
En medio de calles poco iluminadas, los transeúntes pasean tranquilos ignorando a sus acechadores ocultos en la oscuridad.
Vampiros y licántropos se camuflan entre sus víctimas, haciéndose pasar por meros mortales con el fin de apaciguar su insaciable sed.



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Grandes Esperanzas [Isabelle Von Rebeur]
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Re: Grandes Esperanzas [Isabelle Von Rebeur]
Ponía fuerza de voluntad, pero no había manera de que el llanto se disipara. Seguía descargando un mar de lágrimas que parecía no acabar jamás, aunque estuviera a punto de quedarme seca si seguía llorando. Menudo espectáculo estaba dando… Ridículo. Odiaba llorar y, sobre todo, odiaba que alguien más me viera hacerlo. Y si ese alguien se llamaba Evan Murdock… Era aún peor. No quería ni saber cómo me veía en esos momentos porque me daría una vergüenza tal que era capaz de tirarme de la calesa andando. Y la tierra todavía no me traga. Vaya que se toma su tiempo.
Creo que si dejé de llorar fue por la reacción de Evan. Se me antojó… Desesperadamente divertida. Buscando en uno y otro bolsillo un pañuelo que no aparecía, la cara que había puesto era todo un poema épico. Si hasta ahora había llorado como una santa mártir, de aquí en más se me plantaban las ganas de desternillarme de risa. El pañuelo brillaba por su ausencia y Evan estaba demasiado emperrado en encontrar algo con lo que yo me limpiara, así que terminó por hacer algo que no me hubiera imaginado ni en mil años. ¡Arruinar así una camisa! Me quedé medio pasmada mirando el trozo de tela que se había arrancado y finalmente lo tomé, con una sonrisita queriendo asomar por mis labios. Las lágrimas comenzaban a disminuir, por suerte, así que no hice más que sonar mi nariz de manera débil luego de haber secado la humedad de mi rostro. Si tuviera un espejo… Se rompía en mil pedazos.
-Thank you once again, Evan- dije en un ingles algo extraño. El acento francés hacía que las palabras se deformaran un tanto, lo suficiente como para que sonaran de lo más raro. Le ponía empeño, pero cada que quería decir algo en inglés se interponía mi costumbre francesa. ¡Si no me habrá retado Garrett por ello! A mi institutriz no le preocupaba ese asunto, pero creo que era porque no le importaba mucho lo que yo hiciera mientras que a ella le dieran su paga. En cambio, a quien había sido mi mejor amigo lo volvía loco esa combinación que yo hacía de los dos idiomas. ¡Ni que fuera a propósito! Me esmeraba lo más que podía y lo único que conseguía era un inglés afrancesado que hacía que Garrett prefiriera terminar hablando en francés conmigo. Detallista a más no poder el señor. Nunca había logrado entender el concepto de que yo había nacido en París y había sido criada como cualquier jovencita de mi status. Él, por su parte, había pasado su infancia en Londres y de allí había mamado hasta la médula misma todas las características del perfecto hombre inglés. Y eso es, bajo mi punto de vista, una ventaja muy grande con respecto a mí.
Hacía tanto que no sabía nada de Garrett. La última vez que lo había visto tenía quince años y la última carta que recibí de él fue a los diecisiete. Ya había pasado mucho tiempo desde aquel adiós que tanto me había dolido y que me había marcado de forma imborrable. Después de su partida decidí cerrarme aún más en mí misma, sin estar dispuesta a compartir nada con nadie que no fuera Raina. Era mi única confidente y en ella confiaba ciegamente, sabiendo que no sería capaz de dejarme sola jamás. No necesitaba a nadie más, no quería que persona alguna intentara entrar a mi mundo privado. La mayoría no valían remotamente la pena para hacerlo y los que quizás sí la valían… No les daba la oportunidad para que se acercaran lo suficiente. Ya lo dije, Garrett me había marcado. Me había hecho conocer el sufrimiento de perder a alguien que aprecias, a quien quieres realmente con todo tu corazón… Y había logrado que el miedo de perder a alguien más se hiciera tan fuerte que ni siquiera les daba a los demás oportunidad de convertirse en algo que no fuera meras compañías pasajeras. Cuando alguien empezaba a calar hondo en mí, simplemente me alejaba rápidamente, antes de que fuera demasiado tarde.
-Es un trato, nada de demonios- asentí ligeramente, ya bastante recuperada del súbito ataque emocional que había tenido. ¡Las emociones debían quedarse dentro de uno mismo! A ser posible, muy, muy en el fondo, para que no las encontrara. –Y a las doce en casa, antes de que mi padre salga a perseguirte con su rifle. El hombre tiene buena puntería, ¿sabes?- no es que lo hubiera visto muchas veces usando su viejo rifle, pero bastaba con ver sus trofeos de caza y los premios que ostentaba como para saber que Antoine no fallaba nunca.
La calle treinta y seis… ¡Que sitio! Está bien que me gustaba experimentar cosas nuevas e ir a donde los de mi clase no iban, pero creo que esto se pasaba de castaño oscuro. No había espacio que no estuviera inundado con el aroma nauseabundo de no quiero saber qué cosa y de gente que iba y venía como si estuviéramos metidos en un hormiguero. ¡Y qué caras! Si hubiera estado sola, estaba segura de que hasta me quedaba sin las enaguas. Entrar a la taberna no cambió mucho la situación. Era un hervidero de personas, olores y demás etcéteras que quisiera agregar. Te adaptas, madmoiselle. Al menos aquí no te atacará ninguna criatura.
-Nunca jugué a los dardos- me encogí de hombros, jugando con la copa entre mis manos. Copa que mis labios no deseaban tocar ni aunque fuera la última cristalería disponible en toda la faz de la Tierra. –Pero ya que heredé la puntería de mi padre, apuesto a que sería buena… ¡Y mira si te gano! Eso sería más que divertido. Sobre todo si ponemos un poco de picante y jugamos por algo, ¿qué dices?
Creo que si dejé de llorar fue por la reacción de Evan. Se me antojó… Desesperadamente divertida. Buscando en uno y otro bolsillo un pañuelo que no aparecía, la cara que había puesto era todo un poema épico. Si hasta ahora había llorado como una santa mártir, de aquí en más se me plantaban las ganas de desternillarme de risa. El pañuelo brillaba por su ausencia y Evan estaba demasiado emperrado en encontrar algo con lo que yo me limpiara, así que terminó por hacer algo que no me hubiera imaginado ni en mil años. ¡Arruinar así una camisa! Me quedé medio pasmada mirando el trozo de tela que se había arrancado y finalmente lo tomé, con una sonrisita queriendo asomar por mis labios. Las lágrimas comenzaban a disminuir, por suerte, así que no hice más que sonar mi nariz de manera débil luego de haber secado la humedad de mi rostro. Si tuviera un espejo… Se rompía en mil pedazos.
-Thank you once again, Evan- dije en un ingles algo extraño. El acento francés hacía que las palabras se deformaran un tanto, lo suficiente como para que sonaran de lo más raro. Le ponía empeño, pero cada que quería decir algo en inglés se interponía mi costumbre francesa. ¡Si no me habrá retado Garrett por ello! A mi institutriz no le preocupaba ese asunto, pero creo que era porque no le importaba mucho lo que yo hiciera mientras que a ella le dieran su paga. En cambio, a quien había sido mi mejor amigo lo volvía loco esa combinación que yo hacía de los dos idiomas. ¡Ni que fuera a propósito! Me esmeraba lo más que podía y lo único que conseguía era un inglés afrancesado que hacía que Garrett prefiriera terminar hablando en francés conmigo. Detallista a más no poder el señor. Nunca había logrado entender el concepto de que yo había nacido en París y había sido criada como cualquier jovencita de mi status. Él, por su parte, había pasado su infancia en Londres y de allí había mamado hasta la médula misma todas las características del perfecto hombre inglés. Y eso es, bajo mi punto de vista, una ventaja muy grande con respecto a mí.
Hacía tanto que no sabía nada de Garrett. La última vez que lo había visto tenía quince años y la última carta que recibí de él fue a los diecisiete. Ya había pasado mucho tiempo desde aquel adiós que tanto me había dolido y que me había marcado de forma imborrable. Después de su partida decidí cerrarme aún más en mí misma, sin estar dispuesta a compartir nada con nadie que no fuera Raina. Era mi única confidente y en ella confiaba ciegamente, sabiendo que no sería capaz de dejarme sola jamás. No necesitaba a nadie más, no quería que persona alguna intentara entrar a mi mundo privado. La mayoría no valían remotamente la pena para hacerlo y los que quizás sí la valían… No les daba la oportunidad para que se acercaran lo suficiente. Ya lo dije, Garrett me había marcado. Me había hecho conocer el sufrimiento de perder a alguien que aprecias, a quien quieres realmente con todo tu corazón… Y había logrado que el miedo de perder a alguien más se hiciera tan fuerte que ni siquiera les daba a los demás oportunidad de convertirse en algo que no fuera meras compañías pasajeras. Cuando alguien empezaba a calar hondo en mí, simplemente me alejaba rápidamente, antes de que fuera demasiado tarde.
-Es un trato, nada de demonios- asentí ligeramente, ya bastante recuperada del súbito ataque emocional que había tenido. ¡Las emociones debían quedarse dentro de uno mismo! A ser posible, muy, muy en el fondo, para que no las encontrara. –Y a las doce en casa, antes de que mi padre salga a perseguirte con su rifle. El hombre tiene buena puntería, ¿sabes?- no es que lo hubiera visto muchas veces usando su viejo rifle, pero bastaba con ver sus trofeos de caza y los premios que ostentaba como para saber que Antoine no fallaba nunca.
La calle treinta y seis… ¡Que sitio! Está bien que me gustaba experimentar cosas nuevas e ir a donde los de mi clase no iban, pero creo que esto se pasaba de castaño oscuro. No había espacio que no estuviera inundado con el aroma nauseabundo de no quiero saber qué cosa y de gente que iba y venía como si estuviéramos metidos en un hormiguero. ¡Y qué caras! Si hubiera estado sola, estaba segura de que hasta me quedaba sin las enaguas. Entrar a la taberna no cambió mucho la situación. Era un hervidero de personas, olores y demás etcéteras que quisiera agregar. Te adaptas, madmoiselle. Al menos aquí no te atacará ninguna criatura.
-Nunca jugué a los dardos- me encogí de hombros, jugando con la copa entre mis manos. Copa que mis labios no deseaban tocar ni aunque fuera la última cristalería disponible en toda la faz de la Tierra. –Pero ya que heredé la puntería de mi padre, apuesto a que sería buena… ¡Y mira si te gano! Eso sería más que divertido. Sobre todo si ponemos un poco de picante y jugamos por algo, ¿qué dices?

Isabelle Von Rebeur- Twisted Saint

- Escritos realizados: 213
Antigüedad en el teatro: 14/01/2012
Reputación: 39
Estado: Activo
CURIOSIDADES
Sabías que...:
Empleo actual: Ninguno
Nombre de PB: Kaya Scodelario
Re: Grandes Esperanzas [Isabelle Von Rebeur]
—Nunca jugué a los dardos— “Existe una primera vez para todo.” Y no hay cabida para la suerte. Solo el buen pulso. Por ese motivo, apreciaba los juegos que requerían destreza. En ellos no encontrarías la trampa. Dependían de la posición del cuerpo, la musculatura y años de duro entrenamiento. Eran transparentes y sinceros —Pero ya que heredé la puntería de mi padre, apuesto a que sería buena… ¡Y mira si te gano!— Por unos instantes volví a imaginar al padre de Isabelle. Un hombre enajenado corriendo detrás mía con una escopeta cargada y mi nombre apuntado en cada bala. ¡Y su nombre escrito en mi culo! “Que mal cuerpo...” Visiones aparte, pensaba dejarme ganar. ¡Hay que ser caballero! “Dicen que es lo apropiado. Dicen...” Y ella estaba emocionada por echar una partida ¿entiendes? —Eso sería más que divertido.— “La palabra seria, acojonante” —Sobre todo si ponemos un poco de picante y jugamos por algo, ¿qué dices?— “Me interesa.” ¿Qué entendería por picante? Éramos de regiones extremas y puede que la traducción en su país fuese bien distinta. Aunque la pronunciación que hizo Isabelle al darme las gracias, fue excelente. ¡En serio! ¿Has oído a un asiático insultar en inglés? ¡Cuídate de las orejas y de las malas lenguas! ¡Cuídate! “En américa del norte, picante se refiere a una situación o individuo con despertares hambrientos y pensamientos subidos de tono. En américa del sur, un condimento.” ¡Pero esto es muy relativo!
—Así que... quieres apostar ¿eh? Vaya, vaya...— repasé mi ceja izquierda, perdiendo la vista por encima de su cabeza. Me sorprendió aquello. Las mujeres no solían apuntarse al juego. Me observaban desde algún asiento, guardándome el vaso de leche —Esto hay que replanteárselo...— y bien ¿eh? “¿Qué podría pedirla?” “¿Tú qué harías, brother?” Surqué el interior de mi boca con la punta de la lengua, “se me ocurrían tantas cosas...” desabrochándome los puños de la camisa, para remangarme antes de meterme en faena. “Si. Era infantil e innecesario.” “Definitivamente lo haríamos.” Debatí las condiciones entre medias. Uno de los dos quedaría como la víctima. Igual que cuando haces una apuesta con un demonio. “Empeora si no sabes que lo es.” O bien te torturan dos tías, por ver quién se lleva al chico de oro. “Sí. Me sucedió.” “Pero esa es otra historia...” Alcé su barbilla con la punta de un dedo —Si gano yo... — Traté de cazar la mejor respuesta de un lengüetazo. Pululaba en el fondo de sus pupilas. De un ojo a otro, pensé que aleteaba escapándose, huyendo de mí. La sala desapareció, hasta que conseguí atraparla —...harás todo lo que te pida— Isabelle era rebelde y no me interesaba que lo fuera. Cuando la dije que se quedase a mis espaldas, desobedeció. Era un riesgo ¿entiendes? Utilizaría aquella baza para evitar posibles discusiones con los consecuentes aprietos. E intentaría que fuese en su veneficio. Una medida de protección. ¿Really? “No prometo nada.” —Espero que no te apuestes lo mismo— “Me desilusionarías, nena...” —Invéntate lo que quieras y pide por esa boquita...— Pasé el dedo por dicha, sonriente por la victoria que me auguraban los dardos —¡Lo que tú quieras! Aunque sea por última vez...— Porque dentro de unos minutos... ¡lo haría yo! No era un juramento inquebrantable ¿vale? Se sostendría hasta que el peligro se disuadiese como el melocotón caliente en almíbar.
Apartándome de ella y dejándola con la palabra en la boca, caminé marcha atrás, mostrándola el camino de paso. Muy chulo. ¡Pero soy americano, joder! ¡Qué esperabas! Por supuesto, el vino se quedó en la mesa. “Hay que jugar con precaución para no tener accidentes.” Tres dardos para mí. Tres para Isabelle. Se los di, colocándome justo en la línea de tiro. Estaba un poco difusa y aparté el polvo de encima con un movimiento de pie. A mi vista, era muy ingenua. La línea no. Isabelle. ¡Me recordaba a mi hermana! Salvo que la chica despertaba mis instintos más salvajes y Casha no. ¡Evidentemente, joder! ¡Era sangre de mi sangre! ¿Qué depravado sacaría conclusiones sucias? “¡Pues una mente enferma!” Casha siempre salía perdiendo porque se subía al pedestal con precipitación “como mi familia lleva haciendo toda la vida,” porque nuestro padre nos inculcó, “que ganar es importante, tanto si juegas a las canicas como si te toca el garbanzo negro en un guiso.” Y como mi hermana era bien pequeña y carecía de experiencia, terminaba llorando y diciendo “¿Por qué? ¿Por qué?” ...con el corazón roto. ¿Respuesta? "¡Porque hay que ser más despierta, bonita!" —Bueno... Todavía estás a tiempo...— cerré un ojo, "te veo..." desafiante con aquella punta afilada y con la respiración contenida. Todo ocurrió muy deprisa. “Primer dardo.” ¡Diana! —Te escucho— “Segundo dardo.” Diana —¿Has visto?— Tercer dardo, directo al culo del primero. “Creo que salí con alguna Diana hace años.” —Si señor...— Diana... —Vaya, vaya...— “Tres segundo, tío... Tres necesité, para hacer pleno.” Era el principio y estábamos calentando antes de ponernos serios. ¿Cómo lo ves? ¡La chica tenía todas las de perder! Saqué los dardos del sitio y regresé a su lado, con aires de prepotencia. No por nada... ¿eh? ¡Es que no cabía en mí de gozo!
Y miré al techo... contemplé la parte de arriba por unos segundos, pendiente de los cielos y pensando que mi padre estaría mirándome desde aquellas alturas desconocidas, agitando el puño con pasión al verme liderar de tal manera, fuera de los límites de un chico normal y corriente, que enseña el dedo corazón siempre que tiene ocasión y vive cada momento en plenitud. A veces con calma. Otras con emoción. Pero siempre manteniendo la sonrisa con un estilo fuera de lo común. Incluso angelical. Rematadamente poseído por las sutilezas mundanas y sus diferentes despertares.
—Así que... quieres apostar ¿eh? Vaya, vaya...— repasé mi ceja izquierda, perdiendo la vista por encima de su cabeza. Me sorprendió aquello. Las mujeres no solían apuntarse al juego. Me observaban desde algún asiento, guardándome el vaso de leche —Esto hay que replanteárselo...— y bien ¿eh? “¿Qué podría pedirla?” “¿Tú qué harías, brother?” Surqué el interior de mi boca con la punta de la lengua, “se me ocurrían tantas cosas...” desabrochándome los puños de la camisa, para remangarme antes de meterme en faena. “Si. Era infantil e innecesario.” “Definitivamente lo haríamos.” Debatí las condiciones entre medias. Uno de los dos quedaría como la víctima. Igual que cuando haces una apuesta con un demonio. “Empeora si no sabes que lo es.” O bien te torturan dos tías, por ver quién se lleva al chico de oro. “Sí. Me sucedió.” “Pero esa es otra historia...” Alcé su barbilla con la punta de un dedo —Si gano yo... — Traté de cazar la mejor respuesta de un lengüetazo. Pululaba en el fondo de sus pupilas. De un ojo a otro, pensé que aleteaba escapándose, huyendo de mí. La sala desapareció, hasta que conseguí atraparla —...harás todo lo que te pida— Isabelle era rebelde y no me interesaba que lo fuera. Cuando la dije que se quedase a mis espaldas, desobedeció. Era un riesgo ¿entiendes? Utilizaría aquella baza para evitar posibles discusiones con los consecuentes aprietos. E intentaría que fuese en su veneficio. Una medida de protección. ¿Really? “No prometo nada.” —Espero que no te apuestes lo mismo— “Me desilusionarías, nena...” —Invéntate lo que quieras y pide por esa boquita...— Pasé el dedo por dicha, sonriente por la victoria que me auguraban los dardos —¡Lo que tú quieras! Aunque sea por última vez...— Porque dentro de unos minutos... ¡lo haría yo! No era un juramento inquebrantable ¿vale? Se sostendría hasta que el peligro se disuadiese como el melocotón caliente en almíbar.
Apartándome de ella y dejándola con la palabra en la boca, caminé marcha atrás, mostrándola el camino de paso. Muy chulo. ¡Pero soy americano, joder! ¡Qué esperabas! Por supuesto, el vino se quedó en la mesa. “Hay que jugar con precaución para no tener accidentes.” Tres dardos para mí. Tres para Isabelle. Se los di, colocándome justo en la línea de tiro. Estaba un poco difusa y aparté el polvo de encima con un movimiento de pie. A mi vista, era muy ingenua. La línea no. Isabelle. ¡Me recordaba a mi hermana! Salvo que la chica despertaba mis instintos más salvajes y Casha no. ¡Evidentemente, joder! ¡Era sangre de mi sangre! ¿Qué depravado sacaría conclusiones sucias? “¡Pues una mente enferma!” Casha siempre salía perdiendo porque se subía al pedestal con precipitación “como mi familia lleva haciendo toda la vida,” porque nuestro padre nos inculcó, “que ganar es importante, tanto si juegas a las canicas como si te toca el garbanzo negro en un guiso.” Y como mi hermana era bien pequeña y carecía de experiencia, terminaba llorando y diciendo “¿Por qué? ¿Por qué?” ...con el corazón roto. ¿Respuesta? "¡Porque hay que ser más despierta, bonita!" —Bueno... Todavía estás a tiempo...— cerré un ojo, "te veo..." desafiante con aquella punta afilada y con la respiración contenida. Todo ocurrió muy deprisa. “Primer dardo.” ¡Diana! —Te escucho— “Segundo dardo.” Diana —¿Has visto?— Tercer dardo, directo al culo del primero. “Creo que salí con alguna Diana hace años.” —Si señor...— Diana... —Vaya, vaya...— “Tres segundo, tío... Tres necesité, para hacer pleno.” Era el principio y estábamos calentando antes de ponernos serios. ¿Cómo lo ves? ¡La chica tenía todas las de perder! Saqué los dardos del sitio y regresé a su lado, con aires de prepotencia. No por nada... ¿eh? ¡Es que no cabía en mí de gozo!
Y miré al techo... contemplé la parte de arriba por unos segundos, pendiente de los cielos y pensando que mi padre estaría mirándome desde aquellas alturas desconocidas, agitando el puño con pasión al verme liderar de tal manera, fuera de los límites de un chico normal y corriente, que enseña el dedo corazón siempre que tiene ocasión y vive cada momento en plenitud. A veces con calma. Otras con emoción. Pero siempre manteniendo la sonrisa con un estilo fuera de lo común. Incluso angelical. Rematadamente poseído por las sutilezas mundanas y sus diferentes despertares.

Evan Murdock- ParticipanteCA

- Escritos realizados: 590
Antigüedad en el teatro: 15/05/2011
Reputación: 139
Estado: Activo
CURIOSIDADES
Sabías que...:
Empleo actual: Cazador
Nombre de PB: Garrett Hedlund
Re: Grandes Esperanzas [Isabelle Von Rebeur]
Se le veía en la cara tan claro como el agua: quería ganar a toda costa. Creo que no se esperaba que lo desafiara –si hubiera sido él, yo tampoco me lo hubiera esperado. Acababa de llorar como un crío y ahora andaba haciendo apuestas- y con la pequeña mentirilla que dije, seguro esperaba salirse con la suya. ¡Si no habré jugado a los dardos! En el salón de usos múltiples, donde mi padre solía reunirse con varios de sus amigos, tenía un juego de dardos de lo más especial. Cada que tenía la oportunidad, Raina y yo nos escabullíamos a jugar nuestras partidas, apostando en ocasiones también. Y si ella no estaba de humor para jugar, practicaba yo sola, aunque eso no solía suceder a menos que estuviera enojada. Jugar evitaba que le clavara algo a alguien.
¡Daba gracias que mi madre estuviera muy ocupada con sus quehaceres y sus superfluas compras! Si no fuera por ello, jamás podría entrar al salón. Papá nunca había sido un problema ya que se la vivía en su despacho, trabajando como esclavo. Antoniette era el mayor peligro porque era una auténtica chismosa que con gusto soltaba la lengua si me encontraba disfrutando de mi pasatiempo secreto. Es mi madre quien me salvaba. Las dos se iban de compras juntas a explotar las ganancias del jefe de familia y yo podía disfrutar a mis anchas de hacer lo que deseara, ya que siempre me inventaba alguna excusa para no ir… Aunque a veces no me funcionaban.
Como sea, si la música era mi primer talento, los dardos eran el segundo. Actividad rara para una mujer común, demasiado masculina… Pero ¿quién dijo que yo era común? Era un bicho raro comparada con las otras chicas de mi edad, provenientes a su vez de las familias más adineradas como la mía. ¡Y eso me encantaba! Verme a mí misma como una persona culta, con valores e ideales firmes, de lengua filosa e incluso despiadada –de ser necesario- y poseedora de una increíble habilidad para los comentarios ágiles e inteligentes, me enorgullecía enormemente. Ser una insulsa que dice “sí” a todo por simple conveniencia y sumisión no era algo que me atrajera en lo absoluto. De hecho, no comprendía cómo la mayoría de las féminas eran así. ¡Títeres! Los hombres las controlaban a su antojo.
¿Evan creía que conseguiría su propósito? No iba a llegar el día en que yo hiciera lo que otro me obligara a hacer. Con mis padres ya tenía cubierta la cuota de órdenes como para que alguien más quisiera mangonearme. Así que no dejaría que Evan saliera ganando. Buena idea el hundir su orgullo masculino, seguro que así te lo ganas Belle. Decisiones, decisiones… Mi competitividad y amor propio eran más fuertes como para dejarme vencer esta vez. ¡Iba en contra de mis principios! Y, apuesta de por medio, la cuestión de perder era poco más imperdonable. Estaba decidido: era ganar o ganar.
-Soy algo más creativa…- alcancé a decir antes de que se alejara, poniendo mis ojos en blanco mientras avanzaba en su misma dirección. Se tenía toda la fe, se le veía a kilómetros de distancia. Como se le borraría cuando me viera en acción. ¡Lo disfrutaría tanto! Sería un doble gozo: el jugar de por sí y el ver la expresión que ponía al darse cuenta de que de novata no tenía ni un pelo. ¡Y las caras que pondrían los demás! Eso sería impagable.
Porque, claro, desde que había puesto un pie en la taberna algunos ojos se habían quedados prendados de mí. No muchos, por suerte, ya que la mayoría estaban demasiado concentrados en sus asuntos como para prestarme atención a mí. Bien por ustedes, sigan con lo suyo que mientras menos me miren, menos ganas de salir corriendo me darán. Pero desde que los dardos estuvieron en mis manos el interés por la señorita de aires refinados se incrementó considerablemente. Ya me lo imaginaba, se andarían preguntando no solo qué hacía allí, en un lugar tan poco propio para una jovencita de familia, si no qué hacía con un hombre a punto de jugar a los dardos. A que se creen que se los estoy sosteniendo.
-Vamos, no te vengas con amenazas encubiertas y empieza- sonreí sin mirarlo, examinando los dardos que descansaban en la palma de mi mano. No tenían nada que ver con los que yo usaba, pero al cabo era lo mismo. Nada de pretensiones, mujer. Evan seguía alardeando de su habilidad, pero a mi francamente me importaba tres velines. Tres a la diana, eso solo le daba la chance de seguir participando y no de ganar. Yo seguía imperturbable en mi posición, esperando mi turno. Algunos hombres se habían reunido a nuestro alrededor para ver la partida, convencidos de que aquí habría una paliza de parte de Evan. Y el machismo no lleva a nada bueno. -¡Hombre! Si me harás pedazos, no es justo- dije y pellizqué su mejilla como si estuviera reprendiéndole algo que hubiera hecho mal. Bueno, efectivamente lo había hecho. Subestimarme nunca era una buena idea.
El bullicio a mi alrededor se acrecentó al acercarme a la posición desde la cual debía tirar mis dardos. Con excesiva parsimonia tomé una bocanada de aire -¿aire? ¿a caso era aire lo que respiraba allí? No había ni una sola gota de oxígeno medianamente puro- y lancé uno de los dardos hacia arriba, atrapándolo nuevamente a mitad de su recorrido hacia el suelo. El bullicio cesó momentáneamente y no pude evitar sonreír ampliamente. Un paso más y los tenía en mi bolsillo a todos ellos.
-Uno- dije al tiempo que tiraba el primer dardo y este daba en la diana. Ya no se oía voces a nuestro alrededor y el silencio era tan palpable que lo único que oía en esos instantes era mi propia respiración. Lo que se dice llamar la atención con todas las letras. –Dos- la fina punta corto el aire como un cuchillo, provocando un leve siseo, hasta encontrarse con la diana. –Y tres- el dardo había impactado exactamente pegado a uno de sus compañeros, haciendo que este último temblara por el cimbronazo. Que venga la segunda ronda. –Caballeros, empiecen a hacer sus apuestas, que esto no termina todavía.
El ruido y las conversaciones a muy alto nivel de voz volvieron a cargar la atmósfera de la taberna mientras yo disfrutaba de mi éxito. Me acerqué hasta el tablero y saqué mis dardos, sosteniéndolos firmemente con mi mano derecha y volviendo a donde Evan estaba. Tan ganador que se sentía, veamos que tal le va después de esto.
-Debo confesarle algo, monsieur Murdock- mis labios se plantaron al nivel de su oído para poder susurrarle lo que tenía para decir. –Le mentí- mi aliento rozó su piel suavemente y me aparté de él, la sonrisa sin poder salirse de mi cara. Si hace unos cuantos minutos atrás estaba asustada y llorando a moco tendido, ahora estaba que no podía quedarme quieta del gozo que sentía internamente.
¡Daba gracias que mi madre estuviera muy ocupada con sus quehaceres y sus superfluas compras! Si no fuera por ello, jamás podría entrar al salón. Papá nunca había sido un problema ya que se la vivía en su despacho, trabajando como esclavo. Antoniette era el mayor peligro porque era una auténtica chismosa que con gusto soltaba la lengua si me encontraba disfrutando de mi pasatiempo secreto. Es mi madre quien me salvaba. Las dos se iban de compras juntas a explotar las ganancias del jefe de familia y yo podía disfrutar a mis anchas de hacer lo que deseara, ya que siempre me inventaba alguna excusa para no ir… Aunque a veces no me funcionaban.
Como sea, si la música era mi primer talento, los dardos eran el segundo. Actividad rara para una mujer común, demasiado masculina… Pero ¿quién dijo que yo era común? Era un bicho raro comparada con las otras chicas de mi edad, provenientes a su vez de las familias más adineradas como la mía. ¡Y eso me encantaba! Verme a mí misma como una persona culta, con valores e ideales firmes, de lengua filosa e incluso despiadada –de ser necesario- y poseedora de una increíble habilidad para los comentarios ágiles e inteligentes, me enorgullecía enormemente. Ser una insulsa que dice “sí” a todo por simple conveniencia y sumisión no era algo que me atrajera en lo absoluto. De hecho, no comprendía cómo la mayoría de las féminas eran así. ¡Títeres! Los hombres las controlaban a su antojo.
¿Evan creía que conseguiría su propósito? No iba a llegar el día en que yo hiciera lo que otro me obligara a hacer. Con mis padres ya tenía cubierta la cuota de órdenes como para que alguien más quisiera mangonearme. Así que no dejaría que Evan saliera ganando. Buena idea el hundir su orgullo masculino, seguro que así te lo ganas Belle. Decisiones, decisiones… Mi competitividad y amor propio eran más fuertes como para dejarme vencer esta vez. ¡Iba en contra de mis principios! Y, apuesta de por medio, la cuestión de perder era poco más imperdonable. Estaba decidido: era ganar o ganar.
-Soy algo más creativa…- alcancé a decir antes de que se alejara, poniendo mis ojos en blanco mientras avanzaba en su misma dirección. Se tenía toda la fe, se le veía a kilómetros de distancia. Como se le borraría cuando me viera en acción. ¡Lo disfrutaría tanto! Sería un doble gozo: el jugar de por sí y el ver la expresión que ponía al darse cuenta de que de novata no tenía ni un pelo. ¡Y las caras que pondrían los demás! Eso sería impagable.
Porque, claro, desde que había puesto un pie en la taberna algunos ojos se habían quedados prendados de mí. No muchos, por suerte, ya que la mayoría estaban demasiado concentrados en sus asuntos como para prestarme atención a mí. Bien por ustedes, sigan con lo suyo que mientras menos me miren, menos ganas de salir corriendo me darán. Pero desde que los dardos estuvieron en mis manos el interés por la señorita de aires refinados se incrementó considerablemente. Ya me lo imaginaba, se andarían preguntando no solo qué hacía allí, en un lugar tan poco propio para una jovencita de familia, si no qué hacía con un hombre a punto de jugar a los dardos. A que se creen que se los estoy sosteniendo.
-Vamos, no te vengas con amenazas encubiertas y empieza- sonreí sin mirarlo, examinando los dardos que descansaban en la palma de mi mano. No tenían nada que ver con los que yo usaba, pero al cabo era lo mismo. Nada de pretensiones, mujer. Evan seguía alardeando de su habilidad, pero a mi francamente me importaba tres velines. Tres a la diana, eso solo le daba la chance de seguir participando y no de ganar. Yo seguía imperturbable en mi posición, esperando mi turno. Algunos hombres se habían reunido a nuestro alrededor para ver la partida, convencidos de que aquí habría una paliza de parte de Evan. Y el machismo no lleva a nada bueno. -¡Hombre! Si me harás pedazos, no es justo- dije y pellizqué su mejilla como si estuviera reprendiéndole algo que hubiera hecho mal. Bueno, efectivamente lo había hecho. Subestimarme nunca era una buena idea.
El bullicio a mi alrededor se acrecentó al acercarme a la posición desde la cual debía tirar mis dardos. Con excesiva parsimonia tomé una bocanada de aire -¿aire? ¿a caso era aire lo que respiraba allí? No había ni una sola gota de oxígeno medianamente puro- y lancé uno de los dardos hacia arriba, atrapándolo nuevamente a mitad de su recorrido hacia el suelo. El bullicio cesó momentáneamente y no pude evitar sonreír ampliamente. Un paso más y los tenía en mi bolsillo a todos ellos.
-Uno- dije al tiempo que tiraba el primer dardo y este daba en la diana. Ya no se oía voces a nuestro alrededor y el silencio era tan palpable que lo único que oía en esos instantes era mi propia respiración. Lo que se dice llamar la atención con todas las letras. –Dos- la fina punta corto el aire como un cuchillo, provocando un leve siseo, hasta encontrarse con la diana. –Y tres- el dardo había impactado exactamente pegado a uno de sus compañeros, haciendo que este último temblara por el cimbronazo. Que venga la segunda ronda. –Caballeros, empiecen a hacer sus apuestas, que esto no termina todavía.
El ruido y las conversaciones a muy alto nivel de voz volvieron a cargar la atmósfera de la taberna mientras yo disfrutaba de mi éxito. Me acerqué hasta el tablero y saqué mis dardos, sosteniéndolos firmemente con mi mano derecha y volviendo a donde Evan estaba. Tan ganador que se sentía, veamos que tal le va después de esto.
-Debo confesarle algo, monsieur Murdock- mis labios se plantaron al nivel de su oído para poder susurrarle lo que tenía para decir. –Le mentí- mi aliento rozó su piel suavemente y me aparté de él, la sonrisa sin poder salirse de mi cara. Si hace unos cuantos minutos atrás estaba asustada y llorando a moco tendido, ahora estaba que no podía quedarme quieta del gozo que sentía internamente.

Isabelle Von Rebeur- Twisted Saint

- Escritos realizados: 213
Antigüedad en el teatro: 14/01/2012
Reputación: 39
Estado: Activo
CURIOSIDADES
Sabías que...:
Empleo actual: Ninguno
Nombre de PB: Kaya Scodelario
Re: Grandes Esperanzas [Isabelle Von Rebeur]
¿Conoces esa sensación? ¡Sí, hombre! Esa en la que te sitúas frente al gran cañón del colorado, en sintonía con la tribu Hopi a tus espaldas, elaborando cestas y miniaturas en una Arizona desértica y poblada de cactus amenazadores. Estás tú y la piel con la que naciste. la sábana donde te envolvieron, "a día de hoy," curtida y semejante a la corteza. Esa que recibió innumerables golpes y en adelante. “Y ambas contempláis la extensión y belleza del cañón.” Observáis sus proporciones de cabo a rabo, sin poder evitar sentiros como un grano de arena bajo un sin fin de piedras abruptas. Un lugar que lleva existiendo desde que el mundo es mundo erosionando sin descanso; cuando tú aterrizaste allí por mera casualidad. Un paraje que existió antes de que emitieses tu primer llanto tras el cachete que te daría la vida. “Estás allí y lo demás son gilipolleces.” Los ojos abiertos de par en par con un fin: “pegar el gran grito.” Rellenar el cañón con tu eco y oírte a un millar de kilómetros para dejar de ser quien eres y convertirte en algo más que un simple recipiente. Y entonces, hinchas vigoroso, lleno de sueños los pulmones, como si todo tu organismo se hubiese quedado en pausa, a sabiendas de que la sangre continua bombeando torrencialmente, “porque nunca antes habías visto algo igual.” Tu sistema circulatorio ejerce su cauce. Los pies siguen sosteniéndote. El cuello, alza la cabeza. Pero tú... ya no estás. Has llegado a otro nivel y todo cobra sentido cuando sueltas el gran “HAY.”
La sensación fue la misma, con todos aquellos individuos a mi alrededor, coreándome y burlándose de la audaz jovencita. Un proceso que terminaría con un terrible declive que por entonces, aún desconocía, similar a como se te queda el cuerpo tras un coito de infarto. Ignorante, seguí a mi ritmo.
—¡Hombre! Si me harás pedazos, no es justo— “¡Donde las dan, las toman!” Alcé las cejas, lanzándola un beso al aire con el recuerdo del pellizco aún en el moflete. ¡Un regalo insignificante en comparación a lo que haría sin público delante! Quisieron invitarme a una cerveza, pero me negué con un dardo, manteniendo el tipo y con la corbata atada aún a mi cuello, por temor a que terminase en la cabeza, literal al aspecto de un indio. ¿Qué si se torcieron las cosas? “¡Y de qué manera, tío!” Pensé que antes lo clavaría en la pared o en el pie de algún fulano o directamente en su propio ojo. “Lo que sucedió, fue bien distinto.” —Uno— “¿What?” —Dos— “Eh...” —Y tres— ¿What, what? “Acojonante.” Creo que ni pestañeó. Parecía que aquel juego... ¡lo hubiese inventado ella! Los caballeros que se amontonaban a mi lado, susurraron un ínfimo “suerte,” no sin antes obsequiarme con un merecido gesto de consolación. Pero yo no estaba disgustado ¿entiendes? ...a pesar de haber sufrido un terremoto.
Isabelle alcanzó la diana sin darse cuenta de que no era un punto rojo el que agujereaba, si no mi desarmado corazón. ¿Y yo terminaría haciéndola pedazos? “El público y el menda, aún conmocionados por el evento, apreciaron entre lágrimas, sus objetos más respetados; mermados hasta la máxima ruina.” ¿Cómo expresar la cara que simbolizó mi hombría arrodillada al ras de su vestido? “Indescriptible.”
—Caballeros, empiecen a hacer sus apuestas, que esto no termina todavía— la gente se volvió loca con un funesto final en un crudo sanatorio. Alzaban billetes al aire y me empujaban para que volviese al ruedo. Ella era una roca y yo la puta mota, deseando subirse en su infranqueable territorio. Conquistarla cuando fui el dominado. “Cosas de chavales...” —Debo confesarle algo, monsieur Murdock— “Ídem” El rabillo de mi ojo podía localizarla a las puertas de mi oído, mientras mis labios se debatían “si mandar el juego a tomar por culo.” —Le mentí— “Ni he caído en la cuenta... ¡No te jode!” A buenas horas me lamenté al sonreí con la vista perdida en los dardos que sostenía. ¿Estaba orgullosa? Me pregunté con la atención dispersa en un millón de sitios y respirando con irregularidad. Imaginé lo que escondería en cada manga para mí ¿entiendes? ...incluida su apuesta, la cual aún no quedó fijada. Tras una pausa, me aventuré.
—Nos la jugamos a una— giré el rostro, cazando sus pupilas, fingiendo que no había nadie allí —En esta tirada— creo que abandoné demasiado pronto mi etiqueta de samaritano protector a la buena causa, convirtiéndome en un carnicero de fachada difusa. Porque era un hombre de extremos ¿vale? Porque la franja que delimitaba lo correcto de lo incorrecto era igual que la de tiro —Buena suerte— apunté escondiendo mi admiración, antes de situarme y decidir la mía propia. “No existe el destino.” Quien te lo haya contado... “es mentira también.”
¿Sabes dónde clavé los dardos? En el retrato de Jorge tercero de inglaterra. “Dos en cada ojo, el último en toda la boca.” El cuadro se situaba cercano a la diana y decidí fracasar dejándole como un coladero. Me rendí a los encantos de Isabelle, reduciéndome a un alto grado de imbecilidad. ¿Qué esperabas? “Humillante, tío...” Al darme la vuelta, con los brazos extendidos, recibí mi castigo antes de tiempo. ¿Qué me deparaba? ¡A saber, brother! Encontré emocionante desconocer sus exigencias, deseando oírlas y cumplir con palabras de hierro. Protegerla era asunto mío ¿comprendes? Y ya me las ingeniaría con mis pistolas, mis escapadas e invectivas. “Ahora era todo suyo y no me avergonzaba.” La mitad del público a mi favor, abucheó agitando los vasos y desparramando el alcohol sin que les importase lo más mínimo.
—Pero... ¡A ti qué es lo que te pasa!— un individuo en concreto, alterado hasta la saciedad —¡Te voy a matar pedazo de...!— “...bla, bla, bla.” Una vocecita en mi interior me dijo que debíamos marcharnos cuanto antes. “¡Hay que saber perder, amigo!” Y yo estaba aprendiendo muchas cosas esa noche. El caso es, que el tipo se abalanzó contra mí, derribándome igual que un puto luchador energúmeno. Partimos una mesa y luego nos atizamos hasta que le dejé inconsciente. ¡Y aún así, continuó murmurando! —Hijo...— “¿de un príncipe?” Aparté mi cuerpo de él con rapidez al ver la que se avecinaba. “Intuiciones a pares.”
—¡Isabelle! ¡Nos vamos!— “¡Decidido!” Tuve que alzar la voz por encima del bullicio que cobró el mismo aspecto que una pelea de gallos, todos zurrándose unos con otros fuese tu hermano o tu vecino. ¡Allí daba igual! “¡Hasta el camarero!” Agarré al vuelo la mano de la chica y salí esquivando obstáculos a mi paso. Agachando la cabeza, saltando cristales, esquivando piernas, brazos, chorros de sangre; sintiéndome atrapado como en... ¿Has oído hablar de esos recorridos que les hacen a los soldados, escalando muros y colgándose de cuerdas? ¡Para entrenarles! “Pues aquel lugar fue un reto, tío...” Cuando logramos salir del local, no me lo creí. Y empecé a partirme de risa ¿sabes? Respirando aquel aire contaminado que era un alivio en comparación. Estaba contento y con ganas de continuar la noche a tope, independientemente de que diesen las doce. Me encontré con aquella chica excepcional y algo vio en mí que no lograba entender, pero que igualmente me importaba una mierda. Ahora la miraba como si fuese algo indescriptible, demasiado hermoso para atreverme si quiera, hinchando el pecho para tomar el aire que me faltaba y encauzarme. “Toda mi atención en los pulmones, contemplando el cañón del colorado, preparándome para el gran grito.”
La sensación fue la misma, con todos aquellos individuos a mi alrededor, coreándome y burlándose de la audaz jovencita. Un proceso que terminaría con un terrible declive que por entonces, aún desconocía, similar a como se te queda el cuerpo tras un coito de infarto. Ignorante, seguí a mi ritmo.
—¡Hombre! Si me harás pedazos, no es justo— “¡Donde las dan, las toman!” Alcé las cejas, lanzándola un beso al aire con el recuerdo del pellizco aún en el moflete. ¡Un regalo insignificante en comparación a lo que haría sin público delante! Quisieron invitarme a una cerveza, pero me negué con un dardo, manteniendo el tipo y con la corbata atada aún a mi cuello, por temor a que terminase en la cabeza, literal al aspecto de un indio. ¿Qué si se torcieron las cosas? “¡Y de qué manera, tío!” Pensé que antes lo clavaría en la pared o en el pie de algún fulano o directamente en su propio ojo. “Lo que sucedió, fue bien distinto.” —Uno— “¿What?” —Dos— “Eh...” —Y tres— ¿What, what? “Acojonante.” Creo que ni pestañeó. Parecía que aquel juego... ¡lo hubiese inventado ella! Los caballeros que se amontonaban a mi lado, susurraron un ínfimo “suerte,” no sin antes obsequiarme con un merecido gesto de consolación. Pero yo no estaba disgustado ¿entiendes? ...a pesar de haber sufrido un terremoto.
Isabelle alcanzó la diana sin darse cuenta de que no era un punto rojo el que agujereaba, si no mi desarmado corazón. ¿Y yo terminaría haciéndola pedazos? “El público y el menda, aún conmocionados por el evento, apreciaron entre lágrimas, sus objetos más respetados; mermados hasta la máxima ruina.” ¿Cómo expresar la cara que simbolizó mi hombría arrodillada al ras de su vestido? “Indescriptible.”
—Caballeros, empiecen a hacer sus apuestas, que esto no termina todavía— la gente se volvió loca con un funesto final en un crudo sanatorio. Alzaban billetes al aire y me empujaban para que volviese al ruedo. Ella era una roca y yo la puta mota, deseando subirse en su infranqueable territorio. Conquistarla cuando fui el dominado. “Cosas de chavales...” —Debo confesarle algo, monsieur Murdock— “Ídem” El rabillo de mi ojo podía localizarla a las puertas de mi oído, mientras mis labios se debatían “si mandar el juego a tomar por culo.” —Le mentí— “Ni he caído en la cuenta... ¡No te jode!” A buenas horas me lamenté al sonreí con la vista perdida en los dardos que sostenía. ¿Estaba orgullosa? Me pregunté con la atención dispersa en un millón de sitios y respirando con irregularidad. Imaginé lo que escondería en cada manga para mí ¿entiendes? ...incluida su apuesta, la cual aún no quedó fijada. Tras una pausa, me aventuré.
—Nos la jugamos a una— giré el rostro, cazando sus pupilas, fingiendo que no había nadie allí —En esta tirada— creo que abandoné demasiado pronto mi etiqueta de samaritano protector a la buena causa, convirtiéndome en un carnicero de fachada difusa. Porque era un hombre de extremos ¿vale? Porque la franja que delimitaba lo correcto de lo incorrecto era igual que la de tiro —Buena suerte— apunté escondiendo mi admiración, antes de situarme y decidir la mía propia. “No existe el destino.” Quien te lo haya contado... “es mentira también.”
¿Sabes dónde clavé los dardos? En el retrato de Jorge tercero de inglaterra. “Dos en cada ojo, el último en toda la boca.” El cuadro se situaba cercano a la diana y decidí fracasar dejándole como un coladero. Me rendí a los encantos de Isabelle, reduciéndome a un alto grado de imbecilidad. ¿Qué esperabas? “Humillante, tío...” Al darme la vuelta, con los brazos extendidos, recibí mi castigo antes de tiempo. ¿Qué me deparaba? ¡A saber, brother! Encontré emocionante desconocer sus exigencias, deseando oírlas y cumplir con palabras de hierro. Protegerla era asunto mío ¿comprendes? Y ya me las ingeniaría con mis pistolas, mis escapadas e invectivas. “Ahora era todo suyo y no me avergonzaba.” La mitad del público a mi favor, abucheó agitando los vasos y desparramando el alcohol sin que les importase lo más mínimo.
—Pero... ¡A ti qué es lo que te pasa!— un individuo en concreto, alterado hasta la saciedad —¡Te voy a matar pedazo de...!— “...bla, bla, bla.” Una vocecita en mi interior me dijo que debíamos marcharnos cuanto antes. “¡Hay que saber perder, amigo!” Y yo estaba aprendiendo muchas cosas esa noche. El caso es, que el tipo se abalanzó contra mí, derribándome igual que un puto luchador energúmeno. Partimos una mesa y luego nos atizamos hasta que le dejé inconsciente. ¡Y aún así, continuó murmurando! —Hijo...— “¿de un príncipe?” Aparté mi cuerpo de él con rapidez al ver la que se avecinaba. “Intuiciones a pares.”
—¡Isabelle! ¡Nos vamos!— “¡Decidido!” Tuve que alzar la voz por encima del bullicio que cobró el mismo aspecto que una pelea de gallos, todos zurrándose unos con otros fuese tu hermano o tu vecino. ¡Allí daba igual! “¡Hasta el camarero!” Agarré al vuelo la mano de la chica y salí esquivando obstáculos a mi paso. Agachando la cabeza, saltando cristales, esquivando piernas, brazos, chorros de sangre; sintiéndome atrapado como en... ¿Has oído hablar de esos recorridos que les hacen a los soldados, escalando muros y colgándose de cuerdas? ¡Para entrenarles! “Pues aquel lugar fue un reto, tío...” Cuando logramos salir del local, no me lo creí. Y empecé a partirme de risa ¿sabes? Respirando aquel aire contaminado que era un alivio en comparación. Estaba contento y con ganas de continuar la noche a tope, independientemente de que diesen las doce. Me encontré con aquella chica excepcional y algo vio en mí que no lograba entender, pero que igualmente me importaba una mierda. Ahora la miraba como si fuese algo indescriptible, demasiado hermoso para atreverme si quiera, hinchando el pecho para tomar el aire que me faltaba y encauzarme. “Toda mi atención en los pulmones, contemplando el cañón del colorado, preparándome para el gran grito.”

Evan Murdock- ParticipanteCA

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Re: Grandes Esperanzas [Isabelle Von Rebeur]
Tan pobres que aparentaban y los billetes iban y venían como en un maremoto. Las apuestas eran el divertimento mayor en aquel lugar, sobrepasando a cualquier otra actividad. Riesgosas, regidas por el azar absoluto, eran la trampa de todos los hombres que sucumbían ante la tentación. ¿Encumbramiento? Eso era pretender demasiado. Era el dinero fácil lo que los llamada, cual canto de sirena. Y si había algo ante lo cual el hombre no podía resistirse era el dulce sabor de la riqueza… Y las mujeres, pero no era el caso esta vez. Yo no era nada más que la poseedora de tres dardos que podrían hacerles ganar más dinero del que acostumbraban ver en sus manos. Me había transformado en un precioso objeto enfundado en su vestido azul, un decorativo que coronaba una habilidad innata que recién ahora los demás conocían. Y eso hacía que no supiera si sentirme orgullosa de mí misma o asqueada por ser el objeto de un juego. Como la reina en el juego de ajedrez poniendo en jaque al rey. Tanta emoción, tanta algarabía a mi alrededor y a mí, de repente, se me caía la cara de la vergüenza. ¡Quién me entendía! Que a veces ni yo podía comprender sentimientos tan contrapuestos en ese pantano que era mi interior. Un pantano rebosante de ideas, pesares, cargas emocionales y demás aditamentos que complicaban mi existencia día a día.
Y llegaba Evan y resultaba ser que por primera vez me agradaba sobremanera la compañía de alguien que no fuera Raina. Causaba en mí ese deseo de saber más sobre alguien, una curiosidad implacable que ningún otro había causado. Y aquello me resultaba tan… Tan nuevo. Como si no fuera conmigo, como si estuviera metida en una obra, en medio del escenario y con el público expectante… Y yo no supiera ni una sola de mis líneas. Tendía a alejarme de todo y de todos, a sumirme en mi propia inmensidad, en ese mundo irreconocible del que era dueña; tendía a establecer distancias insalvables entre los demás yo; tendía a arreglármelas como podía con mi eterna soledad, elegida en parte por motu proprio y en parte por las circunstancias que me habían tocado sobrellevar a lo largo de los años. ¿Por qué, entonces, no hacía lo mismo con Evan? Lo cierto es que yo no quería alejarme de él, no quería apartarlo ni verlo salir de mi vida como todos los otros que algún día formaron parte de ella por, al menos, un fugaz instante. Pero, por otro lado, sentía la imperiosa necesidad de dejarlo ir antes de que fuera tarde. Antes de que se convirtiera en algo más importante para mí y terminara por encontrar un dolor del que nada quería saber.
-Como usted desee, monsieur Murdock. No vaya usted a errarle al blanco o le auguro una derrota con sabor amargo- respondí y sonreí con una vaguedad que era un espectáculo casi tan grande como el que se desarrollaba allí. Los hombres seguían gritando el nombre de su favorito y me sorprendía encontrarme por gritos que me nombraban a mí. Mi habilidad no podía negarse pero no imaginaba que aquellos hombres dejarían el orgullo de la masculinidad herida y pisoteada y me darían su apoyo. ¿A ti? En tus sueños. El apoyo va al dinero que les proporcionarás. Si no fuera por él, te despreciarían con todo su ser.
Volteé mi rostro hacia Evan, esperando expectante a su tiro, igual que todos los demás que se habían reunido a nuestro alrededor y se jugaban el pescuezo con el dardo que descansaba en las manos de mi acompañante. Mientras tanto, mis dardos permanecían apretujados a más no poder en mi mano, una de las puntas desgarrando poco a poco la piel. De todos modos, no sentía dolor alguno. Y tampoco era capaz de aflojar el agarre, aunque mi cerebro hubiera estado enviando esa orden desde hace un buen tiempo. Pero al fin cayeron, abruptamente, luego del tiro de Evan. Se estrellaron en el suelo y su tintineo se oyó por unos breves segundos. Me quedé literalmente pasmada, observando el cuadro de la pared que había sido atravesado por no uno, sino los tres dardos. ¿Lo había hecho a propósito? ¡No había otra posibilidad! Ya había visto que no era un mal jugador y esto no podía ser ni casualidad ni nervios del momento. ¡Siquiera le hubiera dado al tablero!
-Eso…- no tiene sentido. ¿Por qué lo hizo? Si su intención era hacerse el tonto para dejarme ganar, lo aborrecería. ¡Podía ganar sin ayuda alguna! ¿O es que no lo había dejado en claro ya? Además, había muchos presentes que habían apostado por él… ¿Sabría la bronca que se le vendría encima por lo que acaba de hacer? Cuando a alguien le metían la mano en el bolsillo, la reacción siempre era la misma. Surgía la bestia más cruel y hacía lo que fuera por recuperar lo perdido o lo que creía que le correspondía. ¡Seguro que lo sabía! Él era quien frecuentaba estos tugurios, no yo. Por eso no se me ocurrió mejor idea que darle otra oportunidad, anular esa tirada como si no hubiera sucedido… Pero no llegué a tiempo de decir nada cuando los problemas volvieron a surgir.
Uno de los hombres de la multitud se abalanzó contra Evan, derribándolo con tal facilidad que ahogué un grito. La mesa se partió como si fuera de cartón fino y la pelea de ambas partes se volvió demasiado cruda. No podía ni mirar, temiendo que Evan resultase herido. ¡Cómo no! Aquel hombre era un bruto sin miramientos y si yo me le ponía en su camino para defender a quien ya me había defendido, de seguro terminaría plantada en el suelo con un ojo menos y unos cuantos dientes fuera de lugar. ¡Frustración! Eso es lo que sentía al no poder hacer nada por quien ya había hecho mucho por mí. Pero qué poco duraba un solo sentir… De la frustración pasé otra vez al miedo al ver que todo cuanto mis ojos captaban eran golpes y más golpes. No importaba hacia donde miraba, la pelea se había extendido por toda la taberna. Era una lucha encarnizada, todos contra todos. Y yo me encontraba, precisamente, en el medio de ese todos.
Y ya estaba preparándome para yo también recibir mi parte cuando una mano me agarró al vuelo y amenazó con dejarme desparramada por el piso. Por suerte fui algo más rápido y, a tropezones, seguí a Evan entre medio de todo ese barullo. ¡Menuda situación habíamos causado! La palabra revuelo no se adaptaba ni por asomo a lo que habíamos generado. ¡Y todo por una partida de dardos! Cuando Raina se enterara de todo lo que había sucedido esta noche… Si solo se desmayaba estaba de buenas. Se partiría de risa, se preocuparía y le daría un ataque atrás de otro con el relato que tenía para contarle.
El aire de afuera me recibió como un regalo. Seguía siendo denso y maloliente, pero me sabía tan bueno como el más puro oxígeno. Habíamos logrado salir, quién sabe cómo. Evan reía y yo mantenía una expresión de profundo desconcierto. La mejor noche de tu vida, Belle. Y de la risa, pasó a quedárseme mirando, recuperando el aire perdido. Por mi parte, me sentía tan desubicada y perdida que no atinaba a pensar nada coherente. Respiraba de manera entrecortada, ya sin saber qué hacer o decir. Lo observé en silencio, dándome cuenta que tenía un pequeño corte en su mejilla izquierda. Era diminuto, pero podía ver cómo la sangre empezaba a salir de aquella herida. Fue puro instinto -¿lo fue? ¿No sería otra cosa?- lo que me hizo acercar a él. Mi mano recorrió su mejilla con delicadeza, cada unos de mis dedos acariciando su tibia piel. De a poco se deslizaron, uno tras otro, hasta llegar a sus labios, deteniéndose allí mismo. Y me fue imposible no besarlos. Mis labios rozaron apenas los suyos, con demasiada timidez, para apartarse pocos segundos después. Consideremos que fue un empate.
Y llegaba Evan y resultaba ser que por primera vez me agradaba sobremanera la compañía de alguien que no fuera Raina. Causaba en mí ese deseo de saber más sobre alguien, una curiosidad implacable que ningún otro había causado. Y aquello me resultaba tan… Tan nuevo. Como si no fuera conmigo, como si estuviera metida en una obra, en medio del escenario y con el público expectante… Y yo no supiera ni una sola de mis líneas. Tendía a alejarme de todo y de todos, a sumirme en mi propia inmensidad, en ese mundo irreconocible del que era dueña; tendía a establecer distancias insalvables entre los demás yo; tendía a arreglármelas como podía con mi eterna soledad, elegida en parte por motu proprio y en parte por las circunstancias que me habían tocado sobrellevar a lo largo de los años. ¿Por qué, entonces, no hacía lo mismo con Evan? Lo cierto es que yo no quería alejarme de él, no quería apartarlo ni verlo salir de mi vida como todos los otros que algún día formaron parte de ella por, al menos, un fugaz instante. Pero, por otro lado, sentía la imperiosa necesidad de dejarlo ir antes de que fuera tarde. Antes de que se convirtiera en algo más importante para mí y terminara por encontrar un dolor del que nada quería saber.
-Como usted desee, monsieur Murdock. No vaya usted a errarle al blanco o le auguro una derrota con sabor amargo- respondí y sonreí con una vaguedad que era un espectáculo casi tan grande como el que se desarrollaba allí. Los hombres seguían gritando el nombre de su favorito y me sorprendía encontrarme por gritos que me nombraban a mí. Mi habilidad no podía negarse pero no imaginaba que aquellos hombres dejarían el orgullo de la masculinidad herida y pisoteada y me darían su apoyo. ¿A ti? En tus sueños. El apoyo va al dinero que les proporcionarás. Si no fuera por él, te despreciarían con todo su ser.
Volteé mi rostro hacia Evan, esperando expectante a su tiro, igual que todos los demás que se habían reunido a nuestro alrededor y se jugaban el pescuezo con el dardo que descansaba en las manos de mi acompañante. Mientras tanto, mis dardos permanecían apretujados a más no poder en mi mano, una de las puntas desgarrando poco a poco la piel. De todos modos, no sentía dolor alguno. Y tampoco era capaz de aflojar el agarre, aunque mi cerebro hubiera estado enviando esa orden desde hace un buen tiempo. Pero al fin cayeron, abruptamente, luego del tiro de Evan. Se estrellaron en el suelo y su tintineo se oyó por unos breves segundos. Me quedé literalmente pasmada, observando el cuadro de la pared que había sido atravesado por no uno, sino los tres dardos. ¿Lo había hecho a propósito? ¡No había otra posibilidad! Ya había visto que no era un mal jugador y esto no podía ser ni casualidad ni nervios del momento. ¡Siquiera le hubiera dado al tablero!
-Eso…- no tiene sentido. ¿Por qué lo hizo? Si su intención era hacerse el tonto para dejarme ganar, lo aborrecería. ¡Podía ganar sin ayuda alguna! ¿O es que no lo había dejado en claro ya? Además, había muchos presentes que habían apostado por él… ¿Sabría la bronca que se le vendría encima por lo que acaba de hacer? Cuando a alguien le metían la mano en el bolsillo, la reacción siempre era la misma. Surgía la bestia más cruel y hacía lo que fuera por recuperar lo perdido o lo que creía que le correspondía. ¡Seguro que lo sabía! Él era quien frecuentaba estos tugurios, no yo. Por eso no se me ocurrió mejor idea que darle otra oportunidad, anular esa tirada como si no hubiera sucedido… Pero no llegué a tiempo de decir nada cuando los problemas volvieron a surgir.
Uno de los hombres de la multitud se abalanzó contra Evan, derribándolo con tal facilidad que ahogué un grito. La mesa se partió como si fuera de cartón fino y la pelea de ambas partes se volvió demasiado cruda. No podía ni mirar, temiendo que Evan resultase herido. ¡Cómo no! Aquel hombre era un bruto sin miramientos y si yo me le ponía en su camino para defender a quien ya me había defendido, de seguro terminaría plantada en el suelo con un ojo menos y unos cuantos dientes fuera de lugar. ¡Frustración! Eso es lo que sentía al no poder hacer nada por quien ya había hecho mucho por mí. Pero qué poco duraba un solo sentir… De la frustración pasé otra vez al miedo al ver que todo cuanto mis ojos captaban eran golpes y más golpes. No importaba hacia donde miraba, la pelea se había extendido por toda la taberna. Era una lucha encarnizada, todos contra todos. Y yo me encontraba, precisamente, en el medio de ese todos.
Y ya estaba preparándome para yo también recibir mi parte cuando una mano me agarró al vuelo y amenazó con dejarme desparramada por el piso. Por suerte fui algo más rápido y, a tropezones, seguí a Evan entre medio de todo ese barullo. ¡Menuda situación habíamos causado! La palabra revuelo no se adaptaba ni por asomo a lo que habíamos generado. ¡Y todo por una partida de dardos! Cuando Raina se enterara de todo lo que había sucedido esta noche… Si solo se desmayaba estaba de buenas. Se partiría de risa, se preocuparía y le daría un ataque atrás de otro con el relato que tenía para contarle.
El aire de afuera me recibió como un regalo. Seguía siendo denso y maloliente, pero me sabía tan bueno como el más puro oxígeno. Habíamos logrado salir, quién sabe cómo. Evan reía y yo mantenía una expresión de profundo desconcierto. La mejor noche de tu vida, Belle. Y de la risa, pasó a quedárseme mirando, recuperando el aire perdido. Por mi parte, me sentía tan desubicada y perdida que no atinaba a pensar nada coherente. Respiraba de manera entrecortada, ya sin saber qué hacer o decir. Lo observé en silencio, dándome cuenta que tenía un pequeño corte en su mejilla izquierda. Era diminuto, pero podía ver cómo la sangre empezaba a salir de aquella herida. Fue puro instinto -¿lo fue? ¿No sería otra cosa?- lo que me hizo acercar a él. Mi mano recorrió su mejilla con delicadeza, cada unos de mis dedos acariciando su tibia piel. De a poco se deslizaron, uno tras otro, hasta llegar a sus labios, deteniéndose allí mismo. Y me fue imposible no besarlos. Mis labios rozaron apenas los suyos, con demasiada timidez, para apartarse pocos segundos después. Consideremos que fue un empate.

Isabelle Von Rebeur- Twisted Saint

- Escritos realizados: 213
Antigüedad en el teatro: 14/01/2012
Reputación: 39
Estado: Activo
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Sabías que...:
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Re: Grandes Esperanzas [Isabelle Von Rebeur]
“¡Qué noche aquella!” Así la recordaría. ¡No haría falta adornar la historia! Era perfecta tal cual. Lo del demonio fue un daño colateral ¿entiendes? Esa parte podríamos obviarla. “Él no iba a enfadarse, brother...” Y si lo hacía, pues solo tenía un trabajo: “amansar el pronto.” ¿Por qué Isabelle estaba tan desconcertada? ¡Todo había salido bien! Seguíamos manteniendo los órganos en su sitio, incluida la cabeza, “que vuela a la mínima.” No entendía. Además se quedó mirando algo fijamente y giré la cabeza, creyendo que tenía a un menda detrás. “Es a ti, hermano...” comprendí al verla acercarse en silencio. Quizás fuese el vapor del alcantarillado o el humo de las chimeneas o el ruido de los bares o carecer de mente preclara. El caso es, que empecé a verlo todo muy borroso cuando de forma imprevista y alejada de mis perspectivas, deslizó los dedos a lo largo de mi mejilla. Eran como gotitas refrescantes, a pesar de sentir cierta quemazón en el centro del moflete. Y aquella caricia, descendió paulatina hasta mis labios, adormeciéndome la sed. “No era agua, brother...” “Si no mi propia sangre.” Al asomar la lengua, saboreé el metal en la punta de sus yemas. “Esto sucedió antes de que me besase.” Y supe que Isabelle estaba cometiendo un error y arrastrándome por el camino. “No se ha dado cuenta.” Y si lo hizo, fue a destiempo, cuando tras una breve pausa de incertidumbre, decidí devolvérselo.
Tomé su mano, pegándola a mi pecho y hundí los labios en los suyos, con las fuerzas desgastadas. “Para quedarse dormido.” El corazón me iba tan lento que pensé que se paraba. “Y me hubiese muerto allí, tío... A las puertas de un local de mala muerte y a manos de una chica de diecinueve años.” Como un puto adolescente, me separé abriendo la sonrisa en abanico. Alcanzó mis ojos, empequeñeciéndolos, exaltándome de nuevo. ¡Sobreviví! Yo daba por hecho, que no lo contaba ¿eh?
—Que locura, nena...— “¡Mira si te pillo en otro sitio!” Me supo a poco ¿entiendes? Pero no era plan de dar el espectáculo. Porque de estar metidos en un sitio más concurrido, de ser así, la habría besado propasando la cuantía de sus pecas. “No te digo más...” —¿Ya lo has decidido?— me referí al castigo. ¡Como los niños, brother! ¿Sabes quién habría sido yo en el colegio? El típico apartado en la esquina, con la silla de cara a la pared y un sombrero de pico en cuyo frente pudiese leerse la palabra “plebeyo.” ¿Cómo te quedas? —Porque... estoy muy dispuesto— “No veas...” ¡Que si tenemos que tirar la casa por la ventana, la tiramos! Porque yo no era un rajado ¿entiendes? Gallina no me llamarían. ¡Miraba a la muerte de frente, joder! ¿Bromeas? Y no había algo más peligroso que una mujer. A lo largo de mis años logré comprobarlo. “Impredecibles.” Por eso congeniábamos, a pesar de nuestras diferencias. ¡Yo las veneraba! ¡En serio! El problema surgía cuando debía abandonarlas a todas. Entonces se convertían en monstruos sanguinarios y rencorosos. Era comprensible. Pero... ¿Realmente era necesario que me arrojasen los zapatos a la cara? ¿La cubertería de sus madres? ¿Un plumero? ¡Cómo si fuese un guarro, tío! Vale que llegase cada día hecho un adefesio. ¡OK! Pero había motivos y de peso ¿No crees? —Y no voy a escandalizarme ¿eh?— reí por no llorar —Me han dicho de todo— “Yeah” —Además, estas cosas cuanto antes mejor— “duele menos” —Así que...— no podía callarme y aún así hice una pausa, frunciendo el ceño al pensar que aquello no tenía ningún sentido. Pero... ¡Qué coño! ¿Y lo emocionante que es? —¡Adelante!— agarré la cintura de Isabelle, agitando su cuerpo contra el mío y animándola —Arráncame la tirita de un tajo ¿vale?
De esto no podría enterarse nadie. ¡Ni Dios! Es decir, mi colega Nastas, que era el santo padre de todos los pastores apaches y por lo tanto el mío. Tiene un problema con las féminas. Coloca bien el cartabón y la escuadra, pero luego le falta punta al lápiz para marcar la raya. Además, manifiesta y sin ninguna vergüenza su rechazo delante de ellas. ¡En sus putas caras! Y a mí me tiene mucha valía ¿entiendes? Y a pesar de soñar con ser el padrino el día de mi boda, es muy exigente con las chicas que me rodean. Y claro... someterse a Isabelle era un mal augurio. ¡Pero yo lo decidí! ¿De acuerdo? Seguiría adelante, porque siempre cumplía mis promesas. “Porque un hombre de falsa palabra, no es un hombre.”
En todo aquel ir y venir de ideas, algo distrajo mi dispersa atención. Un violinista a nuestro lado, empezó a tocar con la gorra en el suelo. Se situó allí "quizás por mera casualidad o bien, encontrando el lugar acogedor." ¡Yo qué cojones se! “Muy emotivo.” Frotaba las cuerdas con delicadeza, sonriendo a la luna. "Haría llorar a las cebollas." Creo que estaba borracho.
Tomé su mano, pegándola a mi pecho y hundí los labios en los suyos, con las fuerzas desgastadas. “Para quedarse dormido.” El corazón me iba tan lento que pensé que se paraba. “Y me hubiese muerto allí, tío... A las puertas de un local de mala muerte y a manos de una chica de diecinueve años.” Como un puto adolescente, me separé abriendo la sonrisa en abanico. Alcanzó mis ojos, empequeñeciéndolos, exaltándome de nuevo. ¡Sobreviví! Yo daba por hecho, que no lo contaba ¿eh?
—Que locura, nena...— “¡Mira si te pillo en otro sitio!” Me supo a poco ¿entiendes? Pero no era plan de dar el espectáculo. Porque de estar metidos en un sitio más concurrido, de ser así, la habría besado propasando la cuantía de sus pecas. “No te digo más...” —¿Ya lo has decidido?— me referí al castigo. ¡Como los niños, brother! ¿Sabes quién habría sido yo en el colegio? El típico apartado en la esquina, con la silla de cara a la pared y un sombrero de pico en cuyo frente pudiese leerse la palabra “plebeyo.” ¿Cómo te quedas? —Porque... estoy muy dispuesto— “No veas...” ¡Que si tenemos que tirar la casa por la ventana, la tiramos! Porque yo no era un rajado ¿entiendes? Gallina no me llamarían. ¡Miraba a la muerte de frente, joder! ¿Bromeas? Y no había algo más peligroso que una mujer. A lo largo de mis años logré comprobarlo. “Impredecibles.” Por eso congeniábamos, a pesar de nuestras diferencias. ¡Yo las veneraba! ¡En serio! El problema surgía cuando debía abandonarlas a todas. Entonces se convertían en monstruos sanguinarios y rencorosos. Era comprensible. Pero... ¿Realmente era necesario que me arrojasen los zapatos a la cara? ¿La cubertería de sus madres? ¿Un plumero? ¡Cómo si fuese un guarro, tío! Vale que llegase cada día hecho un adefesio. ¡OK! Pero había motivos y de peso ¿No crees? —Y no voy a escandalizarme ¿eh?— reí por no llorar —Me han dicho de todo— “Yeah” —Además, estas cosas cuanto antes mejor— “duele menos” —Así que...— no podía callarme y aún así hice una pausa, frunciendo el ceño al pensar que aquello no tenía ningún sentido. Pero... ¡Qué coño! ¿Y lo emocionante que es? —¡Adelante!— agarré la cintura de Isabelle, agitando su cuerpo contra el mío y animándola —Arráncame la tirita de un tajo ¿vale?
De esto no podría enterarse nadie. ¡Ni Dios! Es decir, mi colega Nastas, que era el santo padre de todos los pastores apaches y por lo tanto el mío. Tiene un problema con las féminas. Coloca bien el cartabón y la escuadra, pero luego le falta punta al lápiz para marcar la raya. Además, manifiesta y sin ninguna vergüenza su rechazo delante de ellas. ¡En sus putas caras! Y a mí me tiene mucha valía ¿entiendes? Y a pesar de soñar con ser el padrino el día de mi boda, es muy exigente con las chicas que me rodean. Y claro... someterse a Isabelle era un mal augurio. ¡Pero yo lo decidí! ¿De acuerdo? Seguiría adelante, porque siempre cumplía mis promesas. “Porque un hombre de falsa palabra, no es un hombre.”
En todo aquel ir y venir de ideas, algo distrajo mi dispersa atención. Un violinista a nuestro lado, empezó a tocar con la gorra en el suelo. Se situó allí "quizás por mera casualidad o bien, encontrando el lugar acogedor." ¡Yo qué cojones se! “Muy emotivo.” Frotaba las cuerdas con delicadeza, sonriendo a la luna. "Haría llorar a las cebollas." Creo que estaba borracho.

Evan Murdock- ParticipanteCA

- Escritos realizados: 590
Antigüedad en el teatro: 15/05/2011
Reputación: 139
Estado: Activo
CURIOSIDADES
Sabías que...:
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Nombre de PB: Garrett Hedlund
Re: Grandes Esperanzas [Isabelle Von Rebeur]
Si yo misma parecía disfrutar de meterme en la boca del lobo… Y no solo eso, si no que lo obligaba a empezar a masticarme. ¡Qué mujer! Era todo un caso perdido. Pero ya, lo hecho, hecho estaba. Que no correspondía haberlo besado, lo admito. Que eso de corresponder o no me importe es otra cosa. Estaba harta de reglas, de comportamiento refinado, de has esto y has lo otro… ¡Por una vez ser libre! Por una vez seguir al instinto, a esa fuerza que estaba encerrada entre los recovecos de mi interior. No había nadie que pudiera decirme nada ahora: ni estaban mis padres para reprocharme ni estaba mi hermana menor para hacerse la ofendida con mi actitud. Bien que podrían fijarse ellos en sus propias actitudes primero antes de hablar de los demás. Pero no, castiga a Isabelle primero, castiga a Isabelle de segundas y castígala de terceras también… Que todo lo que ellos dicen es santa palabra y lo que yo digo son puras ofensas. En fin, a mi me daba igual lo que pensaran de mí a estas alturas. Después de tantos años, sus palabras no me afectaban.
-Yo… Yo diría algo, pero no se me ocurre nada inteligente. Y ya sabes, mejor quedarse callado y que piensen que eres estúpido a abrir la boca y confirmar sus dudas- y tú ya se las confirmaste a más no poder. Si a mí se me ocurrían los mejores comentarios… ¡Quién te ha visto y quién te ve, Isabelle! Siempre tan rápida y sagaz y vienes justo ahora a darle rienda suelta a tu oculta estupidez. Parecía que de un beso ya me había vuelto idiota… Con razón me empeñaba en mantener a los hombres lejos. Corría tanto peligro como mi Antoniette de perder mi cordura y las neuronas que todavía funcionaban en el seso. –Verás, ya lo pensé y creo tener tu… ¿Castigo? Pero me da algo de culpabilidad el tener que imponértelo porque yo no gané. Ni siquiera llegué a hacer mi tiro, así que yo decretaría que fue empate- asentí levemente, pensando una vez más en todo el plan que ya tenía armado.
La idea era bastante… Complicada. Y complicada porque mis padres estaban en medio. ¡Pero ya me las había pensado todas! No había manera de que el asunto fallara… Aunque con la mala suerte que me rodeaba, seguro algo terminaba resultando desastroso. Pero lo importante es que ya tenía toda la historia armada. Antoine y Clarisse escucharían mi relato de esta velada con varios arreglos que harían que, por un breve lapso de tiempo, adoraran a Evan. Cierto es que la historia sería un hilo de mentiras, pero algunas se acercarían a la realidad. La cuestión es que ellos creerían que, cuando salíamos de un restaurant, un ladrón se había cruzado en nuestro camino y Evan había sido mi “salvador”. Y, bueno, lo cierto es que un ladrón si se había encontrado con nosotros, aunque este era un ladrón directo del Infierno que venía a robarme mi alma. Muy propio decirle eso a mis padres, ya veo la reacción que tendrían.
Resumiendo, la idea es que aceptaran que Evan fuera a casa. Solo se los presentaría y después inventaría cualquier excusa para que él y yo nos largarnos de allí antes de que Antoniette se lo devorara con la mirada o mi padre terminara sacando su bendito rifle. Digamos que era lo políticamente correcto si es que a mi se me antojaba la idea de salir de nuevo con el americano, aunque solo fuera una salida amistosa. Bien que mis padres no se creerían el rollo de la amistad, pero podía estar muy tranquila de que no tratarían bajo ningún punto de vista endosármelo como prometido. Ya estaban encaprichados con otro señor de bolsillo rebosante y estaban haciendo todo lo posible para que yo cediera. ¡Vieran que ya había planeado cómo quitármelo de encima! Me importaba tres rayos su amenaza del convento, ya me las ingeniaría para zafarme de eso también. Y, si hacía falta, me iba de la casa y punto. O me escapaba del mismísimo convento de mala muerte al que me enviaran.
-Pero… Viendo que tú estás de acuerdo en que cumplamos con la apuesta, supongo que lo haremos. Y ya te digo que tendrás que ir reponiendo la camisa como mínimo, porque ni a monsieur ni a madame Von Rebeur les agradará verte desarreglado- reí por lo bajo, esperando que Evan se cayera al suelo de la sorpresa o el disgusto. Ir a presentarse ante los Von Rebeur, ni más ni menos. Si fuera él, yo correría lo más rápido posible de mí y de mi familia entera... Y de cualquier cosa que me representara o se relacionara aunque sea de la forma más superflua conmigo. –Prometo que será una visita corta, solo para que ellos te conozcan y no me acosen a sol y a sombra. Los saludas, les dices qué frío que es el clima en esta época, aguantas unos cinco minutos de perorata y se acabó el show. Los dos nos largamos por un buen rato y hacemos algo divertido… Y, si es posible, que no se aparezca ninguna bestia del inframundo- y yo que iba a decir una última cosa y, de la nada misma, se aparece un violinista. Perfecto, era el detalle que faltaba.
-Yo… Yo diría algo, pero no se me ocurre nada inteligente. Y ya sabes, mejor quedarse callado y que piensen que eres estúpido a abrir la boca y confirmar sus dudas- y tú ya se las confirmaste a más no poder. Si a mí se me ocurrían los mejores comentarios… ¡Quién te ha visto y quién te ve, Isabelle! Siempre tan rápida y sagaz y vienes justo ahora a darle rienda suelta a tu oculta estupidez. Parecía que de un beso ya me había vuelto idiota… Con razón me empeñaba en mantener a los hombres lejos. Corría tanto peligro como mi Antoniette de perder mi cordura y las neuronas que todavía funcionaban en el seso. –Verás, ya lo pensé y creo tener tu… ¿Castigo? Pero me da algo de culpabilidad el tener que imponértelo porque yo no gané. Ni siquiera llegué a hacer mi tiro, así que yo decretaría que fue empate- asentí levemente, pensando una vez más en todo el plan que ya tenía armado.
La idea era bastante… Complicada. Y complicada porque mis padres estaban en medio. ¡Pero ya me las había pensado todas! No había manera de que el asunto fallara… Aunque con la mala suerte que me rodeaba, seguro algo terminaba resultando desastroso. Pero lo importante es que ya tenía toda la historia armada. Antoine y Clarisse escucharían mi relato de esta velada con varios arreglos que harían que, por un breve lapso de tiempo, adoraran a Evan. Cierto es que la historia sería un hilo de mentiras, pero algunas se acercarían a la realidad. La cuestión es que ellos creerían que, cuando salíamos de un restaurant, un ladrón se había cruzado en nuestro camino y Evan había sido mi “salvador”. Y, bueno, lo cierto es que un ladrón si se había encontrado con nosotros, aunque este era un ladrón directo del Infierno que venía a robarme mi alma. Muy propio decirle eso a mis padres, ya veo la reacción que tendrían.
Resumiendo, la idea es que aceptaran que Evan fuera a casa. Solo se los presentaría y después inventaría cualquier excusa para que él y yo nos largarnos de allí antes de que Antoniette se lo devorara con la mirada o mi padre terminara sacando su bendito rifle. Digamos que era lo políticamente correcto si es que a mi se me antojaba la idea de salir de nuevo con el americano, aunque solo fuera una salida amistosa. Bien que mis padres no se creerían el rollo de la amistad, pero podía estar muy tranquila de que no tratarían bajo ningún punto de vista endosármelo como prometido. Ya estaban encaprichados con otro señor de bolsillo rebosante y estaban haciendo todo lo posible para que yo cediera. ¡Vieran que ya había planeado cómo quitármelo de encima! Me importaba tres rayos su amenaza del convento, ya me las ingeniaría para zafarme de eso también. Y, si hacía falta, me iba de la casa y punto. O me escapaba del mismísimo convento de mala muerte al que me enviaran.
-Pero… Viendo que tú estás de acuerdo en que cumplamos con la apuesta, supongo que lo haremos. Y ya te digo que tendrás que ir reponiendo la camisa como mínimo, porque ni a monsieur ni a madame Von Rebeur les agradará verte desarreglado- reí por lo bajo, esperando que Evan se cayera al suelo de la sorpresa o el disgusto. Ir a presentarse ante los Von Rebeur, ni más ni menos. Si fuera él, yo correría lo más rápido posible de mí y de mi familia entera... Y de cualquier cosa que me representara o se relacionara aunque sea de la forma más superflua conmigo. –Prometo que será una visita corta, solo para que ellos te conozcan y no me acosen a sol y a sombra. Los saludas, les dices qué frío que es el clima en esta época, aguantas unos cinco minutos de perorata y se acabó el show. Los dos nos largamos por un buen rato y hacemos algo divertido… Y, si es posible, que no se aparezca ninguna bestia del inframundo- y yo que iba a decir una última cosa y, de la nada misma, se aparece un violinista. Perfecto, era el detalle que faltaba.

Isabelle Von Rebeur- Twisted Saint

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Antigüedad en el teatro: 14/01/2012
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CURIOSIDADES
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Nombre de PB: Kaya Scodelario
Re: Grandes Esperanzas [Isabelle Von Rebeur]
¿Mi primera impresión? Isabelle se confundió de comarca. Estaba perdida, descalza. La ropa raída. Sin rumbo ni dogmas. Y así mismo, entregándome al abandono; mis párpados cayeron pesados cuando nuestras frentes se encontraron tras varios traspiés cerebrales.
—Yo… Yo diría algo, pero no se me ocurre nada inteligente.— “Puedo perdonártelo.” ¿Y qué era ser inteligente? ¿Saber decir o hacer lo correcto, en el momento apropiado? Es más difícil ser honesto. Si colocásemos a un puñado de hombres en hilera, contra un conflicto bélico de tres paras de cojones, en donde no se salva ni el apuntador... y les pidiésemos que “¡al valiente con ánimos de meterse en una refriega...!” diese un paso al frente; el honesto se quedaría solo, que no es más que el idiota que se lanza de cabeza y sin casco, con lo puesto... Sean unas pantuflas o una barra de pan recién comprada a falta de un arma más preciso. Isabelle era transparente, dejándose llevar por el momento, “que no hay cosa más bonita.” Y si no era capaz de encontrar las palabras... ¡Pues ya llegarían! —Y ya sabes, mejor quedarse callado y que piensen que eres estúpido a abrir la boca y confirmar sus dudas — Era digna de elogio. Todo lo que decía, iba a misa. Como cuando el entrenador te da un millar de premisas, susurrándotelas al oído antes de dejar contra las cuerdas al individuo que te mira desde el otro lado del ring con la nariz rota, golpeando incontables veces los guantes, puño con puño, augurándote “la que te espera.” Te seré sincero, brother... yo no hacía ni puto caso al entrenador y aún así, ganaba. Pero Isabelle no era aquel señor diciéndome: “izquierda, derecha y agacha la cabeza” ¿entiendes? Era la señorita de las pestañas kilométricas, a la que me quedaba mirando, dejando a un lado el combate y recibiendo como consecuencia, un terrible puñetazo en el estómago. “El golpe estaba al caer.”
—Estoy totalmente de acuerdo, nena... Di lo que creas consecuente aunque sea una gilipollez— En realidad se refirió un asunto muy distinto. Es decir, todo lo contrario a lo que murmuré. Pero yo no iba a juzgarla ¿entiendes? A mi esas cosas no me iban. Y además ¿Quién se concentraría en momentos como este? Creí que la sangre no me llegaba al cerebro cuando aspiré su perfume a falta de pasarle la lengua sin cortarme un pelo. “Helado de frambuesas.” ¡Y qué pinta, brother! Tras un breve silencio, decidió concluir el acuerdo. “El puño cada vez más cerca de mi estómago” ¡Que no se te olvide!
—Verás, ya lo pensé y creo tener tu… ¿Castigo?— “¿Me lo dices o me lo cuentas?” —Pero me da algo de culpabilidad el tener que imponértelo porque yo no gané.— “¡Ah! ¡Que no!” Debimos vivir la noche distinta. Teníamos un ligero desacuerdo de perspectivas. ¿No estaba yo... despojo efímero? “Pregunto.” No se trató de una partida de dardos lo que nos jugamos ¿De acuerdo? “El que se haya quedado en la piel de la ciruela sin llegar al hueso, está muy equivocado.” ¡Una cosa profunda! —Ni siquiera llegué a hacer mi tiro, así que yo decretaría que fue empate— ¿Conclusión? “Ella sentía lo mismo.” ¿Era eso posible, brother? Te contaré un secreto: “Me tengo en muy alta estima.” “Te dirán que soy un creído de mierda y posiblemente se acerquen a la realidad más de lo que se piensan.” Sin embargo, no me sentía capacitado ni físicamente, ni mentalmente para satisfacer a Isabelle. “Podría ser su chico de juergas, su eterno héroe, su semental predilecto, su hombro y recipiente lacrimógeno, en caso de que me quedase sin camisas, su abrigo, su todo en realidad y al mismo tiempo; su nada.” Empecé a ponerme filosófico en apenas un segundo.
—Ahora no te escaques ¿eh? Venga, hombre... que me tienes en ascuas— “Suicida empedernido.” Yo la dije que me quitase la tirita de un tajo ¿sabes? ¡Si mal no recuerdo! Pero estaba tomándose su tiempo la chica, tirándome de los pelos del brazo. ¡Y no veas como pica! Esto era insano, joder... Un médico habría llegado a la misma conclusión.
—Pero… Viendo que tú estás de acuerdo en que cumplamos con la apuesta, supongo que lo haremos.— “¡Well!” —Y ya te digo que tendrás que ir reponiendo la camisa como mínimo,— “Un poco sibarita ¿no?” —porque ni a monsieur ni a madame Von Rebeur les agradará verte desarreglado— “Hostia, puta...” Me mantuve erguido ¿vale? Pero fue porque me quedé textualmente mineral. “Eso... ¿Qué quiso decir con eso?” Esperé que fuesen unos primos lejanos, que se hubiese acordado de ellos en ese preciso instante ¡la mente humana es compleja! ...y en honor a su afecto total, decidiese que debíamos hacerles una visita inesperada. Pero... ¿Por qué engañarse? Eran sus padres. ¡Sus daddys, brother! ¿Y sabes qué? “Les tengo alergia” —Prometo que será una visita corta,— “Tan corta como mi vida en cuanto me viesen entrar por la puerta” ¿Estábamos locos? —solo para que ellos te conozcan y no me acosen a sol y a sombra.— “Oye, nena...” No me salía ni una palabra. Tenía la garganta hinchada como un puto globo —Los saludas, les dices qué frío que es el clima en esta época,— “Esperemos que el temporal no llegue a estropearse” —aguantas unos cinco minutos de perorata y se acabó el show.— No se qué cojones sucedió... ¡Todo iba bien! ¿En qué momento la jodí? —Los dos nos largamos por un buen rato y hacemos algo divertido…— “Ella daba por hecho que yo saldría con las tres piernas completas” —Y, si es posible, que no se aparezca ninguna bestia del inframundo— “Es lo que ¡menos! ...debe preocuparnos. ¿OK?” Hasta aquí el trato. ¿Era mi turno? La contemplé con atención. Los dedos me temblaban, anclados en las barbas de la perilla, sin parar de moverlos. “¿Qué hago?” Lo prometí... ¡Maldita mi suerte y en qué momento!
—Está bien. Está bien...— tomé la decisión de mi vida. Puede que la última, aturullado por la melodía shakesperiana del violinista y mi falta de seguridad al tener la garganta seca. Así que, volví a confirmárselo, por si las moscas —Lo haremos— ¿Que por qué cedí? Pues porque no todos los días te invitan a casa de alguien ¿entiendes? Y me pregunté si sería el primero o ya estaba acostumbrada a ese protocolo. Y me asusté también ¿sabes? Porque era difícil discernir si me importaba o me daba igual. “Una sensación extraña que me dejó frío.”
Solté a Isabelle, agarrando el brazo de un caminante cercano, para que se detuviese. Ella dijo que necesitaba una camisa ¿no? Así que, hicimos un cambio. Mi reloj por la suya. También quiso quedarse mis botas. “Pero por ahí no paso, brother.” —Mira... esto es lo que vamos a hacer...— la expliqué el plan, desabrochándome la ropa y guardando la pistola por debajo del pantalón antes de que la viese alguien. En américa es un hábito ir con armas. Quien no tiene una es un pringado. Pero por lo visto en París, son más reacios —Tú hablas y yo digo a todo “que sí.” Seré tu hombre sumiso ¿de acuerdo, nena? Un tío calmado, tranquilo... ¿entiendes?— había que atar todos los cabos —Si me preguntan a mí directamente...— garrapatee obstruido, metiendo los brazos por las mangas de mi nueva camisa. ¡Impoluta, brother! —...meditaré la respuesta con calma. Te lo prometo— porque me acelero ¿entiendes? Y me lío a recitar y no dejo títere con cabeza —Ya estamos listos— sonreí abrochado hasta el gaznate.
Podría hablarles de cualquier cosa. Menos de música, de teatro, de literatura, de ciencias y matemáticas. Es decir, de geografía, que también es interesante, más conociendo mi país al dedillo. El coche andaba cerca y me acordé de abrir la puerta para que entrase. Creo que no lo había hecho hasta entonces y pensé que, interpretar al caballero distinguido, sería un juego de críos. Asomé la cabeza por trigésima vez para indicar al cochero nuestra próxima parada. La propina sería cuantiosa al finalizar la noche, sólo por el esfuerzo que estaba suponiendo para él dar tantas vueltas, además de sufrir un ataque. ¡Un santo el cochero! “íbamos camino de la casa de Isabelle.”
Me situé a su lado esta vez, pasando un brazo por encima de su hombro, dibujando circunferencias, sin dejar de mirarla con expresión serena. Un momento increíble, que corté haciendo una brecha. —Lo de comentarme el tema del rifle... ha sido un detalle ¿eh? Otra, se lo habría callado.— mejor ir avisado ¿entiendes? Para no moverme con pies descalzos a lo largo de un sendero cubierto de brasas. “Que sea indio no significa necesariamente, que tenga los pies rojos.” —Y ya que estamos sincerándonos... Me gustaría decirte que, pase lo que pase, tanto si te dejan volver a salir de casa, como si no... quiero que sepas... que no pienso regresar a Inglaterra.
—Yo… Yo diría algo, pero no se me ocurre nada inteligente.— “Puedo perdonártelo.” ¿Y qué era ser inteligente? ¿Saber decir o hacer lo correcto, en el momento apropiado? Es más difícil ser honesto. Si colocásemos a un puñado de hombres en hilera, contra un conflicto bélico de tres paras de cojones, en donde no se salva ni el apuntador... y les pidiésemos que “¡al valiente con ánimos de meterse en una refriega...!” diese un paso al frente; el honesto se quedaría solo, que no es más que el idiota que se lanza de cabeza y sin casco, con lo puesto... Sean unas pantuflas o una barra de pan recién comprada a falta de un arma más preciso. Isabelle era transparente, dejándose llevar por el momento, “que no hay cosa más bonita.” Y si no era capaz de encontrar las palabras... ¡Pues ya llegarían! —Y ya sabes, mejor quedarse callado y que piensen que eres estúpido a abrir la boca y confirmar sus dudas — Era digna de elogio. Todo lo que decía, iba a misa. Como cuando el entrenador te da un millar de premisas, susurrándotelas al oído antes de dejar contra las cuerdas al individuo que te mira desde el otro lado del ring con la nariz rota, golpeando incontables veces los guantes, puño con puño, augurándote “la que te espera.” Te seré sincero, brother... yo no hacía ni puto caso al entrenador y aún así, ganaba. Pero Isabelle no era aquel señor diciéndome: “izquierda, derecha y agacha la cabeza” ¿entiendes? Era la señorita de las pestañas kilométricas, a la que me quedaba mirando, dejando a un lado el combate y recibiendo como consecuencia, un terrible puñetazo en el estómago. “El golpe estaba al caer.”
—Estoy totalmente de acuerdo, nena... Di lo que creas consecuente aunque sea una gilipollez— En realidad se refirió un asunto muy distinto. Es decir, todo lo contrario a lo que murmuré. Pero yo no iba a juzgarla ¿entiendes? A mi esas cosas no me iban. Y además ¿Quién se concentraría en momentos como este? Creí que la sangre no me llegaba al cerebro cuando aspiré su perfume a falta de pasarle la lengua sin cortarme un pelo. “Helado de frambuesas.” ¡Y qué pinta, brother! Tras un breve silencio, decidió concluir el acuerdo. “El puño cada vez más cerca de mi estómago” ¡Que no se te olvide!
—Verás, ya lo pensé y creo tener tu… ¿Castigo?— “¿Me lo dices o me lo cuentas?” —Pero me da algo de culpabilidad el tener que imponértelo porque yo no gané.— “¡Ah! ¡Que no!” Debimos vivir la noche distinta. Teníamos un ligero desacuerdo de perspectivas. ¿No estaba yo... despojo efímero? “Pregunto.” No se trató de una partida de dardos lo que nos jugamos ¿De acuerdo? “El que se haya quedado en la piel de la ciruela sin llegar al hueso, está muy equivocado.” ¡Una cosa profunda! —Ni siquiera llegué a hacer mi tiro, así que yo decretaría que fue empate— ¿Conclusión? “Ella sentía lo mismo.” ¿Era eso posible, brother? Te contaré un secreto: “Me tengo en muy alta estima.” “Te dirán que soy un creído de mierda y posiblemente se acerquen a la realidad más de lo que se piensan.” Sin embargo, no me sentía capacitado ni físicamente, ni mentalmente para satisfacer a Isabelle. “Podría ser su chico de juergas, su eterno héroe, su semental predilecto, su hombro y recipiente lacrimógeno, en caso de que me quedase sin camisas, su abrigo, su todo en realidad y al mismo tiempo; su nada.” Empecé a ponerme filosófico en apenas un segundo.
—Ahora no te escaques ¿eh? Venga, hombre... que me tienes en ascuas— “Suicida empedernido.” Yo la dije que me quitase la tirita de un tajo ¿sabes? ¡Si mal no recuerdo! Pero estaba tomándose su tiempo la chica, tirándome de los pelos del brazo. ¡Y no veas como pica! Esto era insano, joder... Un médico habría llegado a la misma conclusión.
—Pero… Viendo que tú estás de acuerdo en que cumplamos con la apuesta, supongo que lo haremos.— “¡Well!” —Y ya te digo que tendrás que ir reponiendo la camisa como mínimo,— “Un poco sibarita ¿no?” —porque ni a monsieur ni a madame Von Rebeur les agradará verte desarreglado— “Hostia, puta...” Me mantuve erguido ¿vale? Pero fue porque me quedé textualmente mineral. “Eso... ¿Qué quiso decir con eso?” Esperé que fuesen unos primos lejanos, que se hubiese acordado de ellos en ese preciso instante ¡la mente humana es compleja! ...y en honor a su afecto total, decidiese que debíamos hacerles una visita inesperada. Pero... ¿Por qué engañarse? Eran sus padres. ¡Sus daddys, brother! ¿Y sabes qué? “Les tengo alergia” —Prometo que será una visita corta,— “Tan corta como mi vida en cuanto me viesen entrar por la puerta” ¿Estábamos locos? —solo para que ellos te conozcan y no me acosen a sol y a sombra.— “Oye, nena...” No me salía ni una palabra. Tenía la garganta hinchada como un puto globo —Los saludas, les dices qué frío que es el clima en esta época,— “Esperemos que el temporal no llegue a estropearse” —aguantas unos cinco minutos de perorata y se acabó el show.— No se qué cojones sucedió... ¡Todo iba bien! ¿En qué momento la jodí? —Los dos nos largamos por un buen rato y hacemos algo divertido…— “Ella daba por hecho que yo saldría con las tres piernas completas” —Y, si es posible, que no se aparezca ninguna bestia del inframundo— “Es lo que ¡menos! ...debe preocuparnos. ¿OK?” Hasta aquí el trato. ¿Era mi turno? La contemplé con atención. Los dedos me temblaban, anclados en las barbas de la perilla, sin parar de moverlos. “¿Qué hago?” Lo prometí... ¡Maldita mi suerte y en qué momento!
—Está bien. Está bien...— tomé la decisión de mi vida. Puede que la última, aturullado por la melodía shakesperiana del violinista y mi falta de seguridad al tener la garganta seca. Así que, volví a confirmárselo, por si las moscas —Lo haremos— ¿Que por qué cedí? Pues porque no todos los días te invitan a casa de alguien ¿entiendes? Y me pregunté si sería el primero o ya estaba acostumbrada a ese protocolo. Y me asusté también ¿sabes? Porque era difícil discernir si me importaba o me daba igual. “Una sensación extraña que me dejó frío.”
Solté a Isabelle, agarrando el brazo de un caminante cercano, para que se detuviese. Ella dijo que necesitaba una camisa ¿no? Así que, hicimos un cambio. Mi reloj por la suya. También quiso quedarse mis botas. “Pero por ahí no paso, brother.” —Mira... esto es lo que vamos a hacer...— la expliqué el plan, desabrochándome la ropa y guardando la pistola por debajo del pantalón antes de que la viese alguien. En américa es un hábito ir con armas. Quien no tiene una es un pringado. Pero por lo visto en París, son más reacios —Tú hablas y yo digo a todo “que sí.” Seré tu hombre sumiso ¿de acuerdo, nena? Un tío calmado, tranquilo... ¿entiendes?— había que atar todos los cabos —Si me preguntan a mí directamente...— garrapatee obstruido, metiendo los brazos por las mangas de mi nueva camisa. ¡Impoluta, brother! —...meditaré la respuesta con calma. Te lo prometo— porque me acelero ¿entiendes? Y me lío a recitar y no dejo títere con cabeza —Ya estamos listos— sonreí abrochado hasta el gaznate.
Podría hablarles de cualquier cosa. Menos de música, de teatro, de literatura, de ciencias y matemáticas. Es decir, de geografía, que también es interesante, más conociendo mi país al dedillo. El coche andaba cerca y me acordé de abrir la puerta para que entrase. Creo que no lo había hecho hasta entonces y pensé que, interpretar al caballero distinguido, sería un juego de críos. Asomé la cabeza por trigésima vez para indicar al cochero nuestra próxima parada. La propina sería cuantiosa al finalizar la noche, sólo por el esfuerzo que estaba suponiendo para él dar tantas vueltas, además de sufrir un ataque. ¡Un santo el cochero! “íbamos camino de la casa de Isabelle.”
Me situé a su lado esta vez, pasando un brazo por encima de su hombro, dibujando circunferencias, sin dejar de mirarla con expresión serena. Un momento increíble, que corté haciendo una brecha. —Lo de comentarme el tema del rifle... ha sido un detalle ¿eh? Otra, se lo habría callado.— mejor ir avisado ¿entiendes? Para no moverme con pies descalzos a lo largo de un sendero cubierto de brasas. “Que sea indio no significa necesariamente, que tenga los pies rojos.” —Y ya que estamos sincerándonos... Me gustaría decirte que, pase lo que pase, tanto si te dejan volver a salir de casa, como si no... quiero que sepas... que no pienso regresar a Inglaterra.
Off: ¿Y esa firma? Me estás... me estás ablandando, nena...

Evan Murdock- ParticipanteCA

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Antigüedad en el teatro: 15/05/2011
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Estado: Activo
CURIOSIDADES
Sabías que...:
Empleo actual: Cazador
Nombre de PB: Garrett Hedlund
Re: Grandes Esperanzas [Isabelle Von Rebeur]
Ya sabía yo que le caería como una patada al estómago la noticia. ¡A quién no! Mis padres eran tan quisquillosos que asustaban a más de uno con sus requerimientos y exigencias. Y los que no se asustaban… Es porque eran unos halcones de pico filoso, dispuestos a desgarrarme hasta que nada de mí quedara para poder sacarme cuanto dinero y demás posesiones tuviera. Me daban asco. Suerte que me manejaba bien entre ellos. Como una leona, te los comes crudos. Es que los tipejos no creían que yo fuera a defenderme con garras de acero. Pensaban que era una más, una enfant gâté que solo se interesaba por la ropa nueva y que mantenía su boca cerrada en todo momento para solo asentir a lo que los demás dijeran. Ah… No me conocían en lo más mínimo. ¡Con la fama que me había hecho entre algunos! Era el inconquistable corazón, la que rechazaba cada propuesta que le hacían. ¡Y ellos se atrevían a seguir viniendo luego de saberlo! Creían que podrían dominarme, que podrían cambiar esa naturaleza libre y rebelde que me caracterizaba. Esos, sin duda, eran los peores de todos. Y con los que más me divertía, claro. Dedícales una sonrisa y se creen en el cielo… Y luego les das el tiro de gracia para que bajen al Infierno.
-A juzgar por tus expresiones faciales… En este momento estás sintiendo que te tiras de un precipicio y que te dan las rocas más filosas, ¿no? Si, así se siente cruzarse con mi padre por primera vez- bueno, ahora si estaba siendo cruel. Que a Evan se le caería la mandíbula si seguía pintando a mi padre como un monstruo de cuatro cabezas dispuesto a devorárselo. Que querría masticárselo por el simple hecho de salir con su niña, eso no lo ponía en tela de juicio. Pero con las ganas que tenían mis padres de verme con otras compañías y con la historia que pintaba a Evan como héroe, se estarían suavecitos. –Tranquilo, que estaré allí para recibir las balas por ti si es necesario. Y sabemos que papá no quiere lastimar a su hermosa niña, así que no hará nada contra ti- bueno, eso sonó más empalagoso de lo que me hubiera gustado. ¡Que no era la intención! A mi las palabras y discursos melosos no solo se me daban mal, si no que no los soportaba.
Y, para colmo de males, seguía el violinista dale que dale con su melodía. El arco corría por las cuerdas a ritmo lento y, a intervalos, tomaba una velocidad inusitada. Era una canción extraña que jamás había escuchado, de esas que se te quedan un largo rato en la mente. Y suenan y suenan y suenan sin descanso aunque trates de arrancar cada nota de los labios que comienzan a tararearlas. Es que la música se mete entre tus poros, te invade por completo, recorre tus venas, llena los vacíos, devela tristezas, despierta amores, aviva las llamas de recuerdos perdidos… La música establecía una relación tan pura e íntima con uno mismo que las sensaciones que podía llegar a provocar eran indescriptibles.
Si no fuera por lo que hizo Evan a continuación, yo hubiera seguido perdida entre las notas de aquel violín. ¡Dejar su reloj a cambio de una camisa! Vamos, ese no había sido un buen trato. Lo que si podía resultar positivo de él eran los abdominales de Evan que… Minuto… ¡En qué rayos estaba pensando! Si me estaba convirtiendo en la versión empeorada de Antoniette. Pero es que… Bueno, ningún hombre en sus cabales se había cambiado en mi presencia. Y este no es cualquier hombre, querida. A que ahora te ofreces a hacer de lavandera con tal de usar esa tabla de lavar que traía escondida. ¡Basta! Que las mejillas ya se habían convertido en dos carbones ardiendo de nuevo. ¡Y no podía mirar a otro lado que no fuera a Evan! Ya, a lo sumo podía concentrarme en otra cosa que no fuera su abdomen… Pero mirar a donde había guardado la pistola que llevaba tampoco era de lo mejor. Digamos que la dirección que mis ojos tomaban era bastante más peligrosa que la que ya habían tomado.
-Por mí, con todo gusto te haría ese favor… Pero a mi padre le resulta una falta de respeto que yo hable por los invitados pasada la introducción- sí, era así. Detestaba que abriera mi boca incluso para soltar algún comentario que el momento propiciara. Con el paso del tiempo se había vuelto un viejo amargado, eso era. Y se me hacía insoportable. –De todos modos, tienen algo en común… Háblale de algún arma o de cosas relacionadas a ello y Antoine será feliz y te querrá como al hijo que nunca tuvo- si se habrá quejado más de una vez de haber tenido la mala suerte de llenarse de féminas y de no tener un varón con quien ir de caza… ¡Culpar a sus hijas! Como si yo hubiera elegido de qué sexo salir. Vamos, que el que puso todo para que me cocinase en el vientre materno fue él. En todo caso, que acepte como suya la culpa, pero que a mí no me meta. –Y si no sabes qué responder, con una mirada te entenderé y recurriré a un plan B- sonreí mientras le arreglaba el cuello de la camisa, que no estaba del todo bien acomodado.
Volvimos a la calesa, aunque en esta oportunidad Evan fue como un caballero de los que mi madre me contaba cuando era pequeña y no podía dormir. Se me hacía raro, porque no pegaba con su actitud ni su forma de ser… Y sinceramente me hacía acordar a los remilgados Don Juanes que habían aparecido en mi vida a lo largo de los últimos años. Está practicando para conocer al “dueño” de la nena. Si, solo que el brazo le convenía mantenerlo lejos de mí cuando Antoine y Clarisse estuvieran sentados frente a nosotros. ¡No vaya a cortárselo!
-En mi situación, otra ya hubiera muerto a estas alturas Evan. Verás que yo de las otras no tengo ni una pizca. Viene un demonio y a mí se me da por enfrentarlo con puras palabras. Entro a una taberna y en vez de huir espantada, se me ocurre apostar en una partida de dardos… Así soy yo, una caja de Pandora de un metro sesenta y cinco- dije con una sonrisa pícara dibujada en mi rostro. Era la verdad, uno nunca podía saber qué era lo próximo que haría. Para mi la vida era una hoja en blanco que uno iba llenando de a poco con sus garabatos y un par de manchones. Algunos se la vivían rellenando esas hojas con líneas y más líneas, siempre haciendo lo mismo, cumpliendo a rajatabla con una rutina que alguien les había asignado. Otros preferíamos jugarnos todas las fichas en cada movimiento y trazar lo que saliera, bien o mal. ¿O a caso no se aprendía de los errores? La vida era una sola y muy corta como para desaprovecharla. –En cuanto a esto último que acabas de decir… ¿Cómo que no regresarás? ¿Piensas quedarte aquí en París- ¿para qué? Pensé que estaba de paso solamente. No vayas a empezar a hacerte la historia de que se queda por ti, chérie. Eso sería infantil.
Off: no quieras saber la reacción que tuve ante tu firma... Parece que intentaras matarme de un ataque cardíaco.
-A juzgar por tus expresiones faciales… En este momento estás sintiendo que te tiras de un precipicio y que te dan las rocas más filosas, ¿no? Si, así se siente cruzarse con mi padre por primera vez- bueno, ahora si estaba siendo cruel. Que a Evan se le caería la mandíbula si seguía pintando a mi padre como un monstruo de cuatro cabezas dispuesto a devorárselo. Que querría masticárselo por el simple hecho de salir con su niña, eso no lo ponía en tela de juicio. Pero con las ganas que tenían mis padres de verme con otras compañías y con la historia que pintaba a Evan como héroe, se estarían suavecitos. –Tranquilo, que estaré allí para recibir las balas por ti si es necesario. Y sabemos que papá no quiere lastimar a su hermosa niña, así que no hará nada contra ti- bueno, eso sonó más empalagoso de lo que me hubiera gustado. ¡Que no era la intención! A mi las palabras y discursos melosos no solo se me daban mal, si no que no los soportaba.
Y, para colmo de males, seguía el violinista dale que dale con su melodía. El arco corría por las cuerdas a ritmo lento y, a intervalos, tomaba una velocidad inusitada. Era una canción extraña que jamás había escuchado, de esas que se te quedan un largo rato en la mente. Y suenan y suenan y suenan sin descanso aunque trates de arrancar cada nota de los labios que comienzan a tararearlas. Es que la música se mete entre tus poros, te invade por completo, recorre tus venas, llena los vacíos, devela tristezas, despierta amores, aviva las llamas de recuerdos perdidos… La música establecía una relación tan pura e íntima con uno mismo que las sensaciones que podía llegar a provocar eran indescriptibles.
Si no fuera por lo que hizo Evan a continuación, yo hubiera seguido perdida entre las notas de aquel violín. ¡Dejar su reloj a cambio de una camisa! Vamos, ese no había sido un buen trato. Lo que si podía resultar positivo de él eran los abdominales de Evan que… Minuto… ¡En qué rayos estaba pensando! Si me estaba convirtiendo en la versión empeorada de Antoniette. Pero es que… Bueno, ningún hombre en sus cabales se había cambiado en mi presencia. Y este no es cualquier hombre, querida. A que ahora te ofreces a hacer de lavandera con tal de usar esa tabla de lavar que traía escondida. ¡Basta! Que las mejillas ya se habían convertido en dos carbones ardiendo de nuevo. ¡Y no podía mirar a otro lado que no fuera a Evan! Ya, a lo sumo podía concentrarme en otra cosa que no fuera su abdomen… Pero mirar a donde había guardado la pistola que llevaba tampoco era de lo mejor. Digamos que la dirección que mis ojos tomaban era bastante más peligrosa que la que ya habían tomado.
-Por mí, con todo gusto te haría ese favor… Pero a mi padre le resulta una falta de respeto que yo hable por los invitados pasada la introducción- sí, era así. Detestaba que abriera mi boca incluso para soltar algún comentario que el momento propiciara. Con el paso del tiempo se había vuelto un viejo amargado, eso era. Y se me hacía insoportable. –De todos modos, tienen algo en común… Háblale de algún arma o de cosas relacionadas a ello y Antoine será feliz y te querrá como al hijo que nunca tuvo- si se habrá quejado más de una vez de haber tenido la mala suerte de llenarse de féminas y de no tener un varón con quien ir de caza… ¡Culpar a sus hijas! Como si yo hubiera elegido de qué sexo salir. Vamos, que el que puso todo para que me cocinase en el vientre materno fue él. En todo caso, que acepte como suya la culpa, pero que a mí no me meta. –Y si no sabes qué responder, con una mirada te entenderé y recurriré a un plan B- sonreí mientras le arreglaba el cuello de la camisa, que no estaba del todo bien acomodado.
Volvimos a la calesa, aunque en esta oportunidad Evan fue como un caballero de los que mi madre me contaba cuando era pequeña y no podía dormir. Se me hacía raro, porque no pegaba con su actitud ni su forma de ser… Y sinceramente me hacía acordar a los remilgados Don Juanes que habían aparecido en mi vida a lo largo de los últimos años. Está practicando para conocer al “dueño” de la nena. Si, solo que el brazo le convenía mantenerlo lejos de mí cuando Antoine y Clarisse estuvieran sentados frente a nosotros. ¡No vaya a cortárselo!
-En mi situación, otra ya hubiera muerto a estas alturas Evan. Verás que yo de las otras no tengo ni una pizca. Viene un demonio y a mí se me da por enfrentarlo con puras palabras. Entro a una taberna y en vez de huir espantada, se me ocurre apostar en una partida de dardos… Así soy yo, una caja de Pandora de un metro sesenta y cinco- dije con una sonrisa pícara dibujada en mi rostro. Era la verdad, uno nunca podía saber qué era lo próximo que haría. Para mi la vida era una hoja en blanco que uno iba llenando de a poco con sus garabatos y un par de manchones. Algunos se la vivían rellenando esas hojas con líneas y más líneas, siempre haciendo lo mismo, cumpliendo a rajatabla con una rutina que alguien les había asignado. Otros preferíamos jugarnos todas las fichas en cada movimiento y trazar lo que saliera, bien o mal. ¿O a caso no se aprendía de los errores? La vida era una sola y muy corta como para desaprovecharla. –En cuanto a esto último que acabas de decir… ¿Cómo que no regresarás? ¿Piensas quedarte aquí en París- ¿para qué? Pensé que estaba de paso solamente. No vayas a empezar a hacerte la historia de que se queda por ti, chérie. Eso sería infantil.
Off: no quieras saber la reacción que tuve ante tu firma... Parece que intentaras matarme de un ataque cardíaco.

Isabelle Von Rebeur- Twisted Saint

- Escritos realizados: 213
Antigüedad en el teatro: 14/01/2012
Reputación: 39
Estado: Activo
CURIOSIDADES
Sabías que...:
Empleo actual: Ninguno
Nombre de PB: Kaya Scodelario
Re: Grandes Esperanzas [Isabelle Von Rebeur]
No se qué me sucedió para confesarle mis planes. Lamentándome tardío, cerré los ojos con pesadez. Hice demasiado ruido ¿comprendes? Y ya dije que aquella era mi responsabilidad y por lo tanto, el único que debía preocuparse del demonio. Haría guardia al ras de los límites de su morada, sujetándome los párpados si el insomnio hacia mella. “¡Posiblemente!” Además, terminaríamos discutiendo “haz esto o déjalo para más tarde” y no me apetecía un cojón. Porque ella era demasiado terca ¡Como una mula, tío! “Y desde luego se haría lo que yo dijese.” Isabelle tendría un padre. "De acuerdo." Eso podía entenderlo. Pero yo era el patrón defensor de la humanidad y encargado de barrer el polvo y meter al gato en casa, cuando a Dios se le escapara. "La cantidad de trabajo que me pude ahorrar si en su tiempo libre no se hubiese dedicado a crear querubines alados." Te diré algo... Nunca he visto ninguno. Debo serle más agradable al diablo. ¡Pero te aseguro que no me quita el sueño, brother! Porque según me ha contado Nastas, no son tan maravillosos como los pintan en las bóvedas. ¡Que va, hermano! "Es un complot para que pienses que se chupan el dedo." Y odiaría encontrarme con alguno y que terminase tratándome como a un puto mentecato. “Son igual de hijoputas que los demás animales a los que persigo.”
Tenía las cosas muy claras. Las escribí todas en su hombro, una por una. Incluso las enumeré. De esto tampoco podría enterarse su padre. En primer lugar, porque me encerraría en un psiquiátrico. En segundo lugar, porque no me dejaría volver a ver a Isabelle, tras darse en uso la primera. En tercer lugar, porque ella terminaría muerta, tras la primera y la segunda. Y por último, no menos merecida, porque utilizaría el rifle, culpándome de no haberla protegido en su momento y por lo tanto, creyendo mis argumentos a destiempo, tras sucederse todas las anteriores. Y yo consideraba otra clase de final para mí ¿entiendes? Más épico y sonado. Una bala era demasiado simple. Casi parecido al filo de unos colmillos o las garras de un licántropo o la mala virgen de un demonio. ¡Una mierda como la copa de un árbol!
—En cuanto a esto último que acabas de decir… ¿Cómo que no regresarás? ¿Piensas quedarte aquí en París— sonó tal cual sonaría un dato relevante. “Yeah.” Y decidí retirar el brazo, dejando libre al colibrí. Fue un desliz, que cualquier otro habría dejado pasar. Pero yo no podía permitirme esta clase de cosas. Dentro del caos que suponía mi vida, existían ciertas reglas y estas establecían un orden. "Lo recalco porque... aquello cobró demasiado interés dictaminado una especie de... puta promesa; en vez de un simple apunte ¿entiendes?" Tuve que tomar cartas en el asunto.
—Sí, está decidido. Es que... hay una chica ¿sabes? Y la disgustaría verme partir tan pronto, cuando apenas nos hemos visto. Y tampoco quiero discutir con ella y ser una víctima de su testarudez— Quedó bastante clara mi posición, apartando la mirada para perderla en el hueco de la ventanilla. Que pensase que hablaba de otra, fue buena idea. ¡La mejor! Así no tendría que preocuparme de nada. Retirarlas a tiempo, es lo más recomendable. Y no pretendo llamarlas sanguijuelas ni nada por el estilo. Pero las mujeres se enganchan del mismo modo y te chupan lo que pueden si se ven hambrientas. ¿Y lo agradable que es? “¡Yeah!” “¡No me tientes, joder!” Mantuve la seriedad durante todo el trayecto, pensando que el cielo se me caía encima a cada trote que daban los caballos.
Aquel hombre y yo, tendríamos más que palabras y estaba acojonado a pesar de mantenerme como el acero. En mi cultura cada individuo podía elegir al mesías que desease seguir. Por eso los indios se movían en pequeños grupos independientes. Y ahora me tocaba negociar con el líder de otra región ¿entiendes? Cuyas normas, perspectivas y deberes eran diferentes a los mías. “Además, me caliento como el agua hirviendo cuando las cosas no van como yo quiero.” Y mi camino empezó a torcerse, desquiciándome al no tener el control. Así que, con pesar... volví a cagarme en la madre del cochero. “Él llevaba las riendas y cierta culpa tenía.”
—Marybelle... Así se llama— Siendo yo tan mala pieza, no era de extrañar —Es una chica imponente y madura... Y necesita mi ayuda— supe que estaba excediéndome. “¡Y de qué manera!” Pero era por su bien. Justificándome para que se olvidase de mí. Y seguiría haciéndolo durante el resto de la noche. “¡Dime qué bromeas!” Respiré con dificultad, soltando el aire de golpe como si aquella estúpida acción calmase mi cuerpo. “¡Estaba asqueado, joder!” Mi chica ficticia, poseía la misma belleza que Isabelle. Sus ojos, su personalidad indomable. Besaba igual. Incluso tenía idéntica la voz. “Era ella, brother...” O mi empeño, casi inagotable por que lo fuera.
Cuando el carruaje se detuvo frente a su casa, tuve que ayudarme de una pierna para abrir la puerta. Empujándola varias veces, parecía haberse encasquetado —Venga, hombre...— me quedé con el mango en las manos tras un gigantesco tirón, observándolo como si fuese un objeto encontrado —Joder— apunté aquel desperfecto para sumarlo a la cuenta del conductor, que parecía no haberse dado cuenta del suceso —Espera un segundo, nena... espera...— la mire por encima del hombro para avisarla antes de volver a pegar la patada —...Se resiste pero ya casi la tengo— Me miraba mal, aquella puerta. Como desafiándome ¿entiendes? A la cuarta la hice papilla de espinacas. Pisé tierra firme, abriéndola de par en par y observándola con superioridad mientras crujía el cuello. ¡Ahora qué! ¡Gilipuertas! “Todo iba en mi contra, tío...” El carruaje no tenía nada que ver. Estaba nervioso y con los huevos de corbata. “Y eso que aún no hemos llegado a la entrada!” Volví a peinarme y a tientas sin un espejo cerca, contemplando el perímetro. Luego me sacudí las manos en el pantalón, quitándome la roña que posiblemente tuviese al sentarme en aquellas butacas, tomar el mango de la pistola, coger los dardos en aquel antro de mierda y demás.
Estaba listo para cruzar las fronteras de aquel líder desconocido, sin dignarme a llamar. ¡Que lo hiciese ella! ¡Que para eso era su casa! “Y pensé en mi querida vecina Dorita.” La mujer que más deseaba mi felicidad. Esa que encontraba emocionante este tipo de situaciones. ¡A saber por qué! En realidad eran gilipolleces y con mayúsculas. “¡Si siento interés por alguien, nos metemos en alguna parte y a vivir la vida hasta que amanezca!”
—Qué tal estoy— “preguntemos ante la duda” —Porque tú estás estupenda guapa. Desde luego llevas mejor la noche...— me subí los pantalones mirando la entrada de reojo. Había luz y supuse que estarían esperándola desvelados, para asegurarse de que regresaba con vida. “Yo que cojones se...” —Estoy pensando en contratarte para que me cubras las espaldas, aunque... no se yo si a la hora de la verdad, recibirías la bala por mí.— La señalé. Me señalé. Y volví a subirme los pantalones. “Se prometen muchas cosas y se cumplen la mitad” —Tú que dices...— se lo pregunté a su boca de frambuesa, mirándola directamente a ella y sin caer en la cuenta de lo mucho que me estaba acercando —¿Lo merezco?— ”En esto que abren la puerta y me falta apenas un centímetro para darla el beso y golpe de gracia ¿vale?” “Y congelado de pies a cabeza me pregunto por qué.” ¿Respuesta? “Mala suerte, te dirán.” Me cazaron desde el primer instante.
Tenía las cosas muy claras. Las escribí todas en su hombro, una por una. Incluso las enumeré. De esto tampoco podría enterarse su padre. En primer lugar, porque me encerraría en un psiquiátrico. En segundo lugar, porque no me dejaría volver a ver a Isabelle, tras darse en uso la primera. En tercer lugar, porque ella terminaría muerta, tras la primera y la segunda. Y por último, no menos merecida, porque utilizaría el rifle, culpándome de no haberla protegido en su momento y por lo tanto, creyendo mis argumentos a destiempo, tras sucederse todas las anteriores. Y yo consideraba otra clase de final para mí ¿entiendes? Más épico y sonado. Una bala era demasiado simple. Casi parecido al filo de unos colmillos o las garras de un licántropo o la mala virgen de un demonio. ¡Una mierda como la copa de un árbol!
—En cuanto a esto último que acabas de decir… ¿Cómo que no regresarás? ¿Piensas quedarte aquí en París— sonó tal cual sonaría un dato relevante. “Yeah.” Y decidí retirar el brazo, dejando libre al colibrí. Fue un desliz, que cualquier otro habría dejado pasar. Pero yo no podía permitirme esta clase de cosas. Dentro del caos que suponía mi vida, existían ciertas reglas y estas establecían un orden. "Lo recalco porque... aquello cobró demasiado interés dictaminado una especie de... puta promesa; en vez de un simple apunte ¿entiendes?" Tuve que tomar cartas en el asunto.
—Sí, está decidido. Es que... hay una chica ¿sabes? Y la disgustaría verme partir tan pronto, cuando apenas nos hemos visto. Y tampoco quiero discutir con ella y ser una víctima de su testarudez— Quedó bastante clara mi posición, apartando la mirada para perderla en el hueco de la ventanilla. Que pensase que hablaba de otra, fue buena idea. ¡La mejor! Así no tendría que preocuparme de nada. Retirarlas a tiempo, es lo más recomendable. Y no pretendo llamarlas sanguijuelas ni nada por el estilo. Pero las mujeres se enganchan del mismo modo y te chupan lo que pueden si se ven hambrientas. ¿Y lo agradable que es? “¡Yeah!” “¡No me tientes, joder!” Mantuve la seriedad durante todo el trayecto, pensando que el cielo se me caía encima a cada trote que daban los caballos.
Aquel hombre y yo, tendríamos más que palabras y estaba acojonado a pesar de mantenerme como el acero. En mi cultura cada individuo podía elegir al mesías que desease seguir. Por eso los indios se movían en pequeños grupos independientes. Y ahora me tocaba negociar con el líder de otra región ¿entiendes? Cuyas normas, perspectivas y deberes eran diferentes a los mías. “Además, me caliento como el agua hirviendo cuando las cosas no van como yo quiero.” Y mi camino empezó a torcerse, desquiciándome al no tener el control. Así que, con pesar... volví a cagarme en la madre del cochero. “Él llevaba las riendas y cierta culpa tenía.”
—Marybelle... Así se llama— Siendo yo tan mala pieza, no era de extrañar —Es una chica imponente y madura... Y necesita mi ayuda— supe que estaba excediéndome. “¡Y de qué manera!” Pero era por su bien. Justificándome para que se olvidase de mí. Y seguiría haciéndolo durante el resto de la noche. “¡Dime qué bromeas!” Respiré con dificultad, soltando el aire de golpe como si aquella estúpida acción calmase mi cuerpo. “¡Estaba asqueado, joder!” Mi chica ficticia, poseía la misma belleza que Isabelle. Sus ojos, su personalidad indomable. Besaba igual. Incluso tenía idéntica la voz. “Era ella, brother...” O mi empeño, casi inagotable por que lo fuera.
Cuando el carruaje se detuvo frente a su casa, tuve que ayudarme de una pierna para abrir la puerta. Empujándola varias veces, parecía haberse encasquetado —Venga, hombre...— me quedé con el mango en las manos tras un gigantesco tirón, observándolo como si fuese un objeto encontrado —Joder— apunté aquel desperfecto para sumarlo a la cuenta del conductor, que parecía no haberse dado cuenta del suceso —Espera un segundo, nena... espera...— la mire por encima del hombro para avisarla antes de volver a pegar la patada —...Se resiste pero ya casi la tengo— Me miraba mal, aquella puerta. Como desafiándome ¿entiendes? A la cuarta la hice papilla de espinacas. Pisé tierra firme, abriéndola de par en par y observándola con superioridad mientras crujía el cuello. ¡Ahora qué! ¡Gilipuertas! “Todo iba en mi contra, tío...” El carruaje no tenía nada que ver. Estaba nervioso y con los huevos de corbata. “Y eso que aún no hemos llegado a la entrada!” Volví a peinarme y a tientas sin un espejo cerca, contemplando el perímetro. Luego me sacudí las manos en el pantalón, quitándome la roña que posiblemente tuviese al sentarme en aquellas butacas, tomar el mango de la pistola, coger los dardos en aquel antro de mierda y demás.
Estaba listo para cruzar las fronteras de aquel líder desconocido, sin dignarme a llamar. ¡Que lo hiciese ella! ¡Que para eso era su casa! “Y pensé en mi querida vecina Dorita.” La mujer que más deseaba mi felicidad. Esa que encontraba emocionante este tipo de situaciones. ¡A saber por qué! En realidad eran gilipolleces y con mayúsculas. “¡Si siento interés por alguien, nos metemos en alguna parte y a vivir la vida hasta que amanezca!”
—Qué tal estoy— “preguntemos ante la duda” —Porque tú estás estupenda guapa. Desde luego llevas mejor la noche...— me subí los pantalones mirando la entrada de reojo. Había luz y supuse que estarían esperándola desvelados, para asegurarse de que regresaba con vida. “Yo que cojones se...” —Estoy pensando en contratarte para que me cubras las espaldas, aunque... no se yo si a la hora de la verdad, recibirías la bala por mí.— La señalé. Me señalé. Y volví a subirme los pantalones. “Se prometen muchas cosas y se cumplen la mitad” —Tú que dices...— se lo pregunté a su boca de frambuesa, mirándola directamente a ella y sin caer en la cuenta de lo mucho que me estaba acercando —¿Lo merezco?— ”En esto que abren la puerta y me falta apenas un centímetro para darla el beso y golpe de gracia ¿vale?” “Y congelado de pies a cabeza me pregunto por qué.” ¿Respuesta? “Mala suerte, te dirán.” Me cazaron desde el primer instante.

Evan Murdock- ParticipanteCA

- Escritos realizados: 590
Antigüedad en el teatro: 15/05/2011
Reputación: 139
Estado: Activo
CURIOSIDADES
Sabías que...:
Empleo actual: Cazador
Nombre de PB: Garrett Hedlund
Re: Grandes Esperanzas [Isabelle Von Rebeur]
¿Alguna vez te despertaron con agua helada? ¿No? Bueno, a mí tampoco, pero estimo que así se debía sentir. En pleno invierno, sin calefacción y mojada de pies a cabeza, tiritando a punto de congelarme. Peor aún: descalza, en enaguas y empapada en medio de las calles de París, la nieve cayendo en un exorbitante vendaval. Así es como me encontraba ahora. De repente, el frío era lo único que me envolvía y el nombre cruzaba una y otra vez mi mente. Marybelle. Y el frío me azota cruelmente. Marybelle. El hielo comienza a helar profundamente, calando cada centímetro. Marybelle. Y el castillo de naipes se desmoronaba de un soplido.
Quería bajarme del carruaje y volver a mi casa a pie, así tardara una eternidad. Quería retroceder el tiempo y no aceptar su invitación. ¡Los problemas que me hubiera ahorrado! Y no podía hacer nada más que quedarme en silencio, con la mirada perdida en la oscuridad que reinaba fuera de la calesa. Y otra vez se me plantaban las ganas de llorar. Llorar por algo que jamás había tenido necesidad de llorar, ni sentir dolor ni nada. Pero mi orgullo, ya en demasía herido -¡y solo por su nombre!-, ganaba la batalla en esta oportunidad. Mi rostro se mantenía imperturbable, como si aquellas palabras no hubieran salido de su boca. Si no fuera por mi orgullo… Estaría completamente desarmada. Y yo que me creía una joven fuerte… ¡Con solo un nombre me habían derrotado! La herida era grande y sangraba por todos lados, dejándome fuera de combate al instante.
-Ah, ya veo…- empujé las palabras a través de mi garganta, tratando de que sonaran lo mejor posible, aunque mi tono fue mustio, seco como el solo. ¡La diferencia se notaba a kilómetros! Pero es que… Dolía. Y dolía mucho, quién sabe por qué. ¿Quién? Pues tú misma sería una buena respuesta. –Espero todo salga bien con madmoiselle Marybelle- espero que desaparezca usted de mi mente desde este mismo instante. Y bien sabía que eso me iba a llevar un buen tiempo y unos muchos dolores de cabeza. Hubiera pasado de mencionar su nombre, hubiera pasado de darme una razón o hubiera inventado cualquier otra cosa en vez de sepultarme bajo tres metros de tierra, estando completamente viva. Y ahora poco a poco me ahogaba, con las mejillas empalideciendo más y más a cada segundo y los ojos ardiendo a un extremo insoportable. Pero no lloraría. De hecho, me mantendría con una hermosa sonrisa que podría iluminar a todo París de un destello. ¡Que mejor que verse radiante! Verse como si la vida fuera extremadamente amable con una. Como si esta noche, efectivamente, fuera la mejor de todas.
Y, a pesar de los múltiples incidentes que habíamos tenido, lo había sido. Todo cambió cuando sus labios pronunciaron aquel nombre. Y allí estaba, cumpliendo mi papel de estúpida. De estúpida y de fortaleza andante, porque la máscara no se me caía aunque por dentro un huracán lo estuviera destrozando todo a su paso. ¡Era una actriz impresionante! Mientras no tuviera que hablar, seguía pareciendo un tributo a la felicidad, descontando la palidez que había adoptado mi rostro. Pero eso podía fácilmente atribuirse a las frías ráfagas que golpeaban mis facciones, que ya parecían estar hechas de marfil.
¿Cómo sería ella? Seguro era mucho más bonita y más interesante. Seguro podía compartir más cosas con él, porque Evan y yo éramos como el agua y el aceite. Y nunca debería haber intentado mezclarme, ya que es y será imposible. Ya podía imaginármela en una cruda proyección de mi imaginario. Alta, esbelta, con unas curvas que cualquier pintor desearía retratar, haciendo su juventud y belleza eternas en el lienzo. Seguro despertaba la envidia de las mujeres que la rodeaban y una pasión desenfrenada en los hombres. Seguro era muy distinta a mí, que al cabo era la niña de mamá y papá, dependiendo de ellos hasta… Hasta que el mundo dejara de ser mundo.
El carruaje se detuvo y la imagen de la fémina desapareció de mis ojos, mostrándome la fachada de la residencia Von Rebeur. Evan luchaba con su puerta y por unos segundos se me antojó de lo más apropiado que él se quedara allí sentado y que yo descendiera de la calesa para nunca más volverlo a ver. Así tenía que ser, desde un principio que nunca tuvo que haberse dado. Pero… Sería mejor que conociera a mi Antoine. Que lo ametrallara a preguntas, que lo pusiera incómodo, que lo hiciera querer morirse sentado en el diván. ¡Yo no intervendría ni aunque me pagara por ello! Que mi padre se lo comiera sin que él siquiera pasara por el horno. Eso era lo único que se me ocurría para recuperar mis ánimos que estaban por los suelos, pisoteados a más no poder, al igual que mi ego. Francamente, verlo del mismo modo que yo estaba me causaba un morboso placer de antemano. Si quería, podía ser la serpiente más vengativa de todas. La más fiera, la más peligrosa… Pero solo si llegabas a lastimarme demasiado. Y lastimarme a mí era difícil porque nadie llegaba a significar lo suficiente como para tener ese poder sobre mí.
Bajé del coche sin esperar a que Evan lo hiciera. Él se las podía arreglar magníficamente bien solo y la que parecía no poder hacerlo era yo. Empujé la cancela de hierro y seguí el camino hasta la puerta de entrada, rogando que todo terminara pronto y que mi vida volviera a esa normalidad deprimente a la que tan acostumbrada estaba. Sola como una ostra pero sin problema alguno. La soledad se me daba de lo mejor y, teniendo a Raina, me bastaba como para tener las charlas más interesantes y disfrutar de periodos semejantes a la felicidad de la que ella tanto pregonaba. Solo que ella ponía a la libertad y al amor arriba de la lista de cosas necesarias para ser feliz… Y, para ser sinceros, carecía de ambas. La vida no es perfecta, chérie. Debería bastarme con mi buena salud y el dinero. El amor sería mi eterna asignatura pendiente.
-¿Qué tal estás?- como para darte una bofetada, como para dejarte sin aliento de un solo beso… Estás para muchas cosas, Murdock. –Presentable- y yo estoy estupendamente desencajada y no lo ves. Ciego. –Será por mi naturaleza que la noche me queda pintada… Como si fuera su hija y las estrellas y la luna fueran mis hermanas- hice sonar la campanilla que colgaba junto al marco, a la espera de que el ama de llaves abriera la puerta rápidamente. Y que se confundiera a Evan con el cochero, así lo despachaba y yo me iba a dormir. –Y mira, esa respuesta es muy sencilla. No arriesgaría jamás la vida por alguien que solo me considera un nombre más en la lista- sabría que mis ojos estarían llameantes, mostrando un fuego helado y azulino crepitando en su centro. La vía directa al alma, ellos jamás mentían. –Así que… No, no lo mereces- concluí cortante antes de oír la llave girar dentro de la cerradura. La puerta se entreabrió y por ella asomó el rostro de una mujer entrada en años, quien sonrió levemente al verme. –Bonsoir, Diane. Lamento haber hecho que te quedaras sirviendo fuera de tu horario. Prometo retornarte el favor- susurré al paso, haciendo una leve seña a Evan para que él también entrara. Que se corra el telón y comience una nueva obra.
Mis padres se encontraban sentados en el diván capitoné de la sala de estar, frente a una chimenea iluminada por los más brillantes tonos rojizos y anaranjados. Se pusieron de pie al verme cruzar la puerta, sus expresiones no demasiado felices. Hice una pequeña reverencia respetuosa ante ellos para luego depositar un cálido beso en la mejilla de mi madre y otro en la de mi padre. Clarisse pareció relajarse soberanamente con mi sola presencia, pero Antoine seguía tan serio como antes. Parecía una roca, rematada con un bigote prominente y una barba que no debía estar allí.
-Me acompaña alguien que quiero presentarles- dije y me volteé, esperando ver a Evan como a un pollito mojado en medio de la tormenta, perdido y sin su madre para protegerlo. Había entrado a mis dominios, donde yo me manejaba resuelta y él estaría metido en un laberinto sin salida. –Monsieur Murdock, adelante por favor. No quiera hacerse rogar frente a mis padres- no vaya a intentar salir corriendo por alguna de las ventanas, que están todas trabadas y le costará un trabajo abrirlas. –Madre, padre, estoy segura de que les agradará. Se ha portado muy bien conmigo esta noche- hasta que la arruinó de camino hacia aquí. Les caería de perlas, sobre todo cuando comprobaran por sí mismos sobre sus conocimientos. ¡Que padre le hable de literatura! ¡Y que madre empiece a hablar de música contemporánea! Sí, Evan les agradaría tanto como para echarlo a escobazo limpio. Mala suerte que a mí no me cayera así, como para barrerlo de mi memoria de un solo suspiro.
Quería bajarme del carruaje y volver a mi casa a pie, así tardara una eternidad. Quería retroceder el tiempo y no aceptar su invitación. ¡Los problemas que me hubiera ahorrado! Y no podía hacer nada más que quedarme en silencio, con la mirada perdida en la oscuridad que reinaba fuera de la calesa. Y otra vez se me plantaban las ganas de llorar. Llorar por algo que jamás había tenido necesidad de llorar, ni sentir dolor ni nada. Pero mi orgullo, ya en demasía herido -¡y solo por su nombre!-, ganaba la batalla en esta oportunidad. Mi rostro se mantenía imperturbable, como si aquellas palabras no hubieran salido de su boca. Si no fuera por mi orgullo… Estaría completamente desarmada. Y yo que me creía una joven fuerte… ¡Con solo un nombre me habían derrotado! La herida era grande y sangraba por todos lados, dejándome fuera de combate al instante.
-Ah, ya veo…- empujé las palabras a través de mi garganta, tratando de que sonaran lo mejor posible, aunque mi tono fue mustio, seco como el solo. ¡La diferencia se notaba a kilómetros! Pero es que… Dolía. Y dolía mucho, quién sabe por qué. ¿Quién? Pues tú misma sería una buena respuesta. –Espero todo salga bien con madmoiselle Marybelle- espero que desaparezca usted de mi mente desde este mismo instante. Y bien sabía que eso me iba a llevar un buen tiempo y unos muchos dolores de cabeza. Hubiera pasado de mencionar su nombre, hubiera pasado de darme una razón o hubiera inventado cualquier otra cosa en vez de sepultarme bajo tres metros de tierra, estando completamente viva. Y ahora poco a poco me ahogaba, con las mejillas empalideciendo más y más a cada segundo y los ojos ardiendo a un extremo insoportable. Pero no lloraría. De hecho, me mantendría con una hermosa sonrisa que podría iluminar a todo París de un destello. ¡Que mejor que verse radiante! Verse como si la vida fuera extremadamente amable con una. Como si esta noche, efectivamente, fuera la mejor de todas.
Y, a pesar de los múltiples incidentes que habíamos tenido, lo había sido. Todo cambió cuando sus labios pronunciaron aquel nombre. Y allí estaba, cumpliendo mi papel de estúpida. De estúpida y de fortaleza andante, porque la máscara no se me caía aunque por dentro un huracán lo estuviera destrozando todo a su paso. ¡Era una actriz impresionante! Mientras no tuviera que hablar, seguía pareciendo un tributo a la felicidad, descontando la palidez que había adoptado mi rostro. Pero eso podía fácilmente atribuirse a las frías ráfagas que golpeaban mis facciones, que ya parecían estar hechas de marfil.
¿Cómo sería ella? Seguro era mucho más bonita y más interesante. Seguro podía compartir más cosas con él, porque Evan y yo éramos como el agua y el aceite. Y nunca debería haber intentado mezclarme, ya que es y será imposible. Ya podía imaginármela en una cruda proyección de mi imaginario. Alta, esbelta, con unas curvas que cualquier pintor desearía retratar, haciendo su juventud y belleza eternas en el lienzo. Seguro despertaba la envidia de las mujeres que la rodeaban y una pasión desenfrenada en los hombres. Seguro era muy distinta a mí, que al cabo era la niña de mamá y papá, dependiendo de ellos hasta… Hasta que el mundo dejara de ser mundo.
El carruaje se detuvo y la imagen de la fémina desapareció de mis ojos, mostrándome la fachada de la residencia Von Rebeur. Evan luchaba con su puerta y por unos segundos se me antojó de lo más apropiado que él se quedara allí sentado y que yo descendiera de la calesa para nunca más volverlo a ver. Así tenía que ser, desde un principio que nunca tuvo que haberse dado. Pero… Sería mejor que conociera a mi Antoine. Que lo ametrallara a preguntas, que lo pusiera incómodo, que lo hiciera querer morirse sentado en el diván. ¡Yo no intervendría ni aunque me pagara por ello! Que mi padre se lo comiera sin que él siquiera pasara por el horno. Eso era lo único que se me ocurría para recuperar mis ánimos que estaban por los suelos, pisoteados a más no poder, al igual que mi ego. Francamente, verlo del mismo modo que yo estaba me causaba un morboso placer de antemano. Si quería, podía ser la serpiente más vengativa de todas. La más fiera, la más peligrosa… Pero solo si llegabas a lastimarme demasiado. Y lastimarme a mí era difícil porque nadie llegaba a significar lo suficiente como para tener ese poder sobre mí.
Bajé del coche sin esperar a que Evan lo hiciera. Él se las podía arreglar magníficamente bien solo y la que parecía no poder hacerlo era yo. Empujé la cancela de hierro y seguí el camino hasta la puerta de entrada, rogando que todo terminara pronto y que mi vida volviera a esa normalidad deprimente a la que tan acostumbrada estaba. Sola como una ostra pero sin problema alguno. La soledad se me daba de lo mejor y, teniendo a Raina, me bastaba como para tener las charlas más interesantes y disfrutar de periodos semejantes a la felicidad de la que ella tanto pregonaba. Solo que ella ponía a la libertad y al amor arriba de la lista de cosas necesarias para ser feliz… Y, para ser sinceros, carecía de ambas. La vida no es perfecta, chérie. Debería bastarme con mi buena salud y el dinero. El amor sería mi eterna asignatura pendiente.
-¿Qué tal estás?- como para darte una bofetada, como para dejarte sin aliento de un solo beso… Estás para muchas cosas, Murdock. –Presentable- y yo estoy estupendamente desencajada y no lo ves. Ciego. –Será por mi naturaleza que la noche me queda pintada… Como si fuera su hija y las estrellas y la luna fueran mis hermanas- hice sonar la campanilla que colgaba junto al marco, a la espera de que el ama de llaves abriera la puerta rápidamente. Y que se confundiera a Evan con el cochero, así lo despachaba y yo me iba a dormir. –Y mira, esa respuesta es muy sencilla. No arriesgaría jamás la vida por alguien que solo me considera un nombre más en la lista- sabría que mis ojos estarían llameantes, mostrando un fuego helado y azulino crepitando en su centro. La vía directa al alma, ellos jamás mentían. –Así que… No, no lo mereces- concluí cortante antes de oír la llave girar dentro de la cerradura. La puerta se entreabrió y por ella asomó el rostro de una mujer entrada en años, quien sonrió levemente al verme. –Bonsoir, Diane. Lamento haber hecho que te quedaras sirviendo fuera de tu horario. Prometo retornarte el favor- susurré al paso, haciendo una leve seña a Evan para que él también entrara. Que se corra el telón y comience una nueva obra.
Mis padres se encontraban sentados en el diván capitoné de la sala de estar, frente a una chimenea iluminada por los más brillantes tonos rojizos y anaranjados. Se pusieron de pie al verme cruzar la puerta, sus expresiones no demasiado felices. Hice una pequeña reverencia respetuosa ante ellos para luego depositar un cálido beso en la mejilla de mi madre y otro en la de mi padre. Clarisse pareció relajarse soberanamente con mi sola presencia, pero Antoine seguía tan serio como antes. Parecía una roca, rematada con un bigote prominente y una barba que no debía estar allí.
-Me acompaña alguien que quiero presentarles- dije y me volteé, esperando ver a Evan como a un pollito mojado en medio de la tormenta, perdido y sin su madre para protegerlo. Había entrado a mis dominios, donde yo me manejaba resuelta y él estaría metido en un laberinto sin salida. –Monsieur Murdock, adelante por favor. No quiera hacerse rogar frente a mis padres- no vaya a intentar salir corriendo por alguna de las ventanas, que están todas trabadas y le costará un trabajo abrirlas. –Madre, padre, estoy segura de que les agradará. Se ha portado muy bien conmigo esta noche- hasta que la arruinó de camino hacia aquí. Les caería de perlas, sobre todo cuando comprobaran por sí mismos sobre sus conocimientos. ¡Que padre le hable de literatura! ¡Y que madre empiece a hablar de música contemporánea! Sí, Evan les agradaría tanto como para echarlo a escobazo limpio. Mala suerte que a mí no me cayera así, como para barrerlo de mi memoria de un solo suspiro.

Isabelle Von Rebeur- Twisted Saint

- Escritos realizados: 213
Antigüedad en el teatro: 14/01/2012
Reputación: 39
Estado: Activo
CURIOSIDADES
Sabías que...:
Empleo actual: Ninguno
Nombre de PB: Kaya Scodelario
Re: Grandes Esperanzas [Isabelle Von Rebeur]
Isabelle estaba crispada y además me miraba con esos ojos que a cualquiera le habrían erizado el bello de la nuca y sin previo aviso. “Oye... que a mi no me daba miedo ¿eh?” Estaba curado de espanto. ¿Conclusión? “Mi plan salió a pedir de boca.” Antes dejaría que me devorasen los licántropos. Y después las hienas y seguidos los buitres, dándose un festín con mis pelotas a gusto del consumidor. Luego los gusanos, deleitándose con la carroña, mis últimos restos. Y por último, antes dejaría que mis huesos se quebrasen, desapareciendo del mapa bajo las pezuñas de una cruel estampida. Todo esto, mucho antes de que una bala alcanzase su cuerpo, salvándome la vida. ¿Te puedes creer que llegó a molestarme su indiferencia? ¿Que mi salud, my life, la importasen una puta mierda? “¡Yeah!” ¿Qué pensaría un matasanos de esto? Porque yo gustoso, le explicaría que... “verá, una cosa es el deber y otra muy distinta el deseo.”
Ella no sabía nada de mí, ni de mi lista. Me habría gustado presentarla a Marybelle... ¡Qué cara pondría! ¿Te imaginas, tío? Situarla frente a un espejo y que se diese cuenta de lo confundida que andaba. Ver el reflejo de un rostro esperanzador que a la contra, amargaba mi vida. Yo no tenía ningún problema con las mujeres. Ellas lo tenían conmigo. ¡Ni siquiera las buscaba, joder! “¿Tú sabes la tortura que resulta para mí?” Soy débil y sucumbo ante los encantos de cualquiera, igual que un abeja zumbando en torno a una zarzamora. Así me veía, revolucionado por el perfume de Isabelle. En cuanto al pinchazo, se lo di antes de tiempo. Y ahora me tocaba tragar y aguantar las consecuencias, como un hombre que afronta perversas penurias, esquivando un matamoscas. “Igual que mi padre... que en paz descanse...”
A la entrada nos recibió una mujer entrada en edad. Supuse que la chacha. ¿Se dice así? Nunca tuve criados ¿vale? Siempre me resultó una falta de respeto que tuviesen que limpiar lo que yo ensuciaba. “Aunque esto explica muchas cosas.” ¿Tú sabes lo que es un estercolero? ¡Pues ni de asomo tiene el mismo aspecto que mi casa! Los residuos son muchísimo más higiénicos. ¡Purifican al pisarlos! “Yo te diré... lo que le pasará a tu pierna si entras en contacto con mis fronteras.” De primeras se necrosa. De segundas... ¡Cuídate de las ratas, hermano!
—Bonsoir, Diane. Lamento haber hecho que te quedaras sirviendo fuera de tu horario. Prometo retornarte el favor— Me dio que pensar, conociendo a Isabelle. “Se colocaría la cofia y el delantal en cuanto la diesen excusa.”
La mujer me observó meticulosa, de sesera a peana. ¡Menudo repaso! “Pues este cuerpo ya tiene dueña, señora.” Dejé que Isabelle entrase primero, porque soy un puto caballero. “¡Mentiroso!” Bueno, sí, qué pasa... Estaba acojonado y con razón. Solo veía defectos en mi aspecto, empezando por los zapatos.
—¿Tiene un pañuelito, un trapo o... algo?— me quedé atrás, buscando en los bolsillos, encontrando pelusas. Y con toda su amabilidad, la mujer me tendió un cachito de tela impoluto. Tras agradecerle el favor con un gesto de boca, me agaché para limpiármelos. “Mientras, al otro lado, en el salón... la chica les daba la noticia.” Mi llegada. “Un acontecimiento de cojones, brother.” —Se ensucian con una miradita ¿sabe?— escupí en el pañuelo, dándole cuerpo al asunto, para liquidar aquella capa negra que parecía haberse adherido al cuero —Frotas, frotas... y no hay manera— se lo devolví —Pero a usted que le voy a contar...— Creo que se indignó, evitando acompañarme en la risotada. ¿Sabes que contestó?
—Suerte— “Suerte...” Y sentí un calambre justo en el hígado. ¿Es posible eso? No se... cogió el pañuelo con dos dedos y salió cagando leches de allí. La gente no paraba de lamentase al verme y que la fortuna me sonriese, envolviéndome con sus brazos. ¡Como si lo necesitase, tío! ¿Se apiadaban de mí? “¡Venga ya!”
—Monsieur Murdock, adelante por favor. No quiera hacerse rogar frente a mis padres — ¡Dios no lo quiera! Respiré profundamente, pensándomelo un rato más. Aún estaba a tiempo de salir por patas ¿entiendes? —Madre, padre, estoy segura de que les agradará. Se ha portado muy bien conmigo esta noche— Te contaré algo: Isabelle era una buena persona. No había que ser muy inteligente para darse cuenta. Algún cabo echaría al menda presente ¿comprendes? Ademas... antes preferiría volver a ver la luz nocturna, que morirse de aburrimiento en su preciosa habitación ¿no? Tras unos segundos de meditación, entre en la sala. ¡Al matadero que vamos!"
"Te narro la historia..." Ver por primera vez a sus padres, fue un suceso ilusorio. Como un sueño ¿vale? Pero de los que te dejan fresco. Esos en los que corres para escapar de alguien y las piernas no reaccionan o ralentizan las zancadas o cada tres pasos, retrocedes seis o directamente te falta el resto, de toroso para abajo. “Escalofriante, brother...” Me mantuve erguido con cara pétrea, devolviéndole la hospitalidad marmoleña al patrón de la casa. “Nuestro pequeño saludo.” ¡Olvídate de una calurosa bienvenida! No caería esa breva. Ni apretones de manos, ni palmadas en la espalda. "Sólo odio y nada más.” En momentos como estos son donde el macho dominante, marca el territorio con sus efluvios. "Y pensé que terminaría meándose en mi fachada.”
—Buenas noches...— Sentí que me picaba todo el cuerpo —¿Señor?— la corbata ahogaba mi escueto parlamento —¿Señora?— un placer mirar a su madre —Es un honro conocerles al fin— como si llevásemos saliendo siglos y ahora se hubiese dado el encuentro entre todos, juntos y revueltos. Pero había que ser agradable. Mi padre decía que, “uno recibe lo que da.” Al verles tan receptivos, es decir, callados como tumbas, seguí rellenando el espacioso silencio que bien podía cortarse con una tijera. Había que quitarle tensión a nuestros aspectos ¿entiendes? Y el padre parecía tener un palo metido por el culo —Tiene una choza... muy bonita ¿eh?— paseando la vista de aquí por allí, asentí conforme. Era grande —Yeah— di una palmada concluyente —Espaciosa, diría yo— ¿A qué no sabes? Justo encima de la chimenea, “el jodido rifle.” —Le...— me quedé blanco fantasma —¿Le gusta la caza?— y a partir de entonces, mis ojos lo miraron desafiante. A pesar de tomar asiento, "me propuse fundir aquel hierro." Independientemente de la fuerza que tuviese su padre para colocarme en la horca. O el poder demoledor de su escrutinio, deseoso de que mi cabeza explotase en mil pedazos. Me propuse hacer frente a ese hijo de su madre, “porque las balas escuecen y son las peores, joder...”
Ella no sabía nada de mí, ni de mi lista. Me habría gustado presentarla a Marybelle... ¡Qué cara pondría! ¿Te imaginas, tío? Situarla frente a un espejo y que se diese cuenta de lo confundida que andaba. Ver el reflejo de un rostro esperanzador que a la contra, amargaba mi vida. Yo no tenía ningún problema con las mujeres. Ellas lo tenían conmigo. ¡Ni siquiera las buscaba, joder! “¿Tú sabes la tortura que resulta para mí?” Soy débil y sucumbo ante los encantos de cualquiera, igual que un abeja zumbando en torno a una zarzamora. Así me veía, revolucionado por el perfume de Isabelle. En cuanto al pinchazo, se lo di antes de tiempo. Y ahora me tocaba tragar y aguantar las consecuencias, como un hombre que afronta perversas penurias, esquivando un matamoscas. “Igual que mi padre... que en paz descanse...”
A la entrada nos recibió una mujer entrada en edad. Supuse que la chacha. ¿Se dice así? Nunca tuve criados ¿vale? Siempre me resultó una falta de respeto que tuviesen que limpiar lo que yo ensuciaba. “Aunque esto explica muchas cosas.” ¿Tú sabes lo que es un estercolero? ¡Pues ni de asomo tiene el mismo aspecto que mi casa! Los residuos son muchísimo más higiénicos. ¡Purifican al pisarlos! “Yo te diré... lo que le pasará a tu pierna si entras en contacto con mis fronteras.” De primeras se necrosa. De segundas... ¡Cuídate de las ratas, hermano!
—Bonsoir, Diane. Lamento haber hecho que te quedaras sirviendo fuera de tu horario. Prometo retornarte el favor— Me dio que pensar, conociendo a Isabelle. “Se colocaría la cofia y el delantal en cuanto la diesen excusa.”
La mujer me observó meticulosa, de sesera a peana. ¡Menudo repaso! “Pues este cuerpo ya tiene dueña, señora.” Dejé que Isabelle entrase primero, porque soy un puto caballero. “¡Mentiroso!” Bueno, sí, qué pasa... Estaba acojonado y con razón. Solo veía defectos en mi aspecto, empezando por los zapatos.
—¿Tiene un pañuelito, un trapo o... algo?— me quedé atrás, buscando en los bolsillos, encontrando pelusas. Y con toda su amabilidad, la mujer me tendió un cachito de tela impoluto. Tras agradecerle el favor con un gesto de boca, me agaché para limpiármelos. “Mientras, al otro lado, en el salón... la chica les daba la noticia.” Mi llegada. “Un acontecimiento de cojones, brother.” —Se ensucian con una miradita ¿sabe?— escupí en el pañuelo, dándole cuerpo al asunto, para liquidar aquella capa negra que parecía haberse adherido al cuero —Frotas, frotas... y no hay manera— se lo devolví —Pero a usted que le voy a contar...— Creo que se indignó, evitando acompañarme en la risotada. ¿Sabes que contestó?
—Suerte— “Suerte...” Y sentí un calambre justo en el hígado. ¿Es posible eso? No se... cogió el pañuelo con dos dedos y salió cagando leches de allí. La gente no paraba de lamentase al verme y que la fortuna me sonriese, envolviéndome con sus brazos. ¡Como si lo necesitase, tío! ¿Se apiadaban de mí? “¡Venga ya!”
—Monsieur Murdock, adelante por favor. No quiera hacerse rogar frente a mis padres — ¡Dios no lo quiera! Respiré profundamente, pensándomelo un rato más. Aún estaba a tiempo de salir por patas ¿entiendes? —Madre, padre, estoy segura de que les agradará. Se ha portado muy bien conmigo esta noche— Te contaré algo: Isabelle era una buena persona. No había que ser muy inteligente para darse cuenta. Algún cabo echaría al menda presente ¿comprendes? Ademas... antes preferiría volver a ver la luz nocturna, que morirse de aburrimiento en su preciosa habitación ¿no? Tras unos segundos de meditación, entre en la sala. ¡Al matadero que vamos!"
"Te narro la historia..." Ver por primera vez a sus padres, fue un suceso ilusorio. Como un sueño ¿vale? Pero de los que te dejan fresco. Esos en los que corres para escapar de alguien y las piernas no reaccionan o ralentizan las zancadas o cada tres pasos, retrocedes seis o directamente te falta el resto, de toroso para abajo. “Escalofriante, brother...” Me mantuve erguido con cara pétrea, devolviéndole la hospitalidad marmoleña al patrón de la casa. “Nuestro pequeño saludo.” ¡Olvídate de una calurosa bienvenida! No caería esa breva. Ni apretones de manos, ni palmadas en la espalda. "Sólo odio y nada más.” En momentos como estos son donde el macho dominante, marca el territorio con sus efluvios. "Y pensé que terminaría meándose en mi fachada.”
—Buenas noches...— Sentí que me picaba todo el cuerpo —¿Señor?— la corbata ahogaba mi escueto parlamento —¿Señora?— un placer mirar a su madre —Es un honro conocerles al fin— como si llevásemos saliendo siglos y ahora se hubiese dado el encuentro entre todos, juntos y revueltos. Pero había que ser agradable. Mi padre decía que, “uno recibe lo que da.” Al verles tan receptivos, es decir, callados como tumbas, seguí rellenando el espacioso silencio que bien podía cortarse con una tijera. Había que quitarle tensión a nuestros aspectos ¿entiendes? Y el padre parecía tener un palo metido por el culo —Tiene una choza... muy bonita ¿eh?— paseando la vista de aquí por allí, asentí conforme. Era grande —Yeah— di una palmada concluyente —Espaciosa, diría yo— ¿A qué no sabes? Justo encima de la chimenea, “el jodido rifle.” —Le...— me quedé blanco fantasma —¿Le gusta la caza?— y a partir de entonces, mis ojos lo miraron desafiante. A pesar de tomar asiento, "me propuse fundir aquel hierro." Independientemente de la fuerza que tuviese su padre para colocarme en la horca. O el poder demoledor de su escrutinio, deseoso de que mi cabeza explotase en mil pedazos. Me propuse hacer frente a ese hijo de su madre, “porque las balas escuecen y son las peores, joder...”

Evan Murdock- ParticipanteCA

- Escritos realizados: 590
Antigüedad en el teatro: 15/05/2011
Reputación: 139
Estado: Activo
CURIOSIDADES
Sabías que...:
Empleo actual: Cazador
Nombre de PB: Garrett Hedlund
Re: Grandes Esperanzas [Isabelle Von Rebeur]
Me la veía venir. Ya tenía todas las escenas plasmadas en mi mente sin que hubiera sucedido nada todavía. Allí estaban, mi padre y Evan mirándose el uno al otro como si estuvieran a punto de tener un duelo a muerte. Y se le notaba a mi padre que no iba a dar el brazo a torcer, como era su costumbre. Y Evan… Ah, menudo problema en el que lo había metido. Era como una vaca yendo directamente al matadero… Y el rifle ya lo saludaba desde la chimenea. Los ojos de Antoine llameaban y cada tanto se le ocurría echarle un vistazo a su querido amigo y fiel aliado. Madre parecía contener el horror que se desataba dentro de sí al ver semejante espécimen de criatura humana y civilizada. Civilizada a su manera, que para los míos Evan era el monumento andante a la barbarie. Y, a pesar de que toda esta tragicómica situación se me hacía deliciosa en un principio, en los segundos interminables que habían pasado había cambiado de parecer, así como así. Si me había parecido una buena idea el verlo humillado hasta el suplicio para que mi dolor y disgusto amainaran, ahora mi disgusto se acrecentaba por haberme comportado de manera tan infantil y ridícula.
Esa no era quien solía ser. Esa era una copia barata de mí, mal hecha, semejante a cuanta señora de fortuna y malos hábitos había. En mi mundo todo se basaba en la traición y la posterior venganza. Y obtener tal cosa para darme algo de poder y recuperar mi orgullo era simplemente avergonzante. Que él había terminado por hacer que quisiera arrancarme a mordiscos las venas que llevaban sangre a mi corazón y que lo mantenían vivo, permitiendo así que yo sintiera un pesar indecible, no me daba el lujo y el derecho de aprovecharme de él de forma tan cruda, porque mi padre podía lograr que se arrepintiera hasta de haber nacido sin mucha dificultad. Al fin y al cabo, la culpable de todo era yo y no él. Yo había aceptado su propuesta, yo había empezado a volar por las nubes como una auténtica niña que cree en el amor, yo lo había besado… Yo misma me había arrastrado a esta y yo sería quien pagara las consecuencias de mis actos.
Pero ahora era tarde como para retroceder y la pantomima tenía que seguir en marcha. Como buena pastora, debería guiar a la oveja negra hasta el corral antes de que el lobo se la comiera. Mon chérie, me la harás difícil con lo bien que te estás expresando. ¿Había dicho choza? ¡A mi madre le daría un ataque! Es más, ya la veía. Su rostro se había hecho de piedra y había tomado asiento junto a mi padre, apoyando una de sus manos en la rodilla de él… Como si estuviera por caerse para adelante. Y papá… Él seguía prendado de su rifle, mirándolo como si fuera hipnótico y no pudiera apartarse de él. Con suerte, lo tiene cargado con una bala sola. Y con suerte yo la atrapaba entre mis dientes antes de que le atravesara el entrecejo a Evan. No porque mereciera que yo me sacrificara por él –bueno, él fue quien evitó que en estos momentos me estuviera asando en el Infierno. Tendría sentido que lo merezca-, sino porque yo me merecía la muerte más irrisoria… Por haber sido tan irrisoriamente estúpida.
-Si, es espaciosa…- dije tratando de hilar un discurso que pusiera unos invisibles paños fríos a la situación y que me permitieran sacar a Evan del patíbulo en donde se encontraba, a punto de dar el salto y ahorcarse. –Antes de seguir con tan amena charla, debería hacer la presentación formal. Evan, él es mi padre, Antoine Philippe Von Rebeur. Y ella mi querida madre, Clarisse Von Rebeur- continué antes de tomar asiento al lado de Evan, lo suficientemente cerca como para sentirme segura de que mi padre no haría nada contra él y lo suficientemente lejos como para que no quisiera cortarle un brazo por haber rozado con este el mío. Supiera que fui yo quien buscó sus labios.
-Un… Gusto conocerlo, monsieur Murdock. Hemos oído hablar de usted, pero nada se compara con tener su presencia esta noche- dijo mi madre, aparentando una calma que ni de lejos tenía. Y, para colmo, esa frase me hacía quedar peor de lo que ya sentía que había quedado. Si hablé de él es porque no me quedaba otra… Excepto con Raina, con ella si quise compartir cada detalle como si fueran cada uno de ellos de vital importancia.
-Como ha dicho mi esposa, nos agrada tener el honor de su visita… Excepto por la intempestiva hora que ha elegido para presentarse, monsieur- fue mi idea, fue mi idea. No hay necesidad de empezar a enrostrarle cosas de las que ni siquiera era responsable. –En cuanto a su pregunta… La caza es una de mis pasiones. La mayor de ellas, podría decirse. Debería ver mi salón de premios y condecoraciones, monsieur Murdock. Nunca fallo un tiro- la sonrisa que le mostró me hizo pensar lo peor. Lo mata ya mismo aunque lo tenga al lado. a mi ya ni me miraba y se dirigía solo a Evan, como si ellos dos solos estuvieran en esta habitación. Tanto mi madre como yo habíamos pasado a formar parte del decorado y había de declararme como inútil en esta partida. Era como un ajedrez, donde yo era la reina protegiendo al rey y mi padre… Sonaría muy raro decir que el era la reina contraria, pero es así como se sentía. A mí me tenía puesta en el lugar menos conveniente y sin posibilidades de atacarlo y estaba, precisamente, poniendo en jaque al rey. Pero mientras no fuera mate, el juego no se perdía. -¿Usted ha cazado alguna vez?- ah, padre… Si supieras. Cazar ha cazado y eso lo sé como que me llamo Isabelle. Ahora, la cuestión de qué especimenes y cuántas veces lo hizo… Eso escapa a mi conocimiento.
-Padre, te sorprenderá saber que Evan es un gran cazador según me ha dicho- y la reina entraba en acción para salvar al rey condenado. –Y si su destreza es como la que ha demostrado en la velada que compartimos, no dudo que sea de los mejores- y se venía la versión adaptada del cazador versus el demonio. –Verán, si no fuera por él, no sé qué habría sido de mí.
-¿Qué sucedió, Isabelle?- madre me interrumpió con los nervios crispados. C’est magnifique, a ella ya la he comprado con una mísera introducción. Ahora faltaba endulzar a mi padre.
-Después de la obra decidimos ir a cenar porque yo estaba hambrienta. Todo marchó estupendamente bien, pero cuando salimos del restaurant nos recibió una poco grata sorpresa. Nuestra calesa había desaparecido al igual que nuestro cochero, así que no tuvimos otra alternativa para buscarlo por los alrededores. ¡Vieran nuestro horror al encontrarlo atado en un callejón! Nos aprestábamos a desatarlo cuando alguien apareció de la nada y me tomó por la espalda, dejándome a su merced- el rostro de Clarisse había pasado a ser de granito gris y el de mi padre también. El dramatismo que incorporaba con el tono de mi voz era exquisito y había logrado mi propósito. Evan, el héroe. –No sé cómo lo hizo, pero así como en un instante me encontraba rodeada por los brazos de ese mal viviente, en el otro Evan me había liberado de ellos y le daba su merecido a tal espantoso personaje. ¡Quién sabe que hubiera ocurrido si él no me rescataba!- era una actriz innata, una desfachatada como pocas y una mujer digna de confianza.
-¿Es todo este relato verídico?- Antoine no podía creerlo. Evan pasaba de ser su acérrimo enemigo al santo de su devoción. –Si es así, monsieur Murdock, sepa usted que no solo se ha ganado mi más profundo respeto sino también mi más sincero y eterno agradecimiento- y yo ganaba de nuevo. Los había manejado como un titiritero a sus títeres, desviando el curso de sus acciones por donde era conveniente. –Es más, será un placer realizar un convite en su honor, ¿no, mon chérie?- ¿qué? ¿Podrías repetir lo que acabas de decir?
-Por supuesto, querido. Será lo más apropiado y estaré gustosa de organizar todo- ¿acaso dije que había ganado? Porque, al parecer, había obtenido una derrota. Una que me conminaba a tener la presencia de Evan cerca y que haría imposible que el olvido actuara como yo pretendía.
Esa no era quien solía ser. Esa era una copia barata de mí, mal hecha, semejante a cuanta señora de fortuna y malos hábitos había. En mi mundo todo se basaba en la traición y la posterior venganza. Y obtener tal cosa para darme algo de poder y recuperar mi orgullo era simplemente avergonzante. Que él había terminado por hacer que quisiera arrancarme a mordiscos las venas que llevaban sangre a mi corazón y que lo mantenían vivo, permitiendo así que yo sintiera un pesar indecible, no me daba el lujo y el derecho de aprovecharme de él de forma tan cruda, porque mi padre podía lograr que se arrepintiera hasta de haber nacido sin mucha dificultad. Al fin y al cabo, la culpable de todo era yo y no él. Yo había aceptado su propuesta, yo había empezado a volar por las nubes como una auténtica niña que cree en el amor, yo lo había besado… Yo misma me había arrastrado a esta y yo sería quien pagara las consecuencias de mis actos.
Pero ahora era tarde como para retroceder y la pantomima tenía que seguir en marcha. Como buena pastora, debería guiar a la oveja negra hasta el corral antes de que el lobo se la comiera. Mon chérie, me la harás difícil con lo bien que te estás expresando. ¿Había dicho choza? ¡A mi madre le daría un ataque! Es más, ya la veía. Su rostro se había hecho de piedra y había tomado asiento junto a mi padre, apoyando una de sus manos en la rodilla de él… Como si estuviera por caerse para adelante. Y papá… Él seguía prendado de su rifle, mirándolo como si fuera hipnótico y no pudiera apartarse de él. Con suerte, lo tiene cargado con una bala sola. Y con suerte yo la atrapaba entre mis dientes antes de que le atravesara el entrecejo a Evan. No porque mereciera que yo me sacrificara por él –bueno, él fue quien evitó que en estos momentos me estuviera asando en el Infierno. Tendría sentido que lo merezca-, sino porque yo me merecía la muerte más irrisoria… Por haber sido tan irrisoriamente estúpida.
-Si, es espaciosa…- dije tratando de hilar un discurso que pusiera unos invisibles paños fríos a la situación y que me permitieran sacar a Evan del patíbulo en donde se encontraba, a punto de dar el salto y ahorcarse. –Antes de seguir con tan amena charla, debería hacer la presentación formal. Evan, él es mi padre, Antoine Philippe Von Rebeur. Y ella mi querida madre, Clarisse Von Rebeur- continué antes de tomar asiento al lado de Evan, lo suficientemente cerca como para sentirme segura de que mi padre no haría nada contra él y lo suficientemente lejos como para que no quisiera cortarle un brazo por haber rozado con este el mío. Supiera que fui yo quien buscó sus labios.
-Un… Gusto conocerlo, monsieur Murdock. Hemos oído hablar de usted, pero nada se compara con tener su presencia esta noche- dijo mi madre, aparentando una calma que ni de lejos tenía. Y, para colmo, esa frase me hacía quedar peor de lo que ya sentía que había quedado. Si hablé de él es porque no me quedaba otra… Excepto con Raina, con ella si quise compartir cada detalle como si fueran cada uno de ellos de vital importancia.
-Como ha dicho mi esposa, nos agrada tener el honor de su visita… Excepto por la intempestiva hora que ha elegido para presentarse, monsieur- fue mi idea, fue mi idea. No hay necesidad de empezar a enrostrarle cosas de las que ni siquiera era responsable. –En cuanto a su pregunta… La caza es una de mis pasiones. La mayor de ellas, podría decirse. Debería ver mi salón de premios y condecoraciones, monsieur Murdock. Nunca fallo un tiro- la sonrisa que le mostró me hizo pensar lo peor. Lo mata ya mismo aunque lo tenga al lado. a mi ya ni me miraba y se dirigía solo a Evan, como si ellos dos solos estuvieran en esta habitación. Tanto mi madre como yo habíamos pasado a formar parte del decorado y había de declararme como inútil en esta partida. Era como un ajedrez, donde yo era la reina protegiendo al rey y mi padre… Sonaría muy raro decir que el era la reina contraria, pero es así como se sentía. A mí me tenía puesta en el lugar menos conveniente y sin posibilidades de atacarlo y estaba, precisamente, poniendo en jaque al rey. Pero mientras no fuera mate, el juego no se perdía. -¿Usted ha cazado alguna vez?- ah, padre… Si supieras. Cazar ha cazado y eso lo sé como que me llamo Isabelle. Ahora, la cuestión de qué especimenes y cuántas veces lo hizo… Eso escapa a mi conocimiento.
-Padre, te sorprenderá saber que Evan es un gran cazador según me ha dicho- y la reina entraba en acción para salvar al rey condenado. –Y si su destreza es como la que ha demostrado en la velada que compartimos, no dudo que sea de los mejores- y se venía la versión adaptada del cazador versus el demonio. –Verán, si no fuera por él, no sé qué habría sido de mí.
-¿Qué sucedió, Isabelle?- madre me interrumpió con los nervios crispados. C’est magnifique, a ella ya la he comprado con una mísera introducción. Ahora faltaba endulzar a mi padre.
-Después de la obra decidimos ir a cenar porque yo estaba hambrienta. Todo marchó estupendamente bien, pero cuando salimos del restaurant nos recibió una poco grata sorpresa. Nuestra calesa había desaparecido al igual que nuestro cochero, así que no tuvimos otra alternativa para buscarlo por los alrededores. ¡Vieran nuestro horror al encontrarlo atado en un callejón! Nos aprestábamos a desatarlo cuando alguien apareció de la nada y me tomó por la espalda, dejándome a su merced- el rostro de Clarisse había pasado a ser de granito gris y el de mi padre también. El dramatismo que incorporaba con el tono de mi voz era exquisito y había logrado mi propósito. Evan, el héroe. –No sé cómo lo hizo, pero así como en un instante me encontraba rodeada por los brazos de ese mal viviente, en el otro Evan me había liberado de ellos y le daba su merecido a tal espantoso personaje. ¡Quién sabe que hubiera ocurrido si él no me rescataba!- era una actriz innata, una desfachatada como pocas y una mujer digna de confianza.
-¿Es todo este relato verídico?- Antoine no podía creerlo. Evan pasaba de ser su acérrimo enemigo al santo de su devoción. –Si es así, monsieur Murdock, sepa usted que no solo se ha ganado mi más profundo respeto sino también mi más sincero y eterno agradecimiento- y yo ganaba de nuevo. Los había manejado como un titiritero a sus títeres, desviando el curso de sus acciones por donde era conveniente. –Es más, será un placer realizar un convite en su honor, ¿no, mon chérie?- ¿qué? ¿Podrías repetir lo que acabas de decir?
-Por supuesto, querido. Será lo más apropiado y estaré gustosa de organizar todo- ¿acaso dije que había ganado? Porque, al parecer, había obtenido una derrota. Una que me conminaba a tener la presencia de Evan cerca y que haría imposible que el olvido actuara como yo pretendía.

Isabelle Von Rebeur- Twisted Saint

- Escritos realizados: 213
Antigüedad en el teatro: 14/01/2012
Reputación: 39
Estado: Activo
CURIOSIDADES
Sabías que...:
Empleo actual: Ninguno
Nombre de PB: Kaya Scodelario
Re: Grandes Esperanzas [Isabelle Von Rebeur]
¿Cómo desenvolverse en situaciones de esta magnitud? ¿Cómo evitar el mal que supone estar en plena etapa pre-natal? ¿Ser un puto inútil incultivable, agitándose en un océano de placenta pegajoso y ayunando un mísero gramo de templanza por cada poro del cuerpo? “Mucho centímetro que calmar ¿entiendes?” No tenía ni puta idea. Escapar del condenado agujero negro parecía imposible. Su único fin era convertirme en el convicto número uno. Me habría gustado que mi padre estuviese allí ¿sabes? “Porque considero que la vida se compone de pequeños momentos en los que el reloj se detiene, haciendo el instante enorme.” ¡Y necesitaba algún consejo! Cualquier cosa habría bastado para domesticar mi incertidumbre. “Porque siempre me acordaba de él, en momentos como estos.” ¡No se! ¿Qué se le dice a un hijo? Un hombre con clase debería saberlo. “¿No te preocupes?” “¿Todo irá bien?” “¿Se tú mismo?”
Procurar que ellos me aceptasen, fue una meta. Algo que hasta entonces, me importó un pedo. Jamás volvería a verlos ¿vale? Y aún así, una sensación aguda respiraba a golpes dentro de mí. “Estaba aterrado.” No eran sus padres a quienes deseaba impresionar. “Solo me interesaba que Isabelle se sintiese orgullosa.”
—Si, es espaciosa…— apoyé los brazos sobre las rodillas, con la mirada perdida en el suelo. Fue reconfortante. Durante unos breves segundos, alejé la idea del fusil y la presión desapareció. ¡Estoy mucho mas guapo callado! El turno de palabra se lo cedí a todos aquellos que supiesen hacer un bueno uso de la lengua, en cuanto a temas de conversación se refiere. ¡Por supuesto! Ahora bien... “No te confundas...” “En cuestiones carnales, les doy mil vueltas.” —Antes de seguir con tan amena charla, debería hacer la presentación formal.— “Ahora es cuando el juez alza el brazo de los boxeadores, presentándoles ante un caluroso público” —Evan, él es mi padre, Antoine Philippe Von Rebeur— “Repite” Pestañeé, incoloro —Y ella mi querida madre, Clarisse Von Rebeur— “Nena, ya se me han olvidado...” Observé a Isabelle, hasta que se sentó en el sofá. Instintivamente, recoloqué el cuerpo al inclinarme sobre el respaldo. ¡Me pone más derecho que una vela! "La dulce voz de su madre, prosiguió sin bajar la guardia.”
—Un… Gusto conocerlo, monsieur Murdock. Hemos oído hablar de usted,— “¿Really?” —pero nada se compara con tener su presencia esta noche— ¡Sí, señor! ¿A la mother? “¡En el bote, brother!” Te lo juro, tío... ¡Olvida su resaltada incomodidad! Estaba nerviosa. ¡Yeah! Pero era por el hecho de tenerme a tan corta distancia ¿comprendes? Porque intimido. ¡Porque las traigo de cabeza! Sus rodillas tiemblan y deben sostenerse en alguna parte, tengan 20, 30 o 40 años. No pueden resistirse a mi encanto innato. ¡Soy versátil! “Para todas las edades.” Sonreí a la mujer con moderación, para no provocarla una taquicardia. “El contraste del blanco marfil con mi piel tostada, quita el sentido.”
¿Qué más les contaría, Isabelle? Apenas nos conocíamos y me pregunté como habría sonado su tono de voz al pronunciar mi nombre. Qué cara puso y de qué forma expresó su entusiasmo. Y encontré el gesto encantador, montándome mis propias cábalas. Estaba distrayéndome de nuevo ¿entiendes? Pendiente de si coger su mano para entrelazar los dedos en un sello inquebrantable. “Un factor con bigote, turbó mi ánimo.”
—Como ha dicho mi esposa, nos agrada tener el honor de su visita…— “¿Hablas conmigo? “¿Hablas de mí?” “¡Juraría que se lo cuenta a la mesa de café!” —Excepto por la intempestiva hora que ha elegido para presentarse, monsieur— “Sorpresa.” Alcé las cejas, retándole como un forastero tocapelotas, pues la cantidad de amenazas que lanzó a través de sus ojos, fueron insuperables e imposibles de obviar. “Asumí la culpa.”
—Es que soy así de impredecible.
—En cuanto a su pregunta…— ¿Estaba molesto? ¡Pero si acabo de llegar! “¡Hazte el tonto, anda!” Pasó por alto mi comentario ¿sabes? ¡como si desease cerrarme el pico de un golpe! “Entre tanto.... quiso dejarme clarito el negocio” —La caza es una de mis pasiones. La mayor de ellas, podría decirse. Debería ver mi salón de premios y condecoraciones, monsieur Murdock. Nunca fallo un tiro— ¿Sabes que imaginé? ¡Una visión espantosa! “Colgando de la pared, entre la cebra y el león: mi cabeza con la lengua fuera y los ojos vueltos.” Pues... ¡Sigue soñando, tío! “Porque para pillarme, la cantidad de vueltas que tendrías que dar.” —¿Usted ha cazado alguna vez?— “¡Este individuo está pidiendo a gritos que saque el puto Cold!” Apreté con fuerza el reposabrazos. ¡No se en qué momento llegó la mano allí! Pero bien habría sido su pescuezo. Encima restregándome sus medallas y ovaciones. Como compitiendo contra mí ¿vale? Me habría gustado recordarle, que su mujer es la que se sienta a su lado. “Yo entiendo que una hija es un tesoro. Pero si la guardas en un cajón, cría polvo, joder.”
—Conejos— “Meto la Benelli en la madriguera... y no sobrevive ni uno.” Fue un puntapié. Sobretodo por la utilización de aquella palabra en concreto. Salió disparada de “un paladar acostumbrado a grandes capturas.” Creo que entendió el concepto a la primera.
—Padre, te sorprenderá saber que Evan es un gran cazador según me ha dicho— “¡Un hacha!” Para colmo Isabelle lo confirmó ¿sabes? —Y si su destreza es como la que ha demostrado en la velada que compartimos, no dudo que sea de los mejores— “Pim, pam, pim pam...” Ni habría hecho falta su ayuda ¿OK? “Todo controladísimo” —Verán, si no fuera por él, no sé qué habría sido de mí.— “Joder, nena...” Pensé en dónde estaría ella ahora y lo que habría supuesto para mí, perderme el resto de la noche. E inevitablemente, el vacío sacudió mi estómago al girar el rostro y observarla con atención. Su madre no era la única pendiente del relato. Escuché ignorante, como si fuese la primera vez que oía aquella historia, adornada con detalles que me hacían quedar como un jodido campeón. “La mayoría de veces, no recuerdo los sucesos. Las balas silban, caen cadáveres y se silencian gritos.” Siendo incapaz de evitar escucharla, mi cerebro sólo pensaba en una cosa: “Quería marcharme con ella en brazos. Subir al segundo piso. Reventar las paredes. Morirme en sus labios.” Acerqué el cuerpo al suyo, juntando el hombro en un claro intento por aplacar el frío; jurándole un millar de promesas. Y creyendo fenecer si no la besaba, quedé al ras de su mentón con la respiración contenida. En ese instante no pensé. Me dejé llevar hasta que el río me arrastró a un acantilado.
—¿Es todo este relato verídico?— “Sorry... Estoy sin words.” —Si es así, monsieur Murdock, sepa usted que no solo se ha ganado mi más profundo respeto sino también mi más sincero y eterno agradecimiento— El reflejo de un hombre muerto en batalla, apareció de pronto. Ante la conmoción, mis ojos se llenaron de lágrimas a pesar de que intenté evitarlas.Y aguanté, apretando la mandíbula para que no saliesen a flote. “Eso se le dice a un hijo ¿no?” "Que suerte la de Isabelle" —Es más, será un placer realizar un convite en su honor, ¿no, mon chérie?— Empecé a creer que “Cherí” no era un insulto. Secándome disimuladamente con la manga, “como el que tiene una pestaña dentro,” volví a recuperar la compostura. Su madre dio el visto bueno, comprometiéndose a organizarlo todo. Yo no estaba muy de acuerdo. No se... “Rodearme de gente desconocida da mal fario.”
—Son muy amables, pero no pretendo molestar más de lo debido— “¿Estás de broma? ¡Comida gratis!” —Sin embargo, les diré que Isabelle se portó como una valiente. Ni siquiera pestañeó— Ella no era una puta damisela. Quise dejarlo claro, porque la sobreprotección avanzaba en mi contra. ¡La gente está muy confundida! ¿Qué haríamos nosotros sin ellas? ¡Exacto! ¡NADA! Nos lanzaríamos de cabeza contra los arrecifes, nos pondríamos los pantalones del revés, se nos quemarían los huevos ¡Eso es una putada, brother! Las queremos porque nos cuidan. ¡Yeah! — Mi padre decía...— "Hostia, father... que sabio" —...que las mujeres se encargaban de reconducir al hombre. Las cabezas pensantes ¿entienden? E Isabelle, no cundió ante el pánico. Es más, mitigó la gravedad de los hechos porque confió en mí. El mérito es suyo, señores— camuflé su mano entre las mías, unidos en una misma causa. Todos a una.
—No...— “refutó y refutó...” —Ha sido usted— “¡Es duro de mollera! ¿eh?” Y después perseveró, “obcecado en el asunto del convite.” Apoderado de un frenesí contagioso que convenció a mi obcecada testarudez. Apreté con fuerza la mano de Isabelle. ¿Era cosa mía? ¡Creí llevarme bien con él! a pesar de que su sentido de la vida era diferente al mío. Luego preguntó por mi acento ¿sabes?
—Soy Americano, jefe. Pero a llovido mucho desde que partí de aquellas tierras y ahora mi abuela se encarga de nuestro patrimonio. Ella posee un gran dominio del viñedo y me permite disfrutar del libre albedrío ¿comprende?— A Isabelle le desagradaría que hablase de negocios. "¡Seguro!" ¿La verdad? Era bastante aburrido ¿OK? ¡pero él pregunto! “Y servicial, yo contesto.”
—¿No tiene un oficio?— “Volví a salirme del camino.” ¿Cómo encauzo?
—Sí, por supuesto....— busqué la respuesta en el suelo —Diseño... alfombras.— “¿What?” “¡Vaya, vaya...” —Los colores, las texturas... Esas cosas— “no se cuento tiempo estuvimos ablando de mi nuevo trabajo.” “El parlamento que solté fue extenso y tenía menos sentido que un botijo sin pitorro.” ¿Lo peor de todo? “Para el patrón fue interesante de cojones” Sugirió que le diseñase una alfombra de pasillo —Será un placer, jefe— “¡Of course! ¡Después del convite!” La situación se estaba yendo de madre y necesitaba su permiso. "Aunque si no me lo daba, igualmente me colaría por una ventana para verla ¿comprendes?"
—Es primordial que repose en París.— la cortesía desapareció de mi rostro al recordar mi verdadera función en la tierra —En principio, no tenía intenciones de conquistar a su hija. Quizás unos besitos y poco más. ¡Usted habrá sido joven, supongo! Pero...— “Siempre hay un pero” —Vera... Siento una conexión profunda con ella y partir sin habernos conocido en profundidad...— miré a mi estrella directamente, encontrándola polar y congelándome —Creo que no me lo perdonaría nunca.
Procurar que ellos me aceptasen, fue una meta. Algo que hasta entonces, me importó un pedo. Jamás volvería a verlos ¿vale? Y aún así, una sensación aguda respiraba a golpes dentro de mí. “Estaba aterrado.” No eran sus padres a quienes deseaba impresionar. “Solo me interesaba que Isabelle se sintiese orgullosa.”
—Si, es espaciosa…— apoyé los brazos sobre las rodillas, con la mirada perdida en el suelo. Fue reconfortante. Durante unos breves segundos, alejé la idea del fusil y la presión desapareció. ¡Estoy mucho mas guapo callado! El turno de palabra se lo cedí a todos aquellos que supiesen hacer un bueno uso de la lengua, en cuanto a temas de conversación se refiere. ¡Por supuesto! Ahora bien... “No te confundas...” “En cuestiones carnales, les doy mil vueltas.” —Antes de seguir con tan amena charla, debería hacer la presentación formal.— “Ahora es cuando el juez alza el brazo de los boxeadores, presentándoles ante un caluroso público” —Evan, él es mi padre, Antoine Philippe Von Rebeur— “Repite” Pestañeé, incoloro —Y ella mi querida madre, Clarisse Von Rebeur— “Nena, ya se me han olvidado...” Observé a Isabelle, hasta que se sentó en el sofá. Instintivamente, recoloqué el cuerpo al inclinarme sobre el respaldo. ¡Me pone más derecho que una vela! "La dulce voz de su madre, prosiguió sin bajar la guardia.”
—Un… Gusto conocerlo, monsieur Murdock. Hemos oído hablar de usted,— “¿Really?” —pero nada se compara con tener su presencia esta noche— ¡Sí, señor! ¿A la mother? “¡En el bote, brother!” Te lo juro, tío... ¡Olvida su resaltada incomodidad! Estaba nerviosa. ¡Yeah! Pero era por el hecho de tenerme a tan corta distancia ¿comprendes? Porque intimido. ¡Porque las traigo de cabeza! Sus rodillas tiemblan y deben sostenerse en alguna parte, tengan 20, 30 o 40 años. No pueden resistirse a mi encanto innato. ¡Soy versátil! “Para todas las edades.” Sonreí a la mujer con moderación, para no provocarla una taquicardia. “El contraste del blanco marfil con mi piel tostada, quita el sentido.”
¿Qué más les contaría, Isabelle? Apenas nos conocíamos y me pregunté como habría sonado su tono de voz al pronunciar mi nombre. Qué cara puso y de qué forma expresó su entusiasmo. Y encontré el gesto encantador, montándome mis propias cábalas. Estaba distrayéndome de nuevo ¿entiendes? Pendiente de si coger su mano para entrelazar los dedos en un sello inquebrantable. “Un factor con bigote, turbó mi ánimo.”
—Como ha dicho mi esposa, nos agrada tener el honor de su visita…— “¿Hablas conmigo? “¿Hablas de mí?” “¡Juraría que se lo cuenta a la mesa de café!” —Excepto por la intempestiva hora que ha elegido para presentarse, monsieur— “Sorpresa.” Alcé las cejas, retándole como un forastero tocapelotas, pues la cantidad de amenazas que lanzó a través de sus ojos, fueron insuperables e imposibles de obviar. “Asumí la culpa.”
—Es que soy así de impredecible.
—En cuanto a su pregunta…— ¿Estaba molesto? ¡Pero si acabo de llegar! “¡Hazte el tonto, anda!” Pasó por alto mi comentario ¿sabes? ¡como si desease cerrarme el pico de un golpe! “Entre tanto.... quiso dejarme clarito el negocio” —La caza es una de mis pasiones. La mayor de ellas, podría decirse. Debería ver mi salón de premios y condecoraciones, monsieur Murdock. Nunca fallo un tiro— ¿Sabes que imaginé? ¡Una visión espantosa! “Colgando de la pared, entre la cebra y el león: mi cabeza con la lengua fuera y los ojos vueltos.” Pues... ¡Sigue soñando, tío! “Porque para pillarme, la cantidad de vueltas que tendrías que dar.” —¿Usted ha cazado alguna vez?— “¡Este individuo está pidiendo a gritos que saque el puto Cold!” Apreté con fuerza el reposabrazos. ¡No se en qué momento llegó la mano allí! Pero bien habría sido su pescuezo. Encima restregándome sus medallas y ovaciones. Como compitiendo contra mí ¿vale? Me habría gustado recordarle, que su mujer es la que se sienta a su lado. “Yo entiendo que una hija es un tesoro. Pero si la guardas en un cajón, cría polvo, joder.”
—Conejos— “Meto la Benelli en la madriguera... y no sobrevive ni uno.” Fue un puntapié. Sobretodo por la utilización de aquella palabra en concreto. Salió disparada de “un paladar acostumbrado a grandes capturas.” Creo que entendió el concepto a la primera.
—Padre, te sorprenderá saber que Evan es un gran cazador según me ha dicho— “¡Un hacha!” Para colmo Isabelle lo confirmó ¿sabes? —Y si su destreza es como la que ha demostrado en la velada que compartimos, no dudo que sea de los mejores— “Pim, pam, pim pam...” Ni habría hecho falta su ayuda ¿OK? “Todo controladísimo” —Verán, si no fuera por él, no sé qué habría sido de mí.— “Joder, nena...” Pensé en dónde estaría ella ahora y lo que habría supuesto para mí, perderme el resto de la noche. E inevitablemente, el vacío sacudió mi estómago al girar el rostro y observarla con atención. Su madre no era la única pendiente del relato. Escuché ignorante, como si fuese la primera vez que oía aquella historia, adornada con detalles que me hacían quedar como un jodido campeón. “La mayoría de veces, no recuerdo los sucesos. Las balas silban, caen cadáveres y se silencian gritos.” Siendo incapaz de evitar escucharla, mi cerebro sólo pensaba en una cosa: “Quería marcharme con ella en brazos. Subir al segundo piso. Reventar las paredes. Morirme en sus labios.” Acerqué el cuerpo al suyo, juntando el hombro en un claro intento por aplacar el frío; jurándole un millar de promesas. Y creyendo fenecer si no la besaba, quedé al ras de su mentón con la respiración contenida. En ese instante no pensé. Me dejé llevar hasta que el río me arrastró a un acantilado.
—¿Es todo este relato verídico?— “Sorry... Estoy sin words.” —Si es así, monsieur Murdock, sepa usted que no solo se ha ganado mi más profundo respeto sino también mi más sincero y eterno agradecimiento— El reflejo de un hombre muerto en batalla, apareció de pronto. Ante la conmoción, mis ojos se llenaron de lágrimas a pesar de que intenté evitarlas.Y aguanté, apretando la mandíbula para que no saliesen a flote. “Eso se le dice a un hijo ¿no?” "Que suerte la de Isabelle" —Es más, será un placer realizar un convite en su honor, ¿no, mon chérie?— Empecé a creer que “Cherí” no era un insulto. Secándome disimuladamente con la manga, “como el que tiene una pestaña dentro,” volví a recuperar la compostura. Su madre dio el visto bueno, comprometiéndose a organizarlo todo. Yo no estaba muy de acuerdo. No se... “Rodearme de gente desconocida da mal fario.”
—Son muy amables, pero no pretendo molestar más de lo debido— “¿Estás de broma? ¡Comida gratis!” —Sin embargo, les diré que Isabelle se portó como una valiente. Ni siquiera pestañeó— Ella no era una puta damisela. Quise dejarlo claro, porque la sobreprotección avanzaba en mi contra. ¡La gente está muy confundida! ¿Qué haríamos nosotros sin ellas? ¡Exacto! ¡NADA! Nos lanzaríamos de cabeza contra los arrecifes, nos pondríamos los pantalones del revés, se nos quemarían los huevos ¡Eso es una putada, brother! Las queremos porque nos cuidan. ¡Yeah! — Mi padre decía...— "Hostia, father... que sabio" —...que las mujeres se encargaban de reconducir al hombre. Las cabezas pensantes ¿entienden? E Isabelle, no cundió ante el pánico. Es más, mitigó la gravedad de los hechos porque confió en mí. El mérito es suyo, señores— camuflé su mano entre las mías, unidos en una misma causa. Todos a una.
—No...— “refutó y refutó...” —Ha sido usted— “¡Es duro de mollera! ¿eh?” Y después perseveró, “obcecado en el asunto del convite.” Apoderado de un frenesí contagioso que convenció a mi obcecada testarudez. Apreté con fuerza la mano de Isabelle. ¿Era cosa mía? ¡Creí llevarme bien con él! a pesar de que su sentido de la vida era diferente al mío. Luego preguntó por mi acento ¿sabes?
—Soy Americano, jefe. Pero a llovido mucho desde que partí de aquellas tierras y ahora mi abuela se encarga de nuestro patrimonio. Ella posee un gran dominio del viñedo y me permite disfrutar del libre albedrío ¿comprende?— A Isabelle le desagradaría que hablase de negocios. "¡Seguro!" ¿La verdad? Era bastante aburrido ¿OK? ¡pero él pregunto! “Y servicial, yo contesto.”
—¿No tiene un oficio?— “Volví a salirme del camino.” ¿Cómo encauzo?
—Sí, por supuesto....— busqué la respuesta en el suelo —Diseño... alfombras.— “¿What?” “¡Vaya, vaya...” —Los colores, las texturas... Esas cosas— “no se cuento tiempo estuvimos ablando de mi nuevo trabajo.” “El parlamento que solté fue extenso y tenía menos sentido que un botijo sin pitorro.” ¿Lo peor de todo? “Para el patrón fue interesante de cojones” Sugirió que le diseñase una alfombra de pasillo —Será un placer, jefe— “¡Of course! ¡Después del convite!” La situación se estaba yendo de madre y necesitaba su permiso. "Aunque si no me lo daba, igualmente me colaría por una ventana para verla ¿comprendes?"
—Es primordial que repose en París.— la cortesía desapareció de mi rostro al recordar mi verdadera función en la tierra —En principio, no tenía intenciones de conquistar a su hija. Quizás unos besitos y poco más. ¡Usted habrá sido joven, supongo! Pero...— “Siempre hay un pero” —Vera... Siento una conexión profunda con ella y partir sin habernos conocido en profundidad...— miré a mi estrella directamente, encontrándola polar y congelándome —Creo que no me lo perdonaría nunca.

Evan Murdock- ParticipanteCA

- Escritos realizados: 590
Antigüedad en el teatro: 15/05/2011
Reputación: 139
Estado: Activo
CURIOSIDADES
Sabías que...:
Empleo actual: Cazador
Nombre de PB: Garrett Hedlund
Re: Grandes Esperanzas [Isabelle Von Rebeur]
Su mano simplemente me apretaba como una atadura irrompible, incómoda y dolorosa por múltiples motivos entre los cuales no se asomaba el dolor físico precisamente. Unidos por míseros segundos hasta el definitivo au revoir. Cadentes, cayendo uno tras otro, imparables en su andar y lastimeros a cada paso. Solo he sabido de un adiós en mi vida y fue ese adiós el que me convirtió en quien era, en la promesa de una mujer sin aparentes sentimientos… En la promesa de una mujer sufriendo por dentro, marcada por invisibles cicatrices, manteniendo su sonrisa a sol y a sombra. Y sus dedos entrelazados junto a los míos me suenan a una promesa de más dolor. Y la sala desaparecía, mis padres enmudecían, Evan era un murmullo pasajero y yo estaba consumida por la oscuridad insondable de mi corazón, atrapada en ese sentimiento que resurgía con fuerza desde lo más profundo…
Y de alguna manera resurgía a la superficie. De alguna manera sus palabras me traían de vuelta a la realidad, como levantándome luego de una dura caída. Pero no podía hablar, no podía apartarme de mi silencio. El torbellino seguía haciendo estragos en mi interior y los pensamientos se me entremezclaban en su ir y venir desenfrenado. Y, sumado a todo ello, la impaciente mirada de mi madre y la renovada esperanza de mi madre terminaban de concertar un perturbador presentimiento de lo que venía a ser mi futuro. Solo quería huir, pero seguía atada… Principalmente a él. Porque su sola presencia, sus ojos sobre los míos, su aliento rozando mi piel… Todo lograba que mi corazón se acelerase y que, por unos instantes, tuviera esperanzas en un amor que jamás había sentido y que aunque luchara contra él, veía en este mismo momento nacer. Y la máscara de frialdad cae al suelo, estrellándose y rompiéndose aquel hielo en mil pedazos diminutos que con un suspiro se derriten.
-Madre, padre, yo creo que no deberían obligar a monsieur Murdock a asistir a un convite con tanta pompa… No creo que se sienta cómodo- más bien, yo no me sentiría cómoda. Los rumores vuelan rápido y en cuanto me vieran, finalmente, con compañía masculina… Se vendría el vendaval. –En lo que a mí respecta, opino que con una cena familiar es suficiente- como si les importara mi opinión. Cuando se encaprichaban con algo, eran como los niños pequeños: nadie los hacía entrar en razón.
-Isabelle, hija, está decidido. Y, a menos que monsieur Murdock se oponga rotundamente, no daré marcha atrás. Además tú misma lo has dicho querida mía, él te ha salvado. ¡Aun un convite no es suficiente agradecimiento!- lo dicho, Antoine había encontrado un nuevo divertimento. Como un niño pequeño celebraba por haberse hecho con un nuevo y raro juguete que ningún otro poseía. Y madre no distaba mucho de esa representación.
Pero en ella resaltaba otra cosa. Esa chispa en sus ojos hablaba por sí misma y la trayectoria que seguía su mirada confirmaba sus mudas palabras. Repentinamente había tomado la actitud, la postura y las maneras que le eran características cuando un pretendiente nuevo cruzaba la puerta y se sentaba en el diván, bautizado por mí como el diván de los acusados. La única diferencia es que en esta oportunidad yo era quien había traído al “candidato” y, además, tenía lo que podría denominarse como mi visto bueno. Y eso, señores, parecía provocar una excitación en mi madre de la que hacía tiempo no era testigo. Pensé que ya se había resignado y que solo seguía insistiendo para no enojar a mi padre. Visto que no tenía un pelo de resignada y ya me la veía empujándome a los brazos de Evan con un moño gigantesco puesto en la cabeza y el ajuar de bodas bajo el brazo. Y yo en diez segundos le puedo hacer rechazar esa idea así como les hice creer que es un bendito héroe a ella y a Antoine. ¿Por qué? Simplemente porque yo con las palabras me llevaba a las mil maravillas. Discursos, argumentos, cualquier cosa que requiriera un lenguaje no solo bonito y adornado sino inteligente… Era mi especialidad. No solo las palabras bastaban porque, si ellas estaban vacías y no eran acompañadas por una actitud aguerrida –aunque fuera solapadamente-, perdían todo su poder.
Poder… Era trillado, pero la verdad es que la pluma era ciertamente más poderosa que una espada. La fuerza podía darnos victorias, pero eran pasajeras. Sin inteligencia, sin perspicacia, sin la habilidad de desarrollar argucias y artimañas, de crear recovecos que pierdan al oponente, es imposible ser vencedor. Un real vencedor. Y ya me liaba otra vez en mi filosofía sin sentido, embrollada como ella sola, retorcida hasta decir basta. No podía evitarlo. Estaba acostumbrada a pasar demasiado tiempo en mi propio mundo y, si no era componer música o hacer alguna tarea del hogar sin sentido, me dedicaba a largas horas de reflexiones. Reflexiones que, al fin y al cabo, no me servían de mucho. Solo me ayudaban a mantenerme a flote por un día más sin explotar o sin tirarme por la ventana de mi propio cuarto. Bueno, eso definitivamente es bastante.
-Creo que deberíamos poner una fecha que resultara conveniente para todos. Y, aprovechando que ha decidido quedarse en París, podremos planear el evento con algo más de tranquilidad- si, se quedaba en París por… Ya qué importaban los motivos. La cuestión es que… Ya no sabía cuál era la cuestión ni lo que planeaba Evan. Él me había encerrado en uno de esos recovecos que mi mente poco atrás mencionó. Me tenía atrapada y sin salida. –Si a usted le parece propicio, podemos realizarlo dentro de un mes- ¿un mes? ¿Tanto pensaban extender esto? Al principio ni verlo y ahora a agasajarlo con toda la pompa posible. ¡Raro que no pensara lo que dirían los demás sobre nuestro homenajeado! El americano no pegaba entre los amigos de mi padre ni aunque lo embadurnara de cemento o lo cosiera a ellos. Sería imposible que se mezclara, imposible que mantuviera una conversación… Sería un total y completo desastre.
Y mi padre debía saberlo porque él no era de tomar decisiones así porque sí. Algo se traería entre manos como para que la presencia de Evan sea motivo de elogios de sus tan apreciados socios. Si yo había sido habilidosa para trastocar la verdadera historia y convertirla en un cuento perfecto para mis padres, él sería capaz de trastocar aún más ese invento y convertir a Evan en un principito. Que por fuera ya lo era, el problema venía cuando abría la boca. Eso si que Antoine no lo podría resolver y lo único que podía salvarlos de la catástrofe era… Que yo interviniera otra vez. Unas clases para que mejorara su postura y sus reacciones, otras para que mejorara su vocabulario y una paciencia infinita para que aprendiera algo de literatura y algún otro tema de interés para los pesados que se dignaran a asistir al convite.
Y si es que debía hacer eso finalmente, estaría más que jodida. ¿Ver a Evan para darle clases? ¡Vamos! Así el trabajo de desterrarlo de mi mente y de mi corazón se me haría tan sencillo como hacer equilibrio sobre una soga a demasiados metros de distancia del suelo. Casi tan agradable como agarrarme los dedos al bajar la tapa del piano. Además, como no podría darle mi mentada tutoría en casa… ¿Qué si tenía que pisar su santuario? No, jamás lo pisaría. Y su Marybelle, no querría perder tiempo alejado de ella para que yo le llenara el cerebro de palabras que olvidaría ni bien terminaran de salir de mi boca. Curioso que su nombre fuera tan parecido al mío, que la excusa que dijo Evan fuera prácticamente igual… Y que yo tuviera las neuronas chamuscadas por mi propia ceguera e idiotez. Marybelle… Debía ser yo misma.
-Un mes será suficiente para que pueda hacer los arreglos convenientes, elegir los arreglos florales, contratar a los chefs- si, si, como sea madre. Tu intento de planear fiestas me importa tres rábanos picantes. –Y la lista de invitados… Monsieur Murdock, si desea invitar a alguien, siéntase libre de hacerlo pero comuníquemelo así lo incluyo en la lista oficial- ¿Qué tal si invitaba a Marybelle? Oh, momento… ¡Está sentada aquí mismo! Justo donde estoy yo.
-Madre, creo que lo aturdirás con toda la información que le estás dando. ¿No sería mejor que lo hablaran en otro momento?- verás, que yo tengo cosas más importantes que hablar con él… O quizás no era precisamente hablar, pero eso no venía al caso. –Además, Evan y yo planeábamos tener un último paseo nocturno a la luz de la luna- mentirita blanca, no lastima a nadie. De alguna forma tengo que poder salir aunque sea por unos cuantos minutos. –Ya saben, con el asunto del callejón… No quiero que ese sea el final de nuestra cita- o como quieran etiquetarlo, me vale. Solo me dejan salir y todos en paz. –Será un paseo corto por las cercanías, así que no tienen por qué preocuparse.
-Normalmente no cedería ante tal pedido, chérie… Pero es una ocasión especial y confío en que monsieur Murdock sabrá cuidar de ti- también me puede dar un buen ataque cardíaco padre, pero quédate así de contento con Super American Evan. Es lo que nos viene como anillo al dedo a todos. –Diane te estará esperando para cuando vuelvas. Nosotros hemos de retirarnos a nuestros aposentos- dijo mientras se ponía de pie junto con mi madre. ¡Al fin un poco de suerte de mi lado! Bueno, una suerte bastante relativa, pero por algo se empezaba. –Ha sido un placer conocerlo, monsieur. Espero lo veamos pronto y que no tengamos que aguardar hasta el día de la celebración- eso lo dice ahora que está todo tan reciente y que tiene las emociones por las nubes… Se le pasaría rápido, como siempre. –Au revoir, Evan- ¿padre usando el nombre de pila? ¡Su confianza en el americano comienza a asustarme!
[i]-Au revoir, monsieur Murdock. Me encantará recibirlo una tarde para que podamos tener una conversación más larga. E Isabelle podrá presentarte a su querida hermana. Ella desea mucho conocerlo- Antoniette… Le prepararé un babero a la niña, porque puede tener una reacción desmedida al verlo, sobre todo después de que mis padres le cuenten la historia que yo le conté a ellos. Al final, no sé qué es peor… Que lo detesten o que lo adoren como lo hacen ahora.
Y de alguna manera resurgía a la superficie. De alguna manera sus palabras me traían de vuelta a la realidad, como levantándome luego de una dura caída. Pero no podía hablar, no podía apartarme de mi silencio. El torbellino seguía haciendo estragos en mi interior y los pensamientos se me entremezclaban en su ir y venir desenfrenado. Y, sumado a todo ello, la impaciente mirada de mi madre y la renovada esperanza de mi madre terminaban de concertar un perturbador presentimiento de lo que venía a ser mi futuro. Solo quería huir, pero seguía atada… Principalmente a él. Porque su sola presencia, sus ojos sobre los míos, su aliento rozando mi piel… Todo lograba que mi corazón se acelerase y que, por unos instantes, tuviera esperanzas en un amor que jamás había sentido y que aunque luchara contra él, veía en este mismo momento nacer. Y la máscara de frialdad cae al suelo, estrellándose y rompiéndose aquel hielo en mil pedazos diminutos que con un suspiro se derriten.
-Madre, padre, yo creo que no deberían obligar a monsieur Murdock a asistir a un convite con tanta pompa… No creo que se sienta cómodo- más bien, yo no me sentiría cómoda. Los rumores vuelan rápido y en cuanto me vieran, finalmente, con compañía masculina… Se vendría el vendaval. –En lo que a mí respecta, opino que con una cena familiar es suficiente- como si les importara mi opinión. Cuando se encaprichaban con algo, eran como los niños pequeños: nadie los hacía entrar en razón.
-Isabelle, hija, está decidido. Y, a menos que monsieur Murdock se oponga rotundamente, no daré marcha atrás. Además tú misma lo has dicho querida mía, él te ha salvado. ¡Aun un convite no es suficiente agradecimiento!- lo dicho, Antoine había encontrado un nuevo divertimento. Como un niño pequeño celebraba por haberse hecho con un nuevo y raro juguete que ningún otro poseía. Y madre no distaba mucho de esa representación.
Pero en ella resaltaba otra cosa. Esa chispa en sus ojos hablaba por sí misma y la trayectoria que seguía su mirada confirmaba sus mudas palabras. Repentinamente había tomado la actitud, la postura y las maneras que le eran características cuando un pretendiente nuevo cruzaba la puerta y se sentaba en el diván, bautizado por mí como el diván de los acusados. La única diferencia es que en esta oportunidad yo era quien había traído al “candidato” y, además, tenía lo que podría denominarse como mi visto bueno. Y eso, señores, parecía provocar una excitación en mi madre de la que hacía tiempo no era testigo. Pensé que ya se había resignado y que solo seguía insistiendo para no enojar a mi padre. Visto que no tenía un pelo de resignada y ya me la veía empujándome a los brazos de Evan con un moño gigantesco puesto en la cabeza y el ajuar de bodas bajo el brazo. Y yo en diez segundos le puedo hacer rechazar esa idea así como les hice creer que es un bendito héroe a ella y a Antoine. ¿Por qué? Simplemente porque yo con las palabras me llevaba a las mil maravillas. Discursos, argumentos, cualquier cosa que requiriera un lenguaje no solo bonito y adornado sino inteligente… Era mi especialidad. No solo las palabras bastaban porque, si ellas estaban vacías y no eran acompañadas por una actitud aguerrida –aunque fuera solapadamente-, perdían todo su poder.
Poder… Era trillado, pero la verdad es que la pluma era ciertamente más poderosa que una espada. La fuerza podía darnos victorias, pero eran pasajeras. Sin inteligencia, sin perspicacia, sin la habilidad de desarrollar argucias y artimañas, de crear recovecos que pierdan al oponente, es imposible ser vencedor. Un real vencedor. Y ya me liaba otra vez en mi filosofía sin sentido, embrollada como ella sola, retorcida hasta decir basta. No podía evitarlo. Estaba acostumbrada a pasar demasiado tiempo en mi propio mundo y, si no era componer música o hacer alguna tarea del hogar sin sentido, me dedicaba a largas horas de reflexiones. Reflexiones que, al fin y al cabo, no me servían de mucho. Solo me ayudaban a mantenerme a flote por un día más sin explotar o sin tirarme por la ventana de mi propio cuarto. Bueno, eso definitivamente es bastante.
-Creo que deberíamos poner una fecha que resultara conveniente para todos. Y, aprovechando que ha decidido quedarse en París, podremos planear el evento con algo más de tranquilidad- si, se quedaba en París por… Ya qué importaban los motivos. La cuestión es que… Ya no sabía cuál era la cuestión ni lo que planeaba Evan. Él me había encerrado en uno de esos recovecos que mi mente poco atrás mencionó. Me tenía atrapada y sin salida. –Si a usted le parece propicio, podemos realizarlo dentro de un mes- ¿un mes? ¿Tanto pensaban extender esto? Al principio ni verlo y ahora a agasajarlo con toda la pompa posible. ¡Raro que no pensara lo que dirían los demás sobre nuestro homenajeado! El americano no pegaba entre los amigos de mi padre ni aunque lo embadurnara de cemento o lo cosiera a ellos. Sería imposible que se mezclara, imposible que mantuviera una conversación… Sería un total y completo desastre.
Y mi padre debía saberlo porque él no era de tomar decisiones así porque sí. Algo se traería entre manos como para que la presencia de Evan sea motivo de elogios de sus tan apreciados socios. Si yo había sido habilidosa para trastocar la verdadera historia y convertirla en un cuento perfecto para mis padres, él sería capaz de trastocar aún más ese invento y convertir a Evan en un principito. Que por fuera ya lo era, el problema venía cuando abría la boca. Eso si que Antoine no lo podría resolver y lo único que podía salvarlos de la catástrofe era… Que yo interviniera otra vez. Unas clases para que mejorara su postura y sus reacciones, otras para que mejorara su vocabulario y una paciencia infinita para que aprendiera algo de literatura y algún otro tema de interés para los pesados que se dignaran a asistir al convite.
Y si es que debía hacer eso finalmente, estaría más que jodida. ¿Ver a Evan para darle clases? ¡Vamos! Así el trabajo de desterrarlo de mi mente y de mi corazón se me haría tan sencillo como hacer equilibrio sobre una soga a demasiados metros de distancia del suelo. Casi tan agradable como agarrarme los dedos al bajar la tapa del piano. Además, como no podría darle mi mentada tutoría en casa… ¿Qué si tenía que pisar su santuario? No, jamás lo pisaría. Y su Marybelle, no querría perder tiempo alejado de ella para que yo le llenara el cerebro de palabras que olvidaría ni bien terminaran de salir de mi boca. Curioso que su nombre fuera tan parecido al mío, que la excusa que dijo Evan fuera prácticamente igual… Y que yo tuviera las neuronas chamuscadas por mi propia ceguera e idiotez. Marybelle… Debía ser yo misma.
-Un mes será suficiente para que pueda hacer los arreglos convenientes, elegir los arreglos florales, contratar a los chefs- si, si, como sea madre. Tu intento de planear fiestas me importa tres rábanos picantes. –Y la lista de invitados… Monsieur Murdock, si desea invitar a alguien, siéntase libre de hacerlo pero comuníquemelo así lo incluyo en la lista oficial- ¿Qué tal si invitaba a Marybelle? Oh, momento… ¡Está sentada aquí mismo! Justo donde estoy yo.
-Madre, creo que lo aturdirás con toda la información que le estás dando. ¿No sería mejor que lo hablaran en otro momento?- verás, que yo tengo cosas más importantes que hablar con él… O quizás no era precisamente hablar, pero eso no venía al caso. –Además, Evan y yo planeábamos tener un último paseo nocturno a la luz de la luna- mentirita blanca, no lastima a nadie. De alguna forma tengo que poder salir aunque sea por unos cuantos minutos. –Ya saben, con el asunto del callejón… No quiero que ese sea el final de nuestra cita- o como quieran etiquetarlo, me vale. Solo me dejan salir y todos en paz. –Será un paseo corto por las cercanías, así que no tienen por qué preocuparse.
-Normalmente no cedería ante tal pedido, chérie… Pero es una ocasión especial y confío en que monsieur Murdock sabrá cuidar de ti- también me puede dar un buen ataque cardíaco padre, pero quédate así de contento con Super American Evan. Es lo que nos viene como anillo al dedo a todos. –Diane te estará esperando para cuando vuelvas. Nosotros hemos de retirarnos a nuestros aposentos- dijo mientras se ponía de pie junto con mi madre. ¡Al fin un poco de suerte de mi lado! Bueno, una suerte bastante relativa, pero por algo se empezaba. –Ha sido un placer conocerlo, monsieur. Espero lo veamos pronto y que no tengamos que aguardar hasta el día de la celebración- eso lo dice ahora que está todo tan reciente y que tiene las emociones por las nubes… Se le pasaría rápido, como siempre. –Au revoir, Evan- ¿padre usando el nombre de pila? ¡Su confianza en el americano comienza a asustarme!
[i]-Au revoir, monsieur Murdock. Me encantará recibirlo una tarde para que podamos tener una conversación más larga. E Isabelle podrá presentarte a su querida hermana. Ella desea mucho conocerlo- Antoniette… Le prepararé un babero a la niña, porque puede tener una reacción desmedida al verlo, sobre todo después de que mis padres le cuenten la historia que yo le conté a ellos. Al final, no sé qué es peor… Que lo detesten o que lo adoren como lo hacen ahora.

Isabelle Von Rebeur- Twisted Saint

- Escritos realizados: 213
Antigüedad en el teatro: 14/01/2012
Reputación: 39
Estado: Activo
CURIOSIDADES
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Nombre de PB: Kaya Scodelario
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