evan quería ir a un sitio repleto de gente se había equivocado groseramente.
Curioso que nuestra calesa estuviera allí. Y que el cochero estuviera dentro… Amordazado y atado como un puerco a punto de ser asado. ¡Tenía que ser obra de Sebastian! No se había salido con la suya hace cuatro años y venía a cobrárselas. ¿Por qué ahora? ¿Por qué no apareció antes? ¿Por qué, mejor, no se esfumó de mi vida? Como si yo tuviera algo en especial. Podría haber escogido como víctima a cualquier otra mujer. Total, todas tenían alma. Algunas más corrompidas, otras más puras… De seguro había almas más interesantes que la mía. Pero no, estaba encaprichado con mi persona. ¡Interesante resultaba ser la mejor noche de mi vida! Sebastian ya nos había alcanzado y, por lo que me decían sus ojos, no planeaba dejarnos escapar. No planeaba dejarme ir esta vez.
Evan se interpuso entre él y yo, como si ello fuera a contenerlo. ¡Por favor! Estaba segura de que con un rápido y ligero movimiento podría deshacerse de él como si se tratara de una mosca. Y cuando Evan estuviera fuera de su camino… Solo le quedaría yo. Y yo no tenía forma de defenderme más que con palabras. Y, lamentablemente, las palabras no me servirían de nada. Sin embargo, me quedé allí detrás de mi acompañante, esperando que un milagro sucediera. Apenas asomaba por la altura de sus hombros, sintiendo aquella negrura infernal buscarme. Estaba perdida, aunque el rostro de Evan tratara de comunicarme lo contrario.
-Yo lo conozco- susurré en su oído y, quién sabe por qué, me aparté de él, saliendo de esa especie de escondite entre su espalda y la calesa. Miré a Sebastian con la ira llameando vivamente en mi rostro, restallando por cada uno de mis poros. Si había de morir esta noche, moriría con honor. O moriría por culpa de mi orgullo, una de dos. –Volvemos a vernos, Sebastian. Pensé que aquella tarde había quedado todo aclarado. Déjame decirte que el hermoso recuerdo que me dejaste duró por meses… E incluso hasta ahora, porque desde ese día reconozco a todos los de tu clase y a otros compañeritos tuyos del Infierno- mi voz resonaba firme, como si no tuviera miedo. ¡Y cuánto tenía! Ya ni sentía el frío de lo asustada que estaba.
Sebastian rió tan a gusto que pensé que me saltarían las lágrimas de la rabia que tenía. ¡Solo a mí me pasaban estas cosas! Ni siquiera podía tener una salida más o menos normal que siempre alguna cosa se interponía. No era la primera vez que me cruzara con un demonio. Había visto otros, pero muy distintos a este. Y ellos por suerte no se habían dignado a acercarse a mí. Pero Sebastian, muy por el contrario, era insistente a más no poder y desconocía el motivo de aquello.
-Madmoiselle Von Rebeur, un placer tenerla de nuevo conmigo. No sabe cuánto esperé a que se me diera tan preciada oportunidad. Y créame si le digo que esta vez no se irá de mi lado- las palabras llegaban a cortarme como cuchillos, dejándome por unos instantes sin respiración. Lo había estado planeando y las cosas estaban saliendo como él quería.
-Lástima que no pueda decir lo mismo de usted, mi señor. Placer sería saber que usted volvió al Infierno y que nunca más saldrá de él- respondí entre dientes, cerrando mis puños con una fuerza brutal.
-Si eso sucede, mi chérie, me aseguraré de arrastrarte conmigo para que pases tu eternidad de sufrimiento junto a mí.

Isabelle Von Rebeur- Twisted Saint

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Re: Grandes Esperanzas [Isabelle Von Rebeur]
Necesitaba un puntero, algo con lo que marcar una estrella y atraparlo. “El manual del buen cazador es sabio.” “Siempre te explica los pasos a seguir, para obtener el mejor resultado.” Asentí angustiado, viéndomelas muy putas. ¡Céntrate! “Diría, Nastas.” ¡Si el enemigo te ve dudar, se sube arriba! “Dibujaré una trampa, un pentagrama para demonios del cual no pueda escapar, mediante sus magias paganas de feria cutre.” ¡Quizás ella tenga un pintalabios! “Pero que estás diciendo...” Era ridículo idear una estrategia estando entre la espada y la pared. ¡No había tiempo para darle al pincel, joder! “Lo haríamos a mi manera.” Y me limpié el culo con el manual.
–Yo lo conozco– “¿What?” ¡Dame veneno! ¿Hablaba en serio? Algo dentro de mí, sospechó desde el principio... Creo que lo llaman corazonada. “No tenías ni puta idea en realidad, tío... No mientas.” ¡Bueno! ¡sí! ¡lo reconozco! Es que ella estuvo distrayéndome todo el tiempo. ¡No fue mi culpa! Lo que hizo después, me dejó desconcertado y en la cuneta. Salió del escondite, dando la cara como Juana de Arco “o yo qué coño se.” ¡Era de locos! ¿Pretendía suicidarse? “Por... ¿Por mí?” ¡Menuda tragedia, brother! –Volvemos a vernos, Sebastian.– Yo sólo tenía ojos para ella –Pensé que aquella tarde había quedado todo aclarado– “Se lo tienes que escribir en una pancarta, para que lo entiendan” –Déjame decirte que el hermoso recuerdo que me dejaste duró por meses…– “Siempre tratando de comprar tu cariño con insulsos obsequios” “¡Qué valor, tío!” “¡Que valor!” –E incluso hasta ahora,– debía ser el colgante. Estaba claro ¡Clarísimo! –porque desde ese día reconozco a todos los de tu clase y a otros compañeritos tuyos del Infierno– “¡Hostias!” “¿Pero qué cojones está pasando aquí?” “¿Lo sabe?” “¡Y además la importa una mierda!”
—Oye, nena...— “no pretendo ofender pero...” —vas tú muy...— ...temeraria,” era la palabra, mientras trataba de atrapar una de sus manos para que regresase. Pero el fulano me interrumpió con una carcajada de lo más absurda. “¿Y este?” le miré “¿De qué cojones se ríe?” ¡Se habrá acordado de sus hermanos! ¿Quién sería la oveja negra de la familia, entre tanto querubín maligno? “Se pelean... Por ser el más ingenioso, el más carismático e intelectual.” O bien le vino a la mente un chiste la mar de gracioso... ¿Iba a contárnoslo o nos dejaría en la ignorancia?
—Madmoiselle Von Rebeur, un placer tenerla de nuevo conmigo.— “¡No cantes victoria tan pronto, baby!” Se me estaban poniendo los huevos como melones —No sabe cuánto esperé a que se me diera tan preciada oportunidad.— No tienen otra cosa mejor que esperar y esperar... Un trabajo agotador... —Y créame si le digo que esta vez no se irá de mi lado— ¿Se callaría algún día? ¡Me ponía enfermo, brother! Y además estaba asustando a la pobre Isabelle, desmontándomela cada vez que escupía, empapándonos con sus blasfemias. Él no tenía ni puta idea de quién era yo. “El cazador por excelencia.” Guardada ese as en la manga. También el cold de mi abuelo, bajo la camisa. Y una tercera carta que quizás no esperase. Pues parecía ignorarme, como si yo no fuese un sujeto relevante. Ellos siguieron hablando. “Unas cervezas y todos amigos.”
—Lástima que no pueda decir lo mismo de usted, mi señor. Placer sería saber que usted volvió al Infierno y que nunca más saldrá de él— saqué la parte inferior de la camisa fuera del pantalón y metí la mano agarrando la culata del cold. Don Sebastian estaba más pendiente de ella y no se dio ni cuenta. “Anormal, ya lo dije.” Y continuó con la perorata, ”porque se lían a contarte sus tonterias neuróticas y se les va el tiempo en ello, como si te interesaran un mínimo sus preocupaciones y lo que se les pasa por la cabeza porque en el infierno no tienen otra cosa que hacer salvo comerse los mocos.” ¡Un psicólogo, tío! ¡Acude pronto! ¡Qué te pierdes!
—Si eso sucede, mi chérie,— Además la insultó descaradamente. Pero yo ya había visto de todo ¿sabes? —me aseguraré de arrastrarte conmigo para que pases tu eternidad de sufrimiento junto a mí.
—Y un cojón— desenfundé la pistola disparándole un tiro muy certero en el hombro. Se fue directo contra la pared. ¿Ahora quién esta jodido? ¡Ni se lo esperaba!—Oh, my friend...— me partí de risa en su puto careto —¡Eso tiene que escocer!— las balas estaban rellenas de agua vendita. Y les debilita ¿entiendes? hasta el punto de querer morirse espiritualmente. Podría haberle pedido cualquier cosa. Incluso que se marcase un baile para nosotros. El tipo se retorcía contra el muro, sin evaporar la sonrisa. “Era duro de pelar.” —¿De qué coño te ríes, tío?— “Será que está delirando.” —¡Contesta!— le metí otro balazo en el mismo agujero. “No me ando con rodeos.”
—¡Da igual lo que hagas, estúpido! ¡Volveré a por ella!— "Supo encontrarme las cosquillas, hurgándome en la herida y haciéndome sentir como un inútil..." Apreté la mandíbula con fuerza, con las lágrimas apunto de reventarme las corneas. ¿Por qué atentaban contra los humanos? El demonio mostró su desacuerdo con Dios desde el primer momento. Nos acusaban de egoístas. De que destruiríamos el mundo con nuestras armas cargadas de ira. Pero ellos eran los únicos que provocaban cólera en la tierra. Unos hipócritas ¿sabes? Me propuse encontrar la fórmula maestra que exterminase a todos del planeta. En ese mismo instante, mientras clavaba sus ojos en Isabelle; juré sobre la tumba de mi padre, sobre las aguas del río Misisipi donde las cenizas de mi madre dormitaban, sobre mi patria y mi bandera, bajo el manto de las estrellas y la sonrisa de aquel hijo de perra; que lo mataría. Aunque tuviese que irme con él, para asegurarme de que no saliera de su agujero. "Lo haría."
No dije nada. Aceleré el paso, directo hacia él. Cogí aire y empecé a recitar el exorcismo "que le mandaría de aquí al piso de abajo." Mi voz se tornó trémula, casi pronunciando las palabras sin fuerza mientras el fulano se relamía observando a la chica. Yo sabía que estaba cerca. No me hacía falta mirarla para asegurarme de donde tiritaba. Con el moco colgando, contemplé una nube negra salir de su boca. Se marchó, directo hacia las profundidades con una violencia propia de un huracán, encogiéndome el pecho. Después me limpié en la manga "y luego el silencio..." Esa desconfiada calma que se apodera del ambiente y depara a sus espaldas una terrible devastación, aguardando para actuar en el momento preciso. Yo tuve unas ganas brutas de golpear el puño contra el muro para liberar la adrenalina que corría por todas mis terminaciones nerviosas. Lo hice... haciéndome sangre en los nudillos y sin mostrar ningún síntoma de dolor, pues ya estaba acostumbrado a esa clase de cosas. "Fui boxeador." Al bajar la cabeza, descubrí al recipiente tendido en el suelo, inconsciente pero no muerto. En unas horas se despertaría, creyendo haber vivido un sueño ¿sabes? “Y yo aún me debatía en una pesadilla.”
–Yo lo conozco– “¿What?” ¡Dame veneno! ¿Hablaba en serio? Algo dentro de mí, sospechó desde el principio... Creo que lo llaman corazonada. “No tenías ni puta idea en realidad, tío... No mientas.” ¡Bueno! ¡sí! ¡lo reconozco! Es que ella estuvo distrayéndome todo el tiempo. ¡No fue mi culpa! Lo que hizo después, me dejó desconcertado y en la cuneta. Salió del escondite, dando la cara como Juana de Arco “o yo qué coño se.” ¡Era de locos! ¿Pretendía suicidarse? “Por... ¿Por mí?” ¡Menuda tragedia, brother! –Volvemos a vernos, Sebastian.– Yo sólo tenía ojos para ella –Pensé que aquella tarde había quedado todo aclarado– “Se lo tienes que escribir en una pancarta, para que lo entiendan” –Déjame decirte que el hermoso recuerdo que me dejaste duró por meses…– “Siempre tratando de comprar tu cariño con insulsos obsequios” “¡Qué valor, tío!” “¡Que valor!” –E incluso hasta ahora,– debía ser el colgante. Estaba claro ¡Clarísimo! –porque desde ese día reconozco a todos los de tu clase y a otros compañeritos tuyos del Infierno– “¡Hostias!” “¿Pero qué cojones está pasando aquí?” “¿Lo sabe?” “¡Y además la importa una mierda!”
—Oye, nena...— “no pretendo ofender pero...” —vas tú muy...— ...temeraria,” era la palabra, mientras trataba de atrapar una de sus manos para que regresase. Pero el fulano me interrumpió con una carcajada de lo más absurda. “¿Y este?” le miré “¿De qué cojones se ríe?” ¡Se habrá acordado de sus hermanos! ¿Quién sería la oveja negra de la familia, entre tanto querubín maligno? “Se pelean... Por ser el más ingenioso, el más carismático e intelectual.” O bien le vino a la mente un chiste la mar de gracioso... ¿Iba a contárnoslo o nos dejaría en la ignorancia?
—Madmoiselle Von Rebeur, un placer tenerla de nuevo conmigo.— “¡No cantes victoria tan pronto, baby!” Se me estaban poniendo los huevos como melones —No sabe cuánto esperé a que se me diera tan preciada oportunidad.— No tienen otra cosa mejor que esperar y esperar... Un trabajo agotador... —Y créame si le digo que esta vez no se irá de mi lado— ¿Se callaría algún día? ¡Me ponía enfermo, brother! Y además estaba asustando a la pobre Isabelle, desmontándomela cada vez que escupía, empapándonos con sus blasfemias. Él no tenía ni puta idea de quién era yo. “El cazador por excelencia.” Guardada ese as en la manga. También el cold de mi abuelo, bajo la camisa. Y una tercera carta que quizás no esperase. Pues parecía ignorarme, como si yo no fuese un sujeto relevante. Ellos siguieron hablando. “Unas cervezas y todos amigos.”
—Lástima que no pueda decir lo mismo de usted, mi señor. Placer sería saber que usted volvió al Infierno y que nunca más saldrá de él— saqué la parte inferior de la camisa fuera del pantalón y metí la mano agarrando la culata del cold. Don Sebastian estaba más pendiente de ella y no se dio ni cuenta. “Anormal, ya lo dije.” Y continuó con la perorata, ”porque se lían a contarte sus tonterias neuróticas y se les va el tiempo en ello, como si te interesaran un mínimo sus preocupaciones y lo que se les pasa por la cabeza porque en el infierno no tienen otra cosa que hacer salvo comerse los mocos.” ¡Un psicólogo, tío! ¡Acude pronto! ¡Qué te pierdes!
—Si eso sucede, mi chérie,— Además la insultó descaradamente. Pero yo ya había visto de todo ¿sabes? —me aseguraré de arrastrarte conmigo para que pases tu eternidad de sufrimiento junto a mí.
—Y un cojón— desenfundé la pistola disparándole un tiro muy certero en el hombro. Se fue directo contra la pared. ¿Ahora quién esta jodido? ¡Ni se lo esperaba!—Oh, my friend...— me partí de risa en su puto careto —¡Eso tiene que escocer!— las balas estaban rellenas de agua vendita. Y les debilita ¿entiendes? hasta el punto de querer morirse espiritualmente. Podría haberle pedido cualquier cosa. Incluso que se marcase un baile para nosotros. El tipo se retorcía contra el muro, sin evaporar la sonrisa. “Era duro de pelar.” —¿De qué coño te ríes, tío?— “Será que está delirando.” —¡Contesta!— le metí otro balazo en el mismo agujero. “No me ando con rodeos.”
—¡Da igual lo que hagas, estúpido! ¡Volveré a por ella!— "Supo encontrarme las cosquillas, hurgándome en la herida y haciéndome sentir como un inútil..." Apreté la mandíbula con fuerza, con las lágrimas apunto de reventarme las corneas. ¿Por qué atentaban contra los humanos? El demonio mostró su desacuerdo con Dios desde el primer momento. Nos acusaban de egoístas. De que destruiríamos el mundo con nuestras armas cargadas de ira. Pero ellos eran los únicos que provocaban cólera en la tierra. Unos hipócritas ¿sabes? Me propuse encontrar la fórmula maestra que exterminase a todos del planeta. En ese mismo instante, mientras clavaba sus ojos en Isabelle; juré sobre la tumba de mi padre, sobre las aguas del río Misisipi donde las cenizas de mi madre dormitaban, sobre mi patria y mi bandera, bajo el manto de las estrellas y la sonrisa de aquel hijo de perra; que lo mataría. Aunque tuviese que irme con él, para asegurarme de que no saliera de su agujero. "Lo haría."
No dije nada. Aceleré el paso, directo hacia él. Cogí aire y empecé a recitar el exorcismo "que le mandaría de aquí al piso de abajo." Mi voz se tornó trémula, casi pronunciando las palabras sin fuerza mientras el fulano se relamía observando a la chica. Yo sabía que estaba cerca. No me hacía falta mirarla para asegurarme de donde tiritaba. Con el moco colgando, contemplé una nube negra salir de su boca. Se marchó, directo hacia las profundidades con una violencia propia de un huracán, encogiéndome el pecho. Después me limpié en la manga "y luego el silencio..." Esa desconfiada calma que se apodera del ambiente y depara a sus espaldas una terrible devastación, aguardando para actuar en el momento preciso. Yo tuve unas ganas brutas de golpear el puño contra el muro para liberar la adrenalina que corría por todas mis terminaciones nerviosas. Lo hice... haciéndome sangre en los nudillos y sin mostrar ningún síntoma de dolor, pues ya estaba acostumbrado a esa clase de cosas. "Fui boxeador." Al bajar la cabeza, descubrí al recipiente tendido en el suelo, inconsciente pero no muerto. En unas horas se despertaría, creyendo haber vivido un sueño ¿sabes? “Y yo aún me debatía en una pesadilla.”

Evan Murdock- ParticipanteCA

- Escritos realizados: 590
Antigüedad en el teatro: 15/05/2011
Reputación: 139
Estado: Activo
CURIOSIDADES
Sabías que...:
Empleo actual: Cazador
Nombre de PB: Garrett Hedlund
Re: Grandes Esperanzas [Isabelle Von Rebeur]
Las rodillas me temblaban y en cualquier momento cederían y yo caería al suelo. Ya no tenía fuerzas y lo de esta noche había sido demasiado. Y todavía no terminaba, solo parecía ser el preludio de una cadena de sucesos escabrosos. Sebastian no iba a rendirse jamás y yo terminaría donde él decía. Me llevaría hasta el mismísimo Infierno para no volver a pisar la Tierra nunca más. ¡Con diecinueve años y sin merecerlo! Había llegado a mi vida quién sabe cómo y quién sabe por qué y mis padres lo habían recibido como si fuera uno más en la lista de mis pretendientes. Pero tenían la esperanza de que me casara con él, estaban sumamente resueltos a conseguirlo.
Y yo… Yo siempre tenía mi actitud de niña rebelde que quería los anillos muy lejos. Cada hombre que cruzaba la puerta de entrada era una nueva víctima para mí. Era como si estuviera en una obra y me divertía siendo la protagonista principal, librando una lucha con mi antagónico sin apenas mover un dedo. Solo bastaban las palabras, que los dejaban heridos de muerte. Pero Sebastian tomaba cada uno de mis insultos encubiertos como el más delicioso de los halagos y estaba prendado de mí como si fuera un niño con su juguete nuevo. Eso es una de las cosas que más me había molestado de él, sin contar la espantosa sensación que me daba. Y mis padres estaban tan preocupados por lo que me oían decir –y tan preocupados por que finalmente decidiera darle el sí a alguien- que no veían más allá del abultado bolsillo de nuestro invitado y de sus exquisitos y refinados modales. Con eso ya los había comprado y vendado los ojos.
¿Para qué se habría tomado tanto tiempo con sus planes? Como si no fuera sencillo encontrarme, como si no fuera sencillo deshacerse de mí. No le encontraba el sentido a todo esto. Ya lo había dicho, yo de especial tenía tanto como… No se me ocurría con qué o quién compararme. Era una adolescente y ya. Lo único que podía valerme algo de mérito era que podía reconocer con un simple vistazo a quien tenía a mi alrededor. Bastaban solo unos segundos y ya podía darme cuenta de la verdadera naturaleza de las personas. Era bastante abstracto –y era un “don” que me costaba dominar y entender demasiado- pero era útil en toda ocasión, así me sacara canas verdes cuando no comprendía ni jota de lo que mi instinto me decía. ¡Si a veces era como un niño! Me tiraba para un lado y para el otro sin decidirse. Pero eso no pasó con Sebastian. Inmediatamente lo vi, supe que de él tenía que estar lejos.
Siempre enfrascada en mis pensamientos –y vaya momento propicio para perderme en las marañas de mis razonamientos-, reaccioné tarde al ver el arma que Evan sacó de no sé dónde. ¿Qué hacía con un arma? Ya qué importaba ahora. le había asestado un tiro en el hombro al demonio, que en esos instantes se retorcía de dolor contra la pared. De todos modos, su sonrisa seguía grabada en su rostro, como si nada fuera suficiente para borrársela de una vez y para siempre. Evan disparó nuevamente, pero la sonrisa seguía allí, imperturbable, triunfante. ¡No se rendía! ¡Jamás lo haría! Ya estaba condenada a ser perseguida por él hasta que obtuviera lo que quería de mí.
El resto no quise ni verlo ni escucharlo. Solo me hundí otra vez en mi mundo interno y me quedé en él hasta que todo pasara. Sentía sus ojos quemando sobre mi piel, sentía su aliento avanzar hacia mí, sentía como si las llamas me envolvieran... Igual que en mi sueño. Solo que no estaba soñando y que Evan había terminado por salvarme. Un humo negro, denso, se extendió por encima de nuestras cabezas para luego desaparecer, llevando consigo el ímpetu de un huracán. Sebastian había desaparecido por segunda oportunidad… Pero no sería la última que lo viera, estaba del todo segura. Vendría por mí, cumpliría con la promesa de llevarme a las profundidades del Infierno.
-¿Evan?- la voz me salió en un hilo inentendible. Tenía la boca pastosa y las energías se me habían escapado como si hubiera hecho el esfuerzo más grande de mi vida. ¡Y lo había hecho! Seguir en pie resultó tremenda misión después de haberme hecho la heroína. O, mejor dicho, la mártir que camina directo al patíbulo. Eso era. –Ha sido todo mi culpa. ¡Venía por mí! ¿Pero cómo iba a saber que él aparecería nuevamente? ¡Juro que no tenía idea, Evan!- y las palabras salían a borbotones, haciéndome quedar como una bipolar. ¡Cómo iba a estar después de esto! Si pretendía que estuviera calmada, estaba yendo por el lado equivocado. Que yo aguantaba mucho, pero no era de hierro.
Eliminé los pasos que nos separaban y en un acto impulsivo rodeé con mis brazos a Evan, apoyando mi rostro en su hombro izquierdo. No dije una sola palabra más, solo me quedé allí, comenzando a sentir el frío que helaba cada parte de mi cuerpo. Él tampoco era quien aparentaba ser y yo no me había dado cuenta. Pero, a diferencia de todos los seres con los que me había cruzado, él me había salvado. Sabía que no era uno de ellos, sabía que era un humano. Y tampoco era un hombre cualquiera, eso estaba bastante claro. Ya… No debía pensar más. El silencio nos envolvía a los dos, en medio de un callejón en penumbras. Un hombre yacía a nuestros pies, inconciente, sin estar enterado de lo que había pasado. En la calesa estaba nuestro cochero, en parte testigo de una tumultuosa noche. Y nosotros estábamos allí, callados, mis brazos envolviéndolo con un cariño y agradecimiento infinitos. ¿Qué sería de mí si él no hubiera estado a mi lado? La respuesta era clara y aterradora.
-Merci, Evan. Merci. Si no fuera por ti, él me hubiera llevado consigo- dije en un susurro y besé suavemente su mejilla, sin querer dejarlo ir.
Y yo… Yo siempre tenía mi actitud de niña rebelde que quería los anillos muy lejos. Cada hombre que cruzaba la puerta de entrada era una nueva víctima para mí. Era como si estuviera en una obra y me divertía siendo la protagonista principal, librando una lucha con mi antagónico sin apenas mover un dedo. Solo bastaban las palabras, que los dejaban heridos de muerte. Pero Sebastian tomaba cada uno de mis insultos encubiertos como el más delicioso de los halagos y estaba prendado de mí como si fuera un niño con su juguete nuevo. Eso es una de las cosas que más me había molestado de él, sin contar la espantosa sensación que me daba. Y mis padres estaban tan preocupados por lo que me oían decir –y tan preocupados por que finalmente decidiera darle el sí a alguien- que no veían más allá del abultado bolsillo de nuestro invitado y de sus exquisitos y refinados modales. Con eso ya los había comprado y vendado los ojos.
¿Para qué se habría tomado tanto tiempo con sus planes? Como si no fuera sencillo encontrarme, como si no fuera sencillo deshacerse de mí. No le encontraba el sentido a todo esto. Ya lo había dicho, yo de especial tenía tanto como… No se me ocurría con qué o quién compararme. Era una adolescente y ya. Lo único que podía valerme algo de mérito era que podía reconocer con un simple vistazo a quien tenía a mi alrededor. Bastaban solo unos segundos y ya podía darme cuenta de la verdadera naturaleza de las personas. Era bastante abstracto –y era un “don” que me costaba dominar y entender demasiado- pero era útil en toda ocasión, así me sacara canas verdes cuando no comprendía ni jota de lo que mi instinto me decía. ¡Si a veces era como un niño! Me tiraba para un lado y para el otro sin decidirse. Pero eso no pasó con Sebastian. Inmediatamente lo vi, supe que de él tenía que estar lejos.
Siempre enfrascada en mis pensamientos –y vaya momento propicio para perderme en las marañas de mis razonamientos-, reaccioné tarde al ver el arma que Evan sacó de no sé dónde. ¿Qué hacía con un arma? Ya qué importaba ahora. le había asestado un tiro en el hombro al demonio, que en esos instantes se retorcía de dolor contra la pared. De todos modos, su sonrisa seguía grabada en su rostro, como si nada fuera suficiente para borrársela de una vez y para siempre. Evan disparó nuevamente, pero la sonrisa seguía allí, imperturbable, triunfante. ¡No se rendía! ¡Jamás lo haría! Ya estaba condenada a ser perseguida por él hasta que obtuviera lo que quería de mí.
El resto no quise ni verlo ni escucharlo. Solo me hundí otra vez en mi mundo interno y me quedé en él hasta que todo pasara. Sentía sus ojos quemando sobre mi piel, sentía su aliento avanzar hacia mí, sentía como si las llamas me envolvieran... Igual que en mi sueño. Solo que no estaba soñando y que Evan había terminado por salvarme. Un humo negro, denso, se extendió por encima de nuestras cabezas para luego desaparecer, llevando consigo el ímpetu de un huracán. Sebastian había desaparecido por segunda oportunidad… Pero no sería la última que lo viera, estaba del todo segura. Vendría por mí, cumpliría con la promesa de llevarme a las profundidades del Infierno.
-¿Evan?- la voz me salió en un hilo inentendible. Tenía la boca pastosa y las energías se me habían escapado como si hubiera hecho el esfuerzo más grande de mi vida. ¡Y lo había hecho! Seguir en pie resultó tremenda misión después de haberme hecho la heroína. O, mejor dicho, la mártir que camina directo al patíbulo. Eso era. –Ha sido todo mi culpa. ¡Venía por mí! ¿Pero cómo iba a saber que él aparecería nuevamente? ¡Juro que no tenía idea, Evan!- y las palabras salían a borbotones, haciéndome quedar como una bipolar. ¡Cómo iba a estar después de esto! Si pretendía que estuviera calmada, estaba yendo por el lado equivocado. Que yo aguantaba mucho, pero no era de hierro.
Eliminé los pasos que nos separaban y en un acto impulsivo rodeé con mis brazos a Evan, apoyando mi rostro en su hombro izquierdo. No dije una sola palabra más, solo me quedé allí, comenzando a sentir el frío que helaba cada parte de mi cuerpo. Él tampoco era quien aparentaba ser y yo no me había dado cuenta. Pero, a diferencia de todos los seres con los que me había cruzado, él me había salvado. Sabía que no era uno de ellos, sabía que era un humano. Y tampoco era un hombre cualquiera, eso estaba bastante claro. Ya… No debía pensar más. El silencio nos envolvía a los dos, en medio de un callejón en penumbras. Un hombre yacía a nuestros pies, inconciente, sin estar enterado de lo que había pasado. En la calesa estaba nuestro cochero, en parte testigo de una tumultuosa noche. Y nosotros estábamos allí, callados, mis brazos envolviéndolo con un cariño y agradecimiento infinitos. ¿Qué sería de mí si él no hubiera estado a mi lado? La respuesta era clara y aterradora.
-Merci, Evan. Merci. Si no fuera por ti, él me hubiera llevado consigo- dije en un susurro y besé suavemente su mejilla, sin querer dejarlo ir.

Isabelle Von Rebeur- Twisted Saint

- Escritos realizados: 213
Antigüedad en el teatro: 14/01/2012
Reputación: 39
Estado: Activo
CURIOSIDADES
Sabías que...:
Empleo actual: Ninguno
Nombre de PB: Kaya Scodelario
Re: Grandes Esperanzas [Isabelle Von Rebeur]
Abrí y cerré la mano, haciendo crujir los huesos de los nudillos, con la vista perdida en los tendones; “hasta que oí mi nombre.”
—¿Evan?— sonó fatal. Isabelle estaba conmocionada y verla en tal estado me partió el corazón al descubrir el rostro ante ella. "No llores, joder... ¡Se un hombre!" El demonio nos hizo una promesa “y creo que siempre cumplen su palabra.” Es una manía que tienen ¿sabes? Nada agradable. Si mi padre estuviese allí, me diría que evitase rendirme. Que siguiese sus pasos. Yo no luchaba entre trincheras ni disparaba contra hombres de carne y hueso. Pero... ¿sabes qué? “Igualmente veía la muerte a mi alrededor.” —Ha sido todo mi culpa.– sonreí a mi padre con añoranza, a pesar de estar mirando a Isabelle. Si hubiese tenido unos años más, habría ido a la guerra en su momento, para evitar que se lo llevasen por delante ¿entiendes? burlándome del destino al que tanto odio, “porque me niego a creer que exista una fuerza mayor por encima de nosotros, que nos empuje en contra de la voluntad de nuestros cuerpos” —¡Venía por mí!— “Ya lo se, baby...” —¿Pero cómo iba a saber que él aparecería nuevamente?— mis hombros comenzaron a deshacerse, por ley de gravedad —¡Juro que no tenía idea, Evan!—Y qué podía decir yo... ¡No había consuelo, brother! ¿Y por qué me daba explicaciones? “Cómo si fuese a echarle en cara aquel terrible incidente.”
—Tú no tienes la culpa, nena...— murmuré cabizbajo, guardando la pistola en su sitio. Debía llevarla de regreso a casa y cuanto antes. Era lo correcto. Y supe que París sería mi nuevo hogar hasta que las circunstancias decidiesen lo contrario. Hablaría con Nastas para que me ayudase en esta cruzada. Vigilaría las puertas de su casa día y noche y el apache investigaría la forma de destruir al tal Sebastian. No me quedaba otro remedio ¿entiendes? “Así estaban las cosas...”
Apunto estuve de meterme la camisa por dentro del pantalón, para recuperar el aspecto razonable con el que empezamos la cita. Pero aquella chica acortó las distancias entre nosotros rodeándome con sus brazos como si yo fuese un héroe de guerra. "¿Te puedes creer que sea la primera vez que hacen esto?" Yo era un tipo normal ¿vale? Tenía dos manos y dos pies. Ombligo y orejas. Además sangraba como otro cualquiera. ¡Igual que un cerdo si recibía bien! La people se ensaña con rabia cuando no les proporcionas lo que piden, sugiriéndoles una segunda posibilidad. Es decir: "una bala reluciente con sus nombres escritos," en lugar de tu alma o plena servidumbre hasta el fin de tus días. Pero aquella chica me sostenía como si yo necesitase un trofeo por mis méritos, apoyando el rostro en mi hombro mientras sus cabellos rozaban mi nariz. Me mostré reacio a devolvérselo, con las manos petrificadas y sin llegar a tocarla del todo, salvo con la punta de los dedos “Creo que dejé de respirar.” —Isabelle...
—Merci, Evan. Merci. Si no fuera por ti, él me hubiera llevado consigo— “Joder, brother...” Al final no me quedó más remedio que corresponderla en el abrazo. ¡Es que me beso! “En la mejilla, baby...” erizándome los pelos de la nuca, como a un puercoespín y haciéndome el hombre más afortunado de la tierra. ¡Sabía cómo tocarme la fibra! Y el beso empezó a cobrar una intensidad brutal, prolongándose en el tiempo y dejándome K.O. “Fuera de combate.” El juez tocó la campana. “¡Victoria para la señorita!” ...gritaban los espectadores entre aplausos. Y seguida de aquella ovación, giré el rostro encontrándome con sus labios a escasos centímetros. “¡Pero que coño estás haciendo!” ¡Cállate, tío!
—Te voy a llevar a casa, Isabelle— estaría deseando cerrar los ojos, pisar su cuarto. “Y yo morirme en sus labios” —Porque la noche se ha torcido de mala manera... y ya no recuerdo ni dónde pretendía pasarla contigo— “Pero eso fue culpa suya.” “Que me borró la memoria en una fracción de segundo entre tanto arrumaco y carantoña.” Fruncí la boca, mirándola entrecortadamente y conteniendo con cadenas de hierro el ansia hambriento y destructor, que me asfixiaba la garganta y me impedía apenas hablar, para no perder la cabeza —Además estarás hambrienta— “Que boquita, madre...” —agotada y... — me faltó poco para aportar un tercero. Sin embargo, decidí tomarla por los hombros y retirarla de mí. En silencio caminé hasta el carruaje. Al abrir la puerta, los ojos del cochero exigieron con apremio que desatase las cuerdas y apartase la mordaza. Respiró tranquilo al cabo de unos segundos entre parlamentos larguísimos a los que asentí dándole la razón, a pesar de no estar escuchándole. Le otorgué vía libre para retomar las riendas de los caballos. Después monté en la parte de atrás, esperando a que entrase Isabelle.
En ningún momento pregunté por Sebastian. No era asunto mío y posiblemente la verdad terminase enfureciéndome más de lo que ya estaba. ¡Y no era un cotilla! ¿Entiendes? Ella tampoco hizo preguntas y eso me gustó. Directamente, me dio las gracias, cuando suele suceder al revés. Me crucé de brazos, con la vista perdida en los zapatos italianos. “Mira... mira que yo no fumo, brother.” ¡Pero me dieron ganas! Estaba nervioso, como un puto principiante.
Tenía que hablar con Nastas. “Es un tío inteligente.” Miraría en sus libros. Quizás algún conjuro de los viejos chamanes lograse darnos la victoria en aquella arriesgada misión. Conocía a los Navajo. Una tribu muy antigua que celebraban rituales todos los años para mantener la armonía entre el mundo de los espíritus y los humanos. Sugeriría aquella idea de inmediato porque, a pesar de ser una mala bestia más bruto que un búfalo, siempre quiso la paz en la tierra. Pero yo distaba de sus consejos ¿vale? Cantar a la lluvia o hacer dibujos en la arena, se salía de mis ecuaciones. ¡Olvídate de la danza de la culebra, brother! “Yo quería exterminarlos.” Sabía que no era bueno sentir tanta cólera. Que acabaría conmigo, consumiéndome. Al ritmo que se agitaban mis piernas, zarandeando el carruaje, terminaría poniéndose en marcha por sí solo.
—¿Evan?— sonó fatal. Isabelle estaba conmocionada y verla en tal estado me partió el corazón al descubrir el rostro ante ella. "No llores, joder... ¡Se un hombre!" El demonio nos hizo una promesa “y creo que siempre cumplen su palabra.” Es una manía que tienen ¿sabes? Nada agradable. Si mi padre estuviese allí, me diría que evitase rendirme. Que siguiese sus pasos. Yo no luchaba entre trincheras ni disparaba contra hombres de carne y hueso. Pero... ¿sabes qué? “Igualmente veía la muerte a mi alrededor.” —Ha sido todo mi culpa.– sonreí a mi padre con añoranza, a pesar de estar mirando a Isabelle. Si hubiese tenido unos años más, habría ido a la guerra en su momento, para evitar que se lo llevasen por delante ¿entiendes? burlándome del destino al que tanto odio, “porque me niego a creer que exista una fuerza mayor por encima de nosotros, que nos empuje en contra de la voluntad de nuestros cuerpos” —¡Venía por mí!— “Ya lo se, baby...” —¿Pero cómo iba a saber que él aparecería nuevamente?— mis hombros comenzaron a deshacerse, por ley de gravedad —¡Juro que no tenía idea, Evan!—Y qué podía decir yo... ¡No había consuelo, brother! ¿Y por qué me daba explicaciones? “Cómo si fuese a echarle en cara aquel terrible incidente.”
—Tú no tienes la culpa, nena...— murmuré cabizbajo, guardando la pistola en su sitio. Debía llevarla de regreso a casa y cuanto antes. Era lo correcto. Y supe que París sería mi nuevo hogar hasta que las circunstancias decidiesen lo contrario. Hablaría con Nastas para que me ayudase en esta cruzada. Vigilaría las puertas de su casa día y noche y el apache investigaría la forma de destruir al tal Sebastian. No me quedaba otro remedio ¿entiendes? “Así estaban las cosas...”
Apunto estuve de meterme la camisa por dentro del pantalón, para recuperar el aspecto razonable con el que empezamos la cita. Pero aquella chica acortó las distancias entre nosotros rodeándome con sus brazos como si yo fuese un héroe de guerra. "¿Te puedes creer que sea la primera vez que hacen esto?" Yo era un tipo normal ¿vale? Tenía dos manos y dos pies. Ombligo y orejas. Además sangraba como otro cualquiera. ¡Igual que un cerdo si recibía bien! La people se ensaña con rabia cuando no les proporcionas lo que piden, sugiriéndoles una segunda posibilidad. Es decir: "una bala reluciente con sus nombres escritos," en lugar de tu alma o plena servidumbre hasta el fin de tus días. Pero aquella chica me sostenía como si yo necesitase un trofeo por mis méritos, apoyando el rostro en mi hombro mientras sus cabellos rozaban mi nariz. Me mostré reacio a devolvérselo, con las manos petrificadas y sin llegar a tocarla del todo, salvo con la punta de los dedos “Creo que dejé de respirar.” —Isabelle...
—Merci, Evan. Merci. Si no fuera por ti, él me hubiera llevado consigo— “Joder, brother...” Al final no me quedó más remedio que corresponderla en el abrazo. ¡Es que me beso! “En la mejilla, baby...” erizándome los pelos de la nuca, como a un puercoespín y haciéndome el hombre más afortunado de la tierra. ¡Sabía cómo tocarme la fibra! Y el beso empezó a cobrar una intensidad brutal, prolongándose en el tiempo y dejándome K.O. “Fuera de combate.” El juez tocó la campana. “¡Victoria para la señorita!” ...gritaban los espectadores entre aplausos. Y seguida de aquella ovación, giré el rostro encontrándome con sus labios a escasos centímetros. “¡Pero que coño estás haciendo!” ¡Cállate, tío!
—Te voy a llevar a casa, Isabelle— estaría deseando cerrar los ojos, pisar su cuarto. “Y yo morirme en sus labios” —Porque la noche se ha torcido de mala manera... y ya no recuerdo ni dónde pretendía pasarla contigo— “Pero eso fue culpa suya.” “Que me borró la memoria en una fracción de segundo entre tanto arrumaco y carantoña.” Fruncí la boca, mirándola entrecortadamente y conteniendo con cadenas de hierro el ansia hambriento y destructor, que me asfixiaba la garganta y me impedía apenas hablar, para no perder la cabeza —Además estarás hambrienta— “Que boquita, madre...” —agotada y... — me faltó poco para aportar un tercero. Sin embargo, decidí tomarla por los hombros y retirarla de mí. En silencio caminé hasta el carruaje. Al abrir la puerta, los ojos del cochero exigieron con apremio que desatase las cuerdas y apartase la mordaza. Respiró tranquilo al cabo de unos segundos entre parlamentos larguísimos a los que asentí dándole la razón, a pesar de no estar escuchándole. Le otorgué vía libre para retomar las riendas de los caballos. Después monté en la parte de atrás, esperando a que entrase Isabelle.
En ningún momento pregunté por Sebastian. No era asunto mío y posiblemente la verdad terminase enfureciéndome más de lo que ya estaba. ¡Y no era un cotilla! ¿Entiendes? Ella tampoco hizo preguntas y eso me gustó. Directamente, me dio las gracias, cuando suele suceder al revés. Me crucé de brazos, con la vista perdida en los zapatos italianos. “Mira... mira que yo no fumo, brother.” ¡Pero me dieron ganas! Estaba nervioso, como un puto principiante.
Tenía que hablar con Nastas. “Es un tío inteligente.” Miraría en sus libros. Quizás algún conjuro de los viejos chamanes lograse darnos la victoria en aquella arriesgada misión. Conocía a los Navajo. Una tribu muy antigua que celebraban rituales todos los años para mantener la armonía entre el mundo de los espíritus y los humanos. Sugeriría aquella idea de inmediato porque, a pesar de ser una mala bestia más bruto que un búfalo, siempre quiso la paz en la tierra. Pero yo distaba de sus consejos ¿vale? Cantar a la lluvia o hacer dibujos en la arena, se salía de mis ecuaciones. ¡Olvídate de la danza de la culebra, brother! “Yo quería exterminarlos.” Sabía que no era bueno sentir tanta cólera. Que acabaría conmigo, consumiéndome. Al ritmo que se agitaban mis piernas, zarandeando el carruaje, terminaría poniéndose en marcha por sí solo.

Evan Murdock- ParticipanteCA

- Escritos realizados: 590
Antigüedad en el teatro: 15/05/2011
Reputación: 139
Estado: Activo
CURIOSIDADES
Sabías que...:
Empleo actual: Cazador
Nombre de PB: Garrett Hedlund
Re: Grandes Esperanzas [Isabelle Von Rebeur]
Podría decir que yo no tenía la culpa, pero yo seguiría sintiéndome igual de responsable que antes. La ecuación era de lo más sencilla: sin mí no aparecía ningún demonio. De todos modos, parecía que él también estaba acostumbrado a la presencia de aquellos seres. Y no solo a eso. Él los combatía. ¡Si hubiera sabido antes que había cazadores! Pensé que eran de historias nada más y que todos estábamos librados a nuestra propia suerte… Bueno, básicamente lo estábamos. Podría haber cuanto cazador quisieran, pero seguían siendo menos que las criaturas a vencer y, lo más grave, es que eran humanos. Manejarían armas y todo lo que tuvieran a mano, pero tenían las mismas debilidades que yo o cualquier otro. En un segundo… Su vida podía verse arrancada y desvanecerse como un suspiro que se lo lleva el viento.
¿Qué si le sucedía algo a Evan después de esta noche? ¿Y si Sebastian lo buscaba a él para cobrar venganza? ¡Eso nunca me lo perdonaría! Mucho me jactaría de que esta era una simple salida y que a él no lo volvería a ver, pero luego de lo que pasó… Creo que las cosas se habían tornado ligeramente distintas. Y ligeramente era solo un decir. Era sorprendente como todo podía darse vuelta de un segundo al otro. Si antes poco me importaba el destino de monsieur Murdock, ahora no podía dejar de pensar en qué seguiría después. ¿Qué le auguraba el destino? Si lo supiera… Solo sabía que quería estar en ese destino. Digamos… ¡Que mala era para interpretar a mi corazón! En pocas palabras, no quería que esa fuera la última vez que lo viera. Y admitir eso ya era mucho en mi caso.
-Yo no quiero volver a casa- dije haciendo un mohín de disgusto. Si quería ir a un lugar tranquilo, donde no me congelara. Pero no a casa. Eso significaba soportar una ametralladora de preguntas por parte de mi padre, mi madre y Antoniette. Y yo debería inventar una gran historia, de cabo a rabo. No podía mencionar que había ido a los barrios bajos ni todo el asunto de Sebastian, claro que no. Y, si con eso no quedaba suficientemente exhausta, debería contarle toda la verdad a Raina. Porque esa noche no dormiría y ella debería quedarse en mi cuarto hasta que no lo soportara más, lo cual derivaba en que se quedara en vela toda la santa noche, hasta que los pajarillos anunciaran la llegada del nuevo día. –Podemos ir a cualquier lado, poco importa. Solo salgamos de aquí, ¿vale? Yo no soy una quisquillosa como las señoritas refinadas de mi entorno… Y creo que eso salta a la vista- iba a decir algo más, pero Evan me apartó y se dirigió hacia la calesa, dejándome con la palabra en la boca y un nudo en el estómago.
¿Cómo no lo había pensado? ¡Seguro me quería a miles de kilómetros de distancia de él! Seamos sinceros… ¿Quién andaría por ahí con una jovencita a la que la acosan los demonios? Nadie. Bueno, nadie que lo supiera. Y justamente era él el único enterado de la historia de terror que me tenía como protagonista. Bien podrías llamarla “Hasta que el demonio te mate” o algo así. Sería todo un suceso en Francia semejante relato.
En silencio ocupé mi lugar en la calesa, mis labios apretados a más no poder. Ni diría nada, ni me largaría a llorar como una mocosa ni nada. Me aguantaría la que se me venía como una duquesa, como siempre lo hacía. No olvides la sonrisa al entrar a casa. Esa los compra. Me acomodé el vestido –que de tanta corrida se me había torcido en la parte del escote- y pasé mis manos por mi cabello, sabiendo que no arreglaría mucho con ello. Tenía que concentrarme en algo, lo que fuera, para dejar de pensar en Sebastian y en Evan. ¡Que todo se había ido al mismísimo demonio, nunca mejor dicho! Belle, niña, se nota que lo tuyo es el romanticismo y las conquistas.
El cochero no dejaba de murmurar cosas ininteligibles. Era una cháchara constante de quejas –o eso es lo que yo pensaba-, insultos y demás improperios. Al menos el había estado encerrado en la calesa y no tuvo que presenciar nada de lo que yo presencié. Al menos él no era la presa anhelada de un demonio. ¡Todo terminaba esa noche! Y lo mío recién comenzaba, recién daba los primeros pasos. Era la introducción, una mera probada de lo que me esperaba. ¿A cuántos arrastraría conmigo? Porque en la debacle no estaría sola. Presentía que Sebastian se deleitaría torturándome, haciéndome ver como todo a mi alrededor moría, como todo lo que conocía desaparecía entre las sombras.
Una lágrima cayó sin que pudiera hacer nada por retenerla. Y había otras tantas queriendo resbalar por mis mejillas, recorriendo un sinuoso trayecto, humedeciendo mi piel. No lo soportaba más. El nudo en mi estómago se había abierto a pasos agigantados en mi interior. Mi garganta estaba cerrada y por poco podía respirar. Los ojos me escocían de manera atroz y un grito ahogado esperaba a salir. ¡Si no fuera tan orgullosa! No me hubiera molestado mostrar mi debilidad, mi frágil humanidad. Pero la debilidad era algo que solía ocultar afanosamente, como si fuera el peor de los pecados. Nadie me había visto llorar desde que había dejado de ser una pequeña de unos pocos años. Si debía hacerlo, lo hacía a escondidas, en el más profundo de los silencios, cuidando que nadie se enterara. El sufrimiento era algo que expresaba en mis momentos de soledad o en las crudas palabras de algún escrito que pronto rompía para que nadie lo descubriera.
Pero esta vez no pude aguantar la presión. Las lágrimas se derramaban un tras otra, nublándome la vista. Volví a morder mi labio inferior, como si aquello fuera a parar el río que se estaba desbocando, y contuve la respiración, tratando de calmarme. Nada funcionaba. Yo seguía llorando amargamente y en esta ocasión no me contendría.
¿Qué si le sucedía algo a Evan después de esta noche? ¿Y si Sebastian lo buscaba a él para cobrar venganza? ¡Eso nunca me lo perdonaría! Mucho me jactaría de que esta era una simple salida y que a él no lo volvería a ver, pero luego de lo que pasó… Creo que las cosas se habían tornado ligeramente distintas. Y ligeramente era solo un decir. Era sorprendente como todo podía darse vuelta de un segundo al otro. Si antes poco me importaba el destino de monsieur Murdock, ahora no podía dejar de pensar en qué seguiría después. ¿Qué le auguraba el destino? Si lo supiera… Solo sabía que quería estar en ese destino. Digamos… ¡Que mala era para interpretar a mi corazón! En pocas palabras, no quería que esa fuera la última vez que lo viera. Y admitir eso ya era mucho en mi caso.
-Yo no quiero volver a casa- dije haciendo un mohín de disgusto. Si quería ir a un lugar tranquilo, donde no me congelara. Pero no a casa. Eso significaba soportar una ametralladora de preguntas por parte de mi padre, mi madre y Antoniette. Y yo debería inventar una gran historia, de cabo a rabo. No podía mencionar que había ido a los barrios bajos ni todo el asunto de Sebastian, claro que no. Y, si con eso no quedaba suficientemente exhausta, debería contarle toda la verdad a Raina. Porque esa noche no dormiría y ella debería quedarse en mi cuarto hasta que no lo soportara más, lo cual derivaba en que se quedara en vela toda la santa noche, hasta que los pajarillos anunciaran la llegada del nuevo día. –Podemos ir a cualquier lado, poco importa. Solo salgamos de aquí, ¿vale? Yo no soy una quisquillosa como las señoritas refinadas de mi entorno… Y creo que eso salta a la vista- iba a decir algo más, pero Evan me apartó y se dirigió hacia la calesa, dejándome con la palabra en la boca y un nudo en el estómago.
¿Cómo no lo había pensado? ¡Seguro me quería a miles de kilómetros de distancia de él! Seamos sinceros… ¿Quién andaría por ahí con una jovencita a la que la acosan los demonios? Nadie. Bueno, nadie que lo supiera. Y justamente era él el único enterado de la historia de terror que me tenía como protagonista. Bien podrías llamarla “Hasta que el demonio te mate” o algo así. Sería todo un suceso en Francia semejante relato.
En silencio ocupé mi lugar en la calesa, mis labios apretados a más no poder. Ni diría nada, ni me largaría a llorar como una mocosa ni nada. Me aguantaría la que se me venía como una duquesa, como siempre lo hacía. No olvides la sonrisa al entrar a casa. Esa los compra. Me acomodé el vestido –que de tanta corrida se me había torcido en la parte del escote- y pasé mis manos por mi cabello, sabiendo que no arreglaría mucho con ello. Tenía que concentrarme en algo, lo que fuera, para dejar de pensar en Sebastian y en Evan. ¡Que todo se había ido al mismísimo demonio, nunca mejor dicho! Belle, niña, se nota que lo tuyo es el romanticismo y las conquistas.
El cochero no dejaba de murmurar cosas ininteligibles. Era una cháchara constante de quejas –o eso es lo que yo pensaba-, insultos y demás improperios. Al menos el había estado encerrado en la calesa y no tuvo que presenciar nada de lo que yo presencié. Al menos él no era la presa anhelada de un demonio. ¡Todo terminaba esa noche! Y lo mío recién comenzaba, recién daba los primeros pasos. Era la introducción, una mera probada de lo que me esperaba. ¿A cuántos arrastraría conmigo? Porque en la debacle no estaría sola. Presentía que Sebastian se deleitaría torturándome, haciéndome ver como todo a mi alrededor moría, como todo lo que conocía desaparecía entre las sombras.
Una lágrima cayó sin que pudiera hacer nada por retenerla. Y había otras tantas queriendo resbalar por mis mejillas, recorriendo un sinuoso trayecto, humedeciendo mi piel. No lo soportaba más. El nudo en mi estómago se había abierto a pasos agigantados en mi interior. Mi garganta estaba cerrada y por poco podía respirar. Los ojos me escocían de manera atroz y un grito ahogado esperaba a salir. ¡Si no fuera tan orgullosa! No me hubiera molestado mostrar mi debilidad, mi frágil humanidad. Pero la debilidad era algo que solía ocultar afanosamente, como si fuera el peor de los pecados. Nadie me había visto llorar desde que había dejado de ser una pequeña de unos pocos años. Si debía hacerlo, lo hacía a escondidas, en el más profundo de los silencios, cuidando que nadie se enterara. El sufrimiento era algo que expresaba en mis momentos de soledad o en las crudas palabras de algún escrito que pronto rompía para que nadie lo descubriera.
Pero esta vez no pude aguantar la presión. Las lágrimas se derramaban un tras otra, nublándome la vista. Volví a morder mi labio inferior, como si aquello fuera a parar el río que se estaba desbocando, y contuve la respiración, tratando de calmarme. Nada funcionaba. Yo seguía llorando amargamente y en esta ocasión no me contendría.

Isabelle Von Rebeur- Twisted Saint

- Escritos realizados: 213
Antigüedad en el teatro: 14/01/2012
Reputación: 39
Estado: Activo
CURIOSIDADES
Sabías que...:
Empleo actual: Ninguno
Nombre de PB: Kaya Scodelario
Re: Grandes Esperanzas [Isabelle Von Rebeur]
“Yo no quiero volver a casa.” Su vocecita, no paraba de repetírmelo, ahogando cualquier otro pensamiento que rondase en mi cabeza. “Sin cesar, brother.” Como cuando tu madre te pide por trigésima vez que te comas las espinacas. Intenté poner un muro ¿sabes? para impedir que traspasase la coraza, haciéndome cambiar de opinión. El escudo que tantos años curtí a leñazos. Pero mi cerebro siempre fue un conjunto caótico de idas y venidas. “Se me cruzaban los cables.” Y negué ceder a sus peticiones, soltando varios “nos” seguidos, interrumpiendo el silencio del carruaje. “Esto fue hasta que Isabelle se subió al asiento, para que no pensase que era un demente.” De ipso facto, detuve el movimiento nervioso de piernas y avisé al cochero para que nos fuésemos cuanto antes. Tenía que perderla de vista. “Era primordial.” “Podemos ir a cualquier lado, poco importa.” Pero ella no me dejaba en paz ¿entiendes? ¡Intenté mantenerme en mis trece! Cruzados de brazos y observando por la ventana los edificios y las calles del barrio francés, dando por concluida cualquier conversación, derivada de la última que tuvimos “Yo no quiero volver a casa.” masajeé mi entrecejo con dos dedos, cerrando los párpados para encontrar la calma “Podemos ir a cualquier lado, poco importa.” alcé la cabeza de golpe, abriendo los ojos como un poseso ¡Porque me parecía increíble que siguiese rogándome! Y para colmo, tuve una visión panorámica de Isabelle llorando como una puta Magdalena.
—Joder, nena...— me cagué en la madre del cochero, “por cagarme en alguna” y busqué un pañuelo en los bolsillos del chaleco —Nada por aquí, nada por allá...— ¿La manga? ¡Que guarrada! Que lo haga yo, pase. Pero la chica debería dejar aquellos cuerpos extraños en otro lugar un poco más pulcro ¿Y la camisa? —Espera, espera...— la pedí impaciente, rompiéndome un pedazo de un tajo y tendiéndoselo con apremio para que se limpiase la nariz. “Si tampoco era para tanto lo del demonio...” ¡Mentiroso! “A veces te toca una tía pesada en la cola de la pescadería y otras veces viene un idiota con cara de sardina a tocarte los huevos.” ¡Pasa en cualquier barrio! ¡Hasta en los más ricos!
—¡Oiga!— asomé la cabeza por la ventanilla. “Estaba empezando a cogerle el gusto a esa posición.” El viento me daba de cara y agitaba mis pestañas —¡Llévenos a la calle 36! — Improvisé en el último momento, tirando por tierra mi palabra. Lo reconozco. La presión pudo conmigo y verla llorar a lágrima tendida. ¡Sufría por mí! ¡Estaba claro! ¿Cómo puedes negarlo, brother? Ella necesitaba un hombro donde descargar su mal estar. Y decidí prestarle el mío, siendo generoso por una vez y tirándome el rollo. “Tiendo a sabotearme y no tengo ningún reparo en ello.” —¿Conoces la calle 36?— reí, atropellándome —¡No! ¡Claro que no! ¡Cómo vas a conocerla!— se la enseñaría —Es la leche, nena... Allí podremos tomarnos algo y charlar de nuestras cosas— Incliné el cuerpo hacia delante, apoyándome en las rodillas. Quise dejarle claro lo siguiente —Pero no hablaremos de demonios. Ese tema queda clausurado en algún armario— echaríamos doble candado y trataríamos de disfrutar del tiempo que nos quedaba —A las 12 te llevaré a casa— “Y sin rechistar” —Como Cenicienta— fue lo último que dije, antes de que el cochero detuviese a los caballos.
La calle 36 era aún peor: “más sucia, más rancia y más espesa.” Las multitudes colapsaban las avenidas y las tabernas. También había cabarets y el vapor de las alcantarillas alcanzaba el aire que debíamos respirar, volviéndolo pesado y confuso. Cogí directamente la mano de Isabelle y nos metimos en la taberna que conocía. Parecía que siguiésemos en la calle. El vapor del alcantarillado se intercambió por el humo de los cigarrillos y las persona seguían ocupando exactamente el mismo espacio. Alcanzamos la barra con dificultad y pedí una botella de vino. Si ella no bebía, lo haría yo, aunque no fuese partidario del brebaje peleón, pero que llegados a estas alturas de la noche, decidí pasar por alto.
Me apoyé de costado en la barra con todo mi desparpajo y me la quedé mirando con fijeza, abriendo resplandeciente la sonrisa, aunque mis ojos comunicasen lo contrario —Aquí juego a los dardos— la expliqué —Aunque nunca había venido acompañado— y por un momento, parecía que aquella apreciación tan insignificante y sin ninguna importancia, me importase. “¡Ni falta que me hace, brother!” Y aún así mi mandíbula se tensó de golpe, produciendo un gran “¡clak!” No supe qué pintábamos allí. Fue una estupidez. “Qué pasa...” “¿Te vas a poner a jugar a los dardos con la chica?” ¡Sería bueno!
—Joder, nena...— me cagué en la madre del cochero, “por cagarme en alguna” y busqué un pañuelo en los bolsillos del chaleco —Nada por aquí, nada por allá...— ¿La manga? ¡Que guarrada! Que lo haga yo, pase. Pero la chica debería dejar aquellos cuerpos extraños en otro lugar un poco más pulcro ¿Y la camisa? —Espera, espera...— la pedí impaciente, rompiéndome un pedazo de un tajo y tendiéndoselo con apremio para que se limpiase la nariz. “Si tampoco era para tanto lo del demonio...” ¡Mentiroso! “A veces te toca una tía pesada en la cola de la pescadería y otras veces viene un idiota con cara de sardina a tocarte los huevos.” ¡Pasa en cualquier barrio! ¡Hasta en los más ricos!
—¡Oiga!— asomé la cabeza por la ventanilla. “Estaba empezando a cogerle el gusto a esa posición.” El viento me daba de cara y agitaba mis pestañas —¡Llévenos a la calle 36! — Improvisé en el último momento, tirando por tierra mi palabra. Lo reconozco. La presión pudo conmigo y verla llorar a lágrima tendida. ¡Sufría por mí! ¡Estaba claro! ¿Cómo puedes negarlo, brother? Ella necesitaba un hombro donde descargar su mal estar. Y decidí prestarle el mío, siendo generoso por una vez y tirándome el rollo. “Tiendo a sabotearme y no tengo ningún reparo en ello.” —¿Conoces la calle 36?— reí, atropellándome —¡No! ¡Claro que no! ¡Cómo vas a conocerla!— se la enseñaría —Es la leche, nena... Allí podremos tomarnos algo y charlar de nuestras cosas— Incliné el cuerpo hacia delante, apoyándome en las rodillas. Quise dejarle claro lo siguiente —Pero no hablaremos de demonios. Ese tema queda clausurado en algún armario— echaríamos doble candado y trataríamos de disfrutar del tiempo que nos quedaba —A las 12 te llevaré a casa— “Y sin rechistar” —Como Cenicienta— fue lo último que dije, antes de que el cochero detuviese a los caballos.
La calle 36 era aún peor: “más sucia, más rancia y más espesa.” Las multitudes colapsaban las avenidas y las tabernas. También había cabarets y el vapor de las alcantarillas alcanzaba el aire que debíamos respirar, volviéndolo pesado y confuso. Cogí directamente la mano de Isabelle y nos metimos en la taberna que conocía. Parecía que siguiésemos en la calle. El vapor del alcantarillado se intercambió por el humo de los cigarrillos y las persona seguían ocupando exactamente el mismo espacio. Alcanzamos la barra con dificultad y pedí una botella de vino. Si ella no bebía, lo haría yo, aunque no fuese partidario del brebaje peleón, pero que llegados a estas alturas de la noche, decidí pasar por alto.
Me apoyé de costado en la barra con todo mi desparpajo y me la quedé mirando con fijeza, abriendo resplandeciente la sonrisa, aunque mis ojos comunicasen lo contrario —Aquí juego a los dardos— la expliqué —Aunque nunca había venido acompañado— y por un momento, parecía que aquella apreciación tan insignificante y sin ninguna importancia, me importase. “¡Ni falta que me hace, brother!” Y aún así mi mandíbula se tensó de golpe, produciendo un gran “¡clak!” No supe qué pintábamos allí. Fue una estupidez. “Qué pasa...” “¿Te vas a poner a jugar a los dardos con la chica?” ¡Sería bueno!

Evan Murdock- ParticipanteCA

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