
En medio de calles poco iluminadas, los transeúntes pasean tranquilos ignorando a sus acechadores ocultos en la oscuridad.
Vampiros y licántropos se camuflan entre sus víctimas, haciéndose pasar por meros mortales con el fin de apaciguar su insaciable sed.



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Susurros del pasado
Théâtre des Vampires - Foro de rol Gótico :: Paris, Francia :: ● PUERTOS & ESTACIONES ● :: Puertos de París
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Susurros del pasado
Caía la nieve en aquel puerto solitario, mientras caminaba pensando en la tinta que se diluye cuando el agua moja el papel; si en aquel momento hubiese existido alguna máquina que pudiese grabar esas pequeñas y bellas cosas de la vida cotidiana, yo me hubiese hecho una experta en ello, sin duda hubiese sido precioso, las palabras no podrían explicar esas diminutas cosas que a mis ojos eran la gracia divina personificada. La belleza de las cosas pequeñas solo se aprecian con calma y es un privilegio poder detenerse a verlas.
Si en mi anterior vida humana hubiese apreciado las pequeñas maravillas de mi vida, con la misma intensidad y admiración con la que lo hago ahora, creo que muchas cosas hubiesen sido diferente, e incluso más amenas y estable; si tal vez esa forma de ver la vida y sus pequeños pero importantes detalles se la hubiese traspasado a mi padre, en aquel momento lo hubiese tenido a mi lado, y probablemente él también hubiese tenido una muerte mucho menos traumatizante. Probablemente todo hubiese sido diferente.
Los suspiros llenaron mi boca a cada paso que daba sobre aquel suelo congelado, los constantes recuerdos hacían que la rabia aflorara de nuevo en mi interior. Hacía mucho tiempo que desistí de la idea de encontrar a mi creador, ese eterno desconocido, sin embargo, cuanto menos pensaba en él, más pistas aparecían de la nada, parecía ser una especie de bucle sin sentido ni final.
¿No entendéis a lo que me refiero? Dejad que os lo explique con detalles...
Me encontraba en el puerto de París, y aunque el fin del invierno se iba aproximando, la idea no estaba muy clara, pues la nieve seguía cayendo, tapando con el manto blanco los verdes prados, congelando las resbalosas aceras y provocando una pesca pobre y vacía para muchos pescadores; por tanto aquella fría, o más bien helada noche, el puerto parecía un sitio fantasmagórico, incapaz de sostener vida alguna en sus muelles.
Fue en el preciso instante en que me sumí en mis adentros, observando el sube y baja de las olas, rompiendo los pequeños cristales de hielo en las costas, cuando un viejo y pobre vagabundo se acercó a mi, dando pequeños traspiés por lo resbaladizo del suelo y su más que acentuada borrachera, tal vez para pedir una miserable limosna y poder así comprarse otro medio litro de alcohol con el que calentar su cuerpo... Nunca hubiese imaginado otra cosa ante los pasos cada vez más cercanos de aquel pobre hombre.
-¡Eh! Muñequira... tengo algo improrante que darte...- Su hablar atropellado no resultaba nada fuera de lo común en su estado, sin embargo aquella frase me hacía pensar en que era otra grosera proposición por parte de un borracho. -M'han dicho que es improrante, tome, tome...- Mis cejas se enarcaron con curiosidad, y sin pensarlo más, giré sobre mi misma para mirarlo. Efectivamente, era un pobre,mugriento y avejentado borracho, sin embargo su actitud no era otra más que la de un hombre que había recibido una retribución a cambio de entregarme una pequeña nota. ¿De quién? No tenía idea, ¿por qué? Tampoco podría responder a esa pregunta, simplemente cogí la nota, asintiendo con la cabeza y observando su marchar apesadumbrado, sin dejar de hacer zig zag hasta llegar a su pequeño refugio de cartón, junto a un tambor con periódicos ardiendo dentro, que hacía de calefacción.
Una nota cualquiera. No, no lo era, era una nota de algún cabrón, capaz de derrumbar mi pequeña estabilidad emocional. Corrí lo más rápido, humanamente posible, sobre la nieve en aquel puerto, intentando encontrar al verdadero dueño de aquellas palabras tan dolorosas, sin embargo gracias a mi nula capacidad vampírica, era incapaz de sentir cualquier otra presencia en aquel lugar, más que la mía y los vagabundos que allí residían. Era frustrante ser así de inútil.
-¡¿Cual es la última voluntad de mi padre?!- Grité ya desesperada, cayendo de rodillas en la espesa nieve, arrugando en mi puño aquel fino papel. Nadie respondió, ni las alimañas fueron capaz de salir de sus escondites. Él o ella, se estaría burlando de mi. No sabéis cuanto duele la soledad.
Si en mi anterior vida humana hubiese apreciado las pequeñas maravillas de mi vida, con la misma intensidad y admiración con la que lo hago ahora, creo que muchas cosas hubiesen sido diferente, e incluso más amenas y estable; si tal vez esa forma de ver la vida y sus pequeños pero importantes detalles se la hubiese traspasado a mi padre, en aquel momento lo hubiese tenido a mi lado, y probablemente él también hubiese tenido una muerte mucho menos traumatizante. Probablemente todo hubiese sido diferente.
Los suspiros llenaron mi boca a cada paso que daba sobre aquel suelo congelado, los constantes recuerdos hacían que la rabia aflorara de nuevo en mi interior. Hacía mucho tiempo que desistí de la idea de encontrar a mi creador, ese eterno desconocido, sin embargo, cuanto menos pensaba en él, más pistas aparecían de la nada, parecía ser una especie de bucle sin sentido ni final.
¿No entendéis a lo que me refiero? Dejad que os lo explique con detalles...
Me encontraba en el puerto de París, y aunque el fin del invierno se iba aproximando, la idea no estaba muy clara, pues la nieve seguía cayendo, tapando con el manto blanco los verdes prados, congelando las resbalosas aceras y provocando una pesca pobre y vacía para muchos pescadores; por tanto aquella fría, o más bien helada noche, el puerto parecía un sitio fantasmagórico, incapaz de sostener vida alguna en sus muelles.
Fue en el preciso instante en que me sumí en mis adentros, observando el sube y baja de las olas, rompiendo los pequeños cristales de hielo en las costas, cuando un viejo y pobre vagabundo se acercó a mi, dando pequeños traspiés por lo resbaladizo del suelo y su más que acentuada borrachera, tal vez para pedir una miserable limosna y poder así comprarse otro medio litro de alcohol con el que calentar su cuerpo... Nunca hubiese imaginado otra cosa ante los pasos cada vez más cercanos de aquel pobre hombre.
-¡Eh! Muñequira... tengo algo improrante que darte...- Su hablar atropellado no resultaba nada fuera de lo común en su estado, sin embargo aquella frase me hacía pensar en que era otra grosera proposición por parte de un borracho. -M'han dicho que es improrante, tome, tome...- Mis cejas se enarcaron con curiosidad, y sin pensarlo más, giré sobre mi misma para mirarlo. Efectivamente, era un pobre,mugriento y avejentado borracho, sin embargo su actitud no era otra más que la de un hombre que había recibido una retribución a cambio de entregarme una pequeña nota. ¿De quién? No tenía idea, ¿por qué? Tampoco podría responder a esa pregunta, simplemente cogí la nota, asintiendo con la cabeza y observando su marchar apesadumbrado, sin dejar de hacer zig zag hasta llegar a su pequeño refugio de cartón, junto a un tambor con periódicos ardiendo dentro, que hacía de calefacción.
Una nota cualquiera. No, no lo era, era una nota de algún cabrón, capaz de derrumbar mi pequeña estabilidad emocional. Corrí lo más rápido, humanamente posible, sobre la nieve en aquel puerto, intentando encontrar al verdadero dueño de aquellas palabras tan dolorosas, sin embargo gracias a mi nula capacidad vampírica, era incapaz de sentir cualquier otra presencia en aquel lugar, más que la mía y los vagabundos que allí residían. Era frustrante ser así de inútil.
-¡¿Cual es la última voluntad de mi padre?!- Grité ya desesperada, cayendo de rodillas en la espesa nieve, arrugando en mi puño aquel fino papel. Nadie respondió, ni las alimañas fueron capaz de salir de sus escondites. Él o ella, se estaría burlando de mi. No sabéis cuanto duele la soledad.


No puedo evitar ser mejor que tú, Invitado, me lo he currado y te he superado.

Lorette Gheraldini- Tipo de intepretación
- Escritos realizados: 408
Antigüedad en el teatro: 30/05/2011
Reputación: 50
Estado: Activo
CURIOSIDADES
Sabías que...:
Empleo actual: Bailarina de Ballet.
Nombre de PB: Alina Ismailova
Re: Susurros del pasado
Ah, los puertos de la bella París, tan llenos de vida y gloriosos como los mismos cimientos de la ciudad. Un lugar magnífico e irreconocible siglos atrás, un lugar donde a cada paso bajo tus pies flores de bellos jardines florecían sembrando las pisadas de los robustos pies de hombres seductores y mujeres galardonadas. Un lugar de ensueño para todo soñador, un lugar perfecto para cualquier pintor en busca del poder abrumador de la gloriosa presencia que eran los puertos de París. Pues, como bien digo siempre, ¿qué mejor belleza que la verdadera podredumbre de lo certero? Y lo certero era que, en los puertos de París había de todo menos belleza banal.
En las esquinas de los mismos las prostitutas asaltaban a los marineros desprovistos de buena fortuna. Estos a su vez gritaban y mandaban a sus subordinados para que recogieran la mierda de los caballos de quienes se arcaban a comerciar con la fortuna marina. Los caballos galopaban con esmero para sacar a sus amos de las tinieblas y sombras que cubrían la vida y la muerte en aquellos rincones del mundo. Y, dentro de aquella oscuridad, un hombre sonreía con esmero. Sus carcajadas retumbaban entre las piedras que formaban los edificios y a su vez los callejones iluminados por una fogata hecha con periódicos viejos y nuevos, trozos de carbón robados y madera carcómica. El hombre parecía feliz mientras que los que a su alrededor se sentaban no tanto...
- ¡Ja! ¡Toma otra Louis, acabo de ganarte tu última mano!
- No puede ser... ¡si creí que esta iba a ganarla!
- Ah, pero un no puede saber si va a ganar la mano o si va a perderla, tan solo puede suponer.
- Maldito mojigato de tres al cuarto...
- Eh eh, este mojigato te da de comer, que no se te olvide.
- Si ya, y también veo que, lo que me da para comer me lo quita jugando. No hay derecho.
- Yo no te obligo a jugar, eres tu el que viene con esa mirada de niño chico y con la baraja de cartas que, por cierto, sería hora de renovarlas: estan tan marcadas que ya ni se ve el dorso de estas.
- ¡¿Marcadas?!
- ¿No te habías dado cuenta? Pues, por la cara que hace el tipo que hay a tu espalda parecía que él si.
Louis, un hombre de mediana edad, reconocido por todos los vagabundos como el señor de los puertos bajos de París, estatura media, rostro mustio moreno y barbudo, ropas andrajosas y manos de cincel roto, se giró hacia el barbudo que había a sus espaldas y, al verle la mirada de culpabilidad se le lanzó encima. ¿Y qué culpa tenía yo que no supiera esconder sus gestos? Ah, era su problema, no el mío. Mi problema ahora era recoger las ganancias de mi última jugada.
Llevaba ya la mitad del dinero metido en la mi bolsa privada cuando un hombre entró en el callejón dando tumbos, borracho perdido, sonriendo como un perro al terminar los dictames de su amo y señor. Vino casi meneando la cola.
- ¿Y bien? ¿La has encontrado?
- Azí e'!
- Vale... em... toma, échate unas copas de más a mi salud viejo, te lo has ganado.
El hombre tomó las monedas entre sus manos callosas y sonrió aún más. Se largó con viento fresco por donde había venido mientras yo, por mi parte, me despedía de todos... los cuales estaban más pendientes de cómo finalizaría aquella pelea, si a mordiscos o a puñetazos. Apostaban más por lo primero.
- ¡¿Cual es la última voluntad de mi padre?!
Ah, menuda voz tenía aquella jovencita. Aún permanecía la inocencia y la calidez con la cual la había dejado en Italia, sola y sin nadie a quien recurrir, ni lugar a donde uhir. ¿Aún se acordaría de mí? Pues claro que lo haría, a fin de cuentas yo fuí su creador, el hombre cruel que la convirtió en lo que era y echó a perder toda su vida como mortal... o al menos eso pensaba ella de mí. ¿Cómo debía saber lo que yo pensaba, lo que yo quería demostrar? Ah, eso el tiempo lo diría, y mis propios labios... por ahora, el lobo debía encontrar al cachorro perdido de la manada.
Sonaron en aquel lúgubre callejón trompetas lejanas y timbales tronadores. Una música animada que aliñaba los colores múltiples que del cielo caían, recostándose en el frío suelo y la nieve. Parecía como si alguien en la más alta nube lanzara con avidez copos de colores para alegrar la tristeza que en el corazón de la muchacha resoplaba. La música se acercaba poco a poco hasta que, de entre las sombras, el rostro blanquecino de una máscara sonriente apareció de improvisto, bajo un sombrero de copa, una camisa blanca cubierta por un chaleco a rayas verticales blancas y negras, un pañuelo rojo, una cabardina negra con guantes blancos al final de esta y el resto de la indumentaria oscura como la noche.
La máscara parecía sonreir y tras ella, ningún rostro acechaba, tan solo... incertidumbre. Avancé hacia ella con los brazos en forma de cruz, como para darle un abrazo... pero me paré justo ante sus pies, ante sus ojos inseguros.
- Oh, pequeña noche de dulce nevada, que bajo el amparo de tus nubes a una bella flor dejas campar a sus anchas, sin saber que la oscuridad acecha a toda gota de lluvia fresca que trae la brisa helada de los picos escarpados de París. ¡Decídme, o bella jovencita! ¿Qué buscais en tan oscuro lugar? ¿Qué anhela encontrar tan triste corazón que hasta los cuervos lloran por luto y cercanía? Decidme pues, contadle al bueno de Malakai, al pobre y dulce Malakai, pues su sabiduría es conocida tanto o más que sus trucos y, para vos, uno de verdad, mentira alguna no conlleva.
Mi mano sacó del vacío el ramo de flores rojas y violetas que mi mente recordaba de antiguos lugares y momentos. Todo aquello era tan solo una treta, una mirada hacia el contenedor que era mi mente, en cuya región habitaban la razón y la locura, y esta, muy a mi pesar, el nombre de Malakai se había adjudicado, un viejo mote que usaba cuando era mortal, cuando el arte itinerante brindaba luz a mi vida. Sus trucos ya no se podían detener. Su mente, mi mente por si sola los creaba a mi alrededor, como protección o como diversión y, la suya era, sin duda, una de las mejores. ¿O tendría que decir la mía? En cualquier caso, me mantuve esperando, tras la máscara ilusoria de aquella persona que no era yo, que se mantenía arrodillado frente a Lorette... esperando si aceptaba o no mi presente.
En las esquinas de los mismos las prostitutas asaltaban a los marineros desprovistos de buena fortuna. Estos a su vez gritaban y mandaban a sus subordinados para que recogieran la mierda de los caballos de quienes se arcaban a comerciar con la fortuna marina. Los caballos galopaban con esmero para sacar a sus amos de las tinieblas y sombras que cubrían la vida y la muerte en aquellos rincones del mundo. Y, dentro de aquella oscuridad, un hombre sonreía con esmero. Sus carcajadas retumbaban entre las piedras que formaban los edificios y a su vez los callejones iluminados por una fogata hecha con periódicos viejos y nuevos, trozos de carbón robados y madera carcómica. El hombre parecía feliz mientras que los que a su alrededor se sentaban no tanto...
- ¡Ja! ¡Toma otra Louis, acabo de ganarte tu última mano!
- No puede ser... ¡si creí que esta iba a ganarla!
- Ah, pero un no puede saber si va a ganar la mano o si va a perderla, tan solo puede suponer.
- Maldito mojigato de tres al cuarto...
- Eh eh, este mojigato te da de comer, que no se te olvide.
- Si ya, y también veo que, lo que me da para comer me lo quita jugando. No hay derecho.
- Yo no te obligo a jugar, eres tu el que viene con esa mirada de niño chico y con la baraja de cartas que, por cierto, sería hora de renovarlas: estan tan marcadas que ya ni se ve el dorso de estas.
- ¡¿Marcadas?!
- ¿No te habías dado cuenta? Pues, por la cara que hace el tipo que hay a tu espalda parecía que él si.
Louis, un hombre de mediana edad, reconocido por todos los vagabundos como el señor de los puertos bajos de París, estatura media, rostro mustio moreno y barbudo, ropas andrajosas y manos de cincel roto, se giró hacia el barbudo que había a sus espaldas y, al verle la mirada de culpabilidad se le lanzó encima. ¿Y qué culpa tenía yo que no supiera esconder sus gestos? Ah, era su problema, no el mío. Mi problema ahora era recoger las ganancias de mi última jugada.
Llevaba ya la mitad del dinero metido en la mi bolsa privada cuando un hombre entró en el callejón dando tumbos, borracho perdido, sonriendo como un perro al terminar los dictames de su amo y señor. Vino casi meneando la cola.
- ¿Y bien? ¿La has encontrado?
- Azí e'!
- Vale... em... toma, échate unas copas de más a mi salud viejo, te lo has ganado.
El hombre tomó las monedas entre sus manos callosas y sonrió aún más. Se largó con viento fresco por donde había venido mientras yo, por mi parte, me despedía de todos... los cuales estaban más pendientes de cómo finalizaría aquella pelea, si a mordiscos o a puñetazos. Apostaban más por lo primero.
- ¡¿Cual es la última voluntad de mi padre?!
Ah, menuda voz tenía aquella jovencita. Aún permanecía la inocencia y la calidez con la cual la había dejado en Italia, sola y sin nadie a quien recurrir, ni lugar a donde uhir. ¿Aún se acordaría de mí? Pues claro que lo haría, a fin de cuentas yo fuí su creador, el hombre cruel que la convirtió en lo que era y echó a perder toda su vida como mortal... o al menos eso pensaba ella de mí. ¿Cómo debía saber lo que yo pensaba, lo que yo quería demostrar? Ah, eso el tiempo lo diría, y mis propios labios... por ahora, el lobo debía encontrar al cachorro perdido de la manada.
Sonaron en aquel lúgubre callejón trompetas lejanas y timbales tronadores. Una música animada que aliñaba los colores múltiples que del cielo caían, recostándose en el frío suelo y la nieve. Parecía como si alguien en la más alta nube lanzara con avidez copos de colores para alegrar la tristeza que en el corazón de la muchacha resoplaba. La música se acercaba poco a poco hasta que, de entre las sombras, el rostro blanquecino de una máscara sonriente apareció de improvisto, bajo un sombrero de copa, una camisa blanca cubierta por un chaleco a rayas verticales blancas y negras, un pañuelo rojo, una cabardina negra con guantes blancos al final de esta y el resto de la indumentaria oscura como la noche.
La máscara parecía sonreir y tras ella, ningún rostro acechaba, tan solo... incertidumbre. Avancé hacia ella con los brazos en forma de cruz, como para darle un abrazo... pero me paré justo ante sus pies, ante sus ojos inseguros.
- Oh, pequeña noche de dulce nevada, que bajo el amparo de tus nubes a una bella flor dejas campar a sus anchas, sin saber que la oscuridad acecha a toda gota de lluvia fresca que trae la brisa helada de los picos escarpados de París. ¡Decídme, o bella jovencita! ¿Qué buscais en tan oscuro lugar? ¿Qué anhela encontrar tan triste corazón que hasta los cuervos lloran por luto y cercanía? Decidme pues, contadle al bueno de Malakai, al pobre y dulce Malakai, pues su sabiduría es conocida tanto o más que sus trucos y, para vos, uno de verdad, mentira alguna no conlleva.
Mi mano sacó del vacío el ramo de flores rojas y violetas que mi mente recordaba de antiguos lugares y momentos. Todo aquello era tan solo una treta, una mirada hacia el contenedor que era mi mente, en cuya región habitaban la razón y la locura, y esta, muy a mi pesar, el nombre de Malakai se había adjudicado, un viejo mote que usaba cuando era mortal, cuando el arte itinerante brindaba luz a mi vida. Sus trucos ya no se podían detener. Su mente, mi mente por si sola los creaba a mi alrededor, como protección o como diversión y, la suya era, sin duda, una de las mejores. ¿O tendría que decir la mía? En cualquier caso, me mantuve esperando, tras la máscara ilusoria de aquella persona que no era yo, que se mantenía arrodillado frente a Lorette... esperando si aceptaba o no mi presente.
- LO QUE LORETTE VE:



- Excéntrico me llaman... yo les digo WAWAWAWAWAWAWA!:


- Mi mundo, un lugar donde todo es posible y todo es, a su vez, real:




Mihail VanWolf- Tipo de intepretación
- Escritos realizados: 1731
Antigüedad en el teatro: 04/09/2011
Reputación: 40
Estado: Activo
CURIOSIDADES
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Empleo actual: Regente del Dead' Smile
Nombre de PB: Robert Downey Jr.
Re: Susurros del pasado
Podía sentir el frío calar hondo en mi piel, hasta incrustarse en mis huesos, sin embargo ese dolor a lo helado no era lo que realmente me preocupaba; era difícil poder mantener la calma ante aquella nota anónima y desconcertante, era difícil si quiera poder aguantar las lágrimas.
Las pequeñas gotas rojas teñían la blanca nieve de un escarlata brillante, asemejándose a los rubís recién pulidos en las lujosas joyerías; aquello era más digno de un Zar que de la mismísima niña llorona que observaba como se transformaban en lujosas piedras brillantes. Todo un producto de la imaginación, un escape de la realidad ante el dolor de conocer la verdad. ¿Sería capaz de afrontar aquella verídica oleada que se avecinaba? No sabría responder con certeza, pero tampoco inventaría lo sucedido, la realidad fue más fantasiosa que los mismos cuentos que nos relatan para dormir, sin princesas, ni dragones, pero con monstruos con máscaras y colmillos, y llenas, llenas de lágrimas de sangre.
- Oh, pequeña noche de dulce nevada, que bajo el amparo de tus nubes a una bella flor dejas campar a sus anchas, sin saber que la oscuridad acecha a toda gota de lluvia fresca que trae la brisa helada de los picos escarpados de París. - Un extraño ser puso cuerpo presente ante mi, y aún rodeado de aquella indiscutible oscuridad, podía distinguir aquella extraña máscara que cubría su rostro, blanca y con una sonrisa aterradora, unos marcados, oscuros y tétricos huecos como ojos, y plana en el lugar de la nariz. No tenía idea de cual sería su intención, pero poco me faltó para levantarme y salir corriendo de allí, sin embargo, algo me decía que aquella máscara emulando a un hombre, tendría la respuesta que andaba buscando... ¿Sería el autor de la nota? - ¡Decídme, o bella jovencita! ¿Qué buscais en tan oscuro lugar? ¿Qué anhela encontrar tan triste corazón que hasta los cuervos lloran por luto y cercanía? Decidme pues, contadle al bueno de Malakai, al pobre y dulce Malakai, pues su sabiduría es conocida tanto o más que sus trucos y, para vos, uno de verdad, mentira alguna no conlleva. - Malakai, un nombre curioso para tan aterrorizante ser, que poco y nada tenía de bueno, pobre y dulce, sin embargo podría ser más sabio que una estúpida niña como yo, pues en su voz se denotaba el transcurrir de los años, años que nunca lograrán traspasar mi lúgubre piel.
-¿Tiene Malakai...- Pues no sabría si podía o debía tratarlo de usted. -algo que ver con esta... nota?- Estiré la mano temblorosa hacia él, sujetando de una esquina el papel que me había llegado de manos de un pobre vagabundo.
A medida que hundía la mirada en la oscuridad atenuante de sus "ojos" mi respiración se iba haciendo más y más cortada, llegando al límite de dejar de depender de ella para intentar calmarme. Ni siquiera las piernas me respondían, seguía allí arrodillada y ligeramente temblorosa, con el rastro de lágrimas rojas ya secas sobre mis mejillas, sin importarme si quiera "el qué" pensaría aquel ser, que poco y nada tenía que ver con un ser humano común y corriente.
-Hablad, os exijo que no os calléis, porque si ésta es una broma, os juro que es de muy mal gusto...- La sangre, aunque congelada dentro de mi, parecía hervir y deslizarse por todas mis venas, recordándome el palpitar de la cabeza cuando el enfado acrecentaba en mi interior. Incluso los dientes me chirriaban, aunque era molesto ya por el largor de mis colmillos, has mis puños se cerraban firmes, logrando que me clavase las uñas en la palma de la mano. Si lo que pretendía era jugar conmigo, había escogido un muy mal día, no era la niña temerosa que solía aparentar, sino todo lo contrario, aquella noche quien poseía mi cuerpo era esa mujer que nunca lograré ser y cuyo enfado se asimilaba a la furia de la misma Hera en el Olimpo ante el desengaño de Zeus.
Las pequeñas gotas rojas teñían la blanca nieve de un escarlata brillante, asemejándose a los rubís recién pulidos en las lujosas joyerías; aquello era más digno de un Zar que de la mismísima niña llorona que observaba como se transformaban en lujosas piedras brillantes. Todo un producto de la imaginación, un escape de la realidad ante el dolor de conocer la verdad. ¿Sería capaz de afrontar aquella verídica oleada que se avecinaba? No sabría responder con certeza, pero tampoco inventaría lo sucedido, la realidad fue más fantasiosa que los mismos cuentos que nos relatan para dormir, sin princesas, ni dragones, pero con monstruos con máscaras y colmillos, y llenas, llenas de lágrimas de sangre.
- Oh, pequeña noche de dulce nevada, que bajo el amparo de tus nubes a una bella flor dejas campar a sus anchas, sin saber que la oscuridad acecha a toda gota de lluvia fresca que trae la brisa helada de los picos escarpados de París. - Un extraño ser puso cuerpo presente ante mi, y aún rodeado de aquella indiscutible oscuridad, podía distinguir aquella extraña máscara que cubría su rostro, blanca y con una sonrisa aterradora, unos marcados, oscuros y tétricos huecos como ojos, y plana en el lugar de la nariz. No tenía idea de cual sería su intención, pero poco me faltó para levantarme y salir corriendo de allí, sin embargo, algo me decía que aquella máscara emulando a un hombre, tendría la respuesta que andaba buscando... ¿Sería el autor de la nota? - ¡Decídme, o bella jovencita! ¿Qué buscais en tan oscuro lugar? ¿Qué anhela encontrar tan triste corazón que hasta los cuervos lloran por luto y cercanía? Decidme pues, contadle al bueno de Malakai, al pobre y dulce Malakai, pues su sabiduría es conocida tanto o más que sus trucos y, para vos, uno de verdad, mentira alguna no conlleva. - Malakai, un nombre curioso para tan aterrorizante ser, que poco y nada tenía de bueno, pobre y dulce, sin embargo podría ser más sabio que una estúpida niña como yo, pues en su voz se denotaba el transcurrir de los años, años que nunca lograrán traspasar mi lúgubre piel.
-¿Tiene Malakai...- Pues no sabría si podía o debía tratarlo de usted. -algo que ver con esta... nota?- Estiré la mano temblorosa hacia él, sujetando de una esquina el papel que me había llegado de manos de un pobre vagabundo.
A medida que hundía la mirada en la oscuridad atenuante de sus "ojos" mi respiración se iba haciendo más y más cortada, llegando al límite de dejar de depender de ella para intentar calmarme. Ni siquiera las piernas me respondían, seguía allí arrodillada y ligeramente temblorosa, con el rastro de lágrimas rojas ya secas sobre mis mejillas, sin importarme si quiera "el qué" pensaría aquel ser, que poco y nada tenía que ver con un ser humano común y corriente.
-Hablad, os exijo que no os calléis, porque si ésta es una broma, os juro que es de muy mal gusto...- La sangre, aunque congelada dentro de mi, parecía hervir y deslizarse por todas mis venas, recordándome el palpitar de la cabeza cuando el enfado acrecentaba en mi interior. Incluso los dientes me chirriaban, aunque era molesto ya por el largor de mis colmillos, has mis puños se cerraban firmes, logrando que me clavase las uñas en la palma de la mano. Si lo que pretendía era jugar conmigo, había escogido un muy mal día, no era la niña temerosa que solía aparentar, sino todo lo contrario, aquella noche quien poseía mi cuerpo era esa mujer que nunca lograré ser y cuyo enfado se asimilaba a la furia de la misma Hera en el Olimpo ante el desengaño de Zeus.


No puedo evitar ser mejor que tú, Invitado, me lo he currado y te he superado.

Lorette Gheraldini- Tipo de intepretación
- Escritos realizados: 408
Antigüedad en el teatro: 30/05/2011
Reputación: 50
Estado: Activo
CURIOSIDADES
Sabías que...:
Empleo actual: Bailarina de Ballet.
Nombre de PB: Alina Ismailova
Re: Susurros del pasado
Oh, la muchacha tenía carácter después de todo. Al parecer mi elección fue acertada, y así lo esperaba, o así lo deseaba. Pasó de llorar lágrimas de sangre de desesperación a portarse como una auténtica nocturna despojada de su aliento, a ser la rama que ardía con las llamas de la ira controlada. Sus ojos me lo mostraban, que daba igual si yo era mucho mayor a ella, que si nuestra fuerza era demasiado avismal: ella se enfrentaría al causante de tales burlas y arrancaría sus extremidades una a una si hacía falta, si le era propicio. Ese ardor en sus ojos me gustaba, me gustaba verlo. No por nada la sonrisa de mi máscara, la cual rodeaba todo mi cráneo, se ensanchó, más afilada aún, y mis ojos se entrecerraron con aquella sonrisa. El poder de la ilusión...
Aquella sonrisa de repente se convirtió en las temibles fauces de una calavera inmortal, abriéndose en toda su plenitud y lanzándose sobre la mano de la joven nocturna. Los blancos dientes se cerraron sobre la nota que sujetaba y la arrancaron de sus dedos, devorándola, masticando la nota una y otra y otra vez. Al terminar la cena, aquellas fauces volvieron a ser la sonrisa de antaño, como si nunca se hubiera abierto. Con un gesto actuado y teatral, mi mano enguantada pasó sus dedos por encima de los inexistentes labios. Se escuchó un eructo.
- Oh, podría podría ser mi joven amiga... ¿pero para qué contarlo ahora? ¿Para qué? La diversión se termina cuando se rebela el tercer acto y, amiga mía, el aún vamos por la apertura. - Me acerqué de un salto sobre la muchacha tendida en el suelo y la tomé por las axilas. - Esperad, dejad que os ayude... ya está. Una muñequita como tu no debería estar así, tirada en el suelo nevado: podría quebrarse. - Mis manos quitaron toda la nieve que aún había poblando su vestido. - Ah, pero mira mira, te has manchado las mejillas. Espera deja que te ayude - y una lengua extremadamente larga emergió del interior de la sonrisa macabra, quitando la sangre reseca de sus mejillas, dejándola impoluta, como si nunca hubiera llorado.
Estaba siendo algo retorcido con ella... pero debía serlo, pues ese era el camino que había elegido para ella y, ese era el camino con el que su vida cambiaría...
Dicen que los caminos del señor son inescrutables... a mí me gusta pensar que hay otras formas de crear bifurcaciones en dichos caminos... y estaba creando una en esos instantes.
- Bien señorita, me gustaría contaros un cuento si tengo vuestra atención. - Como si de un feriante se tratase, como si en un circo se relatara aquella historia entre el bufón y la joven muchacha, el bufón saltó por encima de esta y se apoyó con su mano sobre una caja de madera, sujetando todo su cuerpo con la fuerza de su mano, quedándose verticalmente, sonriendo y riendo. Las piernas se me abrieron, apuntando a norte y sur para luego ejecutar una voltereta en el aire y quedar cual gárgola sobre su poste, con las manos en alto, mostrando el final de la actuación. Tras seis segundos de silencio sin aplauso alguno, proseguí. - Venid, venid y dejad que os cuente la historia de la pequeña bailarina, de la pequeña y joven promesa del ballet. Decid, decid, ¿cuál sería su destino? ¿Cuál creeis que fue su destino? - La voz se tornó más oscura y profunda... - Decid... ¿cuál fue?
Aquellos pozos de oscuridad la miraban con detenimiento, esperando una respuesta. Cualquier respuesta, pues quería ver si mi pequeño árbol daba sus frutos, si mi semilla había crecido... quería ver el resultado de posiblemente la jugada más arriesgada hasta el momento...
Aquella sonrisa de repente se convirtió en las temibles fauces de una calavera inmortal, abriéndose en toda su plenitud y lanzándose sobre la mano de la joven nocturna. Los blancos dientes se cerraron sobre la nota que sujetaba y la arrancaron de sus dedos, devorándola, masticando la nota una y otra y otra vez. Al terminar la cena, aquellas fauces volvieron a ser la sonrisa de antaño, como si nunca se hubiera abierto. Con un gesto actuado y teatral, mi mano enguantada pasó sus dedos por encima de los inexistentes labios. Se escuchó un eructo.
- Oh, podría podría ser mi joven amiga... ¿pero para qué contarlo ahora? ¿Para qué? La diversión se termina cuando se rebela el tercer acto y, amiga mía, el aún vamos por la apertura. - Me acerqué de un salto sobre la muchacha tendida en el suelo y la tomé por las axilas. - Esperad, dejad que os ayude... ya está. Una muñequita como tu no debería estar así, tirada en el suelo nevado: podría quebrarse. - Mis manos quitaron toda la nieve que aún había poblando su vestido. - Ah, pero mira mira, te has manchado las mejillas. Espera deja que te ayude - y una lengua extremadamente larga emergió del interior de la sonrisa macabra, quitando la sangre reseca de sus mejillas, dejándola impoluta, como si nunca hubiera llorado.
Estaba siendo algo retorcido con ella... pero debía serlo, pues ese era el camino que había elegido para ella y, ese era el camino con el que su vida cambiaría...
Dicen que los caminos del señor son inescrutables... a mí me gusta pensar que hay otras formas de crear bifurcaciones en dichos caminos... y estaba creando una en esos instantes.
- Bien señorita, me gustaría contaros un cuento si tengo vuestra atención. - Como si de un feriante se tratase, como si en un circo se relatara aquella historia entre el bufón y la joven muchacha, el bufón saltó por encima de esta y se apoyó con su mano sobre una caja de madera, sujetando todo su cuerpo con la fuerza de su mano, quedándose verticalmente, sonriendo y riendo. Las piernas se me abrieron, apuntando a norte y sur para luego ejecutar una voltereta en el aire y quedar cual gárgola sobre su poste, con las manos en alto, mostrando el final de la actuación. Tras seis segundos de silencio sin aplauso alguno, proseguí. - Venid, venid y dejad que os cuente la historia de la pequeña bailarina, de la pequeña y joven promesa del ballet. Decid, decid, ¿cuál sería su destino? ¿Cuál creeis que fue su destino? - La voz se tornó más oscura y profunda... - Decid... ¿cuál fue?
Aquellos pozos de oscuridad la miraban con detenimiento, esperando una respuesta. Cualquier respuesta, pues quería ver si mi pequeño árbol daba sus frutos, si mi semilla había crecido... quería ver el resultado de posiblemente la jugada más arriesgada hasta el momento...


- Excéntrico me llaman... yo les digo WAWAWAWAWAWAWA!:


- Mi mundo, un lugar donde todo es posible y todo es, a su vez, real:




Mihail VanWolf- Tipo de intepretación
- Escritos realizados: 1731
Antigüedad en el teatro: 04/09/2011
Reputación: 40
Estado: Activo
CURIOSIDADES
Sabías que...:
Empleo actual: Regente del Dead' Smile
Nombre de PB: Robert Downey Jr.
Re: Susurros del pasado
La rabia había sumido mi tristeza en un cofre negro, provocando que mis dientes rechinasen a cada palabra que aquel ser profesaba; quería saltar hasta su cuello y devorarlo con ira, hasta arrancarle la cabeza, sin embargo mi cuerpo no respondía, estaba allí, anclado, mirándolo con los ojos inyectados en sangre, sin poder si quiera respirar.
- Oh, podría podría ser mi joven amiga... ¿pero para qué contarlo ahora? ¿Para qué? La diversión se termina cuando se rebela el tercer acto y, amiga mía, el aún vamos por la apertura. - se estaba burlando de mi, me utilizaba como un muñeco de trapo, incluso me levantó del suelo como una niña perdida que lloraba por encontrar a sus padres; y en parte era así, solo que los míos ya estaban más que muertos. - Esperad, dejad que os ayude... ya está. Una muñequita como tu no debería estar así, tirada en el suelo nevado: podría quebrarse. - Mis ojos se afilaron en una mirada irascible, siguiendo el movimientos de las manos ajenas. - Ah, pero mira mira, te has manchado las mejillas. Espera deja que te ayude - Cuando estaba a punto de rugir como una bestia, empujándolo de mi cercanía, una lengua filosa se aproximó de su máscara y limpió los caminos de sangre clavados en mis mejillas, productos de unas intensas lágrimas. ¿Cual era el juego que osaba a jugar?
- ¿Por qué haces esto? - Las palabras salían susurrantes de mi boca, sin embargo no supe entender al ser que se encontraba frente mía. Aquello escapaba a mi razón, o es que simplemente empezaba a volverme loca.
- Bien señorita, me gustaría contaros un cuento si tengo vuestra atención. - Seguí cada paso que daba, chirriando cada vez más los dientes y apretando los puños. Sin duda alguna era él el autor de aquella nota sin gusto, motivado tal vez por la poca experiencia vampirica que toda yo expresaba. Empezaba a marearme con tanto sube y baja emocional. - Venid, venid y dejad que os cuente la historia de la pequeña bailarina, de la pequeña y joven promesa del ballet. Decid, decid, ¿cuál sería su destino? ¿Cuál creeis que fue su destino? - ¿De qué hablaba? Su voz empezaba a darme miedo... - Decid... ¿cuál fue? - Un respingo dio a entender el susto que aquella máscara con voz y lengua me daba, sin embargo lo único que se me ocurrió hacer fue llevarme las manos a la cara, tapándome mientras los insultos salían de murmullos, deseando nuevamente hundirme en la nieve.
- ¡Deja de jugar conmigo! - Ladré clavando por fin la mirada en aquellos agujeros negros, que parecían llevarme a un abismo. - ¡ Déjame en paz! ¡Déjame ya! - Los sollozos empezaron de nuevo, mientras mi dedo acusador se clavaba en su pecho, y mis colmillos se aproximaban a las afueras, observándolo también con malicia. - Te has burlado suficiente, no pienso aguantarlo más - Los puños se convirtieron en garras y las uñas se clavaron en su máscara, intentando con fuerza bruta y mirada encolerizada, arrancarle aquella máscara burlona, para ponerle cara a la bestia y nombre al dolor.
- Oh, podría podría ser mi joven amiga... ¿pero para qué contarlo ahora? ¿Para qué? La diversión se termina cuando se rebela el tercer acto y, amiga mía, el aún vamos por la apertura. - se estaba burlando de mi, me utilizaba como un muñeco de trapo, incluso me levantó del suelo como una niña perdida que lloraba por encontrar a sus padres; y en parte era así, solo que los míos ya estaban más que muertos. - Esperad, dejad que os ayude... ya está. Una muñequita como tu no debería estar así, tirada en el suelo nevado: podría quebrarse. - Mis ojos se afilaron en una mirada irascible, siguiendo el movimientos de las manos ajenas. - Ah, pero mira mira, te has manchado las mejillas. Espera deja que te ayude - Cuando estaba a punto de rugir como una bestia, empujándolo de mi cercanía, una lengua filosa se aproximó de su máscara y limpió los caminos de sangre clavados en mis mejillas, productos de unas intensas lágrimas. ¿Cual era el juego que osaba a jugar?
- ¿Por qué haces esto? - Las palabras salían susurrantes de mi boca, sin embargo no supe entender al ser que se encontraba frente mía. Aquello escapaba a mi razón, o es que simplemente empezaba a volverme loca.
- Bien señorita, me gustaría contaros un cuento si tengo vuestra atención. - Seguí cada paso que daba, chirriando cada vez más los dientes y apretando los puños. Sin duda alguna era él el autor de aquella nota sin gusto, motivado tal vez por la poca experiencia vampirica que toda yo expresaba. Empezaba a marearme con tanto sube y baja emocional. - Venid, venid y dejad que os cuente la historia de la pequeña bailarina, de la pequeña y joven promesa del ballet. Decid, decid, ¿cuál sería su destino? ¿Cuál creeis que fue su destino? - ¿De qué hablaba? Su voz empezaba a darme miedo... - Decid... ¿cuál fue? - Un respingo dio a entender el susto que aquella máscara con voz y lengua me daba, sin embargo lo único que se me ocurrió hacer fue llevarme las manos a la cara, tapándome mientras los insultos salían de murmullos, deseando nuevamente hundirme en la nieve.
- ¡Deja de jugar conmigo! - Ladré clavando por fin la mirada en aquellos agujeros negros, que parecían llevarme a un abismo. - ¡ Déjame en paz! ¡Déjame ya! - Los sollozos empezaron de nuevo, mientras mi dedo acusador se clavaba en su pecho, y mis colmillos se aproximaban a las afueras, observándolo también con malicia. - Te has burlado suficiente, no pienso aguantarlo más - Los puños se convirtieron en garras y las uñas se clavaron en su máscara, intentando con fuerza bruta y mirada encolerizada, arrancarle aquella máscara burlona, para ponerle cara a la bestia y nombre al dolor.


No puedo evitar ser mejor que tú, Invitado, me lo he currado y te he superado.

Lorette Gheraldini- Tipo de intepretación
- Escritos realizados: 408
Antigüedad en el teatro: 30/05/2011
Reputación: 50
Estado: Activo
CURIOSIDADES
Sabías que...:
Empleo actual: Bailarina de Ballet.
Nombre de PB: Alina Ismailova
Re: Susurros del pasado
Sus garras se clavaron en mi cara, en mi cabeza, alrededor de mi máscara craneal. Su mirada era la viva imagen del odio y la desesperación. Podía sentir en ella una ira tan despiadada... que crecía, crecía y crecía, toda dirigida a mí por partida doble, pues estaba seguro que no sabía quien era pero su odio se volcó en la imagen de Malakai, pues estaba en su naturaleza (en mi naturaleza) ser así, burlón y sádico, un bufón venido a menos, caído en la oscuridad, alimentándose de sombras y tinieblas. Sentí su ira... pero no su tacto. Poco sabía aquella chiquilla acerca de los poderes de los inmortales mayores a ella y, por supuesto, no sabía contrarrestarlos.
Ella creía que me estaba haciendo daño, que sus garras se habían incrustado en mi rostro, en mi piel, llegando a los huesos. Pero no, no era así. Realmente ella creía que lo hacía, pero en verdad estaba amasando el aire, la separación empírica y física que había entre nosotros. Yo estaba a palmos más alejado, mirándola a los ojos. Mi máscara estaba justo entre sus manos, quebrándose poco a poco por la fuerza innata de la joven nocturna... mi joven nocturna. En ese momento pude darme cuenta de cuanto daño le había hecho, de la falta de una motivación para seguir, del aprendizaje y la devoción de la noche. Pero no podía echarme atrás, no después de tanto tiempo y esfuerzo empleado en ella. Mi objetivo era claro... aunque ella no lo viera.
- Ah, ¿no piensas aguantarme más? ¿Y qué harás al respecto? ¿Piensas destrozarme la cabeza, arrancármela, sacarme la piel a tiras? ¿Crees que puedes? - Su mirada denotaba decisión y determinación, dos conceptos que antaño no tuvo. Al menos aquello, ya era un triumfo... pero hacía falta arreglar lo destrozado. - Muy bien, veo que puedes y quieres... espera, yo te ayudo.
Las manos enguantadas de aquel bufón se alzaron con extraña rapidez y sus palmas abiertas golpearon con suma fuerza su propia cabeza, estallando en una nube de polvo blanco y rojo, un golpe seco seguido de un estallido parecido a un jarrón rompiéndose en mil pedazos al impactar contra el suelo. Las manos de Lorette se quedaron sin presa a la cual aferrarse, y el cuerpo de este se desplomó hacia atrás, doblándose de rodillas, quedando en una posición de súplica, con los brazos tendidos y la espalda arqueada hacia atrás.
El silencio reinó en aquella callejuela... pero por poco tiempo.
El cuerpo volvió a levantarse como si alguien tirara de un hilo, un titiritero escondido en la inmensidad de la nada. Su espalda arqueada se irguió. Sus brazos se alzaron en pos de la teatralidad, alzándose hacia el cielo, con las manos extendidas y abiertas. El polvo blanco que dejó su cabeza destrozada se concentró poco a poco alrededor de su inexistente cabeza. Poco a poco una nube de polvo formó el concepto antiestético de una calavera humana, de un retrato blanquecino de una persona... pero sin terminar de definirse, sin terminar nunca de mostrarse completa de nuevo.
- ¿Quieres que deje de jugar contigo? ¿Eso es lo que quieres? ¡JA! ¡¿Por qué devería hacerlo?! - La mano del bufón se alzó con fuerzas renovadas y ensartó sus garras en el pecho de Lorette, atravesándolo, manchando el suelo de sangre, de carne desgarrada, del estallido de los huesos quebrándose bajo la mano del psicópata. De un tirón, Malakai sacó de su pecho un trozo de carne, palpitante sin palpitar, manchado de sangre. El agujero dejado en la mujer era considerable. Malakai tan solo lo miraba... incrédulo. - Esto es mío, como también la sangre que corre por tus venas... Ah, pero no te preocupes, esto tiene solución: nunca ha tenido problema. - Tras sus últimas palabras, el corazón no estaba en su mano, la sangre del suelo se había ido, y el boquete de su pecho juvenil no estaba. - Ya tienes una buena respuesta pequeña. Ahora, ¿podrás hacer tus preguntas?
Como si fuera la fría brisa del invierno, su cuerpo se movió con suma facilidad, desplazándose por el aire como si no fuera más que una mota de polvo en el suelo de una cocina nevada, perdiéndose por los callejones, incitando a la joven nocturna que lo siguiera...
El juego no había terminado...
Ella creía que me estaba haciendo daño, que sus garras se habían incrustado en mi rostro, en mi piel, llegando a los huesos. Pero no, no era así. Realmente ella creía que lo hacía, pero en verdad estaba amasando el aire, la separación empírica y física que había entre nosotros. Yo estaba a palmos más alejado, mirándola a los ojos. Mi máscara estaba justo entre sus manos, quebrándose poco a poco por la fuerza innata de la joven nocturna... mi joven nocturna. En ese momento pude darme cuenta de cuanto daño le había hecho, de la falta de una motivación para seguir, del aprendizaje y la devoción de la noche. Pero no podía echarme atrás, no después de tanto tiempo y esfuerzo empleado en ella. Mi objetivo era claro... aunque ella no lo viera.
- Ah, ¿no piensas aguantarme más? ¿Y qué harás al respecto? ¿Piensas destrozarme la cabeza, arrancármela, sacarme la piel a tiras? ¿Crees que puedes? - Su mirada denotaba decisión y determinación, dos conceptos que antaño no tuvo. Al menos aquello, ya era un triumfo... pero hacía falta arreglar lo destrozado. - Muy bien, veo que puedes y quieres... espera, yo te ayudo.
Las manos enguantadas de aquel bufón se alzaron con extraña rapidez y sus palmas abiertas golpearon con suma fuerza su propia cabeza, estallando en una nube de polvo blanco y rojo, un golpe seco seguido de un estallido parecido a un jarrón rompiéndose en mil pedazos al impactar contra el suelo. Las manos de Lorette se quedaron sin presa a la cual aferrarse, y el cuerpo de este se desplomó hacia atrás, doblándose de rodillas, quedando en una posición de súplica, con los brazos tendidos y la espalda arqueada hacia atrás.
El silencio reinó en aquella callejuela... pero por poco tiempo.
El cuerpo volvió a levantarse como si alguien tirara de un hilo, un titiritero escondido en la inmensidad de la nada. Su espalda arqueada se irguió. Sus brazos se alzaron en pos de la teatralidad, alzándose hacia el cielo, con las manos extendidas y abiertas. El polvo blanco que dejó su cabeza destrozada se concentró poco a poco alrededor de su inexistente cabeza. Poco a poco una nube de polvo formó el concepto antiestético de una calavera humana, de un retrato blanquecino de una persona... pero sin terminar de definirse, sin terminar nunca de mostrarse completa de nuevo.
- ¿Quieres que deje de jugar contigo? ¿Eso es lo que quieres? ¡JA! ¡¿Por qué devería hacerlo?! - La mano del bufón se alzó con fuerzas renovadas y ensartó sus garras en el pecho de Lorette, atravesándolo, manchando el suelo de sangre, de carne desgarrada, del estallido de los huesos quebrándose bajo la mano del psicópata. De un tirón, Malakai sacó de su pecho un trozo de carne, palpitante sin palpitar, manchado de sangre. El agujero dejado en la mujer era considerable. Malakai tan solo lo miraba... incrédulo. - Esto es mío, como también la sangre que corre por tus venas... Ah, pero no te preocupes, esto tiene solución: nunca ha tenido problema. - Tras sus últimas palabras, el corazón no estaba en su mano, la sangre del suelo se había ido, y el boquete de su pecho juvenil no estaba. - Ya tienes una buena respuesta pequeña. Ahora, ¿podrás hacer tus preguntas?
Como si fuera la fría brisa del invierno, su cuerpo se movió con suma facilidad, desplazándose por el aire como si no fuera más que una mota de polvo en el suelo de una cocina nevada, perdiéndose por los callejones, incitando a la joven nocturna que lo siguiera...
El juego no había terminado...


- Excéntrico me llaman... yo les digo WAWAWAWAWAWAWA!:


- Mi mundo, un lugar donde todo es posible y todo es, a su vez, real:




Mihail VanWolf- Tipo de intepretación
- Escritos realizados: 1731
Antigüedad en el teatro: 04/09/2011
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